miércoles, 22 de enero de 2020

Como aquella princesa del librito de cuentos. Eva Perón en España, año 1947 (séptima parte: el indulto a Juana Doña)

Terminamos la entrada anterior evocando la multitud que se había reunido en la Plaza de Oriente, para asistir al solemne homenaje a Eva Perón, en ocasión de la imposición de la Gran Cruz de Isabel la Católica, de manos de Francisco Franco. 

Repasamos, con generosidad, algunas de las crónicas periodísticas (la española, a cargo del oficialista diario ABC y las argentinas, la del tradicional diario La Nación y la publicada en el periódico La Hora medio de prensa del Partido Comunista Argentino).

En la misma edición del 13 de junio de 1947 del diario comunista La Hora, dirigido por Rodolfo Ghioldi (miembro del Comité Central del Partido Comunista), al lado de la crónica titulada: "Argentina no estuvo en la Plaza de Oriente", glosa columna sin firma titulada: “Dando la espalda a las víctimas para brindar con el verdugo”, de la cual leemos:

“El otro día, en la Plaza Oriente, aquel Francisco Franco, sobre cuya cabeza aún chorrea la sangre de los niños españoles bombardeados en Madrid –el mismo a quien Pablo Neruda maldijera proféticamente en un poema eterno-, dijo a sus huestes en presencia de la señora Eva Duarte: ‘¡Y ahora, cantemos los cantos de guerra para que los oiga nuestra huésped!’ Los falangistas repitieron entonces los aullidos de odio y de muerte que coreaban los ‘condottieri’ de Mussolini y los ‘robots’ de Hitler cuando su paso devastador por España. El cable no dice si volvieron a gritar: ‘¡Muera la inteligencia!’ y ‘¡viva la muerte!’, como entonces. Pero es lo mismo. Lo cierto es que obedeciendo al caudillo, cantaron a plena voz, estentóreamente. Y se explica. Es que necesitan hacer mucho ruido para tapar los gritos, los lamentos, las protestas vigorosas que se alzan desde cada garganta española. Vociferando ‘Cara al Sol’. De haberlo querido, la señora Eva Duarte de Perón habría escuchado el auténtico grito que asciende de la martirizada España. Pero prefirió ir a confraternizar con los enemigos del pueblo español, [preguntándose con indignación el columnista] ¿No le ha abierto los ojos a la visitante esa movilización general de la Gestapo española en la Plaza Mayor de Madrid? Los cables informan que fueron revisadas previamente casa por casa, tapiadas las puertas, vigiladas las personas. El dictadorzuelo teme a todo el mundo y hace perseguir a su misma sombra. Sabe que en cada español tiene un enemigo, y contiene al pueblo con ametralladoras mientras sus falangistas siguen machacando el ‘Cara al Sol’. Negándose a aceptar la evidencia, la señora Eva Duarte dijo entonces aquellos de ‘Franco ahincado… en el fervor de su pueblo’. ¡Ahincado sí, pero como se ahíncan las espinas! ¡Como las cadenas y los cuchillos está ahincado el Inquisidor enano en la carne torturada de España!”.

El cierre de la columna es elocuente, cayendo sobre el atuendo de Evita describiéndola: “Demasiado ocupada en variar sus lujosísimos tocados –despliegue poco generoso de su prosperidad ante los famélicos españoles- la señora Eva Duarte ha rechazado la realidad hispana, aceptando en cambio, ese escenario de papel pintado, ese reino de opereta que Franco preparó con fruición. No ha ido a visitar –pese a las reiteradas declaraciones humanitarias- a los españoles detenidos por millares ni a familias de los numerosos fusilados. En cambio, se presenta en los locales falangistas y bautiza con el nombre de nuestro país una brigada del ‘fascio’ peninsular. Nunca ha sido provechoso dar la espalda a las víctimas y brindar con los verdugos. En esta ocasión era más imprudente y menos aconsejable que nunca. La repugnancia que inspira en todo el mundo civilizado esa hechura del Eje que es Franco está expresando con más vehemencia cada vez.” Finaliza la nota, previa evocación de una silbatina pública a la que fuera sometido el embajador franquista en Buenos Aires, con antelación al viaje que se comenta, sentenciándose: “es la más noble evidencia de nuestro cariño por la España a la que la señora Eva Duarte no conocerá mientras confraternice con su verdugo.”


El diario del Partido Comunista, claro está, ejecutaba los dictados de Stalin, entonces empecinado, en condenar a España al aislamiento internacional, lo cual he tratado en la tercera entrega de esta saga y sobre lo que volveré en la próxima. Por lo cual, no sorprende la prédica colmada de descalificaciones al régimen franquista; máxime cuando las heridas de la Guerra Civil aún supuraban, evento en el cual se habían involucrado personalmente cientos de militantes comunistas de las regiones más variadas.



Aunque, el calor del odio, nublaba la honestidad intelectual de quien describía de tal modo el paso de Eva por España, quizás desconocido entonces, puesto que lejos estuvo de embanderarse con el franquismo ni, mucho menos, de despreocuparse de la suerte que corrían los millones de hambreados que esa guerra atroz había dejado a lo largo de toda la península, razón esencial de su visita, como hemos anotado reiteradamente.



La periodista y ensayista Vera Pichel, quien tuvo en esos años la posibilidad de acceder a la intimidad de nuestra protagonista y dejó testimonio de ello en el libro que vamos a citar (trabajo consular, citado reiteradamente en las biografías de Evita que vengo reseñando) conversó sobre su viaje a España a su vuelta.

Entonces, Evita le recordó sus primeros días en Madrid: "cuando viajaba en coche llamaban mi atención mujeres mayores sentadas en banquitos portátiles, instaladas por lo general en las esquinas, teniendo en la falda un cajoncito con cigarrillos para vender. Pero lo raro es que no vendían por atado, como estamos acostumbrados aquí, sino de a un cigarrillo o dos. Pasaba la gente y alguien se detenía y pedía un cigarrillo, pagaba con céntimos y seguía su marcha. Pregunté quiénes eran esas mujeres y porqué estaban en la calle vendiendo de ese modo, y me contestaron que eran viudas de la guerra, que habiendo perdido a sus maridos e hijos, así se ganaban algunos centavos por día".

Luego de confiarle a Pichel que cuando ella se interesaba en esas mujeres, el chofer del automóvil en el que se dirigía aceleraba para impedir el deseo de la ilustre visitante de tomar contacto con ellas, confesó que en una ocasión, fuera de protocolo había, visitado el Rastro de Madrid.

"¿Te imaginás una escapada sin avisar a nadie? [confió Evita a su amiga Vera]. Llegamos a media mañana y como yo jamás había estado en un Mercado de Pulgas, como se le llama esa actividad, el Rastro me impresionó. Allí se vendía, o se malvendía todo y de todo. Desde un gran cuadro hasta una bacinilla. Desde un jarrón de tipo palacio hasta el desteñido camisón que alguna vez alguien había usado. Un espectáculo completo y difícil de olvidar. Cuadras enteras con roda clase de cosas: muebles, ropas, enseres; en fin, de todo. Fijáte que por ahí me enfrentó una mujer toda vestida de negro, de mirada triste, cara consumida que llevaba colgadas de una de sus muñecas cadenitas doradas con una cruz. Le pregunté algo, no recuerdo bien qué, pero sí me acuerdo cuál fue su respuesta: 'soy una viuda de guerra -dijo-. A mi marido y a mis hijos los mataron y yo tengo que mantener a tres nietitos. Cómpreme algo, linda señora, que es para mis nietitos".

Refirió que entabló un diálogo con esa mujer a quien le preguntó acerca de la ayuda que recibían del Estado español (con la condigna respuesta negativa de la viuda y madre de hijos muertos en la guerra), para extenderse acerca de su condición de vida en su modesta vivienda del barrio Lavapiés y ante la pregunta de Pichel, respecto de si le había comprado la cadenita contestó: "Sí. Las pagué todas y me llevé sólo dos. Esa mujer me partía el corazón. La hubiera traído conmigo y sus tres nietitos a Buenos Aires para darle mejor vida, más digna, más humana. Hubieras visto cómo lloraba" (Vera Pichel, Evita íntima, Planeta, Buenos Aires, 1993, p. 123).

Otras evocaciones de Evita en el libro citado, acentúan el despropósito de la semblanza publicada en la columna del diario La Hora con la que inicié esta entrada, híperactividad y empatía con los más desfavorecidos de Evita que tenía desconcertados (y muy preocupados) a los integrantes del matrimonio anfitrión, en especial a la de género femenino: Carmen Polo.

Algo hemos escrito sobre esta mujer, quien era la personificación de todo lo que Evita no era ni quería ser. Católica ultramontana, por tal, reaccionaria; mojigata, altiva e hipócrita, llevaba puesta siempre en los labios una sonrisa tirante, por lo forzada, por lo falsa. Aunque de bello aspecto, su alma de hielo, su crueldad inclaudicable, hacían de La Collares (así se la conocía y se la recuerda aún hoy en España) el arquetipo de la villana perfecta.

Podría extenderme acerca de la Polo, pero recordarla me hunde en el fastidio.

Podría escribir acerca de su avidez por los collares de perlas (de allí su apodo) y el modo mediante las que les conseguía; del saqueo (literal) de obras de arte que perpetró en ese tiempo en el que todo le era permitido. Incluso del siniestro "Patronato de la Mujer", entidad dirigida durante esos años por ella misma la cual, según el recuerdo de Consuelo García Cid, otrora interna de las ergástulas medievales administradas por ese Patronato, era "una especie de Gestapo a la española", concebida para "ayudar a las mujeres que estaban en riesgo de caer en la mala vida: mujeres que fumaran por la calle, se acostaran con su novio, se dieran besos en público, frecuentaran bailes, se sentaran en la última fila del cine", cuya actividad principal, en la capilla de esas tétricas instalaciones en las que se privaba de libertad a las jóvenes descarriadas, se hacía desfilar a las más agraciadas, para que los hombres solteros de la "alta sociedad" española eligieran esposa. Creo que está claro porqué no quiero escribir sobre esta persona (ver: "Carmen Polo dirigía el Patronato de la Mujer en el que se calificaba a las jóvenes como 'completas' o 'incompletas' según su virginidad", en el Punto de mira, del 24/10/2019. Disponible en: https://www.cuatro.com/enelpuntodemira/carmen-polo-patronato-mujer-virginidad-organizacion_18_2839470390.html)
Sólo evocarla, para dar cuenta de las razones de su relación imposible con Evita. Tanto fue el disgusto de la española que sería la esposa del presidente Perón la última huésped oficial que residiera El Pardo.
Idéntica a sí misma, en ocasión de recibir cierta sugerencia de la Polo ante sus salidas fuera de protocolo, inmiscuyéndose en asuntos que a su criterio no le atañían recordó Evita que: "una vez casi nos peleamos con la mujer de Franco. No le gustaba ir a los barrios obreros y cada vez que podía los tildaba de 'rojos' porque habían participado en la guerra civil. Yo me aguanté un par de veces hasta que no pude callarme más y le respondí que su marido no era un gobernante por los votos del pueblo, sino por imposición de una victoria [...]. Le conté cómo ganaba Perón las elecciones y como gobernaban porque la mayoría del pueblo así lo había determinado. A la gorda no le gustó nada, y yo seguí alegremente contando todo lo bueno que habíamos logrado. Por ahí quiso largarme una estocada: 'Los obispos vuestros -dijo- pueden dar razón de las tropelías de lso rojos...'. 'Señora -coontesté-, cuando se fomentan guerras hay que aguantar sus resultados. El general Franco gobierna tras la guerra, y es fácil tildar con colores a sus participantes. Nuestros obispos se ocupan de cosas argentinas'. Y así corté la conversación" (Pichel, cit., p. 122).


Además de recorrer barrios obreros, hablar con la gente, interesarse en sus pesares tomándole el pulso a la Madrid de la posguerra, algo más trascendental aún haría Evita.

Leamos al periodista argentino, Hugo Gambini, recientemente fallecido, antiperonista acérrimo, referir estas alternativas: "Sus sonrisas, que repartía a raudales junto con los billetes, cautivaban a los españoles. Se sentía a gusto entre ellos y así se lo confesaba a sus acompañantes: ‘Estos gallegos son macanudos. Tutean a todo el mundo. Además aquí no hay políticos, no hay oposición, nadie critica y se respeta al gobierno’. Lo decía con sinceridad, al extremo que llegó a pedir la libertad de Juana Doña, la más importante dirigente femenina del Partido Comunista Español, conocida como ‘la segunda Pasionaria’, quien acababa de ser condenada a muerte en un juicio sumarísimo. Franco se vio obligado a acceder al pedido y la indultó, aunque posponiendo su liberación. Doña recuperó su libertad en 1954, pero jamás aceptó públicamente que le debía la vida a Evita. Sin embargo, en conversaciones con el periodista argentino Armando R. Puente reconoció: ‘la intervención personal de La Perona –así dijo- en la conmutación de la pena capital” (del autor citado, Historia del peronismo. El poder total (1943-1951), Planeta, Buenos Aires, 1999, p. 168).

La referencia dignifica al trabajo y al propio Gambini quien, a pesar del antiperonismo de acero inoxidable que cultivó a lo largo de toda su vida (botón de muestra: su último libro, publicado por Editorial Sudamericana, sobre el balance que le merecía al autor el legado del peronismo en la historia contemporánea reciente lleva el título eufemístico: Crímenes y mentiras), no manipuló los hechos, dando cuenta de una gestión humanista y trascendente, con la condigna consideración de Gambini, quien no la disimula.

