martes, 6 de octubre de 2020

Diario de la cuarentena. Día 200.

Sigamos repasando las memorias de Octavio A. Piñero, querido diario.

Destaca que a fines de 1918 era ostensible: "el panorama de convulsión social que ofrecía la ciudad, con tintes sombríos y de grave expectación pública. No hay más que remitirse a los editoriales de los diversos órganos de la prensa de esa época, en los que se tacaba enérgicamente al gobierno, por su acción prescindente en los conflictos obreros que se originaban a cada momento, y por no tomar medidas para poner término al clima de intranquilidad social que se había creado. Sin embargo, sobre ese punto, debemos considerar, que la inercia del gobierno, frente a esa situación bien pudo atribuirse a su espíritu tolerante y benevolente, o tal vez, a la falta de informaciones ajustadas a la realidad por parte de la policía, sobre los hechos que se desarrollaban en la ciudad. Al fin y al cabo, el gobierno actúa y resuelve los asuntos de estado, ya fueran sociales, políticos o de cualquier otro orden, de acuerdo con los informes que le suministre en el Jefe de Policía" [Piñero, cit. p. 31].

Escribía claro, el hombre.

Luego de ponderar la actitud asumida finalmente por el "Sr. Irigoyen", al "cumplir con su deber, evitando que el país cayera en manos de ideologías extrañas a nuestra nacionalidad", describe con acritud, precisamente, al movimiento ácrata responsable del "estado convulsivo anárquico que imperaba, actuaban los terroristas, como en épocas pasadas, colocando bombas en distintos lugares de la ciudad. En algunos casos, debido a conflictos gremiales, y en otros, con el fin de alarmar a la población e ir preparando con esos actos terroríficos, el clima de desconcierto y revolucionario en el pueblo, para sacar partido en el momento oportuno, de su acción subversiva" [ídem.].

Precisa que: "en 1918, que ya empezó a perfilarse la revolución social en marcha, se realizaban diariamente, en distintos puntos de la ciudad, reuniones autorizadas y otras no autorizadas, que se llevaban a cabo clandestinamente, las que también tuvieron lugar durante el año anterior: predominaban en unas y otras, en su mayor número, las que efectuaban los gremios en los que se habían infiltrado los elementos disolventes, en cuyas conferencias, ya se realizaran en la vía pública o en locales cerrados, llegaban los agitadores de extrema izquierda, al abuso de la libertad de reunión y de expresión, dando rienda suelta en sus ataques al gobierno y a otras autoridades. Encendían en las masas obreras el odio y la destrucción de la clase capitalista y pregonaban sin ambaje [sic] de ninguna naturaleza la revolución social. En muchas conferencias, concurrían un número elevado de mujeres, en las que también algunas de ellas ocupaban la tribuna, y se expresaban en la misma forma fogosa y revolucionaria en que lo hacían los hombres. Por otra parte, se había perdido el respeto a la autoridad policial, a la que dirigían expresiones injuriosas y gruesos epítetos, durante las conferencias o reuniones que se llevaban a cabo, sin que la superioridad tomara cartas ante estos desbordes, limitándose aquella a disponer que el personal que atendiera esos servicios permaneciera alejado a cierta distancia del punto de reunión, con cuya medida creían evitarlos [...]. Debemos hacer notar, que por orden superior, los agentes del Escuadrón de Seguridad que tendían las conferencias, debían estar desprovistos de revólver, situación que los colocaba en inferioridad de condiciones, en los momentos difíciles que podían presentárseles." [Ibídem, pp. 28/9].

Pobre Piñero, lo imaginamos de cuerpito gentil, escuchando una puteada sobre la otra expresiva cada puteada del desprecio que le deparaban a él, a la institución que integraba y a la Patria que lo había visto nacer (y en cuya ofrenda se escabullía para escuchar y alcahuetear ante la Superioridad a cada integrante de ese inmundo y malhablado rejunte de ácratas); despojado de su arma reglamentaria por decisión del sensiblero y débil gobierno de Yrigoyen. 

Cuánto hubiese dado, Piñero, por una Bullrich Luro Pueyrredón Álzaga Achábal de Gelly y Obes o por un Berni que le dieran carta blanca para hacerles saber a esos sujetos cuántos pares son tres botas. 

En especial, a las féminas de ese contingente, algunas de las cuales, como nos ha referido Piñero, hacían uso de la palabra en esas reuniones consentidas por un gobierno demasiado débil.

Quedémonos, querido diario, con un detalle de la reseña de Piñero: la presencia en esos mítines (como se decía entonces) de mujeres. Y, en especial, de la intervención de esas mujeres que lejos de "adornar con su presencia esta congregación" (juro que escuché esa alusión a la presencia femenina en algún acto de la Unión Cívica Radical a principios de los años '90 del siglo pasado) lo protagonizaban, dirigiéndose a la congregación, aunque mayoritariamente compuesta por varones.

Porque el anarquismo, era el ámbito de las feministas de entonces: las sufragistas que querían votar, las exegetas del amor libre, las que fumaban en público, las que abjuraban de ser "señoras de". Locas, yeguas, putas, eran (a los ojos del grueso de la sociedad de entonces) las muchachas anarquistas.

Una de ellas se destacaba por sobre el resto: Salvadora Medina Onrubia.

Que tuvo su debut (su salida del closet anarquista, según su biógrafa Vanina Escales) el 1° de febrero de 1914, cuando se dirigió a una multitud convocada por la FORA en Paseo Colón, en reclamo a la libertad de los entonces denominados "presos sociales".

Salvadora, que todavía no había cumplido los veinte dirigió su mensaje...

¡Otra vez con la Salvadora Botana! ¡Es la quinta, sexta vez que la convocás, no terminás más! Seguís yéndote por las ramas ¿qué tenés con esa mina, nene?

Querido diario: no sé qué tengo con esa mina, como decís. Nada en especial, sólo que utilizo el gancho de Piñero para aludir a una mujer que debería escandalizar en grado sumo al alcahuete infiltrado en los actos anarquistas de ese tiempo...

Algo te guardás. A otro perro con ese hueso. Es obvio que nos conocemos mucho. A vos te pasa algo con la Salvadora, sino no le darías esa bola, bebé.

Puede ser, querido diario.

Te confieso que me atrae esa biografía oscilante entre la épica, la tragedia griega y la ópera bufa. Y si la recuerdo tanto, será también porque, aunque alejada tanto y tanto de sus ideas, amaba a Yrigoyen, sentimiento que Tata Hipólito le correspondía.

Será por todo eso, querido diario, por sus convicciones, por su coraje, por su autenticidad, porque tuvo que sufrir mucho más que lo que una persona puede (razonablemente) tolerar, muchísimo más que lo que ella pudo haber hecho sufrir a nadie, porque si atacaba, era para defenderse como suelen hacer las personas sumidas en el desamparo, que en tus páginas se evoca la memoria de Salvadora con afectuoso respeto.

Vanina Escales consultó las ediciones de "La Protesta" del 3 de febrero de 1914 y la edición N° 801 de "Caras y Caretas", aparecida el 7 de ese mes y refiere del acto que comentaba que: "en la foto no se ven mujeres, porque solo se ven cabezas cubiertas con sombreros borsalinos, canotiers y alguna galera. Las ventanas de la Escuela Industrial -que en 1925 agregó el nombre de Otto Krause- están aún hoy a dos metros y medio del piso. Ya se habían subido unos diez compañeros con banderas en dos de ellas. 'Y ahora, ¿qué digo?'; '¿Decí lo que se te vaya ocurriendo -le contestó Claudio Martínez Paiva'.

"¡Estoy con ustedes, con los anarquistas, los que deben marchar de frente y con el pecho descubierto arrastrando el peligro sin importarnos morir por nuestro bello ideal! Con la mano izquierda agarrada de la persiana siguió: 'Yo daré el ejemplo y levantaré los corazones en la lucha, para lo cual reclamo el derecho de ir con mis compañeros delante de todos empuñando la bandera roja que es como el fuego de los corazones'. Desde esa altura intentó hacerse escuchar por las diez mil personas que la rodeaban. Sin fingida timidez se había hecho subir al alero izada por los compañeros, mientras otro la tironeaba de los brazos desde arriba."

Escales realiza una comparación con una mujer que todavía no había nacido en Los Toldos quien, treinta años después, rivalizaría con Salvadora. No nos seduce demasiado el parangón, pero vamos a citarla: "la foto la muestra ese domingo de mitin parada en el ventanal con la mano derecha en alto. Eva Perón estiraba el antebrazo y la mano hacia arriba amenazando a los oligarcas; también adoptaba otra postura, la de la palma que pide acompañamiento, reparo. Salvadora mostraba el puño, pero viendo la imagen con mayor detenimiento, parece guardar una piedra. A la pollera le falta un botón" [Vanina Escales, ¡Arroja la bomba! Salvadora Medina Onrubia y el feminismo anarco, Marea, Buenos Aires, 2019, pp. 31/2].

Una semana atrás había hecho uso de la palabra en la reunión celebrada en la Casa Suiza, donde habló acompañada de Santiago Locascio y Bautista Mansilla. 

Leyó un discurso preparado, anticipando que: "He luchado por llegar a vuestro lado airosamente, pisando prejuicios y despreciando normas [...]. Quiero y pido y reclamo un puesto de lucha, el puesto que me corresponde por derecho [...]. Otros se creen positivamente revolucionarios porque gritan al patrón y quieren marcar las horas de su trabajo. Detrás de sus rebeldías de carnaval vemos que todo es egoísmo, utilitarismo bajo y grosero. Su inteligencia sólo les permite aspirar a cosas de la tierra y toda su enjundia la emplean en conseguirse un poco de comodidad material. Nosotros no. [...] Un hombre al decirse anarquista se sella la frente. El anarquista, mosquetero de la Belleza, generoso, sabe que va al dolor y marcha con la frente bien alta. Sabe que al gritar su idea se separa de los demás hombres, que se hace blanco de cuanto veneno quieran echar en él, de cuanto infamia y maldad conciban los defensores de ese tan decantado orden social. Son embargo, marcha... Es noble, es valiente. Podrá decirse de alguno que es fanático, pero de ninguno puede decirse que tenga doblez en el alma... [para cerrar con la expresión de su] idea de destino -tan poéticamente potente, aunque contradictoria con la de voluntad, que es afín al anarquismo-: 'Lo soy, porque llevo la justicia y la verdad en la carne y en el alma, porque he nacido anarquista como se nace genio, como se nace imbécil o como se nace rico" [Ibídem, pp. 26/7].

Ya tenía un hijo Pitón, nacido en 1912, a quien su futuro esposo Natalio Botana adoptaría como propio llamándose a partir de entonces Carlos Natalio Botana. Ese origen biológico, esa filiación adoptiva (se dice que) mucho tuvo que ver con el suicidio de Pitón, en 1928; fecha que signó el destino de su madre, que a partir de entonces se refugiaría en la teosofía, el espiritismo, el alcohol y las drogas.

Sólo su exitosa campaña por indulto de Simón Radowitzky en la Semana Santa de 1930 (por el que bregó desde las páginas de "Crítica" desde la aparición del diario), que ya repasamos en tus páginas querido diario, fue un paréntesis a la caída libre en la que se convertiría su vida desde la muerte de su hijo mayor, el único al que quiso.

Despidámonos de Salvadora. 

La pinta de cuerpo entero la anécdota de su presencia en el funeral de las víctimas de los hechos del día 7 de enero, en el cementerio de la Chacarita dos días más tarde (que ya repasamos en su páginas querido diario), reflejada en su biografía, donde: "Salvadora había llegado con Pitón de la mano, y quiso hablar. La subieron arriba de los cajones y apenas comenzó a improvisar un homenaje a los muertos, la policía montada -los 'cosacos'- inició el ataque. Sebastián Marotta, sindicalista de la FORA del IX Congreso, la agarró de la pierna y la tiró adentro de la fosa abierta. Los caballos pasaban por sobre sus cabezas. Los cascos les tiraban tierra encima. Cuando lograron salir, Pitón no estaba; se había perdido en el tumulto y las corridas. Consiguieron un coche y fueron a un viejo local obrero de la calle México 2070. Antonio de Tomaso había rescatado a Pitón y los estaba esperando en el local. El niño dormía en un banco" [Ibídem, p. 71].

Qué no hubiese dicho nuestro buen oficial de policía Piñero de esa madre que andaba con su crío de seis años, esquivando las balas, en un evento como ése. Nos quedamos con las ganas de leer su reflexión, sólo contamos con el recuerdo de esa madre descocada, relato que concluye de acuerdo con la reconstrucción realizada por su biógrafa en el bellísimo ensayo que hemos repasado.


"Una vez que los heridos fueron curados por la obstétrica anarco-bolchevique Eva Vivé, ya de madrugada, Salvadora tomó el tren a Florida. Fue recapitulando los peligros de ese día mecida por el movimiento del vagón, tenía un poco de náuseas, Pitón dormía sobre sus piernas. En la estación, Natalio los estaba esperando. Salvadora empezó a disculparse como si hubiera sido su culpa que los añamenbuyses -como llamaba en guaraní a la diabólica montada- hubieran reprimido y no de la policía que los acorraló en el cementerio. El temor a los reproches de Natalio se disipó en el instante en que él cargó a Pitón al hombro y empezaron a caminar, 'ya con luz de día, las once cuadras que llevaban de la estación a nuestra casa'. Descubrió al poco tiempo que ese día ya estaba embarazada de menos de dos meses". [Escales, cit. pp. 71/2].

Con los años, Salvadora justificó haber llevado a su hijo tan chico a ese acto, que pudo haberle costado (con diez años de anticipación) la muerte violenta a la que Pitón parecía predestinado. Ella dio sus razones: "quería que él se fuera enterando de lo que era la lucha social"

Y a propósito de la hija que crecía en su vientre escribió un verso muy hermoso, que dice tanto de aquella mujer que creía en lo que creía: 

"Yo llevo en las entrañas la promesa de un mundo
y en cada vibración de mi vientre fecundo,
baño toda mi carne en la euforia gloriosa,
de sentirme inmortal, como una semidiosa".

Descanse en paz, Divina Dama. 

domingo, 4 de octubre de 2020

Diario de cuarentena. Día 199.


"Del Barrio de las Latas 
se vino pa' Corrientes
con un par de alpargatas 
y pilchas indecentes.
La suerte, tan mistonga 
un tiempo lo trató.
Hasta que al fin un día, 
Beltrán se acomodó.

Hoy lo vemos por las calles de 
Corrientes y Esmeralda
estribando unas polainas que 
dan mucho dique al pantalón.
No se acuerda que en Boedo 
arreglaba cancha e' bochas,
ni de aquella vieja chota, 
por él, que mil veces lo ayudó.

"Del Barrio de las Latas", tango de Emilio Fresedo y Raúl de los Hoyos.

Querido diario.

El detenido análisis que vengo proponiendo de las jornadas de enero de 1919, por el afán de ilustrar sobre un hecho demasiado doloroso que en mi opinión exige un abordaje cuidadoso y pormenorizado a fin de evitar caer en simplificaciones que condenen o absuelvan sin más, nos exige la tarea de repasar la memoria de quienes, en gran medida, protagonizaron esas jornadas calientes, bañadas en sangre.

Comenzaremos por dos oficiales de la policía que actuaron durante esos días: Octavio A. Piñero y José R. Romariz, quienes...

Uh, nene, esto no termina más. Amagaste con Carlés, pero ni una palabra escribiste más allá de su nombre y algún insulto a la medida del personaje. Paraste en el día 10 y ahora, amagás con retroceder... Ya sé, no te interesa que te lean, pero son dos o tres por entrada. Cada vez son menos, como los hinchas de Vélez, bebé. Te destrozás la espalda de gusto, no escribís lo que tenés que escribir y navegás al garete...

Te agradezco querido diario que recuerdes mis consideraciones: no persigo grandes audiencias, nunca las tuve ni las tendré. No por ello me considero mejor que nada en nadie, pero masivo, no soy. Cierto, el tema vengo cocinándolo a fuego muy bajito...

Demasiado, bebé. El guiso se te va a sancochar...

Puede ser, pero así pienso seguir.

Decía, antes de la indispensable intervención de mi querido diario, que vamos a analizar testimonios, comenzando por los dos oficiales de policía que publicaron sus trabajos en 1952 y 1955, ambos citados por Godio, en el trabajo tan repasado.

El último, es el de Octavio A. Piñero: "oficial de la Sección VII de la Capital Federal", quien, tal como él mismo lo refiere en su texto, realizaba trabajos de campo (de inteligencia) sobre los grupos anarquistas, en prevención de la "revolución social", que se juzgaba inminente, coletazo de la bolchevique-rusa. "en 1918, que ya empezó a perfilarse la revolución social en marcha, se realizaban diariamente en distintos puntos de la ciudad, reuniones autorizadas y otras no autorizadas, que se llevaban a cabo clandestinamente, las que también tuvieron lugar durante el año anterior. Predominaban en unas y otras, en su mayor número, las que efectuaban los gremios en los que se habían infiltrado los elementos disolventes, en cuyas conferencias, ya se realizaban en la vía pública o en locales cerrados, llegaban los agitadores de extrema izquierda, al abuso de la libertad de reunión y de expresión, dando rienda suelta en sus ataques al gobierno y a las autoridades. Encendían en las masas obreras el odio y la destrucción de la clase capitalista, y pregonaban sin ambage [sic] de ninguna naturaleza la revolución social." [Octavio A. Piñero, Los orígenes y la trágica semana de Enero de 1919, Buenos Aires, 1956, p. 28].

Sería explícito acerca de las tareas que desempeñaba en cumplimiento de sus servicios cuando: "flotaba en el ambiente de la población, a medida que el tiempo transcurría, que algo grave iba a desencadenarse en la ciudad. Esta atmósfera turbulenta e inquietante que se avecinaba, no era difícil de percibirla por el pueblo sano, y por quien en el desempeño de sus funciones policiales, asistía a las reuniones obreras, habiendo estado presente en muchas de ellas, realizadas en la plaza Miserere, y en locales cerrados, jurisdicción de la sección séptima, en la que presté varios años de servicio de calle, lo que permitió llegar a la conclusión que los nubarrones de la revolución en marcha, que desde tiempo atrás venáin formándose y cerninéndose sobre la ciudad, día a día se obscurecían cada vez más, hasta que inevitablemente se desencadenó la tormenta, la que regó de sangre las calles de Buenos Aires." [En ibídem, p. 31].

Se viene la maroma sovietista, faltó que apuntara el oficial de policía afecto a la metáfora, quien, debe admitirse (a diferencia del autor del restante testimonio que vamos a repasar), entendía justificados los reclamos de los trabajadores de ese tiempo, aunque abominase de la conducción de los anarquistas en los enfáticos términos expresados en los párrafos transcritos. 

Desarrolló una generosa descripción del estado de las clases menos favorecidas, de entonces, de la crítica situación social del país que comenzaba a gobernar el Radicalismo, a la que atribuyó: "los hechos luctuosos que en su hora, tuvieron como escenario la Ciudad [...] por no habérseles dado a su debido tiempo, la solución correspondiente. La falta de un mayor bienestar, para las masas laboriosas, venían originando desde largo tiempo inquietudes y luchas en las mismas, a fin de lograr una vida más digna y feliz, cuyas aspiraciones, no fueron tomadas en cuenta por los gobiernos anteriores al año 1916, lo que permanecieron indiferentes ante esas inquietudes, que tarde o temprano debían aflorar. Por otra parte, la acción política negativa y reaccionaria de los gobiernos del Régimen, mantuvo sumida en el desamparo a los trabajadores", caldo de cultivo (de acuerdo con la lectura de los hechos de Piñero) de la acción de las dirigencias anarquistas.

Empático, por así decirlo, con las necesidades populares anota que hasta la llegada de Yrigoyen a la Presidencia: "los salarios que se pagaban, eran insuficientes para cubrir las necesidades más apremiantes, y las horas de trabajo, no tenían más término que el que establecía el patrón, que por lo común, excedían de las diez a doce horas, cuando no jornadas extras, sin retribución alguna. El sentido de la justicia social no lo tenían ni los gobernantes ni las clases adineradas." [Ibídem, pp. 10/1].

Luego de pasar revista al impacto en el mundo del trabajo de "la corriente migratoria de esos tiempos [que] produjo en la población de Buenos Aires, un cambio en las ideas sociales. Ya en el año 1888 había germinado y comenzó a desarrollarse la idea del socialismo. Empezó también la prédica marxista, y a este respecto, el jefe de Policía Coronel Alberto Capdevila, elevó una nota al Ministerio del Interior, exponiendo con elocuencia sus puntos de vista, sobre la sorda agitación, que venía gestándose en las masas obreras, por elementos foráneos, de ideas anárquicas, solicitando se tomaran medidas para evitar esos actos, las que no fueron tomadas en cuenta por el Gobierno, y en ese tren de imprevisión, se siguió adelante." [Ibídem, p. 13].

Más adelante, refiere a la muerte de Falcón a manos de Radowitsky, de la sanción de la ley de Defensa Social y al sucesor de aquel al frente de la Policía: "el entonces Coronel Luis J. Dellepiane, prestigioso militar, quien tuvo que adoptar medidas enérgicas y adecuadas, para contener la acción de los elementos disolventes, no obstante lo cual, los actos terroristas continuaban", medidas que a criterio de Piñero contuvieron la agitación, orden: "que se logró mantenerse [sic] con pequeñas variantes, sin mayor importancia, hasta 1914, en el que fue declarada la primer guerra Europea, que rompió el dique de contención, que con esa ley, y demás medidas adoptadas, se había logrado formar, volviendo a germinar, tiempo después, nuevas inquietudes en las mismas, ocasionadas por la desocupación, consecuencia directa del conflicto bélico [que] creó en el espíritu y en los hogares de esos hombres, el desaliento y la preocupación de un futuro obscuro. El número de hombres sin trabajo, aumentaba mes a mes; la situación se tornaba cada vez más, con tintes sombríos; legión de obreros, quedaron sin techo donde dormir, y se les veía ambular en la zona portuaria e ir a pedir alimentos a los buques amarrados en los diques y a los domicilios cercanos al puerto. [...] Esa legión de desocupados, construyeron sus viviendas precarias en la zona portuaria, con restos de lonas, latas y tablas, que recogían de los desperdicios que se abandonaban en los terrenos del puerto, lugar donde habían resuelto acampar y esperar mejores tiempos. En cambio, muchos de ellos, se resignaban a dormir debajo de los puentes de los ferrocarriles, establecidos en la zona del bosque de Palermo, o al aire libre. [...] Esta situación alarmante, que se mantuvo hasta largo tiempo después de terminada la guerra Europea [...] y la honda y grave crisis económica que sobrevino, como consecuencia de la misma, motivó en el espíritu de esos hombres, atormentados por el hambre, el germen revolucionario, la que fue nuevamente abordada por los agitadores de extrema izquierda, quienes lograron infiltrarse una vez más, en las masas obreras y convulsionarlas". [Ibídem, pp. 18/20].

 


Vívido y elocuente, el relato de Piñero, interesante desde el fresco que propone del tiempo que vivía el país al inicio del gobierno de Yrigoyen, un terreno minado de las más diversas complicaciones, expuesto al desafío de torcer ese inadmisible estado de cosas, subrayado con la impudicia del contraste de la opulencia de las selectas clases adineradas de esa ciudad rebosante de indigentes de indigencia absoluta.

Reflejada por los artistas plásticos de ese tiempo, por ciertas crónicas periodísticas; por plumas (tanto más valiosas que la del pesquisa evocado) en la dramaturgia de Vacarezza, Sánchez de Armando Discépolo; en los tangos de su hermano Enrique Santos, en los de Manzione y el de Emilio Fresedo, que compartí al inicio, el que refiere a Beltrán, el chongo del "Barrio de las Latas".

Cuenta la investigadora del Conicet Valeria Snitcofcky, en un rico y pormenorizado estudio de la miseria en la Buenos Aires de principios del siglo pasado (disponible acá) las razones por las cuales esas barriadas nacidas en razón del "limitado o nulo" acceso a la vivienda, se denominaban de esa manera, puesto que: "las viviendas establecidas en estos barrios fueron construidas, muchas veces con 'latas de kerosene rellenas de tierra y apiladas en filas superpuestas'. Por esta razón y al no usarse aun el término villa, fueron conocidos como barrios de las latas y estuvieron establecidos en torno a los basurales, donde sus habitantes vivieron de lo que pudieron, encontrar entre los desechos para reciclar, vender y alimentarse" y con cita de Daniel Schávelzon anota que "la nafta y el kerosene se vendían en recipientes de lata que podían ser desplegados para darles otro uso, más baratos que las chapas acanaladas de zinc, inventadas hacia 1855. Por eso, las casas de muy bajos recursos tendían a hacerse con latas".

Desde ya que los habitantes de esos asentamientos carecían de toda prestación asimilable a servicios públicos, hundidos en la miseria más profunda, el más populoso, ubicado en el actual barrio de Parque de los Patricios "asentado alrededor del Vaciadero Municipal [la Quema], en la zona oeste de la ciudad, y fue conocido también como el Barrio de las Ranas. Simultáneamente existió otro vecindario de características similares, aunque menos nombrado en los documentos contemporáneos, establecido en una parte de Belgrano que comprendía la ribera del Río de la Plata, los contornos de sus afluentes y los bordes de un basural que se ubicaba en las calles Ramsay, La Pampa, Dragones y Sucre". La futura "Villa 30", que era probablemente, la que aludía Piñero en su relato.

"Hacia 1911 [prosigue Snitcofcky], una crónica sobre el Bajo Belgrano publicada en Caras y Caretas, mencionaba a las condiciones sanitarias adversas que afectaban a la población del lugar, especialmente vulnerable a las epidemias: 'ojea usted las defunciones anotadas en el registro civil, y tropieza, a dos por tres, en la sección 16, con un finado en la calle Miñones, otro en la de Cazadores, un tercero en la de Sucre, un cuarto en la de Juramento Otro datito para los amigos de la estadística funeraria: hace poco, cuando nos visitó la peste bubónica, fue el Bajo de Belgrano el barrio que debutó en cuestiones de Asistencia Pública y Chacarita.' Asimismo, el cronista describió la precariedad de la infraestructura, destacando el agudo contraste con otras zonas de Belgrano: 'Arrancamos a tres cuadras del aristocrático paseo de las barrancas, y acto continuo, los caminantes comenzaron a asentarse sobre tierra no muy firme, a falta de veredas.' En cuanto a los servicios, hay referencias a la falta de alumbrado público y a la escasez de agua potable expresada, por ejemplo, en el epígrafe que acompaña la foto de un tanque de agua ubicado muy cerca del barrio: 'El tanque de las aguas corrientes -250.000 litros de capacidad- de cuyos beneficios no goza el pobrerío de Bajo Belgrano.'” 

Tal, el estado del cuerpo social de la capital del país que empezaba a gobernar Yrigoyen, aquel paraíso de ensoñación para tanto marmota chorreante de baba al consultar las estadísticas que ubicaban "a la Argentina" ocupando el 4 o 5 puesto de no sé qué ranking mundial, dejando atrás a Francia, a Canadá, a Australia.

Un país "rico", atestado de miserables sin acceso a derecho alguno.

Lo sabía Yrigoyen, por eso estaba empeñado en resolver normativamente las abismales diferencias sociales que daban pasto a eventos como el que venimos repasando. Por ello fue que obligó el 10 de enero de 1919 en la Casa Rosada a Pedro Vasena (quien se hizo acompañar por el embajador inglés) a aceptar el pliego de reclamos de los dirigentes del sindicalismo de la FORA del IX° Congreso.

Conocía de esas realidades desesperantes (la de la miseria profunda), pero también la de quienes aún percibiendo un salario eran algo más (algo menos, tal vez) que esclavos o siervos de la gleba, tal como lo refleja con precisión el policía Piñero.

De allí, y a partir de las aciagas jornadas de enero de 1919, que al presentar su mensaje ante el Congreso en mayo de ese año, refiriese que: "constituye una de las más serias preocupaciones del Poder Ejecutivo encaminar la acción del Estado hacia la solución de los complejos problemas de [la legislación social]. Las medidas ocasionales pueden salvar la dificultad de un momento; pero el resultado definitivo requiere un concepto directriz de gobierno, traducido a su vez en un plan de legislación orgánica teniente a implantar el imperio de la justicia en los intereses encontrados, para llegar a la armonía, que garantiza la estabilidad y la eficacia del capital y hace proficuo y noble el esfuerzo del trabajo. El bienestar y el mejoramiento de las clases menos acomodadas no depende tan sólo del salario justamente remunerativo. Es menester a la vez buscar ese bienestar en otras orientaciones, y en ese empelo los poderes públicos no deben omitir esfuerzos" [Pueblo y Gobierno, cit., tomo IV, p.160].

Idea que el viejo sabio reforzaría al dirigirse en agosto de 1920 a ese Congreso atestado de seres despiadados, como Sánchez Sorondo, y tanto de idiota útil, como Mario Bravo; que abominaban del autor y de sus mensajes al recordarles a esos seres minúsculos el sentido del término democracia, el cual: "no consiste sólo en la garantía de la libertad política; entraña a la vez la posibilidad para todos, para poder alcanzar un mínimum de felicidad siquiera"

Qué clara que la tenías, tatita Hipólito.


sábado, 3 de octubre de 2020

Diario de la cuarentena. Día 198.

El día 10 de enero de 1919 sería, querido diario, el parteaguas de la trágica semana que vengo repasando en tus páginas.

Como he escrito, el estado de conmoción generado a raíz de las sangrientas jornadas anteriores, a la vez del entusiasmo de la esclarecida vanguardia anarquista, según hemos leído de los escritos de Diego Abad de Santillán; decidió al presidente Yrigoyen a intervenir personalmente en la resolución de un conflicto que, al calor de ese sofocante y sangriento mes de enero, se le estaba yendo (peligrosamente) de las manos.

Conocidos los acontecimientos de la mañana de esa jornada (que repasamos en la última entrada): "el gobierno apuraba las tratativas. Al mediodía había sido ubicado el empresario Pedro Vasena y conducido a la presencia del presidente Yrigoyen. Fue acompañado por el embajador inglés. El presidente presionó al industrial. Conceder a los obreros metalúrgicos en huelga era ahora una necesidad imperiosa para el propio gobierno, que veía crecer la huelga. Era una necesidad para la propia clase capitalista, que veía con estupor que un pequeño conflicto se había transformado en una huelga con formas embrionarias de lucha armada. Pedro Vasena accedió" [Godio, cit., p. 54].

Aplicaba, una vez más, el presidente radical su método de resolución de los conflictos del trabajo, que diferenciaban (en el sentido puntualizado con precisión por Jorge A. Ramos) a su gobierno de los anteriores, cuyo único remedio era la cruda represión.

Novedad que irritaba a quienes se ubicaban en los extremos: dado que si los empresarios asistían con estupor al espectáculo de un gobierno que dejaba hacer a los sindicalistas, que no reprimía con la severidad esperada desde el vamos, cortando de cuajo ese desafío encocorado de quienes debían limitarse a poner el lomo y trabajar; los arietes de la huelga revolucionaria rechazaban toda propuesta conciliatoria en la convicción, precisamente, que un acuerdo de esa índole frustrase sus preclaros objetivos.

"Domingo cinco, víspera de Reyes y la ciudad permanece inmóvil bajo un calor de treinta y seis grados. Las posiciones continúan enfrentadas mientras los directivos de Vasena insisten ante Yrigoyen para que tome medidas drásticas. El ejército, señores -contesta el presidente- permanece en sus cuarteles. Mano de hierro, exigen los diarios tradicionales; La policía asume una actitud pasiva, gimen ante la lentitud con que se resuelve la represión. Yrigoyen resulta demasiado lento: solicita nuevas consultas, pretende escuchar a todos los sectores. Tiroteos aislados en plena calle Labardén, denuncia La Prensa. ¿Habrá que esperar que lleguen a la avenida Callao?" [David Viñas, En la semana trágica, Jorge Álvarez Editor, Buenos Aires, 1966, pp. 44/5].

Tal como reconstruye Viñas todavía no habían intervenido en el conflicto las Fuerzas Armadas, precisamente, porque el presidente no deseaba esa intervención en un asunto delicado y ajeno a los militares,  que debía resolverse en el marco de la incipiente (y frágil) institucionalidad forjada desde fines de 1916. 

Sin embargo, Carlés (ya nos ocuparemos de este siniestro personaje, querido diario), Abad de Santillán, de pluma más pulida pero pareja siniestralidad y sus respectivas comparsas, bien que acicateadas por los enemigos de esa incipiente institucionalidad democrática, harían lo imposible para que la semana iniciada en la víspera de Reyes de 1916, fuese trágica.

Sedientos de sangre, unos y otros, querido diario.

En especial los grupos conservadores, mayoritarios en ambas Cámaras del Congreso y dueños de la mayoría de las situaciones provinciales cuya preocupación central durante los primeros años del gobierno radical consistía en: "la continuidad del tipo de Estado conformado en Argentina [...]. Todo enfoque de la cuestión obrera se enmarcaba en esta idea fundamental. Había que resolver la cuestión obrera sin afectar la esencia del Estado. Por eso, para los conservadores, si bien reconocían que existían dentro del movimiento obrero corrientes que iban desde el reformismo socialista hasta el maximalismo y que las corrientes moderadas podían servir como paragolpes del sistema social, consideraban a los acuerdos con los reformistas como aspectos secundarios de una táctica global. Lo primero era reprimir a los maximalistas para luego buscar formas de alianza con las corrientes moderadas; para ello había que recurrir a la violencia, a la aplicación plena de la legislación represiva. Los radicales, en cambio, trataban de caminar con ambas alternativas simultáneamente pues había en ello un proyecto de Nación diferente del tradicional [...]. Los conservadores eran el pasado del país. Pero ese pasado era todavía su presente, dado que tanto la economía como el Estado argentino seguían siendo expresión de la Argentina capitalista-dependiente, con eje en la producción agropecuaria latifundista. Su poder era muy grande; su influencia seguía siendo decisiva en la mayoría de las provincias" [Godio, cit., p. 156].

En efecto, aun cuando la presencia de Yrigoyen al frente del Poder Ejecutivo Nacional y el despliegue de sus políticas indignaba a esas dirigencias, que a regañadientes admitían ese statu-quo (en 1930, dejarían de apretar las mandíbulas y cortarían por lo sano) controlaban los resortes (institucionales y económicos) suficientes para neutralizar el proyecto político-institucional del gobierno de la chusma radical, al que amonestaban desde el Congreso, la gran prensa y la Academia.

Ámbito de un viejo conocido nuestro, querido diario, el cientificista-profanador de tumbas Estanislao Zeballos quien para 1919 (vivito, coleando y en la cresta de la ola) dirigía la "Revista de Derecho, Historia y Letras". No se privará de hacer un balance, pocos meses más tarde, del evento que recordamos.

Según nuestro tan consultado Julio Godio: para Zeballos "la causa principal de la huelga reside en que el gobierno permitió y toleró el accionar de los huelguistas: 'los preparativos de la huelga revolucionaria eran públicos desde meses atrás. Se dice que un alto funcionario propuso medidas preventivas al Poder Ejecutivo y que no fue escuchado. Se tenía el propósito de dejar hacer. Por consiguiente, la responsabilidad de los bochornosos días que ha pasado Buenos Aires es del Poder Ejecutivo' [dado que] el día jueves 9 de enero la ciudad quedó 'abandonada a turbas irresponsables', [que] creía, en efecto, estar en presencia  de un movimiento socialista general, y como ha implantado desde 1916 una política de tolerancia y de impunidad para los obreros delincuentes, les dejó el campo libre. Esta libertad, este estímulo positivo, exaltó la agitación a extremos inauditos: la libertad la propiedad, la seguridad de los habitantes quedaron durante los días 9 y 10, abandonados a la acción tumultuaria de grupos implacables, formados en su mayoría por extranjeros y por mayor número de niños de 10 a 15 años. Solamente el 11, cuando el Poder Ejecutivo conoció la desaprobación de la huelga revolucionaria por la mayoría de los comités socialistas importantes, cuando supo que el aplazamiento era atribuido a dichos comités anarquistas en mayoría extranjeros y poco numerosos, entonces, abandonó su tradicional política de tolerancia y desplegó las Fuerzas Armadas contra los grupos de resistencia formados durante el paro general"  [Ídem, p. 158].

Idéntico a sí mismo, Zeballos volvió a hacerlo: deformar los hechos con aviesa intencionalidad. Si el conflicto había escalado la cima de la violencia era por culpa del gobierno que no había reprimido a tiempo, y sin conmiseración a todos los obreros involucrados en el conflicto de los talleres Vasena.

Omite Zeballos, en su amañada reseña, la concesión arrancada a Vasena por Yrigoyen, con la presencia de los principales dirigentes de la FORA del IX° Congreso, cuyo del secretario general, Sebastián Marotta, informaría en la reunión de la Asamblea de Delegados de esa Federación Obrera que por amplia mayoría de votos decidiría: "Dar por terminado el movimiento recomendando a todos los huelguistas que reanuden de inmediato el trabajo. La Asamblea de Delegados hace un llamado entusiasta al proletariado huelguista en acción solidaria con los obreros de Vasena y protesta por los hechos acaecidos, para que la misma unión sea mantenida durante el grandioso movimientos sea sostenida al volver al trabajo, dando la prueba elocuente de que el proletariado organizado sabe cumplir sus compromisos y tiene derecho a reclamar que le sean cumplidos" [en Godio, cit., p. 55].

Recordá, querido diario, que esa solución lejos de ser considerada insuficiente por el anarcosindicalismo, era denunciada por sus principales voceros como una claudicación de sus enemigos sindicalistas quienes, no está demás recordarlo, habían obtenido todas y cada una de las reivindicaciones reclamadas al inicio de la medida de fuerza.

Aunque, deba admitirse, que no tenían en sus planes la creación de condiciones propiciatorias de una revolución, a diferencia de sus adversarios anarquistas.

Actores de este drama denostados por tirios y por troyanos. En especial, por los dirigentes del Partido Socialista quienes les dirigían una detestación pareja a la de los conservadores. 

Al final de esa semana aciaga el editorial del medio de difusión de esa agrupación, "La Vanguardia", no ahorrará críticas al gobierno "demagógico" de Yrigoyen, que habría "aprovechado" la "oportunidad" que le ofrecía la desquiciada ciudad de Buenos Aires: "en vísperas de la discusión del presupuesto" y que había que demostrar "a las clases conservadoras y reaccionarias del país que  este gobierno demagógico, compuesto de hombres de tradición revolucionaria y popular y surgido del sufragio universal y que coqueteaba con el movimiento obrero y gremial [era] en el fondo tanto o más conservador o reaccionario que los gobiernos anteriores", que había pretendido confundir a las pacíficas huestes del Dr. Juan B. Justo con la dirigencia anarquista, no obstante (consideraban que) el electorado tenía en claro que los buenos dirigentes del socialismo argentino se proponían: "huir de la promesa del milagro del paraíso católico como de la promesa del milagro de la sociedad futura a base de un concepto catastrófico [...]. En el campo gremial, cooperativo, político y cultural, hay que realizar una labor enorme. No vayamos pues, tras vanos, efímeros e ilusorios fantasmas revolucionarios de un verbalismo hueco, estéril e inconducente. No nos dejemos empujar ni conducir por nuestros enemigos maquiavélicos y solapados a donde no queremos ni debemos ir. Trabajemos por la unificación ética, política y social del país, para que la democracia argentina se consolide y progrese" ["Sensatez y firmeza", La Vanguardia, 14/1/1919, en Godio, cit., pp. 93/6].

Volvamos a la noche del 10 de enero.

Mientras Marotta instaba al levantamiento de la huelga en los términos reseñados, las acciones anarquistas comenzaron a desplegarse: "aproximadamente a las 22 horas: pequeños grupos armados, amparados por la oscuridad, se acercaron hasta las comisarías, 4a, 6a, 8a y 9a, produciéndose largos tiroteos", quienes "habían preparado un plan para asaltar comisarías por la noche: de allí la rotura de los focos de luz en las esquinas cercanas a aquellas", tarea que le habían encomendado a niños y adolescentes que durante el día habían destrozado esas luminarias.

También, se intentaría tomar el Departamento Central de Policía. 

Sucesos que ahondarían la represión, multiplicarían los muertos y heridos y darían pie a la indecible "caza del ruso", de lo cual nos ocuparemos en la próxima entrega, querido diario.

lunes, 28 de septiembre de 2020

Diario de la cuarentena. Día 192.

Querido diario:

A primera hora del día 10 de enero de 1919: "el presidente Yrigoyen se reunió con sus ministros, adoptándose dos medidas. La primera consistió en proceder, según el plan del general Dellepiane, a la distribución de los efectivos militares en la ciudad. aproximadamente 30000 hombres había destinado el ejército para la operación: Regimientos 1, 2, 3 y 4 de Infantería, 2 de Artillería, 2 y 10 de Caballería, 1 de Ferroviarios, 2 de Obuses y las Escuelas de tiro y Suboficiales. a estas fuerzas había que agregar 2000 de la Marina de Guerra y las tropas policiales. La segunda consistió en citar para esa misma mañana a Pedro Vasena a la Casa Rosada".

Queda claro que, producidos los graves acontecimientos que venimos repasando, el Presidente se había dispuesto a hacer todo lo necesario para poner fin a ese estado de cosas: "reprimir a los huelguistas y hacer retroceder al 'incivilizado' patrón, resumía la táctica del gobierno para enfrentar y resolver la compleja situación política" [Godio, cit., p.52].

Jorge Abelardo Ramos, en el trabajo que repasamos en tus páginas, querido diario, se ocupó de la relación que Yrigoyen trazó desde el inicio de su mandato con los trabajadores, dejando de lado: "la técnica del coronel Falcón de dialogar con el movimiento obrero sable en mano y a descarga cerrada", lo cual se tradujo en un incremento de la protesta: "si en 1916 se contabilizaron 80 huelgas, llegan a 300 en 1919. El número de huelguistas asciende de 25.000 a 300.000", lo cual enardece a la oposición conservadora y a sus mandantes, los capitalistas.

Ejemplifica ese estado de cosas, mediante la evocación de la huelga ferroviaria de 1917 cuando: "los delegados de la Bolsa de Comercio y de la Industria solicitaron una audiencia a Yrigoyen. En ella expusieron que ese movimiento afectaba gravemente a la economía del país: a raíz de que las cargas se demoraban, el ganado traído a la exposición Rural 'empezaba a enflaquecer por falta de forrajes o por las dificultades que ofrecía el transporte'. Yrigoyen preguntó qué solución ofrecían para terminar con el conflicto. 'Se miraron en silencio, tardaron un rato en responder, pero al fin alguien dijo que el Gobierno debía desembarcar los marineros, los maquinistas y los foguistas de la escuadra y ponerlos en las máquinas para manejar los trenes y terminar con el conflicto'. '¿Es esa la solución que traen ustedes al Gobierno de su país?, les preguntó Yrigoyen; ¿es esa la medida que vienen ustedes a proponer al gobierno que ha surgido de la entraña misma de la democracia, después de treinta años de predominios y privilegios? Entiendan, señores, que los privilegios han concluido en el país, y de hoy en más, las fuerzas armadas de la Nación no se moverán sino en defensa del honor y de su integridad. No irá el gobierno a destruir por la fuerza esa huelga que significa la reclamación de dolores inescuchados. Cuando ustedes me hablaron de que enflaquecían los todos de la Exposición Rural, yo pensaba en la vida de los señaleros, obligados a permanecer 24 y 36 horas manejando los semáforos, para que los que viajan, para que las familias puedan llegar tranquilas y sin peligros a los hogares felices; pensaba en la vida, en el régimen de trabajo de los camareros, de los conductores de trenes, a quienes ustedes aconsejan reducir por la fuerza del ejército, obligados a peregrinar a través de dilatadas llanuras, en viajes de 50 horas sin descanso, sin hogar'" [en: Ramos, Jorge A., Revolución y contrarrevolución..., cit. Tomo I., pp. 433/4].


¿Qué había pasado, entonces, entre aquella negativa de Yrigoyen a involucrar en la resolución de un conflicto gremial a las Fuerzas Armadas y la decisión tomada en ocasión de la huelga general de enero de 1919 que estamos evocando?

Arriesgo, querido diario, que el tenor de los acontecimientos, de una coloratura demasiado subida de tono, lo habrá persuadido en ese sentido.

La situación estaba fuera de cauce: los muertos eran muchos (no tantos como los que se contarían al final de esa semana) violencia alentada por las dirigencias ubicadas en cada uno de los dos extremos del conflicto.

La violencia exacerbada de la jornada del 9 de enero, era celebrada por el diario "La Protesta", uno de los portavoces de la dirigencia anarcosindicalista: "el pueblo está para la revolución. Lo ha demostrado ayer al hacer causa común con los huelguistas de los talleres Vasena. El trabajo se paralizó en la ciudad y barrios suburbanos. Ni un solo proletarios traicionó la causa de sus hermanos de dolor."

Eufórico ante la aurora de la ansiada revolución proletaria, se entusiasmaba con el detalle de los acontecimientos el director del periódico, Diego Abad de Santillán: "entre los diversos incidentes desarrollados en la tarde ayer, citamos los que siguen: el auto del jefe de policía fue incendiado en San Juan y 24 de Noviembre. Los talleres Vasena fueron incendiados por la muchedumbre. En la manifestación a la Chacarita, fue desarmado un oficial de policía. En San Juan y Matheu fue asaltada y desvalijada una armería. En Prudan y Cochabamba se levantó una barricada con carros y tranvías dados vuelta, ayudando a los obreros 15 marinos. En Boedo y Carlos Calvo fue asaltada otra armería. Las estaciones Anglo, Caridad, Central y Jorge Newbery paralizaron por completo. En Córdoba y Salguero los huelguistas  dieron vuelta un tranvía, a otro en Boedo e Independencia y en Rioja y Belgrano a otro. Hay una infinidad de tranvías abandonados en medio de las calles, y las calles en los barrios de Rioja y San Juan se atestaron de gente del pueblo. 200.000 obreros y obreras acompañaron el cortejo fúnebre con demostraciones hostiles al gobierno y a la policía. Los manifestantes obligaron a las ambulancias de la asistencia pública a llevar banderita roja, impidiendo que se llevara en una de ella a un oficial de policía herido. En la calle Corrientes, entre Yatay y Lambaré, a las 4 de la tarde quemaron completamente dos coches de la compañía Lacroze. Se arrojaron los cables al suelo. Aquí también un soldado colaboró con el pueblo, después de tirar la chaquetilla. En la esquina de Corrientes y Río de Janeiro se cambiaron varios tiros entre los bomberos y el pueblo, logrando ponerlos en fuga, refugiándose en la estación Lacroze, Corrientes y Medrano. Por la calle Rivadavia el pueblo marcha armado con revólveres, escopetas y máuseres. En Cochabamba y Rioja fue volcada una chata cargada de mercadería y repartida ésta entre el pueblo. En las calles San Juan y 24 de Noviembre, un grupo de obreros atajó e incendió el automóvil del comisario de la sección 20°."

Le quedaría resto para subrayar cuán propicia era la ocasión: "Todas las puertas del comercio están cerradas. Los ánimos se encuentran excitadísimos. En Rioja y Cochabamba un oficial de policía, en un tumulto, recibió una puñalada bastante grave. Estalló un petardo en el subterráneo, en la estación Once, quedando el tráfico interrumpido completamente. Un automóvil de bomberos fue incendiado en la calle San Juan. Los bomberos entregaron las armas a los obreros sin ninguna resistencia. La policía tira con balas dum-dum, Buenos Aires se ha convertido en un campo de batalla. Sigue el cortejo fúnebre rumbo a la Chacarita. Los incidentes se repiten con harta frecuencia" [en: Diego Abad de Santillán, La FORA. Ideología y trayectoria del movimiento obrero en la Argentina, Libros de Anarres, Buenos Aires, 2005, pp. 250/1].

Una oda a la valentía del pueblo que ponía los muertos que tanto entusiasmaba a don Diego Abad de Santillán. Moriría de viejo, a los 86 años de edad. Su integridad física no contribuyó a la forja de la gesta de la liberación anarquista, a diferencia de tantos miles de afortunados cuyas muertes festejaba con alborozo repugnante. No se le cayó una sola palabra de conmiseración por la muerte violenta de ninguna de esas víctimas, propiciatorias todas, claro queda querido diario, de un mundo mejor.

La antipatía que me genera la distinguida personalidad del anarquismo argentino no debe nublar mi juicio y negarle su coherencia en especial, en lo concerniente al juicio que le merecía el radicalismo y su líder, Hipólito Yrigoyen. En diciembre de 1916 escribió, siempre desde las páginas de "La Protesta": "¿Puede un gobierno, un presidente, por más democrático que sea o pretenda ser, estar en un momento franca y decididamente de parte de los obreros? El democratismo de los modernos regidores de los pueblos, ese democratismo que se manifiesta en el 'altruismo', la 'sencillez' y la 'bondad' de un presidente que se encarna en la patética figura de un misántropo a lo Hipólito Yrigoyen, es sólo una forma de gobernar, de acuerdo con el actual momento histórico. La lucha, compañeros, debe ser franca y decididamente revolucionaria. sin admitir la intromisión de nadie ni pedir favores a los gobernantes" [en David Rock, cit., p. 136].

La consabida clarividencia de las dirigencias de la izquierda de todos los tiempos, capaces de ver lo que el lumpen-proletariat no sabe ver, seguidora de tanto misántropo a lo Hipólito Yrigoyen. Quiso Dios (permítaseme la paradoja) poner en la tierra a los intelectuales del anarquismo, que insisto, sabían ver lo que otros no. Aunque es una pena que, más allá de eventos como el recordado, sus enseñanzas y lineamientos programáticos no hayan sido tenidos lo suficientemente en cuenta.

Al evocar los acontecimientos, el autor citado puntualizaría: "tal era la situación el 10 de enero. La revuelta popular duró varios días. Faltó entonces la capacidad para canalizar las energías del pueblo y ofrecerles un objetivo revolucionario inmediato. No había en el movimiento obrero hombres de prestigio suficiente para encauzar el espíritu combativo de las grandes masas. Tampoco las organizaciones obreras se encontraban en condiciones. Por lo demás, el movimiento fue inesperado y sorprendió a todos, a los de arriba y a los de abajo. Fue una explosión instintiva de solidaridad proletaria, pero no un movimiento preparado y orientado hacia algo más." [Ídem].

No se priva, desde luego, de censurar a los verdaderos enemigos de la causa anárquica: los sindicalistas de la FORA del IX Congreso, que negociaba con el gobierno y la empresa, para poner fin al conflicto, en lugar de canalizar el esfuerzo de los trabajadores en la obtención de los objetivos que se proponían los anarcosindicalistas, quienes el mismo día 10 reunidos en consejo federal decidieron: "proseguir el movimiento huelguístico como acto de protesta contra los crímenes del Estado consumados en el día de ayer y anteayer. Fijar un verdadero objetivo al movimiento, el cual es pedir la excarcelación de todos los presos por cuestiones sociales. Conseguir la libertad de Radowitsky y Barrera, que en estos momentos puede hacerse, ya que Radowitsky es el vengador de los caídos en la masacre de 1909 y sintetiza una aspiración superior [...]. En consecuencia la huelga sigue por tiempo indeterminado. A las iras populares no es posible ponerles plazo; hacerlo es traicionar al pueblo que lucha." 

Concluye el acta: "Se hace un llamamiento a la acción. ¡Reivindicaos, proletarios! ¡Viva la huelga general revolucionaria!" [Ibídem, pp. 252/3].

La seguiremos, querido diario.

domingo, 27 de septiembre de 2020

Diario de la cuarentena. Día 191.

El 8 de enero de 1919, día siguiente del enfrentamiento entre la policía y los trabajadores en las inmediaciones del depósito de los talleres Vasena, el Consejo Federal de la FORA del IX° Congreso decidió declarar la huelga general, por decisión de 19 de sus integrantes votos contra otros 9 que entendían necesaria una radicalización de la medida.

La central obrera sindicalista, restringió el programa de la huelga a dos puntos: "solución del conflicto en la empresa Vasena, satisfaciendo el pliego de reivindicaciones obreras y la libertad de todos los presos por cuestiones sindicales" [en Godio, cit., p. 22]. Los anarcosindicalistas, nucleados en la otra central, por supuesto, tenían otros planes.

El 9 de enero, la ciudad amaneció paralizada. Precisa en la edición del día siguiente, la crónica del diario "La Nación": "poco antes del mediodía, numerosas comisiones de huelguistas se diseminaron por las calles de la ciudad, incitando a los conductores de vehículos y a los trabajadores que se encontraban al paso o en los talleres de las fábricas a plegarse al movimiento. Los obreros obtuvieron así la adhesión de una gran cantidad de trabajadores de todos los gremios, iniciándose con ellos, de hecho, la huelga general".

Mientras, en la sede de la empresa Vasena (cuyos accesos habían sido bloqueados por los huelguistas) se desarrollaba una reunión entre miembros del directorio, de la Asociación del Trabajo y de delegados de la FORA del IX° negociando las condiciones de un acuerdo. Puntualiza Godio: "Los propietarios y los otros capitalistas eran protegidos por matones a sueldo, contratados por la Asociación del Trabajo. Esta 'policía privada" -así designada por el periodismo- había ocupado posiciones estratégicas en los techos, ventanas y puertas del local. Contaba con abundante armamento, especialmente máuseres. La situación, dentro y fuera de la planta industrializadora, era tensa" [cit., p. 33].

Sin embargo, la violencia más descarnada ocurriría a unos cuantas cuadras de allí, en el Cementerio de la Chacarita, para ser más preciso.


"A las 15 horas, aproximadamente, desde el barrio de Nueva Pompeya, comenzó a marchar el cortejo fúnebre. Según Sebastián Marotta [Secretario General de la FORA del IX° Congreso], reunió decenas de miles de personas. A la vanguardia del cortejo marchaba un grupo de obreros de autodefensa compuesto por cien personas armadas con revólveres y carabinas. Entre los participantes se contaban muchas mujeres y niños" [ídem].

Puede advertirse, del relato de Godio de las alternativas que rodeaban al cortejo de los obreros muertos el día anterior, que los delegados sindicales no contaban tan sólo con piedras y maderos, sino que estaban fuertemente armados.

En la esquina de Yatay y Corrientes, se produciría un incidente que dejaría su secuela: "una parte de la manifestación penetró en el convento del Sagrado Corazón de Jesús gritando consignas anticlericales y ateas. Dentro del convento estaban apostados policías y bomberos armados que ametrallaron a los incursores y mataron a varios." A propósito de este acto de provocación, respondido de manera categórica como hemos leído, me permito subrayar la consideración realizada por el autor cuyo trabajo evocamos en tanto que desde el primer momento pudo percibirse: "claramente que una parte considerable de la clase obrera, la más avanzada política e ideológicamente, no concebía esta huelga sólo como jornada de protesta por la muerte de los huelguistas, sino que estaba dispuesta a emprender acciones vigorosas, de emprender una lucha decidida contra la explotación capitalista. Es muy importante para calibrar este aspecto de la huelga obrera por los acontecimientos que se sucederán" [ibídem, p. 34].

Es clara, entonces, la incidencia del anarcosindicalismo en la manifestación desplegada en respuesta a los episodios del día anterior que, bueno es aclararlo, tenían su antecedente, sobre el cual me detendré, a fin de clarificar la sucesión de acontecimientos que derivarán en un portentoso baño de sangre.

El historiador británico David Rock, autor de un ensayo sobre el Radicalismo que ya hemos repasado, reseña al detalle la dinámica del conflicto existente entre obreros y patronos de los talleres Vasena que se remontaba al mes de diciembre anterior, cuando se había declarado la huelga, cuando "la empresa ya era famosa por sus salarios de hambre y por las medidas policiales que acostumbraba a tomar a fin de prevenir posibles huelgas [...]. Según un informe oficial, los salarios nominales promedio habían bajado de 104 pesos a apenas 52 para la fecha mencionada [...]. Al terminar el mes, se retiraron todas la fuerzas policiales, salvo una patrulla simbólica, aun cuando la huelga continuaba; esto alentó a los huelguistas a seguir adelante con sus intentos de parar por completo la producción de la fábrica. El 4 de enero, el gerente Alfredo Vasena solicitó al ministro del Interior que le mandara refuerzos; se quejó de que existía entre los huelguistas un estado de 'abierta rebelión'; habían cortado las líneas telefónicas, interrumpido el aprovisionamiento de agua y lanzado ataques diarios contra los carros en que la empresa traía los materiales a la fábrica desde un depósito externo [el de Santo Domingo y Pepirí]. En los días subsiguientes la violencia fue en aumento: el 5 de enero se produjo un enfrentamiento armado entre la patrulla policial y los obreros, en el cual murió un joven oficial. Como venganza, la policía organizó una emboscada dos días más tarde [el 7], en las afueras de los talleres, disparando contra los huelguistas cuando estos se lanzaron a detener los carros, hubo cuatro muertos" [Rock, cit., pp. 173/4].

Como anticipé, David Rock refiere una serie de acontecimientos producidos inmediatamente antes del evento del 7 de enero obviada en el relato de Godio de los hechos que evocamos, que nos permite, sino  justificar la muerte de los obreros, conocer  las motivaciones por oscuras que hayan sido: algo más contundente que piedras y maderas habían sido arrojadas a las chatas de la empresa.

Volvamos al día 9 de enero, el del funeral; luego de la provocación violenta en el convento y de la condigna respuesta, los integrantes de la "autodefensa" del cortejo, de acuerdo con la versión de Godio cuya pretensión era la de "transformar el cortejo en una manifestación contra el 'sistema capitalista' y que pensasen que era el punto de partida para lanzarse a la lucha por la 'revolución social'", produjeron una serie de desmanes entre los cuales el autor destaca la quema de automóvil y tranvías, y el saqueo de comercios, en especial de armerías que: "asaltaban y retiraban revólveres, carabinas y cuchillos. El asalto más importante se produjo en la armería de Juan Picasso, ubicada en San Juan al 3900, donde se sustrajeron armas por un valor de 2000 pesos de entonces. [...] estos robos fueron la única actividad expropiatoria de las personas que marchaban hacia el cementerio de la Chacarita. No hubo pillaje de ningún tipo, hecho que destacó La Nación como argumento para demostrar los claros objetivos de la huelga general" [Godio, cit., p. 34].

David Rock se detiene en esos hechos que califica de píllaje, al margen de las pretensiones, miras y dirección de los anarcosindicalistas, manifestación: "cuyo rasgo más notable fue que en la acción intervinieron fundamentalmente, pequeños grupos desconectados entre sí, motivo por el cual la huelga fracasó rápidamente cuando llegaron las tropas. Gran parte de la violencia atribuida a los huelguistas fue en verdad obra de pandillas de jóvenes con muy escasa percepción de los límites de clase".

Cita en respaldo a su hipótesis lo informado por el corresponsal en Buenos Aires del periódico inglés "Manchester Guardian" quien: " aseveró que gran parte de la violencia callejera se debía a que habían 'dado asueto a los escolares'; a la edición del diario "La Prensa" del 14 de enero que da cuenta del auxilio a los huelguistas de: "millares de delincuentes y una multitud de vagabundos, compuesta por adultos y menores de edad" y por último a la manifestación realizada en el recinto del Senado por el senador por Santa Fe, Pedro Echagüe, quien atribuyó a "numerosos niños de entre diez a veinte años" haber sido quienes "arrojaron la primera piedra, los primeros en encender la primera tea como consigna del ataque" [Rock, cit. p. 174 y nota al pie].   


Asimismo, refiere el testimonio de quien asistió a la quema de un ómnibus por los manifestantes: "pude ver al grupo de alborotadores que había detenido a un ómnibus y que obligaba a descender a su numeroso pasaje. La evacuación se realizó atropelladamente y sin protestas. Inmediatamente hicieron descender también al conductor y al guarda, que salieron en silencio y de mala gana. Vi cómo el interior del vehículo era rociado con líquido de botellas que seguramente no habían sido encontradas en la calle y vi cómo en un instante era envuelto por las llamas. El espectáculo me resultaba indignante, no tanto por el atropello del incendio, como por la loca alegría de los bailes, los saltos de danza salvaje, y los gritos de los desenfrenados autores del atropello" [ibídem, pp. 175/6].

Godio, por su parte recrea la llegada del cortejo a las 5 de la tarde al cementerio de la Chacarita donde: "se produjo la gran masacre. Mientras hablaba un delegado de la FORA del IX°, la policía y los bomberos armados, atrincherados en los murallones, balearon impunemente a la multitud. Cundió el pánico. Todos querían escapar mientras llovían balas por todas partes. Los grupos de obreros de autodefensa respondieron, pero varios factores les eran desfavorables: en primer lugar lo hacían en medio de una masa que trataba de huir despavoridamente; en segundo lugar, por el número y la cantidad de las armas, la superioridad de la policía y los bomberos era decisiva; en tercer lugar, estaban rodeados por la policía que disparaba desde posiciones favorables (murallones), mientras ellos no tenían defensas, excepto los montículos de tierra de las tumbas. Todos estos factores llevaron a la policía a elegir esa situación para atacar. El entierro terminó en una gran masacre. La gran prensa registro doce muertos, entre los cuales dos eran mujeres. Un periódico obrero elevó la suma a más de cincuenta" [Godio, cit., p. 35].

La noticia de la matanza, reseña Godio, encendió aún más la ira de los huelguistas: "grupos de personas que se alejaban del cementerio comenzaron a atacar a cuanto policía veían en las esquinas; decenas de tiroteos se produjeron en distintos barrios, y en Retiro y Palermo fueron baleados algunos trenes. Por otra parte, al conocer los sitiadores de la empresa Vasena los sucesos del cementerio, cundió la furia y el odio. Los huelguistas comenzaron a disparar sobre los sitiados y se inició un violento tiroteo. La policía, que discretamente vigilaba a los huelguistas, atacó con máuseres y una ametralladora a los sitiadores de la empresa. Pero estos resistieron esta operación de liberación de los sitiados; a las 19 horas tuvo con intervenir el ejército. Un destacamento del Regimiento 3 de Infantería avanzó sobre los obreros y logró desalojarlos [superada la policía por el conflicto] el presidente Hipólito Yrigoyen ese mismo día designó al general Luis J. Dellepiane como comandante militar de la Capital Federal. El enfrentamiento entre los huelguistas y la empresa Vasena no sólo había desembocado en una huelga general, sino que ésta a su vez, involucraba ahora también a las Fuerzas Armadas, que tan celosamente el gobierno trataba de marginar de las cuestiones civiles" [ibídem, pp. 35/6].

Tenía sus razones el presidente Yrigoyen para procurar evitar que los militares no fueran involucrados en asuntos que eran resorte de su administración, no obstante el tenor de los hechos que experimentarían un nuevo crescendo en las horas que seguirían, lo convencieron de la necesidad de la medida.

Si el gobierno se dedicaría a arbitrar entre las partes para, doblegada la (a esa altura), inadmisible resistencia patronal y auspiciar el logro de cada una de las exigencias de los dirigentes de la FORA del IX° Congreso; el Ejército se ocuparía de ordenar una ciudad sumida en el caos, que todavía no había conocido los estragos que habría de perpetrar la "Liga Patriótica" de Manuel Carlés y otros prohombres, temas todos, que abordaremos en la próxima entrada, querido diario.

¿No vas demasiado despacio, nene? ¿El ciático, otra vez?

No tanto, querido diario. Ni a lo uno ni a lo otro. Es un asunto que debe ser desbrozado con precisión, en procura de arribar a alguna conclusión que nos ayude a comprender porqué pasó lo que pasó en enero de 1919, las responsabilidades de cada quien y las proyecciones de esas jornadas deleznables en el futuro mediato, sobre nuestro (casi siempre) desdichado país.

sábado, 26 de septiembre de 2020

Diario de la cuarentena. Día 190.

"Cachorro de bacán, andá achicando el tren,  
los ricos de hoy están al borde del sartén.
El vento del cobán, el auto y la mansión
bien pronto rajarán por un escotillón.
Parece que está lista y ha rumbeao'
la bronca comunista pa' a este lao':
tendrás que laburar pa' morfar.
¡Cómo la vamo' a gozar!
Pedazo de haragán, bacán sin profesión
bien pronto te verán chivudo y sin colchón.
¡Ya está! ¡Llegó! ¡No hay más que hablar!
Se viene la maroma sovietista.
Los orres ya están hartos de morfar salame y pan
y hoy quieren morfar ostras con sauternes y champán.
Aquí, ni Dios, se va a piantar el día del reparto a la Romana.
Y hasta tendrás que entregar a tu hermana para la comunidad..."

"Se viene la maroma", 
tango de Manuel Romero y Enrique Delfino.

Querido diario.

La última escritura en tus páginas discurrió sobre la reunión entre el presidente Yrigoyen y Dellepiane a fines de agosto de 1930 cuando el ministro de Guerra intentó imponerle condiciones al presidente quien, razonablemente, las desoyó.

Aunque esa actitud le costara lo que le costó, don Hipólito que siempre creyó en lo que creyó y obró siempre en consecuencia, se habrá dicho para sí: "que se rompa, pero que no se doble". 

Y no se dobló ante Dellepiane.

Porque sabía, viejo y sabio, que ceder a las pretensiones de su ministro lo convertiría en un rehén de los miliatres leales a la Constitución.

Porque, viejo, sabio y memorioso, recordaba los horribles eventos de enero de 1919, cuando empezó a fulgurar en el firmamento de la oligarquía la estrella del general Dellepiane quien, aunque leal a su presidente Yrigoyen, podría volver a ser permeable a prestarle el oído a quienes, durante aquella infausta semana de enero de 1919 cuando Buenos Aires fue teñida de rojo sangre, le había susurrado a Dellepiane...

No me digas, nene, que vas a cumplir y te vas a meter con la Semana Trágica. Decímelo despacito, bebé, que soy muy sensible a las grandes emociones.

Es así, querido diario. Cumplo con vos y con la escueta y amada legión de lectores y lectoras de tus páginas.

¿Estás seguro, nene?

Sí, querido diario.

Comencemos por el principio.

Julio Godio, en su difundido trabajo sobre esas jornadas aciagas reseña el inicio, como factor detonante, los "sucesos del 7 de enero de 1919": "desde hacía un mes se encontraban en huelga los obreros de los Talleres Metalúrgicos Pedro Vasena, cuyos depósitos estaban situados en la calle Pepirí y Santo Domingo, cerca del Riachuelo, y la planta industrial en Cochabamba y La Rioja. Esta empresa era una de las más importantes del país, la parte principal del paquete accionario estaba en manos del capital británico que se había asociado con Pedro Vasena a principios de la segunda década de este siglo. Empleaba unas dos mil quinientas personas, entre obreros y empleados" [Julio Godio: La Semana Trágica de enero de 1919, Hyspamérica, Buenos Aires, 1985, p. 11].

El conflicto que se había dado entre la empresa comandada por el inmigrante lombardo Pietro Vassena (quien, a su vez, legaría al país un nieto inolvidable, llamado Adalbert Krieger Vasena) y los trabajadores se circunscribía al reclamo de éstos de: "reducción de la jornada de trabajo de 11 a 8 horas, aumentos escalonados de jornales, la vigencia del descanso dominical y la reposición de los delegados obreros echados por la empres al iniciarse el conflicto. El día 7 de enero de 1919, a las 16 horas, marchaban hacia los depósitos de la empresa, situados en las calles mencionadas, varias chatas en busca de materias primeas para la planta industrializadora" [ídem]. 

Gran inicio del ensayo notable que repasamos. Podemos representarnos esa tarde de verano, con el sol de plomo a la hora de la siesta, en esas calles desoladas de Barracas al convoy de la empresa transportando "obreros no adheridos a la huelga y rompehuelgas contratados para la empresa por la Asociación del Trabajo. Las chatas, conducidas por rompehuelgas, eran acompañadas por la policía. Cuando estas se acercaron a la Avenida Alcorta y Pepirí, un grupo de obreros huelguistas acompañados por mujeres y niños, intentaron pacíficamente detener a los 'crumiros' [que] no se detuvieron. Entonces los obreros comenzaron a tirarles piedras y maderas. En defensa de aquellos acudió la policía que custodiaba las chatas y cargó contra hombres, mujeres y niños. Varios policías, dispararon sus fusiles. Dos horas después había terminado la refriega: en el suelo había cuatro obreros muertos, uno de ellos de un sablazo en la cabeza, y más de treinta heridos, algunos de los cuales fallecieron después." [Ibídem. pp. 11/12].

Este acontecimiento "casi inadvertido para la gran prensa [al cual] tampoco el gobierno le dio inicialmente gran importancia [sería] el factor detonante que desataría las fuerzas revolucionarias de una clase obrera socialmente sumergida y marginada de los asuntos políticos en el país. Daría lugar a la huelga general obrera más importante hasta esa fecha; una huelga que superó los marcos tradicionales de la acción reivindicativa y que por ello dio lugar a violentos enfrentamientos entre los obreros y las fuerzas represivas. Fue una huelga de gran significación política y pasó a la historia con el nombre de la Semana Trágica." [En: ídem].

Brevemente, repasemos querido diario, el relato de los hechos propuesta por el presidente del Instituto Nacional Yrigoyeneano en airada respuesta a la interpretación que de la semana iniciada con ese enfrentamiento, había realizado en su programa de televisión "Algo habrán hecho por la historia argentina", el historiador Felipe Pigna, que puede consultarse íntegra aquí 

Refiere que: "con el propósito de quebrar la huelga que paralizaba la actividad del establecimiento con sus consiguientes consecuencias económicas negativas, los propietarios con el apoyo de los núcleos empresarios y políticos del conservadorismo más rancio recurren a la contratación de personal suplente a los huelguistas, los cuales al pretender ingresar al local son atacados a tiros por los activistas. Se desata entonces una represión feroz y los episodios arrojan un saldo de muchos muertos y heridos de ambos bandos. El programa del mentado Pigna sostiene que no hubo bajas por parte de la policía de la Capital. Ello es falso, ya que en la primera refriega entre huelguistas activistas y fuerzas policiales, cayó muerto el cabo Vicente Chaves".

Entonces, nos encontramos, querido diario, con dos versiones de los hechos claramente diferenciadas. No aludo a la del querido Felipe, no he visto su programa sobre la Semana Trágica, refiero a la que acabo de transcribir con la de Julio Godio. 

