martes, 20 de julio de 2010

La última macrista.



Osvaldo Soriano ha venido siendo para mí, desde la lectura y relectura de su obra, un referente indispensable para comprender lo que ha sucedido en la Argentina de mediados de siglo XX hasta su muerte prematura en 1997, además de un deleite incomparable.

No por nada me hago conocer en este medio y otros, bajo el pseudónimo de Andrés Galván, sentido y austero homenaje al héroe que mejor trabajó, de la parejamente dulce y cruel novela “Cuarteles de Invierno”.

“Cuarteles…” propone una saga que, precedida por “No habrá más penas ni olvido” y sucedida por “Una sombra ya pronto serás” da cuenta de los vaivenes que nuestro sufrido país atravesó a partir de 1974: año durante el cual se desarrollan las secuencias de la primera de las obras que destaqué (llevada al cine por Héctor Olivera) reflejo –en clave sórdida y rocambolesca- de la interna que a sangre y fuego se libró en el seno del peronismo de los ’70.

La que tuvo por protagonistas a “La Voz de Oro del Tango”, tal el apelativo de Andrés Galván, cantor perseguido por la dictadura militar y a Rochita, boxeador en las últimas e imposible compinche, propuso un fresco de los años de plomo que sucedieron a aquel tercer peronismo también llevada al cine, en este caso por Lautaro Murúa.

La última, “Una sombra…”, refiere las andanzas de un ingeniero sin nombre y otros personajes de antología, que giraban en redondo en la pampa argentina durante los primeros años ’90, cuando el país se derrumbaba.

Al momento de estrenarse la versión de “Una sombra…”, una vez más a cargo de Héctor Olivera, me llamó la atención que el crítico de la revista “Humor” aludiese a “Barrantes” (personaje interpretado por Luis Brandoni) como “el último peronista”, uno de los tantos trashumantes que vagaban por esa pampa hostil en los tiempos de la muerte del “Estado de Bienestar”.

El pobre “Barrantes” le hacía saber al “ingeniero” que recorría los campos de la zona en busca de peones que quisieran bañarse: llevaba consigo para ello un ominoso artefacto de difícil transporte que consistía en una pequeña cisterna, coronada por una gran regadera, unidas por una manguera interminable que recubría todo el cuerpo del buscavidas.

Su andar errante lo sometía a solitarias y eternas caminatas que matizaba con monólogos, por todos, un relato ininterrumpido de lejanos partidos de fútbol, que interpretaba a la usanza de los relatores de esas épocas: “lleva la pelota Onega, cruza lesférico en dirección a Oscar Más, Pinino encara el área de gol, remaaaaataaaa al arco y sentencia al guardameta. Gooooolll de River Plate, Oscar Pinino Más. River Plate, uno, Racing Club de Avellaneda, cero…”.

“Barrantes” era, para el crítico de “Humor”, como dijimos, “el último peronista”, pretensión que infiero era la del autor de la novela: llevaba prendido a la solapa de su sobretodo un escudo peronista, trataba a sus interlocutores de “compañero” y vivía ese momento suyo de pena y de desgracia con una esperanza muchas veces incomprensible tan propia de, precisamente, los peronistas.

Esta mañana, a través del programa de Víctor Hugo Morales (ese profesional que mediante un decoroso y honrado ejercicio de su profesión viene a ratificar el preconcepto que tengo de los orientales en general) me enteré de la publicación de una columna de Beatriz Sarlo (“Un melodrama familiar” http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1286494) en la edición del 20/7/10 del diario “La Nación” generosa e indulgente hacia la figura y el momento que atraviesa Mauricio Macri, de quien con aspereza nos hemos ocupado en este espacio.

La columna es categórica desde el vamos: “Kirchner ha logrado el procesamiento de Mauricio Macri. Dentro de algunos años, cuando se recuerde este episodio de pormenores deleznables, se dirá que el ex presidente no despreció ningún arma personal, política, económica o judicial”. Sarlo, así, viene a refritar la cacareada propuesta de la omnipotencia del ex presidente, dueño de una voracidad política sin límites, ejercida sin piedad contra sus adversarios.

El juicio, por difundido, no merecería censura, en la medida que propone el sentimiento de un espectro importante de la sociedad, según parece o quiere hacerse parecer, en especial de ciertos referentes de la comunicación: ya confesó Mariano Grondona su “miedo” ante una eventual reelección de Kirchner en 2011; ya confió a los comensales que van a humillarse a su mesa de todos los mediodías una anciana arpía, mala actriz, entrevistadora imposible, que criticaba al gobierno de Cristina Fernández en lugares públicos entre bisbiseos, por temor a ser delatada.

Sin embargo, de una referente que se precia –y es apreciada- como una “intelectual”, uno espera algo más, que una columna que presenta al Jefe de Gobierno en problemas como una víctima doble de Kirchner y de su padre, Franco, ambos antipáticos ante la emergencia de quien los suceda en sus respectivos ámbitos, juicio con el cual cuesta disentir.

Al margen de ello, lo que me llamó la atención fue, por un lado, la desaprensión de Sarlo al pronunciamiento judicial que decidió confirmar el procesamiento por los graves delitos endilgados a Macri, y por el otro, presentarlo como un “hombre común”, ajeno al juego del poder, en mi mirada, con la aviesa intención de empatizar a los lectores de esa tribuna conservadora con la suerte del líder de pro.

Apenas me enteré de la boutade de Sarlo recordé a Soriano, a quien en vida, la flamante defensora del Jefe de Gobierno supo maltratar desde la cátedra de la Universidad de Buenos Aires, sometiendo a Soriano a un acto humillante en la Facultad de Filosofía y Letras.