Juana Doña era en efecto una de las figuras destacadas del exánime comunismo español de entonces: educadora y precoz feminista. Joven viuda de Eugenio Mesón, militante como ella, fusilado en 1941, era madre de un niño de 7 años, Alexis Mesón Doña, que jugará un rol decisivo en la conmutación de la pena de su madre. Estaba presa, acusada de haber colocado un explosivo en la Embajada argentina en Madrid (que no había reportado heridos ni víctimas fatales), semanas antes de la visita de Evita.

Valia Doña hermana de Juana, actriz de burlesque, al enterarse de la condena a muerte firmada por Franco (que alcanzaba a otras 102 personas) lo comentó a un muchacho argentino que integraba la compañía, quien le sugirió que diese intervención en el asunto a la esposa de Perón, cuando llegase a Madrid.

Con la astucia de los desesperados ideó un artilugio que sería infalible. Siguió el consejo de pedirle a Evita por su hermana por escrito, con el siguiente detalle: la dictó a su sobrino Alexis. Escribió con la letra despareja de un niño de 7 años, una carta que decía: "Señora Eva Perón, por favor, a mí me han fusilado a mi padre y ahora van a fusilar a mi madre. Le pido que haga algo, por favor".


La carta llegaría a manos de Evita, quien haría la gestión ante el mismísimo Franco y conseguiría el favor solicitado. Una prueba más, entre tantas, de la lejanía política, ideológica, humanitaria, cristiana, incluso, de la huésped y sus anfitriones. Nadie que tuviese convicciones e imaginarios falangistas, hubiera realizado semejante solicitud.

Anécdota que dio pie a la realización de una miniserie emitida por la "Televisión Española" en 2013. Nuestra compatriota Julieta Cardinali, jugó el papel de Evita con solvencia y la belleza y la luminosidad que evidencia la foto. Jesús Castejón juega un Francisco Franco al borde la caricatura y Ana Torrent, tiene que cargar con el peso de interpretar a la Carmen Polo. Otra compatriota, Malena Alterio, a nuestra amiga Lillian Lagomarsino de Guardo (los realizadores sostienen buena parte de la trama en los recuerdos de ella, que venimos glosando) y Carmen Maura, a la madre de Juana, quien, al igual que a lo largo de toda su carrera, hizo todo bien. El papel de Juana Doña fue para Nora Navas, una actriz que ya nos resulta una cara familiar; la hemos visto en "El Ciudadano Ilustre" de Cohn y Duprat y en "Dolor y Gloria", la última joya de Pedro Almodóvar, de notable labor. La miniserie podría haber estado mejor, aunque nos conformaron las actuaciones y el clima de época.

No me quedo con las ganas de citar a Alicia Dujovne Ortiz en esta entrega. El pasaje que sigue es una especia de resumen de lo escrito: “Evita demostró ser una actriz desconcertante en esa puesta organizada por Franco. El mismo día, después de almorzar, se empeñó en visitar los barrios pobres. Con semejante calor, doña Carmen hubiese preferido dormir la siesta, sobre todo porque a la noche los esperaba una recepción en El Pardo. Pero su huésped tenía energía de sobre: no contenta con recorrer esos barrios en automóvil, entraba en cada casa destartalada, le preguntaba a cada hombre de mejillas chupadas si tenía trabajo, se preocupaba por la enfermedad de un niño, dejaba tras de sí un torrente de pesetas y no paraba de repetir que no era caridad, sino ayuda social. Justicia. Los pobres tenían el deber de pedir. Y vuelta a hablar de Perón, del Plan Quinquenal de Perón, de la Revolución Peronista. Doña Carmen conservaba la misma sonrisa que parecía pintada, pero las comisuras de su boca descendieron un poco cuando Evita le pidió a Franco que indultara a una Doña del otro bando: Juana Doña, la comunista condenada a muerte. ¿Quién hubiera podido negarle algo a tan encantadora invitada? Franco le perdonó la vida a Juana Doña, y doña Carmen volvió a pintar sus labios hacia arriba." (cit., 282/3).


Juana salvó su vida, gracias a Evita, quedó claro. Salió en libertad en 1962, con la imposición de dejar en España, radicándose con Alexis en Francia hasta la caída del régimen de Franco. Pudo volver a su país, mudando su domicilio a Barcelona, donde continuó su militancia en el comunismo. Participó de cientos de actos, publicó libros (uno de ellos, testimonial) y fallecería en octubre de 2003 a dos meses de cumplir 85 años.



56 años de sobrevida, se los debía a Evita.



Y aunque de la cita de Gambini se desprende cierta ingratitud de Juana hacia Evita (a quien trata con un despectivo La Perona), un año antes de morir aceptó hablar del evento que evocamos con la periodista Silvia Pisani del diario argentino La Nación.


Recordó que encontrándose en la cárcel de mujeres de Madrid: "esperó 40 madrugadas que llegara la de su hora. Los diarios madrileños contaban en tapa el viaje de Eva por Madrid, Toledo, Sevilla Granada y la adoración de quienes le agradecían la ayuda -y la comida- enviada por la Argentina. Un día de agosto un funcionario me avisa: le traigo una alegría. La han conmutado. Yo pregunté por mis compañeros y supe que los habían fusilado esa misma mañana. A todos, menos al chaval [un menor de edad llamado Eu Moya que había sido detenida con ella]. Recuerdo que dije: ¿de qué alegría me habla, entonces?"

Preguntada por la periodista acerca de las razones por las cuales nunca había dicho nada a Evita dijo: "no me interesé yo ni se interesó ella. No tuvimos relación. Ni le di las gracias. Quedamos en paz. Para mí fue la vida. Para ella, la posibilidad de exhibir el haber conmutado la pena a la mujer a la que se acusaba de poner la bomba en la embajada, como si eso fuera cierto"  (Silvia Pisani, "Adiós a un enigma de medio siglo", La Nación, 9 de noviembre de 2003).

Dijo haberse enterado tarde de la muerte de Eva, ocurrida en Buenos Aires, en julio de 1952. Entonces se encontraba en la cárcel de Guadalajara donde había sido recientemente trasladada. Admitió: "me hubiera gustado enviar un telegrama, al menos. Al fin y al cabo, vivía por ella".  

NOTA: El contenido de esta publicación puede reproducirse total o parcialmente, siempre que se haga expresa mención de la fuente.

lunes, 20 de enero de 2020

Como aquella princesa del librito de cuentos. Eva Perón en España, año 1947 (sexta parte: en Plaza de Oriente)

Cerramos la entrega pasada con evocaciones de la portentosa recepción a Evita al llegar el 8 de junio a Madrid.

Fastos que empalidecieron ante las efusiones que habrían de manifestarse a partir del día siguiente,  con motivo de la imposición, por parte del dictador español, de la Gran Cruz de Isabel la Católica, ocasión que congregó, según detallan las crónicas que se reseñarán seguidamente, una muchedumbre calculada en centenares de miles de españoles, apiñados bajo el sol de plomo del mediodía del 9 de junio de 1947 en la Plaza de Oriente.


Raanan Rein evoca que para ese acto, celebratorio de la imposición a Evita de la máxima distinción concedida por el Estado español: “el mecanismo de propaganda y la organización franquista volvían a funcionar a todo vapor. Comercios, oficinas y fábricas cerraron durante cuatro horas, el ministro de Educación proclamó un día asueto en las escuelas, y en los sindicatos obreros incitaron a sus afiliados a concurrir al acto principal, todo ello para que decenas de miles de personas pudieran participar en una demostración de masas en apoyo de la Argentina y del Caudillo, frente al Palacio Real, donde tendría lugar la ceremonia”.

No deja escapar el profesor israelí un detalle que sería puntualmente destacado, en especial por los sectores enconados a ese encuentro bilateral: “Después de la ceremonia, que fue transmitida por altavoces a la multitud que esperaba afuera, Evita salió al balcón del Palacio al lado del generalísimo. La muchedumbre aplaudía clamorosamente y en ese momento un puñado de falangistas, en el centro de la plaza, comenzó a levantar la mano haciendo el bien conocido saludo fascista. Muchos otros se les unieron en ese deshonroso gesto, que ya había sido proscripto oficialmente. Evita y Franco retribuyeron el saludo. Aunque es posible que Evita solía agitar su mano, levantándolo muy alto para agradecer a la muchedumbre. La prensa mundial escribió que ella había hecho el saludo fascista, con lo que sólo causaba daño a la imagen del régimen de Perón” (El pacto Perón-Franco..., cit. pp. 55/6). 

Ese saludo tuvo particular reflejo en la prensa norteamericana. La revista “Times” del 23 de junio de 1947, se extendió en la reminiscencia entre el brazo extendido al saludar a la multitud de Evita y la simbología nazi-fascista. Analogía desdeñada por la siempre elocuente Alicia Dujovne Ortiz: “también a ella le atribuirían sentimientos quizás ajenos cuando, terminada su improvisación, saludó a la multitud, según su costumbre, alzando el brazo derecho y moviéndolo apenas, casi sin doblarlo. Un gesto fácil de confundir con el saludo fascista. Al día siguiente, la prensa española no se privó de sugerirlo.” (cit. p. 282).



La honestidad intelectual de la escritora –que cuando lo considera, no le dispensa críticas a Evita-, sumada al escepticismo de Rein, agota el punto que destaqué para poner en evidencia la intensidad de la campaña de internacional de desprestigio en marcha para demérito de la visita de Estado que estamos evocando.

La biógrafa se detiene en el vestuario de Evita con esa pluma que ya le conocemos, que a veces nos enoja y otras nos divierte: “Hacía mucho calor. Una vez más, doña Carmen Polo de Franco llevaba vestido negro y capelina de mosquetero. Sólo dos detalles habían cambiado: el escote, de triangular que había sido en la víspera, se había vuelto cuadrado, y en lugar de una pluma erguida y sola, el sombrero ostentaba una cascada de plumas blandas. En el cuello, perlas. Evita, en cambio, había cambiado mucho desde el día anterior. Pedro Alcaraz se había limitado a retocar la banana que le rodeaba la nuca. Pero ahora, esta banana sólo resultaba visible para los que se hallaban a su izquierda. Vista desde la derecha, la banana desaparecía bajo un enorme tocado de plumas solitarias que acariciaban suavemente la mejilla de Evita y parecían la causa de su sonrisa soñadora. Tampoco esta mañana sonreía con franqueza. Llevaba un vestido estampado flexible y brillante, como de terciopelo de seda. Pero apenas si se pudo entrever el modelo, ya que, pese al calor, Evita soportó la ceremonia entera sin quitarse la capa de marta cibellina […] parecía necesitar una prenda envolvente” (ibídem).

Era inadecuado atuendo de Evita para ese mediodía madrileño tórrido. Sin embargo, me permito inferir el siguiente detalle. Es claro que el vestuario que Evita luciría a lo largo de su extenso periplo europeo lo había decidido de antemano, en Buenos Aires. Y, seguramente, para el acto que evocamos habrá querido estar especialmente elegante. Por ello, con ternura, me pregunto: ¿junio no es acaso, uno de los meses más fríos del año?

Sigue el relato: “siempre bien abrigada, escuchó el discurso de Franco, que no escatimó elogios a Perón, y terminó por tomar la palabra sin deshacerse de su capa […]. “La plaza estaba negra de un gentío que gritaba los nombres de los dos militares, el Generalísimo y el General. Evita, por fin libre de su capa, tomó el micrófono para decir: ‘Franco siente en estos momentos lo mismo que Perón cuando lo aclamaban sus descamisados’. Se ignora si Franco apreció el hecho de que Evita le atribuyera los sentimientos de Perón con el único objetivo de pronunciar una vez más el estruendoso nombre que tan hermoso le parecía. […] Más adelante se pregunta: “¿cuántos madrileños acudieron a la cita? ‘Centenares de miles’, dicen los diarios de la época. ‘Cuarenta mil’, especifica Marysa Navarro. En todo caso, la plaza estaba llena, un fenómeno que se repetiría en cuanta ciudad española la recorriese la invitada. […] Recién salidos de la Guerra Civil, los españoles tenían hambre. También tenían una sed de espectáculos todavía no saciada por la televisión. Evita no podía caer más a punto con su pan y su circo. Era bonita y gentil. Además, la Argentina era la hija querida de España y Evita proclamaba su origen español […]. Todos los elementos reunidos para que el goce visual y la euforia sentimental corrieran parejos” (ibídem).

La edición del diario ABC del 10 de junio de 1947 se consagró al acto.

La noticia reflejada en la portada luce la fotografía a toda página en la que se puede advertirse la impresionante muchedumbre reunida en la Plaza de Oriente. En uno de sus márgenes, el perfil derecho de Francisco Franco observando la multitud desde el balcón, un uniformado sosteniendo un micrófono y Evita, tomada desde el perfil izquierdo, azotada por ese sol impiadoso, leyendo su discurso. Leemos el título: “La señora de Perón habla a los madrileños”.

En el interior del número, el texto del discurso completo de la visitante bajo el título: “«Amamos al corazón de España y a la Justicia.» El hermoso y vibrante discurso de la esposa del presidente argentino en el Palacio de Oriente”; mientras que el editorial propone: “Madrid desbordó su cordial entusiasmo hacia la esposa del presidente argentino, durante las dos primeras jornadas de su estancia en España.”