No sólo en el tono, dado que si las autoridades del Instituto refieren a los carneros enviados por la empresa como "trabajadores contratados"  por Vasena, Godio los llama crumiros; si éste manifiesta que la comitiva rompe-huelga fue recibida con piedrazos y maderazos, la versión última alude al uso de armas de fuego por parte de los huelguistas y se nombra a un cabo muerto, mientras que la otra refiere la muerte de cuatro obreros uno de ellos, de un sablazo (policial). Si Godio subraya el tenor del reclamo, en la otra versión se hace hincapié en las motivaciones de los huelguistas anarquistas a quienes por su pulsión por la violencia, se los parangonará con los represores de la Liga Patriótica; por último, éstos refieren los perjuicios económicos de la medida de fuerza y aquél, pondera especialmente el accionar desleal de la empresa.

Entre tantos etcéteras. Creo que es útil contrastar ambas versiones (que no son antagónicas, sino que presentan los hechos del modo de mejor favorecer a la conclusión de cada cual), puesto que de la interpretación que a los hechos les demos, arribaremos a conclusiones que, aun teñidas de la ideología de quien lea estas reflexiones, diferentes.

Sin embargo, considero importante empezar a definir conceptos, cuanto menos, presentar a los principales actores de la masacre en cierne.

Ambos (Godio explícitamente, las autoridades del Instituto Yrigoyeneano de manera implícita), hicieron referencia a la organización patronal que había movilizado la contratación de los rompehuelgas: la "Asociación del Trabajo".

Surgida: "para responder a una coyuntura que ofrecía crecientes motivos de alarma a las grandes empresas a las que aspiraba agrupar, y ello por dos razones principales. Una era el resurgir de la militancia obrera, debido tanto al cambio en el clima ideológico y político ya insinuado a escala mundial cuando se hizo inminente el fin de la guerra y aun más acentuado en la temprana posguerra, cuanto a la paralela reactivación económica que a partir de 1917 puso fin a una etapa de muy graves dificultades en la pequeña industria, y en el campo en la agricultura del cereal. En los años durísimos que quedaban atrás, los altos niveles de desocupación habían forzado a los trabajadores a sufrir pasivamente la caída de los salarios reales causada por las perturbaciones en el comercio de importación, que suplía una parte aún muy considerable de los consumos populares. Entre 1917 y 1921, mientras la creciente demanda de mano de obra que era consecuencia de la reactivación persuadía a los trabajadores de que había llegado la oportunidad de recuperar con creces el terreno perdido, el alza continuada de precios [...] los persuadía a la vez de que sólo mediante una acrecida militancia sindical podrían lograr la rehabilitación de los salarios reales que la nueva coyuntura económica hacía posible [Halperin Donghi, Tulio, Vida y muerte de la República Verdadera, cit. pp. 131/2].

He aquí, entonces, a un actor principal del conflicto, trascendente del sujeto Vanesa y de los intereses de origen británico que representaba: una asociación gremial laboral, creada a partir de la novedad internacional anotada por el maestro Tulio (cuestión sobre la que bastante más escribiré), como de aquella que se había producido en el país desde octubre de 1916, de allí que considere el historiador evocado en su trabajo que la decisión de los empresarios de unirse era una reacción: "contra las consecuencias de una nueva actitud del Estado" en la resolución de los conflictos entre obreros y patronos: "el arbitraje de funcionarios del poder Ejecutivo que -como sabían de antemano- no iba a serles favorables", deducción extraían del temperamento seguido por Yrigoyen ante la huelga ferroviaria y la portuaria, ambas de 1917.

Deben destacarse dos cuestiones que don Tulio manifiesta al pasar, que en mi mirada constituyen la miga del conflicto que pueden explicarse si y solo si se repara en las consecuencias económicas de la Gran Guerra que acaba de finalizar: un proceso improvisado y urgente de sustitución de importaciones, la caída vertical de los precios internacionales de los cereales exportados por el país y la imposibilidad del Reino Unido de Gran Bretaña de adquirirlos durante el conflicto.

Y, paradójicamente, la recuperación de esa caída con dos efectos medulares: el descenso del desempleo en la Argentina y la pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores merced al aumento de precios acaecido merced a esa vigorosa (aunque fugaz) recuperación económica.

Explíquelo usted, que tanto mejor lo hace, doctor Frondizi: "la guerra paralizó por completo, en los países beligerantes toda producción industrial que no fuera la de aumentar su capacidad bélica; y como los países que se enfrentaban eran los proveedores mundiales de productos manufacturados, aquellos que constituían sus mercados viéronse obligados a crear por sí mismos y en la medida de sus posibilidades las industrias imprescindibles que habrían de llenar sus necesidades en ese sentido [Vasena, era un caso prototípico de ello]. La guerra originó en nuestro país, especialmente en lo económico y social, problemas no afrontados hasta entonces y cuyas soluciones debieron los gobernantes buscar fuera de sus experiencias. En lo atinente a la economía, la guerra provocó, en primer lugar, una disminución en las cantidades y valores del comercio exterior en uno de sus dos términos: la importación [contracción que] obliga a nuestro incipiente equipo industrial a multiplicarse y perfeccionarse a fin de producir en parte los artículos manufacturados que el país ya no importa. Es decir, que la industria nacional se ve compelida por los hechos mismos, a acrecentar su capacidad productiva al tener que producir para un mercado del cual había desaparecido, en gran parte, el competidor extranjero. La falta de competencia y la debilidad y pobreza de nuestra industria técnicamente atrasada provocan un aumento general del precios. [Así] mientras el proceso de industrialización aumenta rápidamente, exigiendo mayores cantidades de mano de obra, las condiciones de vida de la población en general se agravan, en especial la de la población obrera industrial. Ésta ha aumentado, hasta invertir la vieja proporción campo-ciudad con ventaja para el último término y provoca un enorme movimiento de inquietud social que tiene su fundamental económico en las cifras siguientes [un cuadro comparativo de la relación entre la retribución y las necesidades vitales de los obreros industriales]. 

Si en 1914 el "valor promedio del presupuesto familiar" era de m$n 119,49 y el salario promedio mensual de un obrero industrial era del m$n 67,22; para 1918 el primer ítem era de m$s 204,39 y el salario de m$s 71,03, en tanto que el jornal diario de los obreros huelguistas, en 1914 era de m$n 4,22, habiéndose incrementado en 1918 era tan sólo, 30 centavos [Arturo Frondizi, Petróleo y política, cit. pp. 61/9].

Asimismo, la representación del trabajo, se hallaba dividida en dos centrales obreras: "La FORA del IX° [Congreso] y la FORA del V° [...]. Hasta mediados de la primera década del siglo [veinte] la dirección del movimiento era disputada por dos corrientes: el anarcosindicalismo y el socialismo. Pero, a fines de esa década, comenzó a perfilarse una nueva corriente, el sindicalismo. Esta corriente, desprendimiento del Partido Socialista, era una prolongación en la Argentina del llamado sindicalismo revolucionario europeo, especialmente de la corriente influida por el francés. Criticaban al Partido Socialista por su tendencia puramente electoralista y sostenían que la actividad parlamentaria sólo podía ser auxiliar de la lucha sindical, la única lucha revolucionaria. Sostenían que los sindicatos eran el principal instrumento de lucha obrera y los órganos naturales de poder proletario. Para los sindicalistas, el socialismo era sólo una consigna agitativa, lo fundamental residía en encabezar las luchas reivindicativas de los obreros, cuya mecánica interna devendría en la instauración del socialismo. El espontaneísmo anarquista, y ambos, coincidían en la oposición a la tesis marxista de la necesidad del partido político de la clase obrera [así] anarquistas y sindicalistas tenían un enemigo común en el movimiento obrero: el Partido Socialista", en cambio: "los anarcosindicalistas afirmaban que los sindicatos debían definirse, tal como lo había hecho el V° Congreso de la FORA (agosto de 1905), por el comunismo anárquico y veían en esta posición sindicalista una apertura a posibles posiciones oportunistas, es decir, la reducción del sindicato a la simple lucha por reivindicaciones inmediatas [...]. Ambas líneas operaban sobre un verdadero 'polvorín', es decir, sobre una clase obrera brutalmente explotada pero, al mismo tiempo, organizada e influida por la situación revolucionara en Europa. Al mismo tiempo, las condiciones políticas internas facilitaban que una huelga general pudiese desembocar en una lucha de magnitud por cuanto existía en el país un clima de libertades democráticas y cierto ambiente favorable a las ideas de progreso social, fenómeno explicable por las modificaciones producidas en el Estado argentino con el ascenso del radicalismo al poder en 1916" [Godio, cit. pp. 19/21].   

Hagamos un breve alto.

De acuerdo con la prolija descripción de Godio, se desprende, por un lado, la vigencia de la escisión de las dirigencias sindicales de los trabajadores de entonces entre aquellos que enmarcaban los reclamos de los obreros como una herramienta más de la lucha por la toma del poder y quienes, por el contrario, los limitaban a ese campo, por ello, eran más flexibles y pragmáticos que aquellos.

Consecuentemente, los del IX° Congreso eran proclives al diálogo con el gobierno radical, por razones estrictamente gremiales (los arbitrajes, evocados por Frondizi, fueron ampliamente favorables a los trabajadores triunfo que tradujo, asimismo, en una mayor legitimidad de esa dirigencia), en tanto que los primeros (sin perjuicio de la legitimidad de la estrategia) anhelaban -y se esmeraban en provocar- la máxima tensión entre proletarios y empresarios, a fin de enderezar a los primeros hacía la huelga revolucionaria, desacreditando concomitantemente al gobierno argentino, cuya política conciliatoria quedaba reducida a pura demagogia populista.

En el caso que evocamos, la intransigencia de Vasena (y sus socios ingleses, de decisiva participación en el entuerto) a conceder -en un primer momento- la mínima concesión a sus pauperizados operarios, provocarlos con la contratación de carneros y responder a las agresiones del día 7 de enero de 1919 con plomo, dejando un tendal de víctimas sobre el empedrado hirviente de esa tarde de aquel verano porteño, fue la chispa que encendió la mecha que hundiría a Buenos Aires en un festival, hasta entonces inédito, de sangre.

Anticipo que, aunque amagaba, no se tradujo en ninguna maroma sovietista, como prometía el tango de Romero con el que inicié esta entrada, que ya se hizo demasiado larga y el ciático no me da respiro.

Yapa: quien ande con ganas, que escuche la versión del tango con la viola y la voz de Tatita Cedrón querido disponible aquí.