martes, 14 de enero de 2020

Como aquella princesa del librito de cuentos. Eva Perón en España (cuarta parte. Lillian, la amiga fiel)

Recapitulemos.

Dije en la primera entrada de esta saga que volvería a escribir sobre el periplo de Eva Perón en España en el año 1947. Viaje realizado en respuesta a una invitación del dictador español Francisco Franco al Presidente argentino, general Perón, en el marco de la relación bilateral que (aunque se había iniciado en 1942) se relanzaba durante esos años en razón a las enormes dificultades que ambos Estado sufrían como consecuencia del fin de la Segunda Guerra Mundial.

Había dicho, también, que Perón había decidido que en su representación fuese su esposa quien, para 1947, ni remotamente ejercía el liderazgo que forjaría a su regreso.

Que fueron meses difíciles para ella y para él.

Difíciles, en especial para Eva, quien encaraba una tarea extraordinaria: proseguir la relación que Perón había construido con las distintas dirigencias sindicales desde la Secretaría de Trabajo y Previsión entre 1943 y 1945, a la vez que desplegaba (y materializaba ella misma) un dispositivo  de asistencia social inédito en alcance y magnitud.

Con las enormes resistencias que el despliegue de ambos suscitaba, dentro y fuera del país.

Debería estar ocupándome de otras cuestiones que me urgen sin embargo, sin saber bien porqué ni para qué, sigo con esta reconstrucción casera, aunque rigurosa e intelectualmente honesta. Con mi escritura ripiosa, caracoleada que viene y que va, que avanza y que retrocede. Sigo para relatar un periplo que ya ha sido demasiado contado.

Tal vez por eso. Porque ha sido demasiado fabulado, demasiado manoseado y (antes y ahora) evocado para construir torpes falacias alrededor de Eva y del gobierno que representaba.

Hubo una reciente publicación (que aludí en la primera entrada y no volveré a mencionarla) con cuya lectura empañé mis días de descanso reciente, hiel que me instó a reescribir mi lectura sobre el paso de Evita por España.

Aunque ahora, bien aconsejado, decido eludir toda referencia al autor de ese panfleto (y a su panfleto) como a las obras de la serpiente que sisea las patrañas publicadas por editorial Sudamericana en 2017.

Por varias razones: desgano, repugnancia y astucia, que aunque no me sobre tengo bastante como para eludir conferirle relevancia (desde este modesto bazar) a las provocaciones de quienes quieren que leamos y escribamos la escoria que ellos editan.

Sobran tribunas de doctrina y otros ámbitos acordes para la difusión de estiércol con pie de imprenta. En este pago, este torpe escriba (pobre, pero limpito) seguirá en la suya.

Aunque del viaje de Evita se trate y, naturalmente, el protagonismo sea el de la esposa del general Perón, en esta entrega quedará (quizás) en un segundo plano. 

Porque la protagonista de esta entrada es Lillian Lagomarsino de Guardo. 



 "A comienzos de 1947 -memora Perón- nos llegó una invitación especial para una visita a España. Aquel viaje lo rehusé de entrada: cuestiones relevantes de gobierno nos obligaron a tal rechazo. Para no decepcionar a los amigos españoles nos pareció oportuna la ocurrencia de proponer que en mi lugar sea Eva la visitante. No me constaba que mi mujer hubiera traspuesto la frontera argentina, sino para cumplir un breve compromiso en Montevideo, de modo que me interesaba verla manejarse lejos de mi férula. Viajar es comparar, ayuda con la perspectiva a crecer […]. Una vez que aceptamos la propuesta sometimos a Eva a un aprendizaje riguroso en sus aspectos formales y de fondo. Llamamos a la princesa María Pía de Borbón, señora de Padilla y entró en contacto con una insigne dama burgalesa, esposa del Agregado Aeronáutico español, quien estaba al tanto de la conformación sociopolítica del poder español y sus vicisitudes internas. Un pequeño grupo de acompañantes a manera de séquito, les prestaría escolta. Sumé a la comitiva al armador y amigo sincero, don Alberto Dodero, que costeó sus propios gastos, el doctor Alsina, médico de mi mujer y al escritor Paco Muñoz Azpiri, que se había casado la noche anterior. Para que Azpiri alcanzara a subirse al avión, hubo que demorar la aeronave, que ya empezaba a carretear sobre la pista, en tantro su flamente cónyuge se desmayaba a nuestro lado" (Enrique Pavón Pereyra, Vida íntima de Perón. La historia privada según su biógrafo personal, Editorial Planeta, Buenos Aires, 2011, pp. 116/7).

Los recuerdos del evento que Perón confió a su biógrafo durante sus años de exilio madrileño nos ayudan a encontrar los motivos de la elección de la persona de Evita para que lo representara en ese viaje de Estado, quien enumeró una serie de acompañantes respecto de los cuales nos vamos a ocupar en futuras entradas (con especial atención al escritor Paco Muñoz Azpiri). Aunque subrayamos que cometió la injusticia de omitir en el detalle a la persona (tal vez) más importante de esa comitiva: la protagonista de esta entrada.

Hija de una familia de inmigrantes italianos que había prosperado merced a la venta de sombreros. De hecho, el apellido Lagomarsino se asoció de antaño con esa prenda tan característica en los hombres de todos los estratos sociales hasta bien entrados los años sesentas. La holgura económica del hogar familiar le deparó a Lillian, nacida en 1911, la formación propia de una niña bien, sin llegar a ser una damita oligárquica.

Casada desde muy joven con el médico odontólogo Ricardo C. Guardo, militante de las filas del radicalismo yrigoyenista quien, durante el decisivo año 1945 integraba como consejero el Consejo Directivo de la Facultad de Ciencias Médicas. Función a través de la cual conoció a Perón cuando integraba el gobierno de facto presidido por Edelmiro Farrell. Cautivado por el carisma y las ideas del ascendiente coronel (a quien acompañó durante las jornadas de octubre de 1945 al igual que tantos radicales), fundaría el Centro Universitario Argentino, en compañía, entre otros, del médico Ramón Carrillo, mediante el cual se reclutaban universitarios que apoyasen la fórmula Perón-Quijano para las elecciones de febrero de 1946.

Cuando Guardo fue candidato a Diputado Nacional electo por la Capital Federal, elegido por el presidente Perón para la presidencia de la Cámara de Diputados. Cargo que desempeñó hasta 1948, cuando iniciaría un tiempo de ostracismo del que algo diremos. Anticipo que algunos explican ese declive en el final de la relación entre su esposa y Eva Perón finalizado el viaje de 1947.

Tanto se dijo, se escribió, se conjeturó y se injurió sobre los largos dos meses compartidos por ambas mujeres en Europa que Lillian en 1996 publicó un libro titulado "Y ahora... hablo yo" (Editorial Sudamericana) que mucho voy a consultar. En el trabajo, la autora no sólo refiere al detalle las alternativas del extenso periplo europeo, sino que relata pasajes de su vida, de su noviazgo y matrimonio con Guardo y de la relación íntima que forjó con Evita entre 1946 y su regreso al país del dichoso viaje, cuando el vínculo entre ambas se rompió.

Antes de seguir corresponde realizar una aclaración indispensable: si voy a consignar algún detalle de esa relación y del abrupto final, no lo hago para desparramar chismes de alcoba o anécdotas banales que procuren desnudar miserias humanas. No escribo para eso. Aunque muchas citas transiten esa senda (en especial las de nuestra apreciada e inefable Alicia Dujovne Ortiz) si me detengo en eso lo hago porque consolida la hipótesis que desarrollé en otra entrada respecto de la débil personalidad política de Evita entonces (lo cual, subraya la magnitud del éxito de la gira).

Como también destaca uno de los aspectos mas criticables del régimen peronista, (de las personas de Evita y, también, de Perón): la permeabilidad de ambos a la habladuría, al chisme, la preferencia a los adulones, alcahuetes, arribistas, a la gentuza de esa laya.

Con las excepciones del caso, puede advertirse que el paso de los años de gobierno peronista fue acompañado por la caída en desgracia de dirigentes capaces, aunque poco afectos al servilismo como Luis F. Gay, Domingo Mercante, Arturo Jauretche y, por supuesto, Ricardo Guardo.

Lo escribimos ya, y conviene reiterarlo ahora: el viaje que se preparaba era un evento de proporciones y la apuesta de Perón de hacerse representar por su esposa, muy arriesgada, no sólo por la entidad de la misión en sí, sino por las expectativas que creaba entre las dirigencias de ambos gobiernos.

Con eco en la opinión pública: “A comienzos de febrero de 1947 la prensa argentina ya publicaba la noticia de que Evita tal vez visitara España en el mes de abril. El tema fue aparentemente la causa de una disputa entre los dirigentes peronistas y pronto, para decepción del gobierno franquista, la partida de Evita fue dilatada y la visita se convirtió en ‘una gira por Europa’, de la cual España era sólo una escala. De ese modo, primero el Vaticano se agregó al itinerario; un mes después se anunció que recorrería también Italia y luego de otro mes, Francia fue agregada a la lista. Hubo rumores, asimismo, sobre una posible visita a Gran Bretaña que al final no se realizó. En cambio incluyó a Portugal y Suiza en su gira por el Viejo Mundo”; lo cual informó a su canciller el embajador de España en Buenos Aires, José María de Areilza (todo un personaje sobre el que volveremos), que: “se hizo pública para diluir un poco el exclusivo viaje a España, que asustó ciertamente, en los medios oficiales de Relaciones Exteriores de [Buenos Aires].”(El pacto Perón Franco, cit.,).

Volvamos a los preparativos del periplo. Refiere Marysa Navarro con minucia: “El 8 de febrero de 1947 la prensa argentina publicó la noticia, no confirmada de que [Evita] visitaría Sevilla y Madrid en un futuro próximo, invitada oficialmente por el gobierno español. En el mes de marzo, el gobierno argentino aceptó oficialmente la invitación y el 5 de mayo, anunció que Evita partiría el 6 de junio […]. Mientras la cancillería argentina preparaba los detalles de la gira, Evita, sin interrumpir sus tareas diarias, se ocupaba de la ropa que necesitaría en su viaje y de la comitiva que la acompañaría. Asunta, la primera costurera de Heinrette, y Juanita, […] serían de la partida, para cuidar los numerosos conjuntos que había comprado en dos casas de moda […]. Julio Alcaraz, su peluquero y amigo de muchos años, no podía faltar. Se conocían desde la época en que era peinador de los Estudios Pampa Films […]. Desde que Perón ascendió a la presidencia, iba todos los días a la residencia para componer los aparatosos peinados entonces de moda, que Evita lucía. Además de peinarla, durante el viaje, Alcaraz cuidaría sus joyas, guardadas en una valija de cuero de chancho que Perón le prestaría. Alberto Dodero, el magnate naviero y nuevo amigo personal de Perón y Evita [quien] estaba siempre dispuesto a ir a Europa y se ofreció para guiar sus excursiones, una vez concluida la visita oficial. Antes de partir, en el aeropuerto, le regaló un ‘espectacular’ collar de brillantes. A pedido de Perón Lillian Lagomarsino de Guardo accedió a acompañarla. Francisco Muñoz de Azpiri y Emilio Abras, de la Subsecretaría de Informaciones de la Presidencia, también vendrían, aquél para escribirle sus discursos y éste para fotografiar todas las instancias de la gira. Además de Juan Duarte, los tres edecanes presidenciales que la acompañaban en los meses previos a la partida […] también formaron parte. El grupo se completó con el médico personal de Dodero, su valet y el padre Hernán Benítez, viejo conocido de Perón y ahora amigo de Evita" (en cit., 159/160).

Como anticipé, a poco de cumplirse medio siglo del viaje, Lillian Lagomarsino de Guardo recordó las alternativas de la invitación de Evita para que la acompañase durante ese periplo, convite que viniendo de quien venía no pudo rehusar. Fue tanta la insistencia de Evita para que la acompañase, sorda ante las excusas de su amiga-colaboradora quien se excusaba por su condición de madre de cuatro hijos el menor, de apenas dos años de edad. Como cita Navarro, hasta el propio Presidente intervino, instándola a que acompañase a su esposa, porque sino, tal vez Evita no afrontaría la misión.

Hogar que ya venía desatendiendo desde los inicios del gobierno cuando, por voluntad de la propia Eva la acompañaba a sol y a sombra: "un día me llamó a las seis de la mañana, como de costumbre: -Lillian, pídale a Ricardo que le preste el auto y trate de venir enseguida. -No, Señora, ¡eso no lo puedo hacer! Ricardo no me deja usar el auto oficial, pero no se preocupe, enseguida estoy allá. -No Lillian, yo le mando un auto. Desde entonces todos los días alrededor de las siete el auto de la presidencia se paraba en la puerta de casa. Al llegar estaba generalmente Atilio Renzi, que era el administrador de la residencia, que supo cuidar a la Señora y serle fiel; Irma su mucama de siempre, incondicional; Julio Alcaraz su coiffeur que le hacía esos horribles peinados, llenos de rulos en lo lato de la cabeza, armadosm y a quien pude convencer posteriormen te para que lo hiciera de otra manera. Tomábamos un té y salíamos rumbo a la Secretaría de Trabajo donde nos esperaba Isabel Ernst, su secretaria, una alemana muy competente en cuestiones gremiales […]. En la Secretaría yo me limitaba a mirar, sentada en una silla desde un costado. Varias veces le expliqué : -Señora, yo no cumplo ninguna función acá, usted hace una obra admirtable y otda esa gente que espera viene porque quiere verla a usted, yo en realidad no hago nada y mis hijos me necesitan en casa. -¡Ay, Lillian! Usted está sentada ahí, yo la miro, usted me sonríe y eso... ¡eso me da una gran tranquilidad!" (Y ahora..., cit. pp. 96/7).

Debe decirse, ya que estamos, que a Lillian (y a Guardo) les costaba decirle que no a la Señora: contra la voluntad de ambos suspendieron las vacaciones en Mar del Plata con la prole ante el pedido de Evita a Lillian de que no la dejase sola. Evoca en sus memorias que con Guardo: "resolvimos que los chicos fueran con mi suegra, y empezamos a viajar los fines de semana a Mar del Plata. Todos los viernes a las diez de la noche en Constitución, tomábamos el tren, que esperaba nuestra llegada para partir. Los guardas del tren tenían orden de no despertarnos al llegar a Mar del Platas, y más de una vez nos encontramos en un vagón dejado en un desvío de la estación" (ídem, p. 116).

Como dijimos, Dujovne Ortiz se solaza al analizar "las causas de la fascinación" que Lillian Lagormasino ejercía sobre Evita, aunque consiente que: "es verdad que para luchar contra las malas lenguas necesitaba una amiga católica, esposa y madre irreprochable. También es cierto que Lillian la podía guiar en la elección de su ropa, ahora que Evita se atrevía por fin a pedírselo. Pero tanto si amaba como si odiaba, Evita no conocía límites. Y Lillian padeció su amor como se padece una catástrofe natural" (cit., pp. 246/7).

Llegó al fin, el día de la partida de la comitiva oficial argentina a España, el 6 de junio de 1947 en horas de la tarde, que partiría desde la base aérea de El Palomar. Evita fue objeto de una despedida de proporciones considerables, con la presencia del elenco gubernamental en pleno, Perón a la cabeza.

Registra Navarro que Evita había llegado a la terminal aeroportuaria: “acompañada de Perón, visiblemente nerviosa, excitada. Saludó repetidamente a la multitud que gritaba su nombre y después de dar un último beso a Perón, subió la escalerilla del DC4. Este aparato, especialmente acondicionado para el viaje, había sido puesto a su disposición por el gobierno español, que también le mandó dos acompañantes, el marqués de la Chinchilla y el conde Foxá. En otro avión de la  FAMA, viajaban su equipaje y el de sus acompañantes” (cit. p. 161).

Lillian por su parte recordó haber llegado descompuesta por el llanto de la despedida de sus hijos, hinchada la cara y dio detalles del vuelo: "apenas despegó el avión, la Señora se arrodilló en el asiento y, mirando hacia atrás, nos habló a todos; aunque el mensaje iba más bien destinado a los hombres. Hizo hincapié en la necesidad de hacer quedar bien a nuestro país. Nos dijo que los ojos del mundo estaban puestos en este viaje. Que cada uno se cuidara y pensara lo que tenía que hacer, especialmente que tuvieran cuidado con las salidas no oficiales. Eran muchos hombres solos, y los quería prevenir, especialmente creo que se dirigía a Juancito [su hermano] y a don Alberto [Dodero]. También habló de las compras y pidió mesura" (cit. p. 122).

También dio cuenta del ánimo de Evita ante ese viaje, de sus deseos de conocer Europa, aunque desde el vamos le confió a su amiga-consejera-sufre-lo-todo el miedo que la aquejaba: "varias veces me preguntó: -Lillian, ¿si el avión se cae, usted en quién se acuerda? -De los chicos" (ídem). Ese temor se transformó en terror una vez llegadas a España. Desde la primera noche madrileña, instaladas en El Pardo, Evita la hizo llamar cuando Lillian estaba en camisón no deseando otra cosa en el mundo que dormir. Obediente, como siempre, acudió al llamado de la Señora quien empezó a darle charla. Los minutos, las horas fueron pasando y al borde del colapso Lillian le sugirió que se fueran a dormir, porque al día siguiente la agenda estaba muy cargada: "entonces, me miró con desesperación, y con gran humildad me dijo: -Lillian... ¡tengo miedo! - Ni una palabra más, me quedo acá", le contestó (ídem, p. 129). Desde entonces, ambas mujeres compartieron las habitaciones de los distintos ámbitos en los que se hospedarían hasta mediados de agosto.


Se quisieron mucho las dos amigas.

La hermosa foto de arriba lo prueba. Compartirían algún acontecimiento de la solemnidad de los que las venían agobiando desde el 6 de junio anterior.

A Evita se la ve distendida y feliz. Con el gesto de una reacción espontánea como pocas veces antes, durante y después de ese viaje se reflejaría en ella, siempre dramática, tensa, apasionada o con sonrisas pensadas para la posteridad. En la foto, en cambio, se ríe con ganas. Y también más hermosa aún de lo que era: la frescura de la sonrisa que captó la cámara, la inclinación de la cabeza y la mano que cubre parcialmente el rostro (como quien quiere disimular el gesto) en dirección a Lillian. Todo sugiere que le cuchicheaba algo muy divertido a su amiga leal. Cuya expresión es igualmente elocuente, con su sonrisa de dientes blancos, más elegante que la de Evita, aunque igualmente expresiva de la gracia compartida.

Como dije: arriesgo que quienes compartieron esas pequeñas complicidades en circunstancias como las que vivían, al menos durante ese tiempo, se querían mucho.

Correspondería que me ocupe de la recepción de Evita en Madrid, pero la entrada se ha hecho demasiado larga y es bueno que paremos aquí.

Máxime cuando deseo cerrarla con una referencia a los Guardo (Ricardo y Lillian) y lo que sobrevendría al eclipse de la estrella de ambos, post viaje europeo de 1947.

Lo dije y lo reitero: no le hallo diversión a tejer conjeturas patéticas, no debe agudizarse demasiado el ingenio para deducir qué puado haberse dicho acerca de las razones del alejamiento de las amigas. Sólo me limito a destacar la sorpresa de Lillian por esa circunstancia, explicable en alguna intriga cocinada respecto de su esposo. Digamos: que la ascendente Evita se apoyase tanto y de tal modo en la esposa del presidente de la Cámara de Diputados ha de haber encendido múltiples alarmas en la cohorte de alcahuetes que ya empezaba a asfixiar al matrimonio presidencial.

Lo cierto es que Guardo dejaría la presidencia de la Cámara a manos de Héctor Cámpora. En breve, también su banca, recluyéndose en su hogar, recuperando el tiempo perdido en esos años de vorágine full-time.

Sin embargo, no quedaría indemne de la furia de los Liberadores en especial, a partir de la llegada a la presidencia de Pedro Aramburu: interdictos sus bienes, asilado Guardo en la embajada de Haití en Buenos Aires, cuando se le concedió el salvoconducto para partir, comenzó su exilio, primero en Chile y luego en el Uruguay.

Lillian se quedó sola en Buenos Aires, sujeta a los aprietes de las múltiples fuerzas de seguridad que sin motivo legítimo alguno la hacían citaban compulsivamente, víctima a su vez de una decena de allanamientos ilegales en su domicilio asistiendo, como podía, a su marido exiliado y a sus compañeros de infortunio apelando a lo que sea (el contrabando hormiga de sweaters, por ejemplo. Cada integrante de la familia que viajaba a Chile a ver al padre, llegaba con cinco o seis pulóveres puestos, uno sobre el otro).

Terminada esa dictadura, se acreditó la legítima procedencia de todos y cada uno de los bienes que integraban el patrimonio de los Guardo-Lagomarsino y por los beneficios de la ley de amnistía promulgada por el presidente Arturo Frondizi en 1958, Ricardo Guardo retornaría al país.

Ejercería durante el gobierno de Isabel Perón funciones como embajador argentino en el Vaticano y por un breve lapso (a semanas del golpe militar de marzo de 1976), ocuparía el Ministerio de Defensa. Falleció en 1984.

Lillian en cambio, tuvo una larga existencia, falleció en Buenos Aires a los 101 años de edad, habiendo tenido oportunidad de dar nuevos testimonios, concordantes con las memorias que hemos repasado, siempre que se la consultó.

Trabajo en el que dejó una reflexión interesante cuando comenzaba a relatar las ordalías que ella y su familia debieron padecer a partir de 1955 cuando se acusaba al doctor Guardo y a otros funcionarios de haber perpetrado: "el 'delito de traición a la patria', en el que habían incurrido hasta los miembros del Congreso de la Nación desde 1946 en adelante por otorgar tanto poder al general Perón, por lo que se trataba de una 'asociación ilícita'. ¡Todos en la misma bolsa!". E instaba, en 1996: "´¿Cuántas veces los argentinos ponemos a todos en la misma bolsa? Lean despacio y piensen ustedes; en los radicales, en los peronistas, en los gremialistas, en los sacerdotes, en los militares, en los banqueros, en los musulmanes, en los funcionarios, en los periodistas, en los judíos, en los policías, en los jueces; larga es la lista. ¿Tantos ladrones, tantos inmorales, tantos corruptos? No puede ser. Hay algo que no cierra. ¡Tratemos de surpimir las etiquetas!" (idem, p. 192).

NOTA: El contenido de esta publicación puede reproducirse total o parcialmente, siempre que se haga expresa mención de la fuente.

lunes, 13 de enero de 2020

Como aquella princesa del librito de cuentos. Eva Perón en España, año 1947 (tercera parte: la invitación)

Ya tuvimos oportunidad de destacar que el viaje de Evita a España que vamos a repasar, nació de una invitación de Francisco Franco al presidente argentino Juan Perón, quien ya había sido condecorado por el gobierno español en Buenos Aires, cuando la anécdota del collar de fideos que reflejé al final de la entrada anterior.



Creo necesaria una referencia a las razones de esa invitación circunscriptas en la relación bilateral establecida entonces entre esas dos naciones urgidas a raíz de las consecuencias del desenlace de la Segunda Guerra Mundial.

Todo ello supone un análisis prudente exento de simplificaciones y clichés preconcebidos. Que debe tener ante todo presente las dificultades que el escenario post-Yalta les imponía a los regímenes español y argentino cuyos líderes eran vistos (en el mejor de los casos) con recelo por los líderes de las potencias vencedoras.

Por ende, dejemos a un lado prejuicios y mistificaciones que, sin más, procuran explicar la relación bilateral en ese tiempo particular, desde una presuntamente corroborada afinidad ideológica entre Franco y Perón, senda en la que todavía se persevera.

Para perjurio de esas tentativas, trabajos de investigación realizados con rigor y honestidad intelectual desechan esa coincidencia ideológica, resaltando en cambio, las urgentes necesidades (económicas y diplomáticas, no siempre en ese orden) en la relación que habría de entablarse, resumida con precisión en la tesis doctoral del autor israelí Raanan Rein, texto que mucho se consultará de ahora en más: El pacto Perón-Franco. Entre el abismo y la salvación, publicado por la editorial Lumiere en Buenos Aires, en 2003.

Tanto para el régimen imperante en España, como para el que se establecería en la Argentina pocos meses después de las caídas de Berlín y de Tokio. La hostilidad activa de los grandes vencedores de la contienda (los Estados Unidos y la Unión Soviética) hacia ambos países se tradujo, en el caso argentino, en años de sanciones económicas y retiro de embajadores del país durante la contienda y finalizada la guerra en la protesta abierta del representante soviético Molotov en la Conferencia de San Francisco de 1945 a la incorporación de nuestro país en la Organización de Naciones Unidas, alternativa sorteada por decisión de los EE.UU.; proscripción que sí se haría efectiva respecto de España, sometida a su vez a un boicot comercial que dejaría al régimen de Madrid al borde del colapso. ( “En la Conferencia de Yalta […] Stalin se opuso a que la Argentina fuese admitida en la ONU. Stalin y Roosevelt convinieron, de común acuerdo, que la nueva organización aceptara sólo países que habían declarado la guerra al Eje hasta el 1º de marzo de 1945. Conforme a esos términos, la Argentina debería quedar al margen de la organización internacional, pero en la Conferencia de Chapultepec los EE.UU. se sometieron a las presiones de los países americanos y se comprometieron a apoyar la candidatura argentina. Cumplieron esa promesa en la Conferencia de San Francisco, a pesar de las protestas del representante soviético.”, El pacto Perón-Franco. cit., pp. 14/5.)

Ilustra el profesor Rein la gravísima situación de España en los siguientes términos: "la guerra civil, además de haber cobrado un terrible precio en viudas humanas, asestó un duro golpe al desarrollo económico de España, causándole, por lo menos en algunos aspectos, un retroceso de varias décadas. La Segunda Guerra Mundial, que estalló a sólo cinco meses después del final de la guerra civil dificultó la recuperación económica. La victoria de los Aliados oscureció no sólo el horizonte político del régimen de Franco, sino también su horizonte económico. Muchos países prefirieron reducir sus vínculos comerciales y económicos con España mientras que un número de calamidades climáticas -en especial una serie de perniciosas sequías particularmente desastrosas para los cultivos de trigo- llevaron a los españoles al borde del hambre. Más que cualquier otro factor fue el pan (o mejor dicho, la escasa cantidad de ese alimento que sólo podía obtenerse por medio del sistemna de racionamiento oficial o pagando los precios exorbitantes exigidos en el mercado negro) la causa de la creciente disconformidad con el gobierno. Eso fue verdad a lo largo de los años 40. La Argentina solucionó esta grave problema enviuando barcos cargados de cereales a los puertos de España" (del autor citado: Juan Atilio Bramuglia. Bajo la sombra del líder. La segunda línea de liderazgo peronista, Ed. Lumiere y Universidad de Tel Aviv, Buenos Aires, 2005, p. 175). 

La inquina de los vencedores hacia los dos países derivaba de la postura neutralista adoptada por aquellos durante la guerra, decidida por razones diversas.

Si Franco –instalado en el poder a poco del inicio de las hostilidades- profesaba una simpatía poco disimulada a las fuerzas del Eje; Argentina –gobernada por civiles o militares- sostuvo una tradición diplomática de no involucramiento directo en una contienda que se percibía lejana y ajena,  a la vez que privilegiaba el reaseguro de la provisión de materias primas durante el conflicto bélico, sustancialmente a su socio de siempre, el Reino Unido de Gran Bretaña. (Nota: para una mejor comprensión de la política internacional argentina durante la Segunda Guerra Mundial -en sus diversas etapas: desde la invasión alemana a Polonia en 1945, al ingreso de los Estados Unidos luego del ataque japonés a la base norteamericana en Pearl Harbor- y las razones de cada una de los gobiernos argentinos a lo largo de ese lapso, remito a la primera de la obras del profesor Rein citadas; a Robert A. Potash: El ejército y la política en la Argentina. 1928-1945. De Yrigoyen a Perón, Hyspamérica ediciones Argentina, Buenos Aires, 1985; a Alian Rouquié, Poder militar y sociedad política en la Argentina, Emecé, Buenos Aires, 11a impresión, Buenos Aires, 1994 e Isidoro Ruiz Moreno, La neutralidad argentina en la Segunda Guerra, Emecé, Buenos Aires, 1997).

El Imperio británico dejaría de serlo al final de la contienda muy debilitado y exhausto, incapacitado  para cubrir el rol cumplido desde los años de la Presidencia de Bartolomé Mitre, al calor del denominado "modelo agroexportador", en virtud del cual la Argentina exportaba productos agropecuarios a Gran Bretaña, adquiriendo de los mercados de ese imperio productos manufacturados.

Al inicio del gobierno de Perón era muy incipiente el proceso de sustitución de importaciones que habría de profundizar (no sólo porque Gran Bretaña no podía cumplir con su parte sino primordialmente, en virtud de la decisión política de dejar de lado ese esquema desventajoso para el país, entendido como algo más que las 150 familias que se beneficiaban con el modelo que procuraba dejarse en el pasado) por lo cual el declive del tradicional socio comercial del país suponía un problema central (para quien desee profundizar en esta temática no puede obviarse la remisión a las esclarecedoras lecciones de Raúl Scalabrini Ortiz quien desnudó en esa relación desigual y ruinosa para los intereses del país, la esencia de una postración nacional -en: Política británica en el Río de la Plata, Plus Ultra, Buenos Aires, 9a edición, 1981- y, desde luego, la producción del heroico grupo político intelectual F.O.R.J.A. "Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina" a la que adhería Sclabrini, fundada por Homero Nicolás Manzione y Arturo Jauretche, cuyas filas integraron, entre otros: Luis Dellepiane, Gabriel del Mazo y Jorge del Río. Los cuadernos editados con enorme dificultad y hondo patriotismo por los forjistas entre los años 1936 y 1942 fueron compilados por la Dra. Ana Jaramillo, Rectora de la Universidad Nacional de Lanús en 2012).

En consecuencia, la situación económica y financiera del país era delicada, muy lejos de la fábula construida por la cual el Banco Central de la República Argentina estaba abarrotado de oro, mistificación nacida de una metáfora desafortunada inventada por el propio Perón durante los años de su exilio. "Partiendo de esta suposición [enseña Galasso] los opositores fundamentaron sus críticas llegando a sostener que el gobierno peronista, habiendo recibido el país rebosante de riqueza, desperdició la mejor oportunidad de la historia argentina pues los cambios realizados habrían estado lejos de corresponder a esa situación extraordinariamente favorable. Ese lamentable simbolismo lanzado por Perón hacía referencia a las divisas acumuladas -por nuestras fuertes exportaciones y, en cambio, bajas importaciones- durante el período de la Guerra Mundial, que significaban a fines de 1945, un total estimado de 1650 millones de dólares. Pero esas divisas no se encontraban ni en los pasillos, ni en los sótanos del Banco Central, sino depositadas en bancos de Estados Unidos y Gran Bretaña, sujetas a bloqueo, peligro de devaluación y de inconvertibilidad" (del autor citado, ¨Perón: formación ascenso y caída: 1893-1955, editorial Colihue, Buenos Aires, 2005, p. 435).

Digamos entonces que durante los primeros meses del gobierno peronista el país era acreedor de Gran Bretaña debido a las exportaciones de materias primas (alimentos, en rigor) procedentes de la Argentina cuyo pago no había realizado el Estado destinatario. Envíos que pudieron realizarse merced a la neutralidad argentina durante la guerra instada (en buena medida) por las necesidades del imperio inglés. Postura que los dos imperios emergentes de esa contienda esgrimían para hostigar al régimen político que había asumido la Presidencia argentina en junio de 1946.

No obstante, esa acreencia no era disponible, dado que Gran Bretaña no liberaba las libras esterlinas correspondientes, cuya percepción era indispensable para llevar a cabo el proceso de sustitución de importaciones comentado.

Por ello, dos funcionarios del gobierno peronista, el presidente del Banco Central Miguel Miranda y el canciller Juan Bramuglia, contribuyeron a "mantener el viejo esquema triangular para hacer posible un proceso de industrialización. Es decir, exportar a Europa en general y a Gran Bretaña en particular, y así obtener las divisas necesarias para adquirir en los Estados Unidos los bienes y equipos necesarios para el proyecto modernizador. Esta política prosperó durante poco tiempo y fracasó por diversas razones: las dios principales tenían poco que ver con los errores cometidos por los equipos económicos y diplomáticos del gobierno peronista: la declaración unilateral acerca de la inconvertibilidad de la libra esterlina y el cierre de los mercados europeos beneficiados por el Plan Marshall frente a la exportación argentina (es decir, evitar que los países europeos usaras dólares del Plan Marshall para comprar los productos argentinos). La medida británica declarada en agosto de 1947 puso fin a las relaciones triangulares entre la Argentina, Inglaterra y los EE.UU. Los británicos necesitaban los productos agropecuarios de los argentinos, pero no disponían de los productos y maquinaria que la Argentina precisaba para su industrialización. Miguel Miranda se quejó en una ocasión que de países como Inglaterra, la Argentina esperaba 'carbón y materias primas' no 'whisky y lápices de labio'. Mientras las monedas europeas, especialmente la libra esterlina podían ser cambiadas por dólares, la Argentina maniobraba con éxito para triangular el comercio. Poco después de la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de las monedas de Europa dejaron de ser convertibles" (en: R. Rein, Juan Atilio Bramuglia..., cit. pp. 158/9).

Resumamos: al inicio de la Presidencia de Perón Argentina tenía una abultada acreencia exigible a Gran Bretaña en libras esterlinas que a los meses se declaran inconvertibles (lo que traducía una brutal devaluación de la moneda inglesa respecto del dólar estadounidense, menguando significativamente el crédito que la Argentina tenía en Londres y por ende, la capacidad de compra que tendrían esas divisas). Asimismo, el gobierno de los Estados Unidos había decidido, por un lado, impedir la triangulación comercial con esos saldos en libras favorables a nuestro país para la compra de las maquinarias norteamericanas que la economía argentina requería para iniciar el proceso de sustitución de importaciones y al mismo tiempo excluía expresamente a los productos argentinos del Plan Marshall ("European Recovery Program") mediante el cual la administración Truman inyectaría la entonces astronómica suma 14 mil millones de dólares para la reconstrucción de los Estados de la Europa occidental devastados por la guerra.




Una tormenta perfecta, que el presidente Perón sabría como enfrentar.

Entre otras políticas a su alcance decidió  profundizar la relación bilateral con España, iniciada en 1942 cuando el país lo presidía el conservador Ramón Castillo.

Entonces se suscribió un acuerdo comercial: "resultado de una complementariedad que permitió diversificar las fuentes de aprovisionamiento alimenticio en el caso español, mientras que en el argentino paliaba las dificultades para colocar sus productos de exportación. Aquel acuerdo estableció el marco que regularía los intercambios económicos entre ambos países: cereales y carne argentinos a cambio de acero y productos metalúrgicos españoles" (Lorenzo Delgado Gómez: "La España franquista y la Argentina peronista: una relación singular en una época agitada", en: Alberto Filippi (dir.): Argentina y Europa. Visiones españolas, ensayos y documentos: 1910-2010, Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto, Buenos Aires, 2011, pp. 220-221).

Ergo, en plena guerra, durante el gobierno que sería derrocado por el  golpe militar liderado por los oficiales del G.O.U. en 1943 (cuya figura estelar era el entonces coronel Juan Perón) Argentina ya tenía dificultades para colocar sus productos en los mercados internacionales, las cuales se preveía paliar con la venta de esos insumos a la España de Francisco Franco.

Como a su turno, y en atención a las durísimas condiciones que el mundo le presentaba, intentaría el presidente Perón al suscribir un nuevo acuerdo con España, cuyo antecedente fue la visita de Eva a ese país periplo que (lo rengo muy presente) en algún momento debo abordar.

Ese vínculo, nacido antes del final de la guerra cuando arreciaban las presiones de Washington sobre los distintos gobiernos (el de Castillo y el de facto) para la ruptura y la declaración de guerra a las potencias del Eje alcanzaron el punto culminante con el retiro del embajador de los Estados Unidos en Buenos Aires. España, a diferencia de casi todas las legaciones internacionales en el país, mantuvo su embajador en la Argentina. Dificultades que se profundizarían al final de la guerra y, como anticipé dejaron mal parados a ambos Estados ante la comunidad internacional.

En gratitud a la decisión española de mantener su legación en el país, cuando la salida masiva de embajadores de Buenos Aires, Perón a poco de asumir la Presidencia designó embajador en Madrid –en claro desafío al boicot internacional aludido antes- a la vez que en el marco de la Asamblea General de las Naciones Unidas mantuvo una postura solidaria con Madrid.

En palabras del embajador argentino ante el organismo, José Arce, quien: “destacó que la Argentina apoyaba la doctrina de no intervención de potencias extranjeras en los asuntos internos de otros estados, una doctrina integrada en el derecho internacional y en la Carta de San Francisco, la carta fundamental de las Naciones Unidas. En consecuencia […], su país sostenía que la ‘cuestión española’ no se avenía a las atribuciones de la ONU ya que se trataba de un asunto interno español. Para superar esa dificultad se afirmaba, por supuesto, que el gobierno de Madrid ponía en peligro la paz y seguridad del mundo, y que por lo tanto se trataba de un tema de debate legítimo en las Naciones Unidad, mas la Argentina estaba convencida de que eso no se había demostrado. Arce explicó que por dichas razones la delegación argentina se abstendría de votas en todo lo concerniente a lo que solía denominar la ‘cuestión española’”  (Rein: Entre el abismo... , cit., p. 35 Sin embargo, la resolución de la Asamblea General: “expandió el boicot original y declaró que el origen, carácter, estructura y conducta del régimen de Franco la volvían inepto para participar en las Naciones Unidas y en sus instituciones u organizaciones afines. La resolución llamaba a los miembros de la ONU a retirar sus embajadores y ministros plenipotenciarios de Madrid, a la vez que recomendaba que el Consejo de Seguridad considerara la adopción de medidas adicionales si en ‘un tiempo razonable’ no se estableciera un gobierno democrático”, en íd. p. 36. Delgado Gómez, refiere que la decisión de la de la ONU de diciembre de 1946 había sido acompañada por los representantes de los Estados latinoamericanos con tres excepciones: El Salvador, la República Dominicana y la Argentina, en cit. p. 223). 

Ese apoyo de muta conveniencia justificada como una "alianza entre excluidos" era determinado, como anotamos, en correspondencia a la deuda de honor contraida por el Estado argentino cuando padeciera un boicot similar al que EE.UU. y la U.R.R.S. le infligían en ese entonces a España, como de la condición de excluidos de ambos contratantes que por otro lado fue recibido como maná del cielo para la aislada y asolada España que, para colmo de sus desgracias, padecía una sequía sin precedentes) y comenzaba a perfilar la política exterior que pregonaría de Perón de ahí en más: la "Tercera Posición".

Por ello, y aunque nos hemos excedido en el tratamiento de este punto, aclaremos, de la mano de Delgado Gómez que esa decisión de Perón: "no fue fruto ni de una actitud altruista ni de la sintonía de dos regímenes políticos que compartían principios autoritarios, nacionalistas y anticomunistas. De nuevo las condiciones de complementariedad comercial estuvieron en la raíz de aquella conducta. Los acuerdos con el gobierno español se inscribían en una orientación de mayor alcance que llevó al ejecutivo argentino, entre junio de 1946 y noviembre de 1948, a la firma de convenios bilaterales con 13 Estados. El objetivo era diversificar los mercados de exportación y las fuentes de abastecimiento de importaciones vitales, y con ello fomentar la independencia económica del país. Argentina esperaba que el gobierno español cumpliera sus compromisos de importación de productos manufacturados y, además, España no gozó de ninguna rebaja en el precio de los productos agrícolas a pesar de sus privaciones. Al contrario, la escasez de víveres y la falta de proveedores alternativos permitieron al gobierno argentino fijar precios muy elevados en sus ventas a España, que después repercutían sobre otros clientes, aunque sin alcanzar los precios pagados por el gobierno español" (cit., p. 225. Para una mejor comprensión de la relación bilateral entre Argentina y España durante las dos primeras Presidencias de Perón, sugiero la lectura del enjundioso estudio del profesor Rein tantas veces citado, como del ensayo de Delgado Gómez que acabo de reseñar parcialmente. Asimismo, el trabajo dirigido por el profesor Alberto Filippi que he citado prueba la participación activa y el interés de Francisco Franco en el sangriento golpe cívico, eclesiástico y militar de junio y septiembre de 1955, mediante la publicación de los informes producidos entonces por el Encargado de Negocios de la Embajada española en Buenos Aires, material certeramente analizado por Pablo C. Casas en el artículo: "Franco y Perón ¿un solo corazón?", publicado en Caras y Caretas, N° 2.271 de junio de 2012).

Volvamos a 1947. Franco, acorde a la magnitud del gesto del presidente Perón en la defensa de los intereses del Estado español en Naciones Unidas, organizará una recepción masiva del embajador argentino Pedro Radío, en enero de ese año. Otro tanto, sucedería en ocasión de la vista del embajador ante la ONU, José Arce, en mayo siguiente.

Ambas recepciones, incomparables, con los fastos y las expresiones descomunales que se vivrían en Madrid cuando Evita llegaría en representación de su esposo el presidente-amigo de España, general Perón.

Viaje que vengo anticipando demasiado, cuyo relato debo desarrollar de una vez por todas.

NOTA: El contenido de esta publicación puede reproducirse total o parcialmente, siempre que se haga expresa mención de la fuente.

sábado, 11 de enero de 2020

Como aquella princesa del librito de cuentos. Eva Perón en España, año 1947 (segunda parte: notas sobre la enviada al momento de su partida)


Belisario Arévalo, gran amigo mío, me contó que en una visita suya a Madrid a fines de los años '80, un taxista recordaba aún vívidamente el paso de Eva Perón por esa ciudad, cuarenta años antes. La perdurabilidad en el recuerdo de los españoles del paso de Evita por Madrid a tantos años de sucedido, se compadece con los registros de las crónicas periodísticas, argentinas y españolas, de entonces.



Cuando Evita fue tributaria de una recepción apoteósica, por el boato y los homenajes organizados por las autoridades franquistas, y particularmente ante el inusual y portentoso júbilo popular que la acompañó a lo largo de la extensa recorrida que realizó por suelo español.


Antes de avanzar sobre el periplo, es necesario reparar en que había sido Perón el invitado por el régimen franquista. Porqué decidió que fuese su esposa la persona que lo representaria en esa misión decisiva.

Máxime cuando, hasta entonces, Eva no desempeñaba cargo oficial alguno, prevaleciendo la decisión presidencial en detrimento de otros actores políticos más relevantes que su joven esposa.


Su vicepresidente, por ejemplo, el anciano dirigente correntino del radicalismo antipersonalista Hortensio Jazmín (no tenía nombres de pila el señor) Quijano o su canciller Juan Atilio Bramuglia. U otro integrante de su gobierno habituado a lidiar con mandatarios extranjeros, diplomáticos y las laberínticas reglas protocolares.


Nada de eso. Perón decidió que su representante fuese su esposa Eva Duarte, como sabemos. Una joven mujer de 28 años que hacía menos de dos que se había casado con Perón, que nunca antes había salido del país, sin trayectoria política tradicional previa que, pudiera aventurarse, la empoderaría para enfrentar al dictador de España en esa visita de Estado, encarada por un gobierno que hacía apenas un año que había comenzado cuando era algo más que un paria internacional, de lo cual abundaré en otra entrada.



Con todo, debe anotarse que los primeros meses de Evita como primera dama argentina tuvieron su impacto.

