sábado, 25 de enero de 2020

Como aquella princesa del librito de cuentos. Eva Perón en España, año 1947 (octava parte: el "caso español", según el José María de Areilza)

El repaso del viaje de Estado de Evita a la España dictatorial de Francisco Franco viene extendiéndose (quizás, más de lo aconsejable), dado que entiendo que sus alternativas exigen una contextualización estricta para eludir toda simplificación mendaz de tanto filibustero. 

En consecuencia, la evaluación de ese relevante acontecimiento político debe llevarse  a cabo considerando la excepcional situación de Argentina y España entonces, para que las conclusiones a las que arribemos estén mínimamente justificadas. Ello, sin perjuicio de la habilidad o torpeza de quien evoca, cuestión sobre la cual no me corresponde opinar. Aunque pueden tener la certeza de que en este bazar sobra honestidad intelectual.

Para entendernos mejor: no se oculta nada de lo que cae en mis manos, de lo que conozco ni se tergiversan las fuentes, escrