lunes, 3 de febrero de 2025

No entender

Vuelvo a este ámbito de cosas ínfimas, para compartir una experiencia literaria que aconsejo decididamente: la novela póstuma de Beatriz Sarlo.



Digamos que, empecé el mes de enero de 2025 con Guerriero y las memorias del horror y lo cierro con Sarlo. Digamos, que tuve un excelente mes literario.

Porque la novela de Sarlo es, lisa y llanamente, una experiencia de placer literario. No recuerdo que haya escrito algo antes con tanta claridad, calidez, elocuencia y maestría. Y eso que escribía lindo Beatriz, aunque en mi modestísima mirada, nunca mejor que en su despedida.

Sea porque se ocupa de sí, quien a lo largo de su vida se ocupó tanto de otros, de la escritura de otros. No entender es una novela autobiográfica, si se quiere, tan a tono con lo que ando elucubrando con más audacia (en el sentido de Celedonio Flores, sé bien que no tengo oído ni para el arroz con leche) que talento.

A Sarlo, el talento le salía por los poros y esta obra deslumbrante lo prueba. 

Porteña a ultranza, seguramente, a pesar suyo, aborda temas tan dolorosos como el desamor (recíproco) con su madre; el amor (también recíproco) con un padre arrasado por el alcohol, sin dejar de abordar su propio alcoholismo; su tránsito por la sociedad convulsionada de fines del peronismo, atravesada por el recuerdo de esa niña que (como casi todos los pibes y pibas) no podían no haber sido peronistas.

Su vínculo con los animales y con el campo, su ajenidad con el movimiento feminista, por haberlo ejercido desde muy chica, contra viento y marea, sus tías y tíos. Y siempre, aunque lo desmienta al principio, la política.

Y, desde luego, la idea fuerza de su trabajo el no entender como clave del conocimiento, del saber vital.

No ahorra autocríticas: sabiéndose arrogante, finca esa característica de su personalidad en su primera infancia (quién se cree que es, era la frase con la que sus maestras del Belgrano Grils School, la definían ante sus padres), impiadosa consigo misma cuando se evoca perorando acerca de lo que no sabía en sus primeras mesas redondas; artificio de enorme astucia para subrayar lo que siempre se notó de ella. Habrá sido muchas cosas Beatriz Sarlo, nunca una cobarde.

Siempre a caballo de una prosa elegante y disfrutable, avanza y retrocede su texto que trabajó a lo largo de siete largos años para, entre otros menesteres, hacer las paces con David Viñas, con quien se había enfrentado mil veces, una de ellas en el set del ATC menemista. Es claro que se sentía en deuda con él y no vacila en ponerlo por escrito.

Espero que no sea porque practico aquello que abomino, de embellecer la memoria de los fallecidos, pero desde que murió Sarlo en diciembre del año pasado, me sentí conminado a leer y a escucharla. Aunque sin la sensualidad de Piglia, era muy atractiva en la oralidad. 

Hay decenas (¿cientos?) de videos de ella hablando de los temas más variados: en una charla en la Feria del Libro con sus discípulas Pomenariac y Saitta, en homenajes al Partido Socialista, honrando la memoria de Raúl Alfonsín, reporteada por periodistas (Cristina Mucci, a la cabeza) y por streamers a los que maltrató con agria dulzura, en conferencias en el país y en el exterior.

Fueron días enteros trabajando en la oficina con la voz de Sarlo de fondo, fueron noches hurtadas al sueño leyendo ensayos y artículos sobre literatura, de una densidad propia del acartonamiento en el que sucumben los intelectuales. Aunque en su caso (a diferencia de Horacio González, su contradictor preferido, que escribió una novela de legibilidad tan compleja como sus ensayos) en la de su despedida  Sarlo fue diáfana y accesible, siempre mediante una escritura cuidadosa, exquisita.

Dos veces me la crucé en la calle, y en esas dos veces fue ella quien propuso un diálogo banal. Discípula de Viñas, infiero, sabía que era más importante escuchar (a quien sea) que hablar. La traté con cierta distancia, eran tiempos en los cuales la marea kirchnerista hizo de las suyas con gorriones jovatos como era yo para ese entonces aunque deba decir también, que me repelía la petulancia que le atribuía por haberla visto en ocasiones tan rudas como la del contrapunto con Viñas en el '97 y en el aquel memorable 678 del conmigo no, Barone.

Tonto de mí, me la perdí, por lo que vengo a descubrir tarde y mal: puesto a hacer psicología barata, ese carácter fue el que le permitió sobrevivir a una madre que la rechazó (y en su rechazo le rompía los libros en la cara) y a una sociedad autoritaria en la que se hizo un lugar a los codazos. Y a las patadas, también.

Recuerdo la noticia de su muerte en La Nación. Recuerdo la tristeza que me dio la noticia de ese final que anunciaba tanto en las últimas charlas (los cierres aludían a una muerte cercana y segura).

La crónica exhibía una fotografía de su féretro en el ámbito de la política socialista donde sus restos eran velados. Era una toma lejana, se adivinaban sus rasgos, se veía el ataúd sobre una mesa despojada en una habitación sin arreglos florales ni simbología religiosa, por razones de respeto a su ateísmo tout court. Me impactó esa foto de otro tiempo, cuando los diarios se solazaban con los cadáveres ilustres. A los minutos, fue sacada del portal.

Sin embargo, me quedó el recuerdo de esa ceremonia solitaria, austera y política. A tono con quien suponía habia sido una mujer íntegra.

Impresión que he ratificado al atravesar, con mucho placer, las páginas de su autobiografía póstuma.

domingo, 12 de enero de 2025

Quema esas cartas (y esas fotos)

A Cuqui.


"Quema esas cartas donde yo he grabado solo y enfermo mi desgracia atroz, que nadie sepa que te quise tanto, que nadie sepa, solamente Dios. Quemalas pronto y que el mundo ignore, la inmensa pena que sufriendo está, un hombre joven que mató el engaño, un hombre bueno que muriendo va".

Ese horrendo vals de Cosentino y López (caballito de batalla de Héctor Mauré, versionado también por Jorge Valdez y Jorge Falcón en Grandes Valores del Tango, en los años '80 y embellecido por el gran Oscar Ferrari al final de su vida) que vuelve a visitar por vez 10 mil la historia del cornudo que sufre por amor y, despojado de dignidad por los cuernos, se lo hace saber a la muchacha (o al muchacho, porqué no) y para peor, lo canta, es la excusa que encuentro para introducir en el tema de la entrada a las poquitas y entrañables personas que leen las boludeces que dejo caer en este bazar de cosas ínfimas.

En noviembre pasado murió en su casa mi tía Rosita. Hermana de mi padre, era la última de la progenie concebida por José Horacio Garcete y María Mercedes Berardo, mis abuelos, que tuvieron tres hijos: mi padre José Antonio, muerto en 2000; mi tía María Mercedes, en 2012 y María Rosa (Rosita), en 2024.

Con sincronización fúnebre, mediando 12 años, se fueron los tres hermanos. Se los llevó el Dragón, diría Jorge Asís.

Como José Horacio y María Mercedes fueron los únicos hijos de sus padres que tuvieron hijos, mi hermana y yo, venimos a ser el último eslabón.

Del paraguayo José Horacio, sé muy poco, apenas que huyó de una de las tantas guerras civiles que asolaron al Paraguay, embarcándose de polizón en una nave de bandera argentina a sus 13 años, para afincarse en Buenos Aires, donde fallecería el 16 de junio de 1955, víctima de los oficiales de la Marina de Guerra argentina que bombardearon la ciudad en procura -dijeron- de matar al presidente Perón, que salió ileso del evento, a diferencia de más de 500 personas entre muertos y heridos graves. Ya he escrito sobre eso en este blog.

María Mercedes, nacida en 1909, falleceria dos días antes de mí primer cumpleaños, fue la menor de una familia de 7 hermanos, 2 varones y 5 mujeres.


El pater familia de ese clan, Antonio Berardo, descendiente de genoveses, nació en Buenos Aires, en marzo de 1863. Casado con una prima hermana sanducera, María Luisa Deluchi, supo forjarse una posición en la Buenos Aires de fines del siglo XIX y principios del XX.

Dueño de una imprenta, muy vinculado a la Iglesia Católica, tuvo una militancia activa en el Partido Radical, con intervención, aunque marginal, en la Revolución del Parque de 1890. Afincado en la parroquia de Montserrat, su nombre figura en el libro Patria y Libertad. Libro de Oro de la Unión Cívica Radical en su primer gobierno. 1916-1922 como vocal del comité de la Unión Cívica Radical de Circunscripción 13a de la Capital Federal, entre los años 1922 y 1924, al inicio de la Presidencia de don Marcelo de Alvear.

La apostura, las prendas que viste en la foto que sigue, dan cuenta de la condición que Antonio Berardo tenía y procuraba exhibir: la mirada puesta hacia un porvenir que creía venturoso, la frente erguida, los brazos sobre el bastón que llevaba más por coquetería que por necesidades ortopédicas. Un clásico burgués de principios del siglo XX porteño.



Fuera por la crisis del '29, por el declive del Radicalismo en el que militaba, o por otra desgracia de esa naturaleza, los Berardo-Deluchi abandonaron el domicilio de la calle Cevallos 287 del barrio de Montserrat, para instalarse en una casona de la calle Valle, esquina Puán, barriada entonces considerada muy alejada del centro.

En esa casa viviría mi abuela, la hija María Mercedes durante los primeros años de su matrimonio con el paraguayo José Horacio. Domicilio, en el que nacerían los dos primeros nietos: mi padre (en agosto de 1938) y Rosita (en diciembre de 1940); ambos recibidos por el abuelo, con una nota en un cuaderno en el cual dejó constancia de ambos eventos, con detalle del día de la semana, la hora del nacimiento, el sexo de la criatura, el partero interviniente: todo con una prosa exenta de emoción.

De todo esto supe algo durante mi vida: mi padre era especialmente desafecto a hablar de su pasado. 

Quien sí lo hacía cuando se le daba ocasión era su hermana María Rosa, con quien se detestaba. Sentimientos que tradujeron la ausencia de contacto durante casi toda mi vida, iniciado como pudimos a partir del fallecimiento de mi viejo. Nos reencontrarnos, tía y sobrino.

Año 2000 del fallecimiento de otro responsable de ese desencuentro: el marido de Rosita, a quien no vale la pena nombrar. Nunca me quiso, ni yo a él. Respeto su sentimiento de rechazo, por lo cual trataré de obviar toda referencia a su persona.

Por aquel vínculo forjado a destiempo me encuentro desarmando el departamento de Rosita, quien no tuvo hijos. Tarea ingrata: horas y horas desenterrando recuerdos, procurando seleccionar qué habría de interesarle a mi hermana y a la hija de mi tía María Mercedes, con la ayuda de mi amigo Mariano Villamarín, quien me ha resuelto bastante la existencia con su predisposición a ocupar ese departamento deshabitado.

Entre tales recuerdos, las fotos que comparto en esta entrada y otras que nunca lo haría. 

Aludo a un álbum fúnebre de un niño de 5 años, hermano del marido de Rosita. Forrado de terciopelo negro, contiene las fotografías del cortejo fúnebre, los padres  y familiares dolientes vestidos de estricto luto, recortes periodísticos con el suceso de ese fallecimiento en San Jorge, Santa Fe y la placa del pibe en el ataúd, rodeado de flores y la yapa de un moño de tela blanca, con inscripciones religiosas que se estilaría colocar en el antebrazo de los angelitos.

No es menos cierto que era costumbre en los años '30 del siglo pasado dejar testimonio de un evento de esa naturaleza, con la finalidad (tal vez) de inmortalizar a quien tan pronto se había ido de este mundo, no obstante me generó un impacto demoledor ver esas fotos, como reparar en el resguardo de ese álbum por tantos años.

Menos todavía, tengo intención de aludir a la parafernalia que mi amigo Mariano descubrió en una caja de cigarros, relacionada con un movimiento político del siglo pasado con especial predicamento en Alemania y Austria, tierra de los progenitores de la persona con la cual Rosita estuvo unida a lo largo de más de cuarenta años que el marido de Rosita por algún motivo, conservaba.

Adermás de fotos, di con unas cuantas cartas, muchas de las cuales no quise leer, por respeto a Rosita y a su marido: si mi sensación al meter mano en zapatos, tapados, sombreros y ropa interior era la de un profanador, la lectura de las confidencias destinadas a ellos era demasiado.

Sin embargo, sí he reparado en una caja que contenía aquellas que Rosita escribía a sus tías Eulogia María Luisa (Chingola), Carmen Tomasa (Titina) y a su mamá, María Mercedes, mi abuela.

Siempre las quise a mis tías abuelas: a Titina, fallecida en 1992 un año antes de cumplir los 90 años y a Chingola, fallecida en 1976, a mis 3 años de edad, longeva también, nacida en 1895. El cariño que me tuvo esa vieja linda (extensión de la devoción que tenía por mi padre) llegó a mí de alguna forma. Sin recordarla, la recuerdo.

Quienes la trataron la recuerdan sonriente, siempre caída del catre, haciendo algún comentario que (voluntariamente o no) generaba su risa y la de los demás. No creo que sea necesario identificarla en la foto que sigue, tomada con sus compañeras en una de las colonias infantiles de la Fundación Eva Perón en las que, digamos, trabajaba. 




De Titina, tengo recuerdos de mis visitas cuando era muy pibe al PH en el que vivió sola mientras pudo. Todo un evento para ella: la dedicación que ponía para agasajarme era evidente. Recuerdo las botellas de Coca-Cola (compradas para mí) que sacaba frías de un mueble de madera, los sandwichitos, las masitas, las tortas. Puedo evocar el tono de su voz, de su risa (aunque su carácter fuese el opuesto del de su hermana con la que conviviera durante tantos años, se divertía mucho conmigo), de su cutis de porcelana.

Jubilada del INDEC fue Titina la encargada de sostener económicamente a los tres hijos (en particular a las mujeres) de la hermana que comenzó a morir con el fallecimiento trágico de su esposo. Chingola, les dio todo el amor que a esos huérfanos de padre tanta falta les hacía; gratitud que mis tías Rosita y Mary siempre se encargaron de hacerles saber.

De hecho, Rosita les escribía muchas postales, costumbre de aquel tiempo sin teléfonos celulares y con pocos (y muy ineficaces) teléfonos a secas, la gente escribía postales. Rosita, compusivamente y desde el lugar que fuese: Japón (donde pareciera haber ido por un congreso) y otros destinos de cabotaje: Santa Teresita, Villa General Belgrano, Salta.

Voy a torturar mi espalda, pero creo que vale la pena reseñar algunas, como testimonio de aquella costumbre impensable por estos días, de escribir en el reverso de un cartón ilustrado con fotografías (casi todas espantosas) de un lugar (algo menos feo) del interior del país.

Antes, una de las pocas que le dirigió a su madre, desde Mar del Plata donde, seguramente, pasó su luna de miel, que dirige sin fecha, a la "Sra. María M. B. de Garcete. Pje. González Chaves 253. Capital Federal". 