Al desdeñar el ejercicio de las funciones protocolares arquetípicas de las esposas de los antecesores de Perón (en especial, de la presidencia de la Sociedad de Beneficencia, que le fue negada por sus oligárquicas animadoras primero que inmediatamente ella, altiva y digna, rechazaría) comenzó a ocuparse con enorme dificultad de otras tareas menos tradicionales y más decisivas del gobierno de su esposo: "en esta etapa como en las posteriores, el hecho de que Evita fuera la esposa del presidente era un valor fundamental para que pudiera desempeñar sus actividades, pues le permitía influir sobre las decisiones de funcionarios, exigir respuestas rápidas y resultados concretos. La manera de circunvenir la burocracia era dirigirse a ella" (Marysa Navarro, cit., p. 153).

Norberto Galasso refiere la decisión del presidente Perón de asignarle tareas análogas a las que él había cumplido durante el gobierno de facto anterior al frente de la Secretaría de Trabajo y Previsión no obstante la titularidad de la dependencia recayó en el delegado sindical de origen socialista de los trabajadores del vidrio José María Freyre: "Perón no está convencido de que pueda suplantarlo exitosamente en la relación con diversos gremios y le surge la idea de que Eva podría jugar allí ese rol imprescindible para ocupar el lugar que ahora él abandona al asumir la presidencia. Así, crea una especie de Secretaría de Trabajo paralela que pone en manos de Eva", instalando sus oficinas, primero en el edificio del Correo (actual CCK) y más adelante en el edificio del Concejo Deliberante de la Capital Federal, en el mismo despecho que su marido había usado entre 1943 y 1945 (cit. p. 82).

Meses difíciles para Eva. Como anoté y reitero no era entonces la que sería luego, aunque los propios la miraban con simpatía y adhesión no contaba con el liderazgo que hoy le reconocemos (de hecho, en una oportunidad, la concurrencia a un acto, en disconformidad con la ausencia de Perón, le impidió hacer uso de la palabra tapada por sonoros abucheos) y la tarea encomendada la enfrentaba a duros y experimentados dirigentes sindicales forjados por décadas de militancia clandestina, trabajos inhumanos y las biabas de las policías bravas. Una mujer, para más datos artista, que había conocido a Perón pocos años antes, sería la interlocutora.

El dirigente de la Carne, José Presta, dejó un testimonio elocuente de lo que vengo escribiendo: "la primera vez que me senté en un sillón de cuero fue cuando fui citado por Eva Perón, en el Correo […]. Me ubiqué en la orilla del mullido sillón; no sabía cómo sentarme. Eva se mostró cautelosa, protocolar, parca al hablar. Me dio la impresión de que le daba vergüenza hablar en público. Repetía dos o tres veces los mismos argumentos, de manera distinta, empleando diferentes palabras. De vez en cuando preguntaba: ¿se entiende lo que quiero decir? De todas maneras, su simpatía personal supo sobrellevar en forma elegante los escollos de esa entrevista. Nosotros habíamos ido a plantearle un problema que teníamos con los comunistas, nada fácil de resolver. Durante esa charla, ella pidió que la situación se la explicáramos bien a fondo. A veces, le tuvimos que repetir las misma cosa varias veces hasta que de pronto, comprendió todo el problema y nos dio una solución que ni remotamente habíamos pensado" (Galasso, cit., p. 85).

La misma anécdota es reflejada con la mirada agridulce de Alicia Dujovne Ortiz: "Durante ese período Evita dio pruebas de una inseguridad, pero también de una intuición fulgurante, que se reflejan en el testimonio de un dirigente sindical, José Presta, citado por varios autores. Presta la describe como a una persona tímida. Tímida por sus gestos pero también en su lenguaje del que desconfiaba al punto de repetir cada dos frases: '¿se entiende lo que quiero decir?' La angustia de no dominar las palabras era tan desgarradora que le impedía no sólo hablar sino también entender. Un vacío en la mente. Pero ella no cejaba, y se hacía repetir varias veces lo mismo. Y de golpe, entendía., Entonces daba a los obreros una solución completamente inesperada. Una pequeña solución concreta, eficaz, luminosa, y en la que nadie había pensado" (op. cit., p. 243).

Nótense las claras diferencias entre las citas, la del historiador del socialismo nacional, Galasso y la de la escritora del socialismo internacional, Dujovne Ortiz.

A más de medio siglo de los hechos, resuenan los ecos de la sorpresa que generaba esa mujer joven en el mundo de conflictos dirimidos entre machos de uniforme y overol. Y si Galasso cuenta la anécdota comenzando por la incomodidad del dirigente sindical que no sabía como acomodar su corpulencia en ese sillón de cuero sobre el cual se sentaba por primera vez y pondera que el conflicto que ponía en su conocimiento era muy complejo en su resolución (abro paréntesis: José Presta era un hombre del gremio de la carne. Ámbito de actuación de Cipriano Reyes, el diputado laborista que había protagonizado las jornadas del 17 de octubre del año anterior y que a poco de iniciado el gobierno peronista, se distanciará estentóreamente y el del histórico José Peters, hombre del comunismo, activo partícipe de la "Marcha por la Constitución y la Libertad" de septiembre de 1945, de signo antagónico a la que se viviría un mes más tarde. Digamos: el asunto que Presta ponía en consideración de la esposa del Presidente no era menor. Fin del paréntesis). Complejidad que exigió un relato reiterado de sus alternativas, para que recién la joven mujer llegara a una solución a la cual que los avezados muchachos sindicalistas ni habían barajado.

Dujovne Ortiz refiere la misma anécdota y cita a Presta pero la universaliza: pareciera que siempre había que repetirle a Eva los problemas una y otra vez y ella, una y otra vez, repetiría la misma solución. Poco más que una opa tan incómoda como Presta sobre el cuero de los sillones del edificio del Correo. Al fin de cuentas, podría haber concluido doña Alicia, no era más que una actriz (mediocre para colmo) devenida en dirigenta sin formación política ni (ante todo) académica que le permitiese comprender la problemática sobre la cual se le pedía opinión.

Nada de eso. Vaya si tenía formación Eva, heterodoxa pero formación al fin, de lo que ya discurriremos en este bazar de cosas chicas.

Digamos que, independientemente de la relativa relevancia de la función que le cupo durante el primer tramo de gobierno peronista la oposición la veía venir.

Comenta al respecto, Navarro: "Ya en julio de 1946, el diputado radical Ernesto Sammartino presentó un proyecto de ley por el que 'las esposas de los funcionarios públicos, políticos o militares, no podrán disfrutar de los honores ni de ninguna clase de prerrogativas de las que gozan sus maridos ni puedan asumir la representación de éstos en los actos públicos" (cit., p. 151).

Como escribía, vieron venir la movida los opositores radicales. El dirigente del antipersonalismo radical Sammartino, diputado nacional entonces, por la Capital Federal, aunque lo había sido ya en representación de Entre Ríos por la UCR de Eduardo Laurencena fue un férreo y primigenio enemigo de Evita.

Enemigo de todas las horas del peronismo es el autor de una expresión, quinta-esencia del antiperonismo duro y puro, la cual, se dijo, había utilizado para denostar a las masas movilizadas el 17 de octubre de 1945.

En rigor, aludía al electorado que había llevado a los diputados del oficialismo peronista. "El aluvión zoológico del 24 de febrero [de 1946, fecha en la que habían sido electos los diputados nacionales que integraban la Cámara] parece haber arrojado a algún diputado a su banca para que desde ella maúlle a los astros por una dieta de 2.500 pesos. Que siga maullando, a mi no me molesta" (citado por Joseph Page en: "Perón. Una biografía", primera parte (1895-1952), Javier Vergara editor, Buenos Aires, 1983, p. 247).

Sabía insultar, Sammartino. Hábito que ya le había traído algún dolor de cabeza (una suspensión de tres días en el uso de su banca, por el voto de la mayoría oficialista) y algo más luego de esa intervención: el diputado peronista Eduardo Colom lo retaría a duelo de pistola, lance del cual ambos saldrían ilesos.

Considerado por Page como: "el pico de oro más brillante de la bancada radical, era un ejemplo desmesurado de la fusión del machismo latino y la combatividad política. Parecía tener una inquina especial hacia Evita por razones que se decía provenían de una relación entre ambos anterior al encuentro de ella con Perón" (íd.).

No me interesa lo último en lo absoluto (y ya que estamos, descreo de los dotes de seducción de Sammartino sobre Evita), sólo destaco algunas cuestiones. La primera: la inquina imperecedera del dirigente radical respecto de Perón y el peronismo. Tanta que abandonó el radicalismo en 1973 en oposición al encuentro de Ricardo Balbín con Juan Perón a la vuelta del exilio; la segunda: la excesiva intolerancia del régimen gobernante, de cuyo autoritarismo y desprecio por las formas del republicanismo tradicional se ufanaba, en tanto se consideraba materializando una revolución que no admitía medias tintas (a la expulsión de Sammartino, siguieron las de los radicales Agustín Rodríguez Araya, la del presidente del bloque, Ricardo Balbín, Silvano Santander, Atilio Cattáneo y Mauricio Yadarola. ¿Las razones?: haber incurrido en el delito de desacato -felizmente erradicado del Código Penal argentino desde 1994 por la feliz intervención de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, una especie de injuria calificada proferida contra los magistrados, como si el honor de esas personas tuviese más valor que el de las personas que no lo son. Balbín fue el más perjudicado de ese lote, dado que debió pagar su osadía de ofender el honor presidencial, con casi un año de cárcel).

Volvamos a 1947 cuando, no obstante sus limitaciones: "Evita había alcanzado una posición visiblemente importante, si bien indefinida aún en al estructura del poder. La Subsecretaría de Informaciones de la Presidencia emitía comunicados describiendo sus actividades diarias y los periódicos que la publicaban. A partir de enero de 1947, [el diario]. Democracia, que había sido comprado a través del Banco Central, dedica un espacio cada vez mayor a informar sobre sus actos y exaltar su persona. Si bien la llama Doña María Eva Duarte de Perón, es también La Dama de la Esperanza y La Primera Samaritana Argentina. Este título, el primero en la larga serie de homenajes que le darían con el correr de los años, le fue conferido en agosto de 1946 […]. Evita parece disfrutar enormemente de toda esta nueva publicidad" (Navarro, cit. pp. 154-155).

No obstante, padece las invectivas de sus tenaces enemigos, que no se circunscribían a las compadreadas de algún integrante del bloque de diputados de la UCR: "arrecian críticas contra ella, no solamente por lo que hace, sino también por cómo se vista, por el mal gusto de su ropas, su afición a los sombreros y la cantidad de joyas que usa. En realidad, se viste sencillamente, aunque no siempre con ropa que la favorece pues no parece preocuparse demasiado por lo que lleva. A veces usa el pelo suelto, pero también recogido en peinados complicados y le gustan obviamente los sombreros y las joyas: aros, pulseras anillos y broches. Por otra parte, si el trabajo urge es capaz de ponerse un pañuelo en la cabeza y de atender sus compromisos, lo cual suscita críticas interminables y mezquinas" (ídem).

Juan José Sebreli realizó en un trabajo del cual abjuraría luego seguramente porque era un texto luminoso y audaz, tan distinto a lo mucho que escribirá a lo largo de su extenso paso por este mundo, una interesante semblanza de los atavíos de Evita en ese tiempo quien: "no es todavía en esta etapa de su evolución personal la militante; juega el papel de la Cenicienta que se casa con el príncipe y su fantástica transformación permite a los pobres creer en un cuento de hadas, un hermoso sueño de dicha, esplendor, belleza y poderío inalcanzable a la luz de la gente. El triunfo de Eva Duarte creaba la ilusión de que la fortuna estaba sin embargo al alcance de cualquiera, era la revancha imaginaria de todas las sirvientas. No toda sirvienta que envidia a su patrona puede convertirse en la 'señora' pero en toda sirvienta envidiosa hay una parcela de la 'señora'. Las joyas de María Eva Duarte de Perón tenían uin significado similar al anillo de diamantes que ostentaba Giuliano, en el cual los campesinos sicilianos veían un símbolo del triunfo sobre los ricos y poderosos" (del autor citado: Eva Perón. Aventurera o militante. Editorial La Pléyade, Buenos Aires, 1990, p. 51).

Coincide Galasso al asignarle a la exhibición de trajes ampulosos y joyas relucientes usadas por ella cuya imagen la de: "esa Evita rutilante y enjoyada no era tomada por las masas populares como un alejamiento sino como un triunfo: alguien, salido de la miseria y la orfandad -uno de ellos- podía ponerse codo a codo con las figuras más importantes del país en los salones dorados de la Casa Rosada o en el Teatro Colón. Alguien de 'los nuestros' cumplía el suelo inalcanzable" (en La compañera Evita, cit. p. 101).

Vamos cerrando esta entrada, que se ha hecho demasiado larga.

Y que sea con una cita del agudo y ácido ensayo de Alicia Dujovne Ortiz quien se extiende sobre la fascinación de Evita por las joyas, cuestión que llamaría la atención de Francisco Franco al realizar la visita a España (para recordarme que del viaje a Evita a esa país, debo escribir) al mostrase "asombrado ante los oros y pedrerías con que se había engalanado su huésped para ir a encontrarse con los obreros españoles". Evita le explicó entonces que: "a los pobres les gusta verme linda. No quieren que los proteja una vieja mal vestida. Ellos sueñas conmigo y yo no puedo decepcionarlos" (cit. p. 251).

Y si visitaba a los obreros enjoyada, imprevisible y astuta como era, meses atrás había decidido, asistir a una ceremonia en la cual el Estado español condecoraba a Perón en Buenos Aires con una bijouterie y un atavío sencillos.

Para ello, le encomendó a su modisto Paco Jamandreu que: "encontrara un collar muy sencillo para ponérselo con el vestido verde y marrón que acababa de hacerle. 'Todas las otras van a ir adornadas como arbolitos de Navidad -añadió para justificar su repentino deseo de un adorno modesto-. Quiero sorprenderlas haciendo justo lo contrario.' Jamandreu salió a la calle desesperado. Y justo en la vereda de enfrente, en la vidriera de un negocio vio un collar marrón y verde. Volvía triunfalmente a la Residencia cuando se cruzó con Perón que le dijo: '¡Menos mal! Tengo la cabeza como un trompo con la historia del collar.' Evita se puso el vestido y el collar para la famosa ceremonia. Emocionada y nerviosa, no paraba de llevarse el collar a la boca. Por la noche llamó a Paco y le envió una andanada de insultos entre los cuales 'puto' servía de coma. Se oían las carcajadas de Perón. El modisto terminó por entender: el collar estaba hecho de fideos pintados. Evita había escuchado los discursos, había aplaudido, había cantado el Himno Nacional sin darse cuenta de que tenía la lengua y los labios pintarrajeados de dos colores" (ídem, pp. 251-525).    

NOTA: El contenido de esta publicación puede reproducirse total o parcialmente, siempre que se haga expresa mención de la fuente.

jueves, 9 de enero de 2020

Como aquella princesa del librito de cuentos. Eva Perón en España, año 1947 (primera parte)

Dedicado a Pablo C. Casas.


Algunas personas, no muchas, aunque muy queridas por mí, andan entusiasmadas con mi vuelta al blog.

Y, en homenaje a aquello del público que se renueva, voy a volver sobre algo que escribí hace algo más de 10 años, cuando trabajaba con el destinatario de esta entrada y un compañero de entonces (gran amigo ahora), Carlos Ameijeiras, quien me invitó a escribir colaboraciones para la publicación casi centenaria de la Asociación Benéfica de Corcubión, el pago gallego de sus mayores: la bellísima revista Alborada, de la cual tengo el privilegio de ser un colaborador permanente desde entonces.



La primera (y extensísima) colaboración escrita para Alborada llevaba el título de la que ahora refrito. Pretendo limitarme a hacerlo con alguna actualización descartando mi pretensión de desarrollar algunas notas biográficas de Eva Perón, lo que difiero para cuando tenga más tiempo y resuma algunos textos que tengo en carpeta. Ya se enterarán.

Al fin de cuentas, si Pierre Menard, según Borges, postulaba la necesidad de reescribir el Quijote cuatro siglos después, porqué no habría de tenerla mi relectura de la columna que trabajé mientras el país era gobernado por una muchacha peronista (ahora vicepresidenta de la Nación), que por estos días, vuelve a ser gobernado por otro presidente peronista.



Y ambos peronismos (aquel, al que adherí con el entusiasmo -excesivo, releo ahora- que prueban las entradas de este blog por esos días y éste, que me depara muy tenues expectativas más allá del contento de haber dejado atrás la horrorosa experiencia anterior) parece que me incitan a escribir sobre la mamá de ese movimiento que no integro pero que siento como una manera, una forma, que no es la mía, de entender, de leer a la comunidad de la cual soy parte.

A partir de ahora: mi texto de noviembre de 2010. Como no supe cómo editar en este formato las notas al pie, las incluyo en el texto entre paréntesis y con un cuerpo de letra más pequeño.


El viaje europeo que María Eva Duarte, en representación del presidente argentino, Juan Domingo Perón, llevó a cabo entre los meses de junio y agosto de 1947, ha sido objeto de análisis varios a cargo de estudiosos atraídos desde las muchas aristas que propiciaba ese evento, en particular en las alternativas del hito relevante de esa gira: la España de Francisco Franco, que repasaremos a lo largo de esta columna. 



Si muchos emprenden esa evocación en procura de corroborar preconceptos inconmovibles que proclaman la identidad ideológica y política entre ambos regímenes, necesario para cierta bibliografía que porfía en un presunto nazi-fascismo de Juan Domingo Perón, para otros –tal nuestro caso- el interés en el evento político se explica en la verificación de que ese viaje y sus alternativas dirimieron el nacimiento y la consolidación de la personalidad política de la viajera. (Para éstos, el interés del viaje de Evita a Europa radica en su paso por Suiza, donde habría concurrido a disponer la apertura de cajas de seguridad bancaria para depositar dineros públicos distraídos y por cierto, el botín que los nazis en fuga al finalizar la segunda guerra mundial, le habrían confiado al presidente argentino, hipótesis de Jorge Camarassa. La enviada, Planeta, Buenos Aires 1998. Superándolo todo, Marcelo García en La agente nazi Eva Perón y el tesoro de Hitler de reciente edición por editorial Sudamericana -que, evidentemente, conoció tiempos más felices- arriesga que esa gestión Evita la habría hecho para recuperar para los jerarcas nazis refugiados en el país Hitler y Bormann, entre ellos, con quienes el matrimonio presidencial se habría reunido en Bariloche en 1950 el botín que Perón les habría querido birlar entre cientos de dislates escritos en ese brulote).

Para mejor comprensión del evento, no obstante la difusión y amplio tratamiento, debe realizarse una referencia acerca de quien entonces estaba en trance de convertirse en “Evita”. 

Ante una personalidad de esa trascendencia -como suele suceder con las figuras de la historia argentina– su biografía ha estado sometida durante años por las polémicas más diversas, que se remontan, incluso, a su propio origen.


El historiador Fermín Chávez y los investigadores Otelo Borroni y Roberto Vacca y más recientemente Norberto Galasso -que respetan mucho a Evita y la quieren más aún-, con eco en recientes trabajos de investigación, coinciden en aseverar que su partida de nacimiento fue adulterada en ocasión de su casamiento con Perón, el 22 de octubre de 1945, con el objetivo de “lavar” su origen “ilegítimo”. (Idéntica maniobra se había llevado a cabo respecto de la partida de matrimonio inexistente entre Juan Duarte y Juana Ibarguren y las correspondientes a los nacimientos de todos sus hermanos, a quienes se les impuso el apellido Duarte. En esa oportunidad, la novia había presentado un acta de nacimiento correspondiente a “María Eva Duarte”, nacida en Junín el 7 de mayo de 1922, cuando en verdad había nacido tres años antes, bajo el nombre de Eva María Ibarguren -ver: Marysa Navarro, Evita, Edhasa, Buenos Aires 2005, pp. 23/5 y Alicia Dujovne Ortiz, Eva Perón. La biografía. Ed. Suma de Letras Argentinas, 1ª reimpresión, Buenos Aires 2005, pp. 15/49 y 212/3, respectivamente-. Debe anotarse que el novio también tenía un origen igualmente “ilegítimo”. Norberto Galasso en: Perón. Formación, ascenso y caída (1893-1955) Tomo I, Ed. Colihue, Buenos Aires 2005 e Hipólito Barreiro en: Juancito Sosa, el indio que cambió la historia, Ed. Tehuelche, Buenos Aires 2000; sostienen que al nacer no había sido inscripto con el apellido Perón, sino bajo el nombre de “Juan Domingo Sosa” -dado que sus padres no se habían casado aun- y que el alumbramiento no había sucedido el 8 de octubre de 1895, en Lobos, Provincia de Buenos Aires, sino en la vecina localidad de Roque Pérez, el 7 de octubre de 1893. La adulteración de su partida de nacimiento había sido llevada a cabo por su abuela Dominga Dutey viuda de Perón para que no fuese observado su ingreso al Colegio Militar de Buenos Aires, que no hubiera sido posible por la edad del entonces adolescente Juan y también en razón de su bastardía).


Ese origen hizo mucha mella en la joven actriz cuestión extensamente tratada en los trabajos que la exaltan y en aquellos que la denuestan, puesto que moldeó su espíritu, e incluso, forjó su identidad ideológica: "esa nena de ascendencia vasca, mestizada con criollos, de cabellos negros, nacida en las cercanías de la toldería de Coliqueo y traída a la vida por una partera india, lleva consigo desde su primer vagido, los rasgos propios del sector marginal respecto de esa Argentina que poco tiempo atrás había festejado el Centenario con fastos que intentaban ocultar su carácter de semicolonia inglesa. Y esa triple humillación la marca desde su nacimiento" (Norberto Galasso: "La compañera Evita", Colihue, Buenos Aires, 2012, p. 11).


Debe destacarse que esa decisión respondía a los cánones de un tiempo mojigato, aquel de los años ’40 en la Argentina, por los cuales se concebía como inadmisible la relación de un alto oficial del Ejército Argentino –que al momento de casarse con ella era candidato a la Presidencia de la Nación para las elecciones de febrero del año siguiente- con quien había nacido al margen de los mandatos de la Iglesia Católica (e incluso de las leyes civiles) para colmo actriz, no obstante el antecedente del presidente Marcelo de Alvear y su esposa Regina Pacini.


Aunque Perón no era Alvear, ni Evita una cantante lírica de prestigio europeo: su trayectoria se circunscribía a intervenciones poco destacadas en el teatro y otras (menos eficaces aún) en cinco filmes estrenados hasta entonces. (Su único protagónico en cine fue en la película “La pródiga”, de Mario Soffici, filmada durante ese año de 1945, se estrenaría recién en agosto de 1984. Para un detalle de la trayectoria artística de Evita Duarte, remito a: Roberto Blanco Pazos y Raúl Clemente: Diccionario de actrices del cine argentino (1933-1997), Corregidor, Buenos Aires 2008, segunda edición.)


Su fama la había ganado al intervenir en difundidos radioteatros en los que representaba a grandes mujeres de la Historia Universal. Su mala dicción y los furcios con los que normalmente tropezaba, eran la delicia de las familias bien que la oían para escarnizarla. Quienes hemos escuchado los discursos que pronunciaría a lo largo de su breve y arrolladora intervención en la política del país no podemos evitar azorarnos ante el contraste.


Todo ello, la hacía merecedora, a ojos de la pacatería imperante, de una condición cuasi prostibularia, fama que tendrá reflejo durante la gira española, cuestión que a su turno, se tratará.


El “escándalo” que significaba para tantos el ascendiente que Evita Duarte tenía sobre Perón, empinado funcionario del gobierno militar surgido de la clausura de la etapa conservadora iniciada en septiembre de 1930, ha sido así resignificado: “En cuanto a Perón, su casamiento con Eva es el acto más revolucionario de su vida. Y acaso sea el único. No debe serle excesivamente reprochada esta carencia pues ningún presidente argentino realizó un acto revolucionario” (José Pablo Feinmann: Peronismo. Filosofía política de una persistencia argentina. Tomo I. Planeta, Buenos Aires 2010, p.159).


Evita, entonces, no habría sido una revolucionaria, sino una revolución en si misma. 


Desde el inicio de la presidencia de Perón, la mera presencia de Evita a su lado, produjo escozor y rechazo en los sectores altos y medios difundiéndose por años una anécdota que resume la intensidad de esas resistencias.

Desde la Sociedad de Beneficencia (creada en tiempos de Bernardino Rivadavia por la que se canalizaba la caridad de las clases acomodadas hacia los huérfanos, a los cuales se los humillaba anualmente haciéndolos desfilar por las calles céntricas de Buenos Aires con uniforme gris y munidos de una alcancía) se le había informado a Evita el impedimento que, a causa de su juventud, oponían las autoridades para que, en su carácter de primera dama se hiciera cargo de la presidencia honoraria, tal como lo mandaba la tradición. Ante la observación, la interpelada habría manifestado su acuerdo a las damas de beneficencia, proponiéndoles: “¡En ese caso, nombren a mi madre!” (ver: Dujovne Ortiz, cit., pp. 236/7. Remito asimismo a la eficaz recreación del hecho en la película “Eva Perón” con dirección de Juan Carlos Desanzo y guión de José P. Feinmann).

La digresión es necesaria para delinear las notas esenciales de la personalidad y los condicionantes de la mujer que visitaría España en junio de 1947, con apenas 28 años de edad, sujeta a los limitantes de su época por su propia condición de mujer; a su vez, carente de una trayectoria destacada previa a su  relación con Perón (que era demasiado reciente, por otra parte). Pese a lo cual supo y pudo constituirse en una de las líderes del movimiento de masas más poderoso desde su fuerza transformadora que se haya conocido en esta parte del planeta. 

Con la evidencia de los hechos, a más de medio siglo de acaecidos, consideramos que: “El año 1947 iba a ser […] vastamente rico en experiencias, dentro y fuera del país. Recién entonces asomará Evita en plenitud política junto a Juan Perón. Y hasta en los nombres crecerá su figura, como en esa Evita Capitana que pronto iba a ser coreada […]. La gira europea iba a significar para Evita algo más que una vivencia enriquecedora: tras este viaje su pueblo la iba a recobrar con una nueva dimensión política y social.” (Fermín Chávez: Perón y el Peronismo en la Historia Contemporánea. Ed. Oriente, Buenos Aires 1984, pp. 132/3).
 
En la próxima entrada desarrollaré las notas centrales de ese viaje iniciático el de de esa personalidad política impar que estamos evocando.

Trance, pasaje, literal y metafóricamente hablando.


NOTA: El contenido de esta publicación puede reproducirse total o parcialmente, siempre que se haga expresa mención de la fuente.