La evocación del evento suscitó una áspera polémica en “Página/12”, en ocasión de cumplirse 10 años del fallecimiento del Gordo, cuando José Pablo Feinmann y Guillermo Saccomanno atendieron a la dama, quien concluyó la polémica alegando sentir “miedo” ante los embates de aquéllos.

Decía que a poco de confrontar sus argumentos con los hechos ventilados en el expediente penal en el que se lo investiga, como de apreciar las condignas reacciones del arco tan opositor a Macri como al abominado Néstor Kirchner, caen por su propio peso, limitándose a expresar una adhesión aunque decidida, desesperada y tardía.

Por capricho de la asociación, no puedo dejar de relacionar a Sarlo con Soriano, en especial con su logradísima: “Una sombra ya pronto serás” y hallar en estos días a la columnista del diario “La Nación” como “la última macrista”.

lunes, 19 de julio de 2010

La cuenta del otario.


Un querido amigo de imaginación prolífica y mirada política parejamente aguda, sabe decir que a la Ciudad de Buenos Aires la aqueja la “maldición de Carlos Grosso”, en alusión a aquel ambicioso y malogrado intendente de Buenos Aires antes de ser Ciudad Autónoma.

Tal gualicho viene manifestándose en la comprobación de que todos los sucesores de Grosso (de 1996 a la fecha) no han podido completar sus mandatos, fuera porque un cambio de empleo (De la Rúa en 1999) o por una destitución (Aníbal Ibarra en 2006) y según profetiza Alfonso, tal el amigo, la maldición cobrará vigencia en breve, cuando se interrumpa el mandato iniciado por Mauricio Macri a raíz de la sonada causa penal que avanza en su contra.

Quienes siguen los delirios que escribo en este espacio saben que quiero poco a Macri, por no decir nada: no comparto su ideología, me irrita su estilo, abomino –incluso- sus preferencias futbolísticas. Nada de lo que ha venido construyendo este muchacho ha concitado mi adhesión y esa tirria ha venido a subrayarse a lo largo de su (déjenme ser redundante) lamentable administración.

Cuitas y traumas al margen (esto en relación al desprecio que papá Franco le ha deparado desde siempre y ha venido a ratificar en estas horas) veo en Macri a un imbécil peligroso, combinación siniestra: carga con la impunidad del opa y –tal vez por esto mismo- es capaz de perpetrar los hechos más indecibles sin despeinarse.

Por caso, al enfrentar de modo destemplado, con un tonito burlón y otario a la vez (Macri ante todo, lo dije ya, es un otario) injuriaba a Sergio Burstein, quien inició la causa que lo tiene en vilo en razón de la ilegal intervención telefónica a su línea domiciliaria, para colmo, familiar de una víctima del atentado a la AMIA. Decía, con esa torpeza tan suya, Macri sobró al denunciante, preguntándole a su entrevistador retóricamente acerca de “cómo vive” esa persona, resaltando a su vez que la víctima por la cual se moviliza era su “ex” esposa.

Para que todo fuera peor, debió haber propuesto alguna broma antisemita, de lo que no estuvo lejos, siendo que la entrevista se desarrollaba en el set de Mauro Viale…

Anoche, en el tendencioso aunque eficaz “6-7-8”, Patán Ragendorfer, al aludir al reportaje, fue categóricamente certero al decir que tales expresiones corroboraban aquello de que la perversión es una provincia de la idiotez.

Lo concreto es que el personaje regresó al país y según vimos optó una vez más por la victimización, proponiendo que Néstor Kirchner controla a todos los jueces que intervinieron en la causa en la que se lo ha procesado.

Invitó a los dirigentes opositores a que se encolumnasen en su defensa, porque más pronto que tarde la persecución de la que se dice víctima podría alcanzarles, para proponer una vez más dislates en torno a la tramitación del expediente, lo que da cuenta una vez más de su impudor y audacia.

Felizmente, en punto a lo primero, parece que su llamado tendrá escaso eco, más allá de las fronteras de su partido (¿?) ma non troppo, puesto que dicen que dicen que unos cuantos dirigentes de pro evalúan el modo menos costoso de sacarse tamaño lastre de encima, estando (por todos) a lo que he leído recientemente de Pino Solanas y a lo escuchado anoche de boca de Elisa Carrió quien se pronunció con sensatez y equilibrio, de lo cual nos había desacostumbrado.

Por restante, un análisis de ojito del caso, ratifica el criterio de la Cámara que confirmó el procesamiento que un juez había dictado; digo: tres jueces –sin disidencia alguna- convinieron en que el sujeto resulta ser integrante de una asociación ilícita conformada, entre otros, por un comisario de la fuerza que él mismo creó y a quien designó al frente y de otros alcahuetes a sueldo para espiar la vida de ilustres y desconocidos.

En el mismísimo “sitio web” del personaje (http://www.mauriciomacri.com.ar/), se publica íntegro el pronunciamiento de la Cámara Federal, particularidad que me ha llamado la atención y que –aún confundido- me inclino a ponderar.

La lectura de ese decisorio a mi juicio desacredita toda sospecha acerca de la ligereza con la que se dijo han intervenido (de manera unánime, reitero) los jueces. Luego de repasar al detalle declaraciones testimoniales y otras probanzas incorporadas en el expediente concluyen en que:

“La fuerte vinculación (de Macri) con J. A. Palacios, la intromisión en datos privados de personas consideradas opositores políticos -a través de una empresa de seguridad a éste atribuida-, el nombramiento de C. James –un hombre de su equipo- con una alta remuneración en un área de la administración totalmente ajena a la seguridad, la total ausencia de contraprestación acreditada en esa área y, en oposición, su cercanía a la Policía Metropolitana, son elementos que consolidan la hipótesis de la querella –tal cual fue presentada- y que refutan –a esta altura de la investigación- la hipótesis de la defensa acerca de la ajenidad de su defendido respecto de los hechos pesquisados (…) No se postula que M. Macri montó una empresa de pinchaduras telefónicos para escuchar a su cuñado y a Burstein, sino que conoció y rpestó su consentimiento para instalar en el ámbito del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires una aparato de inteligencia prohibido, del que se habría servido. (…) La conclusión provisoria, en base a los antecedentes relevados, es que el funcionamiento de ese aparato, su actuación y procedimientos de acción, fue avalado y tolerado por el Jefe de Gobierno. Habría habido aquiescencia de parte de Mauricio Macri del proceder de Jorge A. Palacios, lo que lleva a ratificar que ocupó un lugar en la asociación ilícita. Asegurar, como máxima autoridad del estado de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, que la matriz del aparato clandestino de inteligencia se instale en su gobierno, se nutra de sus recursos y de tal suerte, pueda funcionar.”

Sólo la amoralidad del imputado y su cohorte de obsecuentes, puede desmerecer la gravedad del hecho endilgado como de la situación procesal consecuente.

No sé, nadie creo que lo sepa, que pasará con el Jefe de Gobierno de la Ciudad, aunque la tiene muy complicada.

Igualmente, y vuelvo al inicio, descreo de maldiciones, brujerías y gualichos, aunque que los hay, los hay.

viernes, 9 de julio de 2010

Al que no le gusta, se jode, se jode.


Hace tiempo que tengo abandonado el espacio y, en parte, movido por cierta experiencia que voy a relatar y a su vez, a pedido de un lúcido amigo seguidor de este blog, vuelvo a la carga.

Les consta que acompaño, aunque con mirada crítica (esto último puesto en duda por, entre otros, el aludido lúcido amigo) al proyecto iniciado en mayo de 2003, en especial, la etapa inaugurada en diciembre de 2007.

He escrito mucho al respecto, aunque subrayo que las razones de ese acompañamiento se sustentan en el salto cualitativo que al sistema democrático significaron estos años, o ciertas medidas basales del proyecto resultantes de una mejor calidad institucional, no obstante sea ese argumento, el de la institucionalidad, el utilizado por los detractores del proyecto para justificar una postura antagónica a la que sostengo.

Medidas de un coraje político inesperado, como la recuperación de los fondos previsionales entonces en manos de buitres especuladores y enajenados del control nacional, entre tantas merecen ser siempre recordadas desde su trascendencia histórica.

Lejos de una enumeración de los valores del proyecto que analizo, computo en su haber, la resurrección de la noción de que la política tiene aptitud y legitimidad para enfrentar a los poderes fácticos a los cuales tributaron buena parte de las administraciones anteriores a 2003 y en esa sintonía la revivificación del sindicalismo como herramienta de reclamo ante tales factores de poder.

Lo dicho se refuerza merced a la excepción internacional que el país ha sido durante 2009, año especialmente cruel para los trabajadores de todo el mundo, cuando mientras que en las naciones centrales se decidían cesantías y despidos y en el mejor de los casos, resignaciones de conquistas laborales seculares, en la Argentina trabajadores y empleadores discutían paritarias.

Aunque no sea relevante, y a medida que cuidadosamente preparo una crítica nacida de una amarga situación vivida, comparto con los amigos que he sido delegado sindical (sigo siéndolo formalmente, nunca me fue revocado el mandato, aunque no puedo ejercer dicha designación con la que fui honrado, al desempeñarme laboralmente en ese ámbito) y siempre he ratificado la necesidad de la participación y acción gremial en todo espacio en el que me he desempeñado laboralmente.

Sin embargo, el hecho que he padecido ayer en el Aeroparque Jorge Newbery, sumado a muchos otros que me han afectado en mi cotidianeidad, motiva esta entrada, que propone censura y reflexión acerca del ejercicio sindical en dosis parejas.

Debería estar escribiendo esta entrada en San Miguel de Tucumán, donde tenía pensado viajar ayer a la tarde, pero el avión nunca salió.

Desde luego que la medida afectó a todos sin excepción: desde boludos que como el suscripto pretendían salir de paseo, empresarios y laburantes que lo hacían por negocios, y desde luego, otros tantos que se movilizaban por cuestiones más impostergables. Por todos, una joven de unos 20 años lloraba con desconsuelo entre las desesperadas gestiones que realizaba telefónicamente para que personal de la funeraria que organizaba el velorio de su madre, no cerraran el ataúd con sus restos, en la esperanza de poder llegar a Córdoba para despedirla.

Golpes bajos al margen, admito que toda medida de fuerza supone trastornos de esta índole, aunque la que comento, además de suponerlas, resalta un desprecio hacia el otro y un temperamento cercano a la perversión sádica.

Por caso, se “reprogramaban” falsa y arteramente los vuelos (que nunca salieron), se nos invitó falsa y arteramente a despechar el equipaje sobre la base de esa artera, falsa y fallida “reprogramación” y luego se nos sometió al maltrato de arrojarnos sobre montañas de equipaje de vuelos varios cancelados con destinos varios para recuperarlos.

Se informó entonces, se sabe ahora por los medios de comunicación, que la medida de fuerza “sorpresiva”, según leemos en la versión digital de Página/12 http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-149166-2010-07-09.html), se debió a una cuestión relativa al escalafón de cierto personal.

Al tratar acerca de la “solución” del conflicto, fruto de la gestión del titular de la Administración Nacional de la Aviación Civil se consigna que: “Durante el encuentro, ‘se evacuaron las dudas que tenía el personal militar y civil vinculadas con el proceso de transferencia y en relación con la estructura escalafonaria de la ANAC’, que depende del Ministerio de Planificación. Voceros gremiales dijeron que los trabajadores reclamaban una modificación en el escalafón establecido por la ANAC, al considerar que no reconoce su antigüedad laboral ni su jerarquía. La medida de fuerza, que comenzó a las 6 de la madrugada y concluyó cerca de las 20, consistió en el aumento del espaciamiento entre las partidas y llegadas de los aviones y afectó a los vuelos de todas las empresas que operan en el aeroparque, mientras que tenía menor adhesión en el aeropuerto de Ezeiza.”

Se dirá que escribo porque he sido afectado directamente y tal vez así sea, sin embargo, propongo la reflexión no ya sobre este hecho puntual, sino sobre un estado de cosas exasperante y tributario de los sectores que proponen un retroceso respecto del avance anotado desde 2003 a la fecha.

Por caso anoto, y me abocaré a un estudio sobre el punto, que en la artera y brutal medida de fuerza que comento, se hallaba involucrado personal militar, según se lee en la nota que transcribo y en otras de sendos sitios de noticias. Dejo abierto a los amigos el abanico de hipótesis conspirativas que quieran elucubrar.

Hablaba de un estado de cosas bastante insoportable en la evocación, por caso, de las crónicas protestas de los trabajadores del subterráneo de Buenos Aires, enrolados en un sindicato emparentado con esa expresión del grueso de los argentinos de ayer, de hoy y de siempre que es el “Partido Obrero” de –no sé cuanto- Altamira.

En ocasión de una medida de fuerza llevada a cabo, un representante sindical y el condigno coro que lo acompañaba, ante laburantes que se enteraban del paro en la boca de acceso misma, quienes les dedicaban alguna puteada legítima contestaban: “Unidad, de los trabajadores y al que no le gusta, se jode, se jode.”

Más allá de subrayar la misantropía de los fulanos y de tantos otros, reflexiono acerca del cariz profético del cantito: nos venimos jodiendo unos cuantos y de seguir por esta senda, nos vamos a joder todos.

miércoles, 16 de junio de 2010

16 de junio.


Apenas vi la foto que ilustra la entrada, me conmoví profundamente.

Formaba parte de un póster publicado como apéndice del valioso trabajo de Carlos Ulanovsky, “Paren las rotativas”, apretado ensayo de lo publicado en el país, cito de memoria, desde la Colonia a fines del siglo XX.

El póster-apéndice, proponía un popurrí de escenas significativas del pasado argentino y la que comento la entrada evocaba el bombardeo de la ciudad de Buenos Aires perpetrado por la Marina alzada contra Perón hace exactamente 55 años.

Por razones que desarrollo en la entrada ese bombardeo significó mucho en el seno de mi familia antiperonista, en la cual, a diferencia de la corriente general imperante durante décadas, el 16 de junio no era asociado con la quema de templos católicos del centro de la ciudad de Buenos Aires ni tampoco era remembrado como el principio del fin de un dictador detestado, sino que entre bisbiseos, se confesaba –con incomprensible pudor- que ese había sido el día que signó la vida de mi padre.

Porque durante aquel 16 de junio de 1955, el papá de mi papá, un paraguayo sencillo que se ganaba la vida como corredor de comercio había muerto en circunstancias atroces determinantes de un atroz peregrinaje de su hijo mayor de 16 años de edad por hospitales y centros de salud de Buenos Aires, donde podía estar ese paraguayo sencillo y honrado, que había salido a trabajar como todos los días y avanzada la noche, no regresaba a su hogar, ante la infructuosa, extensa y torturante inútil espera de su hija de 14 años en la parada de colectivos a la que arribaba cada día, culminada la jornada.

Nada sería fácil ni grato para ese pibe de 16 años, que con el tiempo sería mi padre. Cuando murió pronto, solo y mal, recogí sus cosas, entre ellas algunas notas. Las guardé en una caja, que no reabrí desde julio de 2000. Cuarenta años después de esa jornada terrible, aquel pibe de 16 años, mi Viejo moribundo entonces, de 61, lamentaría aquella muerte intempestiva, prematura, inesperada e injusta.

Ocurrió entonces que el paraguayo laburador, recuperado de alguna afección salió a trabajar. Aunque hacía frío, garuase y todo conspirase para que se quedara en su casa, prolongando la recuperación de su enfermedad. Quiso salir y salió.

Paró en un café de Uruguay y Viamonte y comenzó la recorrida, ignorante del crimen que cocinaban los enemigos de Perón, de quien el paraguayo era a su vez, enemigo.

No lo quería a Perón, el paraguayo. Se sabía (algo) ajeno a las cosas de su país de adopción, pero aunque reconocía valores en el Presidente, abominaba de su estilo autoritario y cultor de su personalidad. No lo puedo afirmar, pero creo recordar que mi Viejo me contó que estuvo preso al criticar –con tono imprudentemente elevado- un retrato que almacenero del barrio había sido compelido a colgar en el comercio, delatado por el eficaz alcahuete gubernamental (“jefe de manzana”), el vecino Ross, padre de la actriz y cantante Marilina.

Lo cierto es que durante ese aciago 16 de junio, al paraguayo “contrera” (los gorilas vendrían después) lo cosieron a balazos, de lo que da cuenta su partida de defunción.

Durante décadas el Estado argentino ignoró la suerte del paraguayo y de por lo menos, 307 personas más fallecidas ese mismo día, con la excepción de los 90 días que mediaron entre ese atroz bombardeo y el derrocamiento de Perón: a la familia “contrera” del paraguayo la asistió la “Fundación Eva Perón”.

Decía que el Estado durante décadas había barrido bajo la alfombra de la historia a esas víctimas, temperamento bien que alentado por vastos sectores de la sociedad civil que atestiguó ese crimen: se espantaban nuestras gentes ilustradas y acomodadas ante el elocuente “Guernica” de Picasso sin detenerse a recordar aquel –más atroz, más cuantioso en víctimas- que había asolado a la ciudad de Buenos Aires el 16 de junio de 1955.

Fueron décadas de silenciamiento, que yo como testigo privilegiado puedo dar fe que surtieron un efecto contundente: el pudor de los deudos de esas víctimas. No eran los salvajes asesinos los que se avergonzaban –condecorados por la dictadura que sucedió al gobierno de Perón- sino las víctimas, ignoradas, acalladas, por el aparato informativo de los poderes constituidos, con los académicos de la historia oficial o para-oficial, a la cabeza.

Hay trabajos ciertamente infames. El más alevoso es la de un producto prototípico y patético de ese camandulaje que don Arturo Jauretche (de quien nos ocuparemos en breve) supo definir con exquisita precisión como “medio pelo”.

Aludo al sujeto Isidoro Ruiz Moreno, autor del trabajo: “La Revolución del ‘55”, en dos tomos. El personaje, al tratar el bombardeo a la ciudad de Buenos Aires (acentúo ello, porque no se circunscribió a la Plaza de Mayo) se encarga de “demostrar” que al momento de la caída de las bombas la Plaza de Mayo estaba desierta, de allí que el número de víctimas reclamado por los “peronistas” era exageradamente falso. Ahonda seguidamente un análisis minucioso de las circunstancias que rodearon, durante el atardecer y la noche de esa jornada, el saqueo e incendio de iglesias, a tono con el discurso imperante durante décadas.

Otro trabajo, escrito por quien fue (y sigue siendo) presentado como un referente de un espectro democrático de la historiografía y por ello menos pintoresco que el anterior, socialista confeso, admirador de Mitre y Roca, don Tulio Halerín Donghi, en “La larga agonía de la Argentina peronista”, desde un trato desdeñoso de la masacre, con un condigno trato de la quema de las iglesias, subraya el desprecio que ese sector tributó a las víctimas del suceso en particular y a los peronistas, en general.

Recuerdo que con motivo de las elecciones de 1983, la democratizada revista “Gente”, a poco de haber jugado el rol de “house organ” de la dictadura, “preparaba” a sus lectores para la decisión de octubre, relatando con apuro las trayectorias de los partidos políticos más taquilleros. La foto que más me impresionó de las que ilustraban la reseña (tenía entones 10 años) fue la de un Cristo chamuscado, en ocasión de la remanida quema de las iglesias.

Dije antes, y me disculpo por la extensión de la entrada y su cariz autorreferencial, que en mi casa se sabía de la muerte del abuelo paraguayo y sus circunstancias, pero se decía poco, que mi encuentro con la temática y su descubrimiento, vinieron durante mi adultez y uno de los primeros documentos que consulté, o que llegó a mí en verdad, fue la foto que ilustra la entrada.

Dije, aunque no haga falta desde la elocuencia de la imagen, acerca de la atrocidad de la toma. No impacta sólo por el desgarramiento de la pierna de la mujer sino por su expresión. En el trabajo de Ulanovsky se advierte la parte desprendida de la pierna, que es lo que la mujer observa. No hay en ella un gesto de dolor: hay espanto y sorpresa.

Fueron muchos a los cuales una Marina asesina mutilo, desmembró, destruyó durante ese día de crueldad desmadrada. Y durante años, nadie se ocupó de ellos. Es más, como dije, los barrieron bajo las cenizas de las iglesias incendiadas.

Hasta 2005.

Fue un jueves 16 de junio y merced a la gestión de aquella nena de 14 años que esperó en vano durante horas la llegada de un colectivo que debía traer a su padre paraguayo y que nunca llegó, entonces mi tía Rosa, nosotros, sus descendientes asistieron al homenaje que el Presidente de la Nación tributó a las víctimas de esa masacre.

Pudimos entrar a la Casa Rosada gracias, en este caso, a las gestiones de una Madre de Plaza de Mayo (Norita Cortiñas, uno de los seres más adorables que conocí) y escuchamos el discurso que pronunció Néstor Kirchner.

Tengo recuerdos desordenados, la emoción era mucha, sí me acuerdo que Kirchner pidió perdón. Perdón por todos esos años de olvido a las víctimas de esa ordalía de sangre. Fue breve y equilibrado, aunque destacó su sorpresa ante tantos años de silencio y olvido.

Al final del discurso, Rosa lo encaró. No las tenía todas consigo, veía muy poco, estaba desorientada, a su vez por la emoción e intuyendo que Kirchner andaba cerca de ella, lo convocó. Había un clima de jolgorio y Néstor estaba dándose uno de sus “baños de pueblo”, entremezclándose entre la concurrencia, lo abrazaban y besaban.

Rosa fue algo imperativa al llamarlo, subió la voz, usó un tono de directora de escuela y confieso que me sentí algún resquemor acerca de qué le diría mi tía, una mujer demasiado vehemente y que quería poco (hoy quiere menos, creo) a ese “Doctor Kircchhnerr” que convocaba con insistencia. Me había pedido momentos antes que le ampliase una fotografía del paraguayo, que le plastifiqué y lucía, pegada al pecho, con una leyenda que no recuerdo.

Cuando el Presidente giró hacia Rosa, el Salón Blanco de la Casa Rosada viró del bullicio a un silencio pesado, expectante. Rosa, le mostró la foto que llevaba contra el pecho y le dijo, más o menos: “este señor era mi padre. Un paraguayo honrado y laborioso, que a partir de hoy y después de lo que Ud. dijo, descansa en paz”.

Y la pudo la emoción.

Mientras Rosa le hablaba, Kirchner miraba la foto, dibujó un rictus de pena y la acarició. Leyó la leyenda que llevaba inscripta debajo y acentuó el gesto compasivo. Parecía interesado en lo que le contaba mi tía, pero al advertir que lloraba y no diría nada más, la besó tres veces.

Tres años después, su sucesora, la presidenta Cristina Fernández inauguró un monumento de homenaje a las víctimas de esa jornada aciaga y al pie hizo inscribir los nombres de los muertos, entre ellos, el de aquel paraguayo que Rosa había esperado en vano durante las interminables horas del fatídico 16 de junio de 1955.

Razones, motivaciones, impulsos, por los cuales uno se siente cercano políticamente al sector político que gobierna el país desde 2003.

A la memoria de mi Viejo.


NOTA: El contenido de esta publicación puede reproducirse total o parcialmente, siempre que se haga expresa mención de la fuente.

martes, 1 de junio de 2010

Tendencia. Aporte de un amigo.



Me permito, consignar en este espacio una opinión que me ha hecho llegar un amigo acerca de lo que constituyó -y aún significa- la denominada: "Tendencia Revolucionaria" del peronismo al calor de los agitados años '70.

Tengo para con esa experiencia sentimientos encontrados: muchos de sus artífices merecen de mi parte una censura ilevantable, aunque dejando de lado tales excrecencias (aún vivas) campea en mi evocación a las alternativas seguidas por ese espacio el respeto personal y político.

Sin más prolegómenos, comparto la propuesta de mi amigo:

"La tendencia revolucionaria fue un proceso político en el seno del peronismo, surgido en la década de los sesenta. Confluencia de movimientos, organizaciones y agrupaciones de distintas dimensiones y especies, sindicales y políticas, territoriales y armadas; la tendencia se caracterizó por poner en común una estrategia más allá de las particularidades e intereses grupales.

En efecto, ante el fracaso de las estrategias reformistas o negociadoras, que planteaban un peronismo moderado y colaborador agradable al paladar del régimen instaurado en 1955, aparece la alternativa de un peronismo intransigente con el sistema impuesto por el poder constituyente de las fuerzas armadas, que se expresaba en dictaduras y en democracias restringidas.

Se trataba, a grandes rasgos, de ligar la conducción estratégica de Perón con las masas populares leales al peronismo. Esto es, de dotar de organicidad a ese “gigante miope e invertebrado” del que hablaba John William Cooke.

La infinidad de grupos existentes en aquel tiempo (aunque siempre nos parezca que la fragmentación es solamente un mal contemporáneo) pudo avanzar en la confluencia en una o dos organizaciones, en la medida en que fue trazada sobre la base de esta estrategia.

Pero esta no es una nota de historia sino de política.

¿Por qué recordar aquella confluencia que se plasmó en una estrategia común?

¿Necesita este proceso político abierto en 2003 una tendencia revolucionaria que se plantee la organicidad de la relación entre quienes lo conducen y aquellos que lo apoyan?

¿Es posible vertebrar una confluencia entre todos los movimientos, organizaciones y grupos que hoy apoyan al gobierno kirchnerista, pero piensan que es preciso ir todavía más allá? ¿Qué es hoy ser revolucionario?

Muchas preguntas.

Infinidad de fuerzas políticas y sociales surgidas al calor de estos últimos años son parte de las preguntas y parte de las respuestas.

La etapa actual de este proceso lo enfrenta a un desafío fundamental: o profundizamos o erramos.

O somos capaces de seguir el camino de medidas económicas y políticas que favorezcan abiertamente a los intereses nacionales y populares o vemos cómo la reacción se apodera nuevamente del Estado para servir a los grupos económicos concentrados.

Es imposible ganar la adhesión del Pueblo y su compromiso en la construcción de un proyecto nacional sino ganamos la batalla cultural. Y esto no se hace blandiendo la moderación como bandera, sino resignificando el proyecto nacional en términos de epopeya histórica que incluya a aquellos capaces de soñar una Patria más justa, más libre y más soberana.

Ahí es donde se hacen manifiestos los límites de una dirigencia política reformista y burocrática, que no está a la altura de las circunstancias históricas para el proceso de profundización, que no se anima a ir a más, porque considera que con ello pone en riesgo su propia fuente de sustentación material, porque vive de la política.


Se hace imperiosa la construcción de la fuerza que impulse este proceso. La profundización no es un discurso, sino un avance concreto sobre intereses económicos y sociales de los privilegiados que no se han de resignar alegremente a perderlos.

Los sectores oligárquicos han dado siempre batalla frente al avance popular.

Hoy como ayer, la están librando mediante expresiones económicas, mediáticas y políticas tanto las abiertamente embanderadas, como las funcionales. Pero la respuesta a la misma no puede ser sólo la defensa cerrada de lo hecho, sino enarbolar la bandera de la Patria que queremos construir.

Y para esto tenemos que saber comunicarla. Comunicar no es sólo hablar bien por la televisión y los diarios masivos.

Se trata de construir una fuerza organizada a lo largo y a lo ancho del país con una línea clara, con información precisa (que llega antes que los medios), con militantes formados y con una estrategia común, empoderados por políticas públicas del Estado que construye, de necesidades, derechos.

Comunicación en este sentido es ponerle un horizonte a la realidad, es decir, explicarla, abordarla y transformarla conforme a los intereses populares.

El peronismo de mediados del siglo XX construyó esa estructura en los años felices del primero y segundo gobierno, siendo su columna vertebral los trabajadores.

Eso es lo que le permitió subsistir una vez despojado del control del Estado, en los tiempos de proscripciones, fusilamientos, torturas y desapariciones…

La tendencia no es meramente la unidad de la militancia. Esta es necesaria pero no suficiente. La mayoría de los argentinos y argentinas que apoyan al gobierno de Cristina se encuentran por afuera de las estructuras orgánicas existentes.

No existe total y acabadamente un encuadramiento y canalización de la voluntad y la fuerza militante que se siente expresada por el kirchnerismo. Se trata de ir organizando la esperanza que genera el proyecto nacional para dotarlo de la espalda suficiente para su profundización.

Hoy todos los grupos que apoyamos este proceso tenemos una madurez superior a la que teníamos en 2003, cuando asumió Kirchner. La llegada al gobierno de alguien que enarboló muchas de las banderas que reivindicábamos en la resistencia al neoliberalismo, sorprendió a propios y extraños.

Además, ensayando una autocrítica podemos decir que nadie salió indemne de la cultura neoliberal e individualista instalada en los noventa. Los grupos políticos se insuflaron de un sectarismo y un ansia de figuración individual que contradice muchas veces sus discursos y apelaciones a lo colectivo.

Mucha agua ha pasado bajo el puente. La propia embestida del enemigo nos hace reflexionar críticamente sobre la relación que debemos tener entre aquellos que con diferencias o matices estamos en la misma senda de la liberación.

En síntesis, para aquellos que venimos del peronismo revolucionario, nos interpela la construcción de la fuerza movimientista que exprese la unidad en la diversidad.

La elaboración de una estrategia de tendencia, que sea capaz, al mismo tiempo, de ser útil para compensar las contradicciones de este proceso (contrabalanceando las opciones más conservadoras que juegan dentro el kirchnerismo), y de avanzar en el impulso de un programa revolucionario. Es decir que cargue contra aquellas fuerzas reaccionarias que apuestan a que este gobierno fracase.

¿Qué es hoy ser revolucionario? Acaso no sea tan distinto que en los 40, después de haber sufrido la segunda década infame.

Revolucionario es un Estado que garantice que todos los argentinos y argentinas tengan trabajo, y que puedan vivir dignamente de su salario, que sus hijos no tengan que abandonar la escuela, que exista un mercado interno fuerte en el marco de una Argentina productiva y solidaria.

Un Estado que vuelva a intervenir en la economía recuperando los resortes estratégicos (transformando la estructura de la propiedad, poniéndola en función social).

En síntesis, se trata de construir la unidad en la estrategia, haciendo prevalecer los acuerdos sobre las diferencias, proyectar la tendencia, recuperar el camino revolucionario del peronismo. Estos son algunos de los desafíos de la etapa para una militancia que vuelve, como el fuego, a calentar desde abajo".

sábado, 29 de mayo de 2010

Un bicentenario peronista.


Anduve garabateando ideas de un tiempo a esta parte, acerca de las impresiones que me han dejado los cuatro días de pacífica y popular fiesta organizada por el Gobierno Nacional en razón de los doscientos años transcurridos desde la Junta de Mayo de (naturalmente) 1810.

Aunque rechacé la voracidad de un mercachifle que me propuso su venta a cincuenta mangos, podría vestir por derecho propio la remera que ilustra el logo del evento y reza la frase: “yo estuve”, porque no rehuí el cuerpo y –aunque reacio a las manifestaciones masivas-, me sumé a los festejos.

Son muchas las impresiones, sensaciones y significados de los cuatro días de la semana pasada, dicen de nuestro ahora, proyectan hacia el futuro.

Ante todo me gratificó, tanto la presencia masiva en las calles, la escasa presencia policial, como la ausencia de desmanes, delitos y desbordes anunciados y esperados por unos cuantos.

Se reunieron más de diez millones de personas y no se registraron muertes, saqueos, siquiera un vidriera rota, rotundo mentís al cacareado estado de inseguridad desbordado con el que se machaca desde ciertos medios de comunicación.

Fue muy lindo formar parte de esos festivales nutridos, ciertamente, por gente, aunque por sobre todo, por pueblo, dispénseseme el populismo, si es que aludir al pueblo como tal lo supone.

El público que nutrió a los festejos fue, ante todo, de clase media baja, o baja a secas, que se puso lo que tenía y salió a festejar: a escuchar al Chaqueño, a la Sole, a Páez, a Gieco, a Federico, a Salgán, a deambular por el “Paseo del Bicentenario”, a cantar el Himno, a impresionarse con las proyecciones en el Cabildo, con las insuperables carrozas de “Fuerza Bruta”.

Bicentenario de choripanes, patys, panchos. De pendejerío feliz. De ropa gastada de tanto lavarla. De olor a culo, a pata, a leña, a carbón.

Bicentenario de calzado mistongo, de alpargatas, de cumbia, de tango, de rock, de murga y de folklore.

Bicentenario gozado por quienes el Gobierno Nacional ideó como destinatarios.

No asistí a un solo intercambio de opiniones, siquiera: ante el pisotón o codazo inevitable, había un pedido de disculpa; ante cada entonación del himno, el abrazo con el que tenías al lado.

Iba a aludir a los fastos, al significado de ciertas decisiones políticas que se dijeron al descuido pero dicen demasiado (por todos, se dio lugar a quienes hace cien años eran indigeribles por el poder conservador: los pueblos originarios, Juan Manuel de Rosas, José Gervasio de Artigas, Hipólito Yrigoyen) o de cierta catilinaria hecha de un veneno mal digerido, de un racismo auto-ofensivo desde su patetismo, aludo a: “Patriotismo” de José Eliaschev (para aquel o aquella que se quiera indigestar: http://www.perfil.com/contenidos/2010/05/22/noticia_0042.html), pero no ando con ánimo.

Se me cuestiona, demasiado seguido, mi abandono –presunto, aclaro yo- del sector político que fuera el de mi pertenencia política desde mis diez años de edad. No creo que tenga sentido volver sobre el tema.

Primeramente por su escaso interés, siendo además que mucho he escrito sobre el punto, aunque en la semana y a guisa de este espacio se me recordó esa pretensa infidelidad.

No la niego, es más ratifico y me jacto de ella. No sé si estaré en lo cierto, aunque como tantos radicales me arriesgo a apostar por un proyecto que con sus menos expresa un sentido de la política con el cual –creo fervientemente- sería desgraciado disentir.

La significación central del evento “Bicentenario” –y voy concluyendo esta entrada despareja y visceral- subraya el lugar que se propone desde este lugar, como aquel que se auspicia desde otras alternativas, dirimiendo –en mi caso- la decisión correspondiente.

Por ello, por lo que se escribió en esta entrada y lo que vino escribiéndose en otras, embargado por el entusiasmo, elijo optar por la propuesta que encarna el gobierno de la presidenta Fernández que supo y pudo ofrecer ese inolvidable y maravilloso Bicentenario peronista.

martes, 18 de mayo de 2010

Amiga, señora Mirtha Legrand


la quiero, la llevo en el corazón.
Me agrada, me envuelve su seducción...

Y seguía la letra sentida, elaborada del extinto Aguilé.

Cierto es que anoche, el tendencioso aunque eficaz “6-7-8”, repasó el almuerzo celebrado en la mesa de la "amiga, señora Mirtha Legrand", ocasión en la cual la anfitriona dejó caer una reflexión, no obstante para nada original, ilustrativa de un discurso que se sostiene desde los medios de comunicación.

Dijo la anciana animadora que, habiendo transitado por experiencias políticas de diverso pelaje que enumeró con puntillosidad (el primer peronismo, los gobiernos radicales, “López Rega”, “los militares”), no recordaba como ahora, la evidencia de un clima de miedo general.

A punto tal, subrayó, que quienes se oponen al gobierno nacional deben hacerlo (en público) en “voz bajita”, giro que ilustró pronunciándolo, precisamente, en voz baja.

En primer término, destaco que me sorprende el diagnóstico de la viuda de Tinayre, escuchado en boca (con perdón de la palabra) de uno de los contertulios del almuerzo, el prolífico autor de “Best Sellers”, Luis Majul.

Tal vez, parafraseando a la presidente Fernández, viva yo una realidad distinta de la de mis congéneres, en la medida que en mi recuerdo –más austero en lapso que el de la añosa Legrand- no registro una época de mayor pluralidad informativa y de libertad ciudadana en líneas generales.

A poco de escribirlo, el repaso de la agenda de este agitado 2010 propone ratificar mi opinión anterior: durante ninguna de las experiencias puntualizadas por la conductora hubiese sido siquiera posible plantear el matrimonio entre personas del mismo sexo, paradigma que –no obstante sea sujeto a crítica- lejos parece admitir el estado de cosas totalitario que se refirió.

Por caso, y en homenaje a quienes ven en el gobierno de Cristina Fernández un dejo socialista tradicional, en la isla de Fidel y Raúl Castro la homosexualidad sigue siendo un delito, por lo que la iniciativa aprobada la semana pasada por la Cámara de Diputados ubica al país entre las naciones con legislaciones más avanzadas (según se lea y aclaro, leo yo) del planeta.

Se hablaba de miedo y de persecuciones en un contexto en el cual se impugnaba categóricamente al gobierno pretensamente autoritario y muchos asentían.

Dicho al pasar y como se señaló, la anfitriona destacó que la ausencia de libertades era peor que en tiempos que definió como los de “López Rega”, soslayando que en esa época el canal para el cual ofrecía almuerzos de pareja indigestión como los que sigue proponiendo ya avanzado el siglo XXI, fue nacionalizado por el interinato de Raúl Lastiri y ella y su finado esposo, echados como perros.

Compartía la mesa la Senadora Nacional y periodista (RE) Norma Morandini.

La Morandini fue víctima de la última dictadura militar, padeció persecuciones y exilio y en este tiempo cuestionable desde muchos aspectos, pero innegable desde su liberalidad, asentía los desvaríos de la Legrand.

Otro tanto hacían el Dr. Nelson, untado paladín de la libertad de expresión (recordemos su sonada e inmediatamente acallada transacción por millones de dólares el año pasado) y el brillante Luis Majul.

En fin, cierro paradójicamente, haciéndome eco de esa dama cariacontecida que recorre los pasillos del canal “Volver”:

No sé, no entiendo.