"Querida mamá: cuando nosotros llegamos el tiempo se compuso. Hoy el sol brilló todo el día. Estoy muy contenta y espero aprender a cocinar pronto. Me traje el 'Libro de Doña Petrona' para leer en el viaje. Estuvo muy linda la reunión de casamiento, ¿no? Cariños. Rosita. PD: Saludos a los chicos y a monito".

"Monito" era el perro de la familia, cuyo fallecimiento (y el duelo de mi padre por esa pérdida debo el no haber tenido mascotas durante mi infancia). Del texto destaco lo evidente: "que sepa coser, que sepa bordar". Que sepa cocer, en todo caso, mandato (¿autoimpuesto?) de la flamante ama de casa (años más tarde empezaría una carrera universitaria que terminará) y la inseguridad respecto del resultado de la "reunion de casamiento", duda que pareciera probar que muy bien no la pasó.

Las restantes (unas quince) las dirige a las "Srtas. Eulogia y Carmen Berardo".

Elijo, al desgaire, las que considero más ilustrativas, todas escritas con letra elegante y clara. 

De la que pareciera más antigua enviada desde La Cumbrecita, Córdoba, se lee: "Queridas tías: Realmente me encuentro muy contenta en este lugar. La gente en general es encantadora y nos trata muy bien. La única macana es que como mucho porque la comida es muy rica y dentro de poco voy a decir 'yo nací redonda como la luna'. Cariños. Rosita". Una vez más, una referencia a la comida. Volveré sobre esto al final.

En febrero de 1973 visitan con el marido el NOA. El día 10, escribe desde Salta: "Queridas Chingola y Titina: ya estamos propiamente en el norte, aunque todavía pensamos ir a Jujuy y si podemos, llegar a La Quiaca. Esta noche vamos a ir a tomar unos 'vinitos' al boliche de Balderrama, acompañado de empanadas salteñas (seguro que al leer esto Chingola va a decir '¡Qué rico!, ya me lo tragué'). Bueno chicas, las dejamos por ahora. Hasta pronto. Buby y Rosita". La comida, otra vez.



Cuatro días más tarde, escribe desde Humahuaca: "Queridas Chingola y Titina: Les escribo desde 2.939 metros de altura, desde la Quebrada de Humahuaca, pero uno aguanta porque los hermosos paisajes compensan esa dificultad. Mañana recorreremos algunos pueblitos más: Purmamarca, Maimará y las Lagunas de Yala. Un beso de, Rosita. Saludos de Buby".

El 7 de marzo de 1975, escribe dos postales desde Villa General Belgrano. Una, se la dirige a su tía Carmen, con alusión a Chingola. Algo pasaría entre ellas.

"Querida Titina: ¿Qué tal lo andás pasado? Yo estoy segura [de] que muy bien aunque el 'pupo grande' [¿Chingola?] debe extrañar mi ausencia. Es que formábamos un trío inseparable: Tatiana, Goyete y Periquita. Bueno, pronto será el ansiado reencuentro. Cuidate mucho y portate bien. Un beso de Rosita. Saludos de Buby".

La otra, a su hermana, mi tía Mary: "Querida Mechita: Para que no te pongas celosa te envío a vos también una tarjeta. Imagino que andarás muy atareada con el trabajo de la 'nursery' y hoy se agrega la llegada del chiquitín. Bueno, mi querida, te saludo y espero que todo te salga bien, Saludos a José Luis. Un abrazo de Rosita. Saludos para todos de Buby. Hasta la vuelta".

El mensaje me intrigó: "la llegada del chiquitín", el "trabajo de nursery"; ¿aludiría al nacimiento de uno de los hijos de la hermana del marido de Mary, a quien saluda al final? Chi lo sá.

En febrero de 1976 se fue con el marido de campamento a Villa General Belgrano desde donde escribe a sus tías:

"Queridas Chingola y Titina: ya quedan pocos días de vacaciones, así que hay que aprovecharlos. Seguramente esta tarjeta llegará casi junto con nosotros. El miércoles 25 desarmamos la carpa y viajamos si Dios quiere el 26. Esa noche anterior dormiremos en camas 'verdaderas'. Yo estoy haciendo régimen porque me estoy achanchando. De noche no ceno sino que como un tomate y un huevo duro. Las recuerdo con cariño y espero verlas pronto. PD: Saludos de  Bubi (el jefe de esta expedición). Rosita". Vuelve el tema de la comida y claro queda que no la pasó nada bien al mando del "jefe" de esa "expedición"...

Vamos terminando.

De todo el material que encontré, la carta que voy a reproducir es una genialidad, escrita por Rosita cuando no tendría más de 13 años, dirigida a Titina, con quien estaba muy disgutada. Genio y figura, la preadolescente que era padecía un notable sobrepeso (recuerdo una foto con sus padres en el zoológico, para esa época, con el porte de un mastodonte), motivo seguro de su enojo con la tía quien, muy divertida por los términos desopilantes de la carta, la conservaría a lo largo de las décadas.

 "Querida Titina. Ya se me pasó la furia del otro día. Yo esas pequeñeces me las tomo con soda. Si todavía tenés corazón, me podés llevar [al cine] el  próximo sábado, creo que me lo merezco, ¿no? Pero impongo ciertas condiciones. Películas argentinas no. Scaramouche [la edad la deduzco a partir de este detalle, la película había sido estrenada en 1954, con direccion de George Sidney y los protagónicos de Stewart Granger y Eleanor Parker] la vemos este sábado y Silvia el venidero. Fui y sigo siendo una chica muy hermosa. Lo que vos decís no me hiere, quedate con Pepito, ya te hará pasar dolores de cabeza. En cambio, yo me voy a entender con Chingola. ¡Qué joya se gana Eulogia! Creo que habrás notado que soy muy enérgica y rencorosa, corre sangre guaraní por mis venas y estoy muy orgullosa de ser un niña de una sola palabra. No te olvidés que el domingo mi mamá y mi papá cumplen años de casados. Si querés podés venir trayendo en tus bellas manos algún presente. Hace 18 años que mi mamá se casó con el cacique y se siente muy contenta de ser la cacica. Nosotros somos los caciquitos, por supuesto. Como tengo que festejar el triunfo de River, me despido de vos. Cariñosamente, Rosita".

Le exige que la lleve al cine, pero le dice que se quede con mi viejo (Pepito), con quien ya se detestaba; que ella se quedaría con la hermana, anunciándolo con una frase que queda pintada para título de una ranchera; le hace saber su rencor acerca de las observaciones que Titina le hiciera sobre su físico y alardea de lo que adolece "Fui y sigo siendo una chica muy hermosa", aunque esas "pequeñeces" se las tomara con soda; defiende al padre de las críticas que oiría de sus tías "el cacique", identificando a la prole entera con el portador de la "sangre guaraní" que corre por esas venas y cierra con River Plate, a cuyo estadio acudía puntual, por disposición del cacique paraguayo.

Una genialidad, desde donde se la mire.

Dudo del sentido, de haber maltratado mi espalda durante tantas horas de un domingo. No hay envanecimiento de linaje, ni nada que se le parezca. Tal vez, ganas de compartir recuerdos ínfimos, como todo lo que cae en este bazar de cosas chiquitas.

Que dedico a mi hermana María Eugenia, Cuqui, una de las últimas guaraníes que van quedando.

Y aunque no sea un lindo recuerdo para mi mamá, comparto esta foto, en la que está ella, sonriente y feliz el día de su casamiento, en compañía de su suegra (la señora de mirada ausente, que en efecto, se parecía a María Elena Walsh) y de las tías Chingola y Titina, que a esta altura del relato considero por demás identificables.




 Cuando todo estaba por comenzar.

  

lunes, 6 de enero de 2025

La llamada

 A mi amigo Nicolás.


En tren de pensar en algo distinto de aquello que ocupa mi mente desde mediados de diciembre (con algún minuto de tregua) vuelvo a este bazar de cosas chiquitas, a dejar caer impresiones, en este caso sobre un hecho cultural que, al igual que El Jockey de Ortega, reluce en medio de la era de la podredumbre.

Aludo a La llamada. Un retrato, libro de Leila Guerriero aparecido a fines de 2024 que leí a lo largo de estas Fiestas cristianas: comencé la lectura la noche del 24 de diciembre (al descubrir el libro en la mesa de luz de mi madre, tomándolo prestado sin conocer su opinión), la terminé recién, al mediodía de la Epifanía de los Reyes Magos.  


Caería en la torpeza si dijera que La llamada... es un libro sobre los crímenes de la dictadura cívico-militar, en particular los perpetrados desde ese laboratorio de la sordidez que supo ser la Escuela de Mecánica de la Armada, conducida por seres salidos de las tinieblas del alma humana. 

Porque es mucho más que ello.

Centrada en la biografía de Silvia Labayru, sobreviviente de esas mazmorras, quien a su vez dio a luz a su primogénita en una mesa de madera instalada en uno de los ambientes del centro clandestino de detención asistida por el jefe de los parteros del Hospital Naval, convocado para ese nacimiento, aborda con maestría muchas aristas concomitantes con esa vida atravesada por su extendido cautiverio, pródigo de tormentos, subrayados por la servidumbre sexual a la que se la sometió, cínicamente presentada por el mandamás de ese infierno como una prueba de la recuperación de aquella jovencísima oficial de inteligencia de la agrupación Montoneros, por ellos secuestrada.

Guerriero, sin concesiones, indulgencias y, jamás, lástima por la protagonista, a quien entrevistaría a lo largo del tiempo de la peste del Covid-19, cuyas medidas de cuidado atraviesan el relato (metáfora redonda del tiempo abyecto que se evoca) aborda con maestría esa problemática que con la misma eficacia ubica en el presente: las heridas no han cerrado, ni por asomo.

La represión, la complicidad con los represores, las "posibilidades" de aquellas personas sumidas en el limbo diabólico del terrorismo de Estado, la "culpa" de los sobrevivientes por haber sobrevivido, la subsistencia posible luego de todo aquello, el amor, el sexo, la maternidad, el exilio, la administración de aquello que denominamos "justicia", los afectos humanos, animales y vegetales; en suma: la memoria y el balance de una laceración infligida en cuerpos concretos, extendida a una comunidad igualmente atravesada por ese tiempo de locura criminal.

Quiero destacar aquello que podría denominar "el método Guerriero": un ir y venir en el tiempo del relato (iniciado y culminado en noviembre de 2022, con tránsito a lo largo de los meses de peste de 2021 e, inclusive, con asomo a enero de 2023), el acento en los detalles (las descripciones acerca de la vestimenta de su entrevistada en cada ocasión en la que se encuentran, las bebidas y comidas que comparten), la transcripción de las comunicaciones entabladas con las decenas de personas que entrevistó en el contexto de esa faena extenuante.

En medio de esa cotidianeidad de aparente afabilidad, Guerriero no se guardará nada; por el contrario, pregunta a quemarropa a Labayru: la posibilidad del goce sexual durante actos de violación reiterada; la alternativa bajarada de brindar información sobre sus parientes militares cuando militaba como oficial de inteligencia de Montoneros; su predisposición a acompañar a Alfredo Astiz en las tareas de infiltración a las Madres de Plaza de Mayo en diciembre de 1977 que culminaron con el secuestro y la posterior desaparición de muchas de ellas y de las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet.  

No quedó pregunta que Silvia (Silvina) Labayru dejara de responder.

Igualmente aguda fue Guerriero con las personas cercanas (antes, durante y después del horror) de la protagonista de su libro: su hija Vera Cristina, su hijo David, compañeros del Colegio Nacional Buenos Aires, entre otras su novio y pareja actual, Dani Yako, Martín Caparrós; ex secuestradas, ex parejas, amigos y conocidos, aquí y en España, país en el que se radicaría luego de partir al exilio quienes, con la notoria excepción de Alberto Lennie, padre de la hija que Labayru parió en la clandestinidad, abismado por una cordillera de cuitas y rencores, dieron crédito a los recuerdos de su entrevistada principal.

Omite, tal vez como un gesto empático, entrevistar a Miguel Bonasso, a quien alude apenas, en rigor a su trabajo Recuerdo de la muerte, cuya publicación Guerriero ubica en los años '90 (aunque la fecha de aparición de esa obra en 1984 sea ampliamente reconocida) con el afán, quizá, de relativizar la denuncia confiada a Bonasso por Jaime Dri, de la colaboración que un grupo selecto de personas secuestradas desde el Staff o el Ministaff creado por los marinos prestaba a las fuerzas represivas.

Sin embargo, quiso y no pudo contar con los testimonios de Hebe de Bonafini (fallecida días después de que Guerriero tomara contacto con su secretario) y de Martín Grass, otrora jefe de Labayru en Montoneros, secuestrado junto a ella en la ESMA, futuro funcionario en el ámbito de Derechos Humanos de los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, quien se negó a dar su testimonio.

Podría escribir mucho más, pero ya es suficiente.

Dejo en el tintero las descripciones realizadas de unas cuantas visitas al Museo de la Memoria, instalado, precisamente, en el ámbito de tormento de su entrevistada; patéticas todas, en presencia de Labayru otras mujeres que como ella habían estado secuestradas en ese centro de exterminio (invitadas por una burócrata estúpida) a quienes los guías de ese Museo repetían mecánicamente la descripción de aquello que las presentes habían padecido allí. 

También, me reservo de escribir sobre los juicios demoledores de Labayru al liderazgo y a la praxis de Montoneros.

A tono, con la opinión de siempre de su padre aviador Jorge Labayru (nonagenario al tiempo de la elaboración del trabajo), que tuvo el tino de verbalizar al represor Acosta en una llamada telefónica (de allí el título de la obra) evento al cual, Silvia, dueña de una belleza que a sus sesenta largos perdura, dice deber su subsistencia.


Que cierre Guerriero.

Al filo del final de su trabajo (página 324), transcribe un diálogo telefónico con su padre, a quien le dijo que estaba escribiendo el libro que comento.

"Me pregunta de qué se trata. Nunca le he contado. Le cuento. Me dice: 'pasaron cuarenta años. ¿Todavía hay gente que quiere leer estas cosas?'. Él mismo se ha pasado leyendo 'estas cosas' pero le digo que no lo sé (y es verdad). Pienso: 'hay historias que no terminan nunca'".   

domingo, 13 de octubre de 2024

El Jockey

 A Juancito, mi lector preferido.




Vuelvo a este lugar de cosas chiquitas e íntimas a escribir a pedido de aquel a quien dedico estas reflexiones tan o más pavotas que aquellas que dejo caer por acá.

Nacidas de mi participación como espectador de un hecho cultural que dice mucho más de lo que pareciera. 

Todavía más, en este tiempo que, en una entrada pasada que no publiqué ni lo haré, definí como "la era de la podredumbre".

Así nomás se presentan estos meses: agonales, de anticipo de algo que está muriendo y hiede la pestilencia de aquello que evidencia las notas de una descomposición demasiado avanzada. 

Cuyos síntomas no se circunscriben al presidente, su hermana, sus colaboradores, sus políticas, sus discursos, sus intervenciones en redes sociales, su todo esto que venimos asistiendo desde diciembre pasado (que emana una putrefacción que provoca la arcada cotidiana) sino a otros y otras circunstantes de este tiempo abyecto: los que ocuparon ese lugar antes. Y antes, también. 

Digamos que en este tiempo de podredumbre, de mierda, variopinta, maloliente; floreció una película de una belleza inverosímil.

Algo más que una película deslumbrante es El Jockey de Luis Ortega. Porque, es una obra de arte integral, lisa y llana, de una densidad y un vuelo impropios de este tiempo tan mediocre, tan ruin.

Digamos que mucho tiene que ver el realizador, un artista integral que se ha  formado en una muy buena escuela familiar. Sirva la obra de Luis (la de Sebastián, la de Julieta algo anticipaban) para reconciliarnos con Ramón Bautista, para valorar aún más (nunca estuvimos enojados con ella) a Evangelina. 

El Jockey, insisto, me deslumbró. Fueron tres las miradas: una me ha dejado más perturbado que la otra. Gozosa, cruelmente perturbado.

Construida a partir de una sensibilidad y una sabiduría dignas de quien se autopercibe (con tanto fundamento) legatario de Leonardo Favio. 

Escribe esto un faviano recalcitrante: nace con Ortega la posibilidad de concebir un sucesor a la altura de Favio. Digo más: si Favio viviese hubiera querido filmar como Ortega filmó El Jockey.

Se ha escrito tanto y tanto y no es la idea volver a hacerlo acá, aunque en homenaje a mi lector preferido, anoto lo esencial acerca de la obra de arte integral que me ha dejado extasiado.

La música. Gardel, Moura, Nino Bravo, Donizetti, Mozart, Piazzolla, Piero de Benedictis, Leo Dan, Sandro y Palito Ortega (como leit motiv): todo en su lugar. Con los decibeles justos (véase El Jockey en cine), con el tempo preciso, con el despliegue de un melómano exquisito que supo volcar su pasión en la concepción de su obra.

Las actuaciones. Si la de Nahuel Pérez Biscayart ratifica su lugar en el podio de los mejores actores de todos los tiempos; el reparto baila al compás del protagonista sin encandilarse. Desde una muy precisa Corberó, el trío de payasos tristes que juegan con maestría (ni más ni menos) Roberto Carnaghi, Osmar Núñez y Daniel Fanego (en la mejor despedida posible), los impecables Luis Ziembrowski y Roli Serrano, la demoledora Adriana Aguirre. Con el subrayado de quien se ubica apenas un escalón por debajo del protagonista: Daniel Giménez Cacho. Méritos de cada uno, por cierto, todos signados por una marcación obsesiva que apela (con maestría) siempre al primer plano.

El guion. Ortega filmó un teorema: el ser, la vida, la muerte, el sueño, la vigilia, la identidad, los vínculos, la niñez, la adultez, las adicciones, la cordura, la lucidez, la bondad, la maldad. Todo en su justo punto, contado con sabiduría, con sensibilidad, con maestría. Todo eso en el contexto de un tiempo lacerante: el espejo al que nos enfrenta a sus espectadores bien pensantes que se cagan en el dolor ajeno, en especial de los caídos que sobreviven como pueden en el espacio público de una ciudad en derrumbe. Nada tan eficaz, como el contraste entre la monumentalidad arquitectónica (el Hipódromo de Palermo, las edificaciones del centro porteño, la cortada Rivarola) y los símbolos institucionales (los Granaderos a Caballo) y la fragilidad de los zombies que la habitamos en este tiempo desolador.

La dirección. Quizá ya no haga falta subrayar nada, aunque quiero resaltar el homenaje (si cabe la expresión) a los mentores de un cinéfilo de paladar negro. Cito, al desgaire: Coppola, Lynch, Kubrick, Passolini, Fellini, Buñuel, Antonioni, Almodóvar y, desde ya, Leonardo Favio. A todos, un guiño sutil en el tributo de la influencia que cada uno de ellos tuvo sobre él, catalizada (y cómo y de qué modo) por el mejor discípulo de todos y cada uno.

No me quedó nada por escribir, desde ya, la trama (apasionante del primero al último cuadro) no interesa desarrollarla, lo han hecho ya críticos y el propio Luis Ortega en varios reportajes.

En uno de ellos, aludió a la gigantografía de la foto prontuarial del niño que era en 1952 Leonardo Favio que luce en su estudio. Explicó Luis Ortega, que la había ubicado allí para que esa mirada lo interpelase y le dijera: "no te cagues".



Por favor, Luis Ortega, seguí dándole bola a Leonardo y no te cagues nunca. 

 

lunes, 1 de abril de 2024

Las crónicas políticas de Enrique Raab

Si como hemos escrito, es innegable que Enrique Raab se destacó como un crítico de arte exquisito, su incidencia en la discusión política del tiempo convulso que le tocó vivir la desarrolló mediante la publicación de crónicas políticas de excelencia aún mayor.

Haremos foco, como cierre de esta secuencia, en las crónicas de contenido político seleccionadas por Ana Basualdo y María Moreno, en sus trabajos, quienes por lo general coinciden, aunque con ciertos matices. 

María Moreno omite en su selección las crónicas escritas desde Lisboa (entre junio y julio de 1974) para La Opinión al calor de la "Revolución de los claveles", y las consagradas a las elecciones en la provincia de Misiones de 1975, en las cuales se impondría el candidato del FREJULI sobre el challenger radical, Cachito Barrios Arrechea, quien haría una muy buena elección que preludiará la que lo llevaría a la gobernación 8 años más tarde.

En cambio, consigna al detalle las crónicas escritas desde Córdoba entre febrero y marzo de 1974, en ocasión del golpe de Estado provincial liderado por el titular de la policía local, coronel Navarro.

Cada una de esas crónicas fue construida con el "método Raab" que me atrevo a resumir del siguiente modo: comienzo por una anécdota o un dato lateral, para recién abordar lo central, y arribar con maestría y eficacia al subrayado final, dejando un mensaje de claridad evidente. 


Por ejemplo, en la crónica del Navarrazo se extiende en la descripción del coronel golpista convidando cigarrillos con amabilidad y campechanía a periodistas desesperados ante la escasez de tabaco en esa ciudad convulsionada, al tiempo que plasma los comentarios que sus colaboradores dejan caer con pasmosa naturalidad, acerca de la presencia de francotiradores que accionaban sus armas de aburridos nomás. 

Al realizar la relativa a las elecciones de Misiones se extiende en la historia de una madre de muchos hijos que debía lavar en el río "36 prendas roñosas" para poder llevar "el puchero" a su prole numerosa, concomitantemente con la reseña de las intervenciones de dirigentes peronistas y radicales de primer orden que se daban una vuelta por Posadas, Puerto Rico y Oberá.

No se trata del desgrano de notas de color, hay en ese estilo un modo sutil de abordaje del nudo de la crónica: la violencia institucional ejercida a través de aprietes o sobornos de un modo más o menos disimulado; la magnitud de la miseria estructural en una provincia sacudida por el desfile de ocasión de políticos que llegaban desde Buenos Aires por unas horas para desentenderse a su raduo retorno a la capital de la suerte de los misioneros.

Una de las crónicas más recordadas es aquella que dedicó al acto del 1° de mayo de 1974 publicada en la edición del día siguiente de La Opinión bajo el título: "Los enfrentamientos entre Montoneros y otros grupos modificaron el tono previsto para la celebración".

De acuerdo con el "sistema Raab", se inicia con un detalle de cuestiones relativas con la distribución de agua carbonatada en sachet, tres manzanas y dos paquetes de Criollitas a la militancia congregada, para avanzar en una descripción minuciosa de las sucesivas intervenciones del locutor Antonio Carrizo para presentar en el escenario a Susana Rinaldi, Santiago Gómez Cou y José Marrone, prolijamente ignorados por una concurrencia atenta a cuestiones más urgentes.

Refiere que a las 15.40 horas a la altura de la Catedral: "apareció la primera columna de Montoneros. La amplia bandera argentina con el sol dorado precedió, sólo por segundos, a otra más pequeña con la estrella octogonal: las primeras consignas montoneras resonaron por la plaza, mientras un bombo ritmaba la palabra Montoneros, y otros grupos de voces entonaban: '¿Qué pasa, qué pasa, qué pasa general, que está lleno de gorilas el gobierno popular?". Más adelante, refiere que, al igual que en ocasión de la congregación del 12 de octubre anterior (cuando el general Perón asumiera la Presidencia por tercera vez) las consignas "Mon-to-ne-ros" y "Ar-gen-ti-na", se superponían, voceadas de uno y otro lado de la Plaza.

Luego de anotar la "primacía" del sector hegemonizado por los Montoneros de la Plaza de Mayo: "a partir de ahí, todo ocurrió muy rápido: 'No queremos Carnaval... Asamblea popular', retrucaban los Montoneros a los anuncios artísticos de la tribuna. 'Argentina peronista... la vida por Perón', contestaban desde otros sectores. Algunos inocentes preparativos bélicos se gestaban entretanto en ambos bandos: astas de banderas quebradas, cinturones sacados de las presillas y enarbolados como látigos, pedradas aisladas y, cerca de las 16.25, una bandera montonera quemada por algunos muchachos entre muy ralos aplausos del sector delantero contratado [sic] por la CGT".

Aquello que Raab denomina: "el pico del enfrentamiento verbal", sucedería a las 16.40 en ocasión de la entrada del Presidente al palco, extendiéndose "durante 9 minutos" la consigna (desde el sector montonero de la plaza): "El pueblo te lo pide, queremos la cabeza de Villar y Margaride", tensión que subiría aún más cuando la Vicepresidente coronase a la "Reina del Trabajo (María Fernández)", quien fue: "saludada con una mezcla de aplausos y chiflidos y con la consigna, lanzada desde el sector montonero de, 'Evita hay una sola...'", autocensura que formula el canto incompleto y omite otros mucho más agresivos dirigidos a la persona de Isabel y, según algunos de los presentes, del propio Perón.

Luego de la la entonación del Himno Nacional: "único momento, en toda la tarde de ayer, en que la Plaza de Mayo coreó un mismo mensaje con la mano levantada y los dedos dibujando la V" (curiosa omisión de Raab a la entonación de la marcha "Los muchachos peronistas", coreada al unísimo con antelación al Himno Nacional, dato que recuerdo de haber visto de la emisión íntegra de ese evento en el programa Filmoteca de Fernando Martín Peña, allá por el año 2006), el Presidente inició su mensaje.

"A partir de la palabra 'estúpidos', Montoneros comenzó a replegarse hacia Avenida de Mayo; otros grupos juveniles, sintiendo en las palabras del Presidente un respaldo claro, comenzaron a hostigarlos. 'Los corre Perón...' gritaban hacia las primeras filas de Montoneros, quienes, en ese instante, abandonaban la Plaza con dirección a la calle Perú".

Concluye el cronista: "Nada había, en ese momento, que recordase el carácter unitario que el acto pretendía tener: abierta la masa como dos ejércitos enfrentados, con cinco metros de tierra de nadie a duras penas controlados por los dirigentes, Perón terminó su disurso como arengando a los hijos díscolos que, a pesar de la prudencia paterna, se empeñan en librar una batalla campal".

La extensión de la cita se justifica por la trascedencia del hecho histórico evocado, cuanto por la maestría del relato, a la vez que aporta elementos para la reconstrucción de la memoria histórica de ese evento parte-aguas: sin perjuicio de la ruptura evidente, no habrían sido echados por Perón quienes decidieron irse de una Plaza que desde hacía mucho tiempo había dejado de contenerlos.     

A la muerte de Perón, la soledad y el aislamiento de su sucesora y viuda son reflejadas con  sutil precisión en: "Las conjeturas reemplazan a la información en torno a la forma en que la Presidente descansa en Chapadmalal", publicada en La Opinión el 12 de enero de 1975: "hay consenso en señalar que este viaje de la señora de Perón a Chapadmalal ha enarcado un tope en cuanto a la severidad y la rigidez de las medidas desplegadas. En diciembre, se afirma, quedó en funcionamiento una suerte de organización coordinadora, integrada por un comisario y tres subcomisarios de Mar del Plata y encargada de coordinar el trabajo de las distintas reparticiones que colaboran en la custodia de la jefe de Estado".




La relación de Raab con ese poder político era, por razones ostensibles, muy mala; desde el inicio del ciclo, en particular, a partir de su enfrentamiento con Roberto Barattini, director de LS1 Radio Municipal, dirigente ligado a lo más rancio de la ortodoxia peronista. La toma de posesión  del cargo se reproduce en la joya que encontré en red y puede verse acá

Basta reparar en los rostros de la tropa del director de facto y en el sentido del discurso inaugural (propalado por el Gaucho César Mascetti, micrófono en mano) para deducir que una de sus víctimas predilectas sería Enrique Raab. Declarado cesante de inmediato de esa radio (previa quema de los registros de los programas radiales en los que había intervenido con Edgardo Cozarinsky y Ernesto Schoó), desplegaría desde La Opinión una batalla despareja contra quienes le habían prodigado ese maltrato.

El 17 de mayo de 1974, escribiría la extensa columna "Los cipayos están entre nosotros" con el copete: "La ideología de la radio nazi revive en un experimento argentino", mediante la cual traza paralelos entre el sesgo de la emisora dirigida por Barattini y "una radio berlinesa de 1937", al tiempo que analiza al detalle la prédica de una de las voces más sonadas de esa radio: la del maurrasiano Jaime de Mahieu, confeso nacionalsocialista, cuyo discurso rosista conjuga con el retrato retórico que de Adolfo Hitler esbozaron los intelectuales orgánicos del Tercer Reich.
 
Ese encono no sería gratuito para Raab, quien a partir de entonces recibiría visitas no esperadas en su domicilio, además de amenazas explícitas como las publicadas en el semanario El Caudillo. Su nombre aparecería reiteradamente en los listados publicados bajo el título "El mejor enemigo es el enemigo muerto".

Constituida la dictadura, desoyó los consejos de personas muy cercanas, entre ellas su íntima amiga y colega Susana Viau, para que emigrase; incluso desechó una oferta realizada por un jerarca del PRT que le había transmitido que era necesaria su presencia en París, para mejor difundir los crímenes perpetrados a mansalva por el régimen del terrorismo de Estado.

El 16 de abril de 1977, su vecino de edificio Ernesto Schoó advirtió un despliegue militar inusitado y escuchó una irrupción violenta en el departamento de su amigo: la gavilla que se presentaba para secuestrarlo voló a fuerza de metralla la cerradura de su departamento y una mano de Raab, que quedó destrozada.

Cuenta su biógrafo que Enrique Raab, quien no podía ignorar el destino que le esperaba, en ese momento definitivo atinó a tranquilizar al hombre que tanto amaba, preocupado por el estado en el que le había quedado la mano, advirtiéndole que no debía preocuparse por él, que en el lugar donde sería llevado se le practicaría una cirugía plástica.

Difícil imaginar un final más digno, acorde con la envergadura ética de la personalidad que evocamos.

Años más tarde se sabría, por testimonios de sobrevivientes que Raab fue conducido a la Escuela de Mecánica de la Armada, desde donde habría sido "trasladado" a un mes de su arribo, probablemente mediante la modalidad aplicada en ese centro de exterminio de arrojar a los secuestrados adormecidos al Río de la Plata o al Mar Argentino. 

El caso que lo tuvo por víctima fue uno de los contenidos en el alegato de los fiscales Strassera y Moreno Ocampo en el Juicio a las Juntas (caso 485) y en oportunidad de la reapertura de los juicios a partir de 2005, el suyo fue uno de los casos por los cuales fueron condenados 48 marinos, entre ellos Alfredo Astiz, en el denominado "Tercer Juicio por la ESMA", celebrado en el ámbito del Tribunal Oral en lo Criminal Federal N° 5, fallo del 29 de noviembre de 2017. 

En un homenaje aparecido sin firma en el sitio "Cosecha Roja" bajo el título: Periodista, militante, marica y desaparecido, que puede consultarse acá en respuesta, tal vez, a la pregunta que María Moreno se hacía al inicio de su libro-homenaje, leemos: "Raab no forma parte del canon de escritores desaparecidos por la dictadura (lista que incluye con mucha justicia a Rodolfo Walsh, Paco Urondo y Haroldo Conti) y es probable que sea porque la construcción de la memoria colectiva reclamó, en un principio, que este canon no tuviera grises. Homosexual, crítico de artes y amante del teatro era quizá un combo que no entraba en la lista de valores que debía tener alguien digno de recordarse. Pero la memoria colectiva es un campo de disputa. Es momento de hacerle justicia a su recuerdo e inventarnos una historia torcida donde haya espacio para lo humanamente posible".

De eso se trata. 

A la buena memoria de Enrique Raab.



El periodismo de Enrique Raab

"Lo chuparon por amor. Estaba muy enamorado de un hombre y se negó a salir del país", me confió en 1999 Martín Federico, uno de los jueces del Tribunal Oral en el que yo trabajaba en esa época. 

Sobreviviente de Trelew (debía su vida a su adhesión a la postura de Agustín Tosco de no plegarse al plan de fuga que terminaría en masacre en agosto de 1972), me enteraría por una nota necrológica que le dedicaría a la muerte prematura del Tino Manuel Gaggero que el exilio que había vivido en París se debió a su condición de rara avis: la de un peronista que se había decidido por la militancia en el ERP.

Máximo Eseverri biógrafo de Raab en un extendido reportaje disponible aquí dio cuenta de las razones que lo motivaron a ocuparse de quien fue mucho más que un periodista. En esencia, como tantas de las personalidades que enumeré en la entrada anterior, Enrique Raab fue un intelectual que se expresó a través de los medios para los cuales escribió, los mejores de la época dorada del periodismo argentino.

Eseverri, a la vez que presenta a su biografiado como una personalidad compleja y rica, subraya que al reparar en su trayectoria y trágico final, debe hacerse foco en la sexualidad de Raab, cuestión que significó algo bastante más que una audaz y valiente decisión personal. 

Abordada por María Moreno en la selección publicada en su homenaje quien, además de preguntarse las razones por las cuales no se le confiere a Enrique Raab el reconocimiento tributado a Rodolfo Walsh y Francisco Urondo (colegas y compañeros de martirologio de Raab) subraya el tamaño de su talento periodístico, haciendo foco en su sexualidad. 


En el prólogo a la selección a su cargo bajo el título "Militancia e intimidad", leemos: "En 1973, un Néstor Perlongher -poeta gay de origen trotskista con ganas de integración popular- llevaba al FLH (Frente de Liberación Homosexual) a sumarse a las movilizaciones peronistas. Pero los peronistas al parecer se corrían y entre las masas promontoneras y el FLH siempre quedaba una franja enorme de asfalto. Luego vino eso de: 'No somos putos, no somos faloperos'. Enrique Raab no se acercó a esos intentos de articular política y deseo por los que pasaron en tiempos menos definidos desde Manuel Puig hasta José Bianco".

Al respecto, un todavía adolorido Edgardo Cozarinsky le confió: "Enrique no fue el único intelectual sensible a la politización integral de toda experiencia, un espejismo de finales de los años sesenta que a principios de la década siguiente derivó en militancia armada. Judío y homosexual, se acercó a grupos donde abundaban el antisimetismo y la homofobia". 

Ese pasaje me remontó al recuerdo del documental Sexo y revolución, dirigido por Emilio Ardito, consagrado a la lucha del FLH dirigido por Perlongher de legitmiarse a partir de la visibilidad en el marco del nutrido universo de revolucionarios de tantos pelajes de aquellos años, quien recibiría por respuesta el rechazo que refiere María Moreno. 



Experiencia testimoniada por uno de los militantes del FLH en el documental que se puede ver (por poco tiempo parece) en la plataforma CinearPlay acá.

Evocó la movilización del FLH a Ezeiza, en ocasión de la llegada de Perón en junio de 1973 cuando marcharon identificados con una pancarta: "comenzó a ocurrir que la gente que iba delante nuestro se ponía bien adelante y la gente que venía atrás se ponía bien atrás, sabiendo quiénes éramos, para no mezclarse con nuestro grupo. Eso era muy fuerte, porque más que el FLH parecíamos un grupo de leprosos con quien nadie quería tener contacto. Y pensaba realmente, en vez de una pancarta teníamos que tener campanillas, como usaban los leporosos en la Edad Media para anunciar su presencia. Eso fue muy duro. Yo estaba recién asumido y recién entrado al FLH y no tenía experiencia en semejante exposición y en mi caso personal, no lo resistí. Y bueno, yo no llegué a Ezeiza, en un momento me abro porque era intolerable. Nunca había vivido una situación así".

Fue ése el tiempo decisivo de la escritura de Enrique Raab: "un caníbal de todo hecho cultural", según la precisa definición de María Moreno, acreditada por una producción que en ese terreno abarca desde un extenso reportaje a Bertrand Russell, la reseña al recién aparecido Yo el Supemo de Augusto Roa Bastos, pasando por las críticas del más variado pelaje: desde el programa del Canal 13 Porcelandia y de la película Nazareno Cruz y el lobo de Leonardo Favio; sin esquivar el género del reportaje a las primeras figuras: Juan Carlos Thorry, Juan José Camero, Nuria Espert, Tato Bores y Tita Merello.

Por supuesto, la crítica teatral fue uno de sus puntos altos. Impiadoso con Alejandra Boero en una versión de Madre coraje de Brecht; da rienda suelta a una crueldad sofisticada en: "Con su intuición como única guía, Mirtha Legrand exhuma una vertiente perdida del teatro japonés" (La Opinión, 15 de agosto de 1975), entre tantas.

Aunque nadie fue destinatario de tanto desprecio como Abel Santa Cruz. En: "El público que asiste a los espectáculos soporta comedias escapistas y repetidas" (La Opinión 11 de enero de 1975), se ocupa de dos obras del autor de Papá corazón

La primera, El hombre piola, protagonizada por Luis Sandrini y Malvina Pastorino versa sobre el descubrimiento del protagonista: "que en su turbulento pasado prematrimonial hay una hija ilegítima y se lanza, con la ayuda del público a buscarla. Descubre ¡oh, sorpresa edificante!, que su hija es tan luego la devota chinita que le sirve en la estancia desde hace años y por quien tanto él como su mujer han desarrollado un amor paternal. La intuición guía aquellos sentimientos que la razón no conoce, propone Santa Cruz coincidiendo, de modo un tanto simplificado, con Pascal, y Sandrini intercala un largo monólogo a telón cerrado, de frente al público, donde da a conocer sus puntos de vista sobre el mundo y la vida. Por ejemplo, habla de un hippie: 'Tremendo muchachote, con barba tupida, una pelambre en el pecho que parece un matorral, más de dos metros de estatura. Ideal, pensé yo, para cargar bolsas en el puerto. ¿Y saben qué hace? ¡Enhebra collares'". Raab remata: "el público se desternilla de risa: en el pasado del hombre piola habrá habido algunos pecaditos, incluida una hija natural, pero que nadie se intranquilice: el Sandrini de ahora mandará a su hijo a cargar bolsas, no a que enhebre collares".

Respecto de la segunda Somos hombres y algo más..., la escritura de Raab es parejamente peyorativa cargada a su vez, de un sentimiento de odio difícil de disimular, destinado al autor (y a los intérpretes y al público) de un ejercicio de "mataputismo" explícito, por ramplón y reaccionario que fuera.

Protagonizada por Rodolfo Bebán y Claudio García Satur describe la trama: "para salvar a un hermano (Arnaldo André) del súbito desamor de su prometida (Gabriela Gili), Bebán, nuevo objeto de ese afecto, decide hacerle creer a toda una pensión de estudiantes que él es un homosexual lanzado. La idea que Santa Cruz tiene sobre los homosexuales parece coincidir con la del público, porque Bebán se pasea todo el día en kimono, teje a punto cadena bufandas para su amado, y ambos -él y Satur- no dan un paso sin mover las caderas y dejar caer los párpados de manera insinuante. El público ruge de placer, porque sabe que tanto Bebán como Satur no son, sino se hacen y para que la imagen natural quede restituida, cuando no necesitan interpretar la farsa, uno le dice al otro tachero y el otro le retruca con malevo [referencia a los éxitos televisivos protagonizados por ambos actores en ese tiempo]. Sensible alivio para la sala: los limites de la credulidad han quedado intactos".

Tendría que terminar esta reseña con las crónicas políticas de Raab, pero esto se ha hecho largo y las lumbares se están quejando demasiado.  

sábado, 30 de marzo de 2024

Lecturas de Enrique Raab

 A Cachito, que le gusta leer estas cosas.


Aunque suene (y sea) patético, debo confesar que recién cumplidos los 50 puedo asumir (íntimamente y con pocas personas, entre ellas a quien le dedico estas reflexiones pavotas) que creo saber quién soy.

Es absurdo escribirlo, como asumir que tuvo que transcurrir medio siglo para descubrirme a mí mismo, pero digamos que ando con esa idea en la mente.

No voy a abundar, que nadie de las pocas personas que pierden el tiempo leyendo estas boludeces se inquiete. Sólo decido empezar esta entrada (la primera de 2024) socializando un descubrimiento íntimo y tardío: parece que mi vocación ha sido siempre periodística.

Por defectuosa que sea, quienes vienen visitando este bazar de cosas chiquitas lo saben. Al fin de cuentas, la escritura de este blog no es nada más que el despunte de un vicio que nunca terminó de ser un ejercicio más o menos digno. Aunque sirva (quizá) de catalizador de aquello que uno no supo no quiso y no pudo ser.

Dejo de lado las confidencias pavotas y avanzo hacia donde quiero llegar.

El descubrimiento tardío al que hice referencia, nada de extraño tiene, a poco de reparar en otro de mis grandes intereses: la historia argentina; protagonizada (en buena medida) por periodistas o, mejor, políticos que utilizaron al periodismo como un medio para desplegarla.Enumero de memoria: Belgrano, Moreno, Monteagudo; Alberdi, Sarmiento y Mitre (desde ya); Mansilla, Guido y Spano; Juan B. Justo, Frondizi, Lebensohn, Perón y Alfonsín. 

Periodistas por un rato que utilizaron al periodismo como herramienta de lucha, aunque algunos hayan dejado una marca indeleble en la literatura de su tiempo. Aludo, por supuesto, a Domingo Sarmiento y Lucio Mansilla.

Contemporáneamente, otros tantos, sin haber tenido como norte el despliegue de una trayectoria política, incidieron en el ejercicio del periodismo en el tiempo que les tocó vivir. Anoto con nueva audacia a Pedro de Angelis como precursor.



No ando con muchas ganas de extenderme, por lo que me disculpo ante el cierre abrupto de aquello mal insinuado, en el afán de no cansar a nadie y no hacer sufrir a mis lumbares en exceso. Por ello, mento al desgaire a: Natalio Botana, Roberto Arlt, Rodolfo Walsh, Francisco Urondo y a los más recientes Mariano Grondona, Bernardo Neustadt, Horacio Verbitsky y Carlos Pagni, para ir cerrando, como anticipé una enumeración que es tan ilustrativa como arbitraria.

Hombres (todos, llamativamente) que incidieron (y cómo) en el ejercicio del poder desde la trinchera del periodismo.

Omití el nombre del (quizá) más astuto y talentoso de todos: Jacobo Timerman.

Gestor de proyectos editoriales de una calidad desconocida entonces, que no sería reproducida después: Primera Plana, Confirmado y, por sobre todo: el diario La Opinión, productos de una calidad periodística que suscitan, leídos a más de medio siglo de editados, el goce literario.

En 2013, el diario oficialista El Argentino, reeditó los números de La Opinión coincidentes con los 49 días del gobierno de Héctor Cámpora. 

Una chambonada de quienes pretendían homenajear a aquel Presidente fugaz que se dejó arrastrar por un torrente que nunca terminó de comprender y asimilar; dado que la línea editorial de La Opinión no le tenía ninguna simpatía.

Descubrimiento tardío de los hacedores de El Argentino quienes (pareciera) no se tomaron el trabajo de compulsar los editoriales y las columnas del diario dirigido por Timerman, de oposición decidida al presidente Cámpora y, en especial, a la Tendencia del Movimiento Peronista en el gobierno cuyo legado pretendían reivindicar en el aniversario 40 de aquella primavera de tan sólo 49 días.

Ni de leer la ejemplar biografía de Graciela Mochkofsky Timerman. El periodista que quiso ser parte del poder (cuya primera edición es de 2003) que daba acabada cuenta de aquella oposición al gobierno que El Argentino pretendía reivindicar.

Como fuere, esa chambonada, me permitió disfrutar de la lectura cotidiana de un diario escrito con preciosismo. Me recuerdo cada mañana ansioso por comprar El Argentino en el puesto de la estación de Coghlan, con la sola finalidad de devorar el suplemento que en versión facsimilar, se acompañaba de la edición de La Opinión publicada 40 años atrás.

Ocasión que tuve para reencontrarme con las crónicas de quien me había deslumbrado años antes: Enrique Raab.

Lo había descubierto gracias a una iniciativa de Jorge Fontevecchia, quien en 1999, había editado a través de "Perfil Libros": Crónicas ejemplares. Diez años de periodismo antes del horror (1965-1975), seleccionadas y  prologadas por Ana Basualdo.

Quince años más tarde, me reencontré con Raab esta vez con selección, comentarios y prólogo de María Moreno (esa cronista excepcional): Periodismo todoterreno (Sudamericana, 2015).

Decía: Raab me deslumbró. Pocos periodistas transmiten lo que él supo y pudo.

Diría: Raab transporta en sus crónicas al lector al sitio de los hechos (su punto fuerte, supo ser además un implacable crítico de arte); escritas con la urgencia de quien sabía que no le sobraba el tiempo: a pocas semanas del primer año de constituida la dictadura, sería secuestrado y nunca más se sabría nada de él.

Motivos les sobraban a los criminales del terrorismo de Estado para ensañarse con Enrique Raab: era judío, homosexual, periodista y militante del PRT.

El valor testimonial, periodístico y literario de su obra, invita a compartir en este bazar modesto algunas de sus crónicas más celebradas.

Pero esto se ha hecho largo y las lumbares se están quejando demasiado.