El copete periodístico que antecede a la minuciosa crónica de la histórica jornada considera que: “Si la señora de Perón esperaba de los sentimientos fraternales españoles una acogida calurosa y digna de la efusión que aviva las relaciones entre los dos países, no podía –y sus palabras lo traducen- presentir que la emoción de España, reflejada en los actos populares del domingo y del lunes [día del arribo de la visitante y del homenaje en la Plaza de Oriente, respectivamente], pudiese vibrar y estallar con tantos alardes de sinceridad y con tanta altivez en el pecho erguido, Madrid ha manifestado su júbilo porque se le presentaba la oportunidad de expresar pública y bulliciosamente, sentimientos que, si alimentaron siempre en nuestro pueblo, no tuvieron tantas ocasiones propicias –y ninguna tan insigne como ahora- para ser enviados a modo de ofrenda al pueblo hermano, laborioso y culto, que ha creado la espléndida nación argentina de hoy. La señora de Perón que nos trae un mensaje fraternal de su pueblo y nos honra con su visita, a su pueblo llevará muchas prendas oficiales del amor de España. El mensaje de las multitudes será inolvidable, porque consolida históricamente la unión de los dos países consanguíneos y fija indeleblemente la hermandad hispánica.” Sujeta a la redacción empalagosa consignada, concluye la nota: “Las nobles palabras de la señora de Perón están suscritas por las dos naciones, cuyas banderas flamean hoy indestructiblemente enlazadas, en las calles de Madrid y de toda España.”

Más adelante se reseñan los discursos, previsibles en su contenido del anfitrión y la huésped de honor.

Francisco Franco, luego de dar la bienvenida y pasar revista a la biografía e ideario de la Reina católica a cuyo nombre se consagraba la condecoración que se le imponía, concluyó su calculada alocución de la siguiente manera: “Hoy, con vuestra visita, se gloria España de aquel feliz alumbramiento al constatar en ese recio espíritu de independencia y de amor a las tradiciones hispanas de la nación argentina, de que es paladín y abanderado el insigne general Perón, esa ‘lealtad acrisolada’ que reza la leyenda de la Gran Cruz de Isabel la Católica con la que, en nombre de España, os condecoro.” 

Evita, a través del verbo alambicado de Muñoz Azpiri replicó sin dejar de resaltar la deuda de gratitud de España y su gobierno para con el gobierno peronista: “Españoles: os entrego, junto con mi corazón, el de mi esposo, el presidente de los argentinos. Sé que mi presencia no colma vuestros anhelos. Deseabais os visitara el general Perón, quien, en horas amargas de vuestra vida nacional, se presentó ante el mundo batallando por los fueros de España con la valentía del hijo bien nacido que se juega por su madre. Anhelabais contemplar al presidente de los argentinos, y en vez de él llega a vosotros una joven mujer. Pero comprended, españoles, que la Argentina sólo ansía rendiros un tributo de amor y pregonar un mensaje de paz. Y por eso estoy aquí, porque por designios divinos, es la mujer quien posee todos los recursos de la ternura y de la conciliación.” Previo a proclamar vivas a la España inmortal, no se priva de cotejar esa concentración abrumadora con otras que sucedían en esos años allende el Atlántico, de lo que dio cuenta Dujovne Ortiz en una cita consignada con antelación: “El futuro es nuestro si hemos comprendido la trascendencia histórica del momento que nos toca vivir. Y si al Generalísimo Franco se le arrasan los ojos de emoción ante el pueblo que lo aclama, porque percibe en su aliento el aliento inmenso de España: al general Perón le tiembla la voz también cuando contempla a sus ‘descamisados’ llenando la plaza de Mayo, como el pueblo español llena en estos instantes la plaza de Oriente, escoltado este pueblo y mi pueblo por la historia más hermosa del planeta. ¡Porque los hombres de nuestra estirpe saben llorar tan sólo de emoción, precisamente porque son hombres, muy hombres!”


Aunque con narración atemperada el corresponsal del diario La Nación de Buenos Aires, fue expresivo en punto a la magnificencia del acto: “la esposa del primer magistrado argentino y el generalísimo Franco, acompañados de las personalidades que se encontraban en el salón central se dirigieron a uno de los balcones del Palacio al espectáculo que era impresionante. Centenares de miles de pañuelos blancos y banderitas argentinas saludaban la presencia de la distinguida visitante. Numerosos cartelones con leyendas como: ‘Juan de Garay conquistó con su espada tu tierra. Tú con tu sonrisa conquistarás la nuestra’. ‘¡Arriba los descamisados! ¡Arriba España!’; ‘¡Perón forjador de la fe nacional de la Argentina!’, ponían una nota desusada en la manifestación. Un niño consiguió encaramarse en la gran estatua ecuestre de Felipe IV [desde donde] agitaba una bandera argentina y otra española. El Generalísimo Franco y la señora de Perón daban muestras de su emoción. El Caudillo respondía a los gritos de entusiasmo señalando a su distinguida huésped, quien respondía agitando la mano derecha y sonriendo. El Generalísimo Franco se vio obligado a pronunciar algunas palabras y de inmediato se escucharon los acordes de ‘Cara al Sol’ que fuere coreado por millares de gargantas. El mismo Franco pronunció enseguida las acostumbradas palabras ‘España, España’, contestadas por una muchedumbre con: ‘Una grande y libre’ […]. En tal oportunidad la señora de Perón pronunció breves palabras expresando que la emoción que el generalísimo Franco ‘siente en estos momentos es la misma que Perón siente cuando es aclamado por sus descamisados.’”


“La Hora”, periódico editado en Buenos Aires, a cargo del Partido Comunista Argentino, reflejó una crónica acorde con la repulsión que el evento les producía, en sintonía con los deseos de Moscú.

Bajo el título: “Argentina no estuvo en la Plaza de Oriente”, leemos: “La Plaza Oriente de Madrid fue anteayer teatro de una innoble, tristísima farsa. So pretexto de homenaje a la señora Eva Duarte de Perón, fue abofeteada la Argentina y denigrada España. La comparsa falangista unió el nombre de nuestro país –que no puede, que no debe estar en sus bocas envilecidas- al del dictador Franco, el rezagado cómplice el Eje que aún se niega a cumplir la suerte corrida oportunamente por sus secuaces. La señora Eva Duarte no protestó por el agravio. Por el contrario –según lo informa United Press- [se alude al saludo presuntamente fascista tratado, como vimos, por Rein y Dujovne Ortiz] levantó a su vez la mano en el saludo que usaban los esclavos de Roma, con el saludo de Hitler y Mussolini (precisamente los que invadieron España para imponer a su pequeño rapaz). Tras el gesto, vinieron las palabras, no por inusitadas, más injustificables: ‘Aclamáis a Franco –dijo dirigiéndose al cónclave franquista- porque sabéis que es el jefe que está haciendo historia. ¡Arriba España, arriba Argentina! Cuesta creer [prosigue el indignado comentarista] que tal profanación se haya realizado, porque es insoportable que la Argentina sea unida así –de contrabando, fraudulentamente- a esa torpe y sangrienta parodia que es el régimen falangista. El insulto nos duele por nosotros y nos duele por España. Los argentinos queremos honda, fervorosa, sinceramente, a la madre patria; a esa España que hoy desgarrada, empobrecida, fusilada todos los días en sus mejores hombres, en sus más dignas mujeres; esa España cuyas entrañas se muestran al mundo atravesadas por la artera lanza falangista; esa España de hoy, España fantasma, trágica, esquelética, que constituye un remordimiento doloroso para todos los países libres que permiten la supervivencia del vástago ruin del Eje. […] Es que en la España Republicana la Argentina reconocía no sólo a la madre, sino sobre todo, a la amiga encendida en un mismo ideal democrático y humanitario. […] Se había dicho que la visita de la señora Eva Duarte era privada. Pero el estruendo, el extraordinario boato oficial que la rodean, desmiente tal aseveración, por lo demás, ella misma lo dijo: ‘Entiendo que esta distinción personal es ofrecida a la representación de mi país.’ […] ¡Así ha caído ese barniz de visita particular e intrascendente con que se rodeara su viaje al principio tal vez, para no ahondar los recelos que despertó en la masa peronista y en el pueblo todo! […] Ya se sabe que el aislamiento de Franco no es de hoy. Aún su reconocimiento fue hecho a media luz, tímidamente, disimulando. Hasta sus sostenedores extranjeros comprendían esa vergüenza. Por eso no tuvo visitas oficiales. Nadie quería exponerse, convirtiéndose en escarnio del mundo. Nadie quiso recibir el premio falso de sus halagos. Por eso, en esta ocasión, decidió tirar la casa por la ventana, rendir homenajes principescos y gastar, en honor de la señora Eva Duarte el pan que falta en las mesas españolas. Este lujoso recibimiento se pagará con más hambre en los hogares peninsulares. Muchos niños llorarán a causa de las risas que hubo en la Plaza de Oriente.”  

Algo hemos escrito y seguiremos escribiendo sobre las aristas destacadas por el periódico de Victorio Codovilla, no obstante continúo con la transcripción de la crónica de ese medio ante el abismo que evidencia con la del periódico ABC: “El país [Argentina] ha sido comprometido en esta farsa falangista. El espectáculo fue preparado cuidadosamente para darle un hondo sentido. Que nadie suponga inocentes las afirmaciones hechas allí. Si se une a los dos países en un mismo grito fascista, es que se intenta imitar aquí lo que habiendo sido aplastado en toda Europa sólo queda en España, como resabio bárbaro y funesto. Si se mencionan mentidos destinos comunes, es que se quiere embarcar a la Argentina en una empresa ruinosa y vil de reconstruir al Eje. Véase este párrafo, escrito anteayer mismo en el diario falangista ‘Informaciones’ […]: ‘Entre la Plaza de Mayo y la Plaza de Oriente se yergue como un eje un mundo que ha comenzado a girar. Las inmensidades humanas, los descamisados de Perón y los hombres de Franco han establecido contacto espiritual y moral y caminan hacia un destino parejo.’ Mentira. Los ‘descamisados y el resto del pueblo argentino repudian ese yugo parejo que quieren atribuirles. […] Dígase con voz bien alta, que el pueblo argentino no estuvo representado en la Plaza de Oriente. Rechácense por mentirosas todas las antojadizas expresiones que intenten unirlo a la innoble farsa.”

Aunque sea comprensible la denuncia de la visita desde una distancia ideológica abismal, observo que en esa nota escrita con tantos calificativos se faltó a la verdad.

Por una decisiva razón que habremos de desarrollar en futuras entregas, el boato franquista a Eva no la mareó ni le impidió que se acercase a los más desfavorecidos para hacerles llegar un soplo de esperanza. En un caso, el de una enemiga política de ella y de su marido su intervención decidida sería, literalmente hablando, vital.

Escribiremos sobre el asunto.

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viernes, 17 de enero de 2020

Como aquella princesa del librito de cuentos. Eva Perón en España (quinta parte. El recibimiento: Madrid era una fiesta)

Finalmente, llegó el momento de repasar las alternativas vividas por Eva Perón a partir de su llegada Madrid, la noche del domingo 8 de junio de 1947. La recepción con la que fue agasajada ni bien pisó el suelo de Madrid le habrá bastado para medir la trascendencia de su misión.


Evoca Rein: “Las altas esferas del régimen vinieron a recibirla al aeródromo de Barajas; Franco y su esposa, los ministros del gobierno, los dirigentes del Movimiento, oficiales de las fuerzas armadas y sacerdotes. También fue saludada por una multitud –calculada en casi un cuarto de millón de personas- que la aclamaba, salvas de cañones y numerosas banderas. Al final de la ceremonia de bienvenida, una larga hilera de automóviles oficiales la condujo hasta el palacio de El Pardo a través de las principales calles de Madrid, donde fue calurosamente vitoreada por el pueblo.” (El Pacto Perón-Franco..., cit., p. 55).

El eco de esa llegada en la Argentina tuvo su impacto como era de esperar. No sólo a través de los medios afines al régimen peronista (casi todos, entonces), sino también por la prensa opositora que para 1947, aún tenía algo de aire que respirar.

El corresponsal del diario “La Nación”, consignó la siguiente crónica, pormenorizada y elocuente de lo que estaba sucediendo en Madrid, al detallar la salida de Evita del entonces aeródromo de Barajas al tomar: “ubicación en un coche abierto junto al generalísimo Franco y, precedido por la pintoresca guardia mora, el vehículo tomó por la carretera de Alcalá hasta la Plaza de la Independencia. Todo a lo largo de la ruta que es de más de diez kilómetros, se sucedieron ininterrumpidas manifestaciones al pasar la comitiva. Centenares de miles de espectadores animados por un día magnífico se habían reunido para dar su bienvenida a la esposa del primer magistrado argentino.” (“Madrid recibió cordialmente a la Sra. de Perón”, edición del 9 de junio de 1947).

Se reseña a su vez que, una vez pasada la revista de tropas, la visitante junto con Francisco Franco: “Entre los gritos de ‘Franco, Perón’, constantemente repetidos por el enorme gentío que a duras penas era contenido por un cordón de policía armada […] subieron a un coche abierto. Organizóse nuevamente la comitiva, y rodeada por la guardia mora, se reanudó la marcha hacia el Palacio de El Pardo, recorriéndose en medio de vítores y aplausos la calle de Alcalá, la avenida de José Antonio (antiguamente la Gran Vía), la Plaza de España, la calle de Ferraz, el Paseo de Rosales, desde el cual se divisa el río Manzanares, la calle Moret, la Plaza de la Moncloa, a través de la ciudad Universitaria, a la Puerta de Hierro, en las afueras del palacio donde residirá la Sra. de Perón mientras dure su estancia en Madrid” (ídem).

El destino, que suele ser caprichoso, en este caso fue cruel.

Relata el cronista del diario de los Mitre el recorrido del cortejo por las calles céntricas de Madrid como acabamos de leer. Consignó al pasar el nombre de un barrio "Puerta de Hierro" al cual a los lectores del diario no les habrá llamado la atención. No sabían que a partir de los años '60 ese nombre sería mil veces impreso en las páginas de ese diario. Evocado, por tantos, como una esperanza o como el anuncio de una maldición. Sabemos hoy que el esposo de la visitante completaría las dos largas décadas de exilio impuesto a partir de su caída en 1955 en una residencia ubicada en ese barrio de las afueras de Madrid. Nadie sabía entonces que en esa residencia, se alojarían por un tiempo los restos mortales de la propia Evita, cuyo cadáver había sido sometido a un nuevo (ultrajante y despiadado) periplo europeo.

Leamos la prosa alambicada y rumbosa de la crónica del diario español “ABC”: “Minutos después de las ocho y media, hicieron su aparición en el horizonte el avión especial que conducía a la esposa del presidente argentino y, en correcta formación, las escuadrillas que daban escolta, y que en total sumaban 41 aparatos. En este momento el Generalísimo salió al campo de aterrizaje y fue saludada su presencia con grandes vítores y aplausos. El avión especial dio una vuelta completa al campo hasta enfilar la pista principal, y seguidamente efectuó un aterrizaje perfecto. El gentío entonces agitó pañuelos y banderitas saludando a la esposa de Perón […]. El Jefe de Estado español salió a su encuentro acompañado por su esposa e hija y, visiblemente emocionado, besó la mano de la ilustre dama y le dio la bienvenida más cordial y entusiasta. La esposa del presidente argentino, en nombre propio y en el de su esposo, agradeció en emocionadas palabras el recibimiento.” Más adelante, al consignarse las alternativas que rodearon el “memorable recibimiento del pueblo de Madrid”, sigue la crónica: “a las nueve de la noche, se iluminaron la fuente de la Cibeles, la Puerta de Alcalá, la estatua del Espartero y la Gran Vía, que era una verdadera ascua de luz” (“Madrid, desbordó su cordial entusiasmo hacia la esposa del presidente argentino, durante las dos primeras jornadas de su estancia en España”, edición del 10 de junio de 1947).

El dato final no era un detalle menor: como lo consigna Alicia Dujovne Ortiz, por esos días regía una restricción en el consumo de energía eléctrica, enmarcada en los aprietos de la difícil situación que atravesaba España: “la procesión recorrió la calle de Alcalá y desembocó en la Plaza de la Cibeles. El espectáculo era enceguecedor. ¡La puerta de Alcalá, la estatua del Espartero y la Gran Vía, inundadas de luz! Hacía tiempo que los madrileños se habían acostumbrado a una ciudad en tinieblas. Semejante iluminación les hacía concebir mil locas ilusiones. Si el Generalísimo se entregaba al despilfarro, era que confiaba en el resultado de la visita y en la rubia visitante, cuyos cabellos color de trigo parecían confirmar sus esperanzas" (Dujove Ortiz, cit., pp. 278/9).

La multituid que se lanzó a las calles del centro de Madrid para recibirla a Eva superó las especulaciones que el régimen franquista y la comitiva barajaban: "no me menos de cuatro horas fueron necesarias para atravesar Madrid y alcanzar la carretera de El Pardo [recordó en su trabajo nuestra conocida Lillian Lagomarsino]. Comentaban luego los periódicos que se hallaban presentes representantes de todos los sectores políticos de España, aun los opuestos al gobierno de Franco. Por primera vez, desde el término de la Guerra Civil Española, cedían los antagonismos ideológicos a un sentimiento unánime que brotaba en gritos: ¡Viva España! ¡Viva la Argentina"! Tanto el doctor Valentín Thiebaut como el padre Benítez [atención con este nombre, ya nos ocuparemos de él] que se hallaban en la capital española antes de nuestra llegada, coinciden en que una semana atrás era imposible conseguir alojamiento en hoteles ni en posadas. Los comercios habían engalanado sus vidrieras con retratos de la señora de Perón y con banderas. En als esquinas de Madrid se vendían postales a todo color y hasta corr´pian 'Vidas de Eva Perón' en los kioscos. Expresiones todas de un pueblo exultante que echaba mano de todo lo posible e imposible para agasajar a la Señora" (Lagomarsino de Guardo, cit. pp. 126/7).


Cedo a la tentación de esa portentosa recepción y consigno el relato de Navarro: “alfombras, tapices, grandes cantidades de flores y numerosas banderas argentinas y españolas adornaban el aeropuerto. En las terrazas, adolescentes de la sección femenina de la Falange la esperaban con trajes regionales y una trescientas mil personas se apretujaban en las inmediaciones de Barajas. El gobierno español en pleno, encabezado por el general Franco, su mujer, Carmen Polo de Franco, y su hija, la recibieron en primer término. Franco se adelantó y, besándole la mano, le presentó a su familia y a los miembros del gabinete. Mientras una batería disparaba salvas, Evita y franco pasaron revista a las tropas, después subieron a un auto y encabezaron una larga caravana hacia Madrid. A lo largo de la calle de Alcalá, los balcones estaban engalanados y la gente vitoreaba su nombre [el de Evita, no el de Perón, en disonante referencia] junto con el de Franco. Al desembocar en la plaza de la Cibeles, Evita se encontró con un espectáculo feérico, pues allí estaban la fuente, la puerta de Alcalá, la Estatua del Espartero y la Gran Vía chorreando luz. La caravana se detuvo en la puerta de Alcalá para el alcalde de Madrid pudiera dar la bienvenida a Evita y regalarle un enorme ramo de flores […]. Rodeados por la Guardia Mora se dirigieron lentamente hacia la fuente de la Cibeles y allí al Pardo […]. Eran las diez de la noche, pero antes de acostarse, ‘abrumada’ por el recibimiento, pronunció un mensaje radical para agradecer al pueblo español el homenaje que le había tributado y anunciarle que era la mensajera del pueblo argentino trabajando ‘que está construyendo la nueva Argentina’” (Navarro, cit. pp. 162/3).

En ese espontáneo mensaje radial, por la prensa española, Evita confesó encontrarse: “abrumada de agradecimiento por vuestra gentileza, aquí estoy, pueblo de Madrid, corazón de España. No voy a cansaros. Mi mensaje es tan simple como profundo. Mensajera de los afectos de mi pueblo, mensajera de reconocimiento, será también mensajera de la paz que seamos reine de una vez por todas sobre los pueblos del mundo. Digo, y repito, que mi mensaje es simple, porque lo vierte una mujer y porque representa en mi voz argentina la suprema apelación al Altísimo para que derrame sobre todo el Viejo Continente un poco de paz y un poco de tranquilidad. La necesaria para ‘crear’. La necesaria para ‘vivir’. La necesaria para ‘trabajar’ y ‘producir’ para el hombre. La necesaria, en fin para ‘amar cada más a nuestros semejantes y buscar su bienestar en un mundo mejor, más amplio, más lúcido, más cristiano, más unido y más pródigo’”.

Continúa su discurso –en el que no cuesta notar la pluma de Muñoz Azpiri, el recién casado que Perón subió de prepo al avión de Iberia que le llevaría a evita a España-, evocando las desgracias de la reciente guerra civil, poniendo elípticamente sus dramáticas consecuencias, en cabeza de los derrotados. Contrastó esa realidad con la que forjaba por esos días su esposo, la “Nueva Argentina”: “este es el mensaje de los trabajadores argentinos, de esas fuerzas proletarias que en esa tierra surgen y se organizan no con la idea de la lucha fratricida que han practicado algunos pueblos, sino con la idea de la paz y el trabajo constructivo y con la divina consigna de todos los tiempos la de amarse los unos a los otros para erigir un mundo más feliz, más seguro, más tierno […]. He dicho lo que sentimos en la nueva Argentina en la que no hay diferencias y en donde las que pudieran existir irán desapareciendo día a día, conformando así una nueva sociedad. Deseo que conjuntamente con mis votos de amor llegue al viejo mundo –y sobre todo a esta España, pródiga y solidaria- la palabra de mi reconocimiento porque de su tronco provenimos todos los argentinos. Digámosle a ese mundo que fue el de las conquistas y las colonizaciones, y al que la Humanidad todo lo debe, que se acuerde una vez por todas de volver por la defensa de los valores morales, por los que sacrificaron generaciones y generaciones: que sepa ese viejo mundo que NOSOTROS los dignos descendientes de la hispánica tierra, estamos empeñados en devolverle un día centuplicado todo el bien que nos hicisteis, enarbolando la nueva bandera de una humanidad triunfante con el trabajo y la paz.” (en ABC, 10 de junio de 1947, cit.).

Terminado el discurso, Evita, se esperaba, habría de descansar en la habitación que Carmen Polo (un mujer que parecía una villana salida de un cuento de los hermamos Grimm) en palacio de El Pardo, donde arribó la comitiva y los anfitriones.

Describe Lillian Lagomarsino: "arribamos finalmente al Pardo, residencia del Generalísimo [Franco] y su familia; nos habían destinado un ala del palacio, en el lado opuesto a las habitaciones de Franco. Las dependencias para la Señora eran principescas, todo moquetado con alfombra gris; dos salones, un comedor íntimo, su cuarto con una enorme cama de palo de rosa, con dosel de encaje que se sujetaba en el techo por una corona dorado que estaba apoyaba en el techo por una corona dorada que estaba apoyada sobre una gran tarima. El cuarto daba al jardín; tenía un gran vestidor lleno de espejos y un baño. Al lado, mi dormitorio estilo imperio, enorme, con otro baño".

Habrá suspirado al ver tanto lujo y tanta comodidad: después de tanto trajín, rendida, sólo esperaría zambullirse a la cama que le habían dispuesto.

Sin embargo, había que cenar con los Franco matrimonio que en el recuerdo de Lillian: "se desvivieron en atenciones. -Créame usted, señora -le confesó el Generalísimo-, que me ha impresionado más su aplomo y dominio personal que el recibimiento de España, con todo lo grande que éste ha sido, porque le aseguro, ¡aquí jamás se ha visto cosa igual! - Es que siento [respondió Evita] que no es para mí. Yo soy sólo una mujer de pueblo. Es a los hombre y mujeres de mi clase, a los trabajadores a quienes ustedes agasajan. A Francisco Franco [evoca Lillian] le cayó en gracia la espontaneidad de Eva Perón. La sagacidad del caudillo es reconocida. Desde el primer momento advirtió que tado lo que le faltaba a ella de instrucción le sobraba de pasión. Y son precisamente las grandes pasiones las corazonadas, las que empujan a la humanidad" (cit. 127).

Y al fin, bebidos los cafés y culminado el palique de sobremesa, llegó el momento tan anhelado, irían a descansar: "la Señora se quedó con asunta y Jaunita; y yo, después de bañarme, me acosté en esa cama formidable y me dispuse a iniciar mi diario pensando en qué personaje famoso habría dormido en esa cama. Cuando comenzaba a escribir, sonó el teléfono: -Lilliancita, ¿qué está haciendo? -Nada, Señora. Me bañé, estoy en la cama y estaba por empezar a escribir mi diario de viaje. -¡Ah, venga!, vanga a mi cuarto y vamos a escribir juntas. -Cómo no, ahora voy" (ídem, p. 128).

Con resignación cristiana nuestra mártir dejó la cama mullida en la que tantas celebridades de la realeza habían descansado antes que ella se puso su robe de chambre, cuaderno y lápiz en mano, fue a los aposentos de la señora quien luego de consultarle qué andaba escribiendo (aun con sus afectos más cercanos era dueña de una desconfianza infinita) y "seguimos conversando y yo, recostada en un silloncito, hacía la conversación cada vez más monótona, mientras veía que la Señora se iba durmiendo. Después de un rato -como hice siempre con mis hijos-, en puntas pie, me fui acercando a la puerta, estaba agarrando el picaporte y... -¡Lilliancita! -¡Ay. Señora! Pensé que ya estaba dormida y me iba a mi cuarto... _no, no. ¡Quédese!, cuénteme alguna otra cosa. -Señora ¡usted tiene que descansar! Mañana va a tener un día agotador, y va a tener la cara muy demacrada. Entonces me miró con desesperación, y con gran humildad me dijo: -Lillian... ¡tengo miedo! -¡Ni una palabra más! ¡Me quedo acá!. Pasé toda la noche en el silloncitro. Al día siguiente, otra jornada fascinante pero abrumadora. Y a la noche el mismo problema. Yo pensaba: 'mucha justicia social, pero conmigo no corre esa justicia; la Señora no se da cuenta de que duermo en un silloncito de un solo cuerpo, sin poder estirar ni siquiera las piernas" (ídem, pp. 128/9).

A la mañana siguiente de la tercera noche enroscada, aprovechó un diálogo con la Carmen Polo (que le daba charla a Lillian, seguramente para eludir todo contacto con la viajera) a quien le pidió que le gestionase "un catre a los pies de la cama de la señora de Perón", y así poder descansar como suelen hacerlo los seres humanos. Comprensiva, la esposa del dictador le tendió la mano que Lillian le había pedido y ese mediodía: "cuando volvimos a almorzar, para lavarnos las manos subimos a nuestras habitaciones. Encontramos en el cuarto de ella dos camas, dos tarimas, dos coronas y dos doseles de encaje. -Lillian! ¿Qué ha pasado?, me preguntó intrigada}. - No sé, yo le dije a la señora de Franco que me pusiera un catre, pero se le fue la mano... Ella se rió, pero no dijo nada, y así seguimos" (íd.).

Me extendí demasiado en el punto por la empatía que me genera Lillian: su fidelidad, su entrega, son inverosímiles, la ternura con la que trataba a Evita (al irse en puntas de pie de su habitación al verificar que se había dormido "como hice siempre con mis hijos"); y celebramos que masticase alguna puteada cuando escuchaba los discursos redentores de Evita, quien desdeñaba el estado de las vértebras de su amiga leal.

Aunque todo lo que le toleraba a la Señora, no se lo permitiría a nadie y, seguramente, a su vuelta del viaje le habría envenenado la sopa a Guardo si la trataba de Lilliancita.

Gajes, anécdotas de una visita de Estado rutilante, que seguiremos analizando a partir de las entregas que siguen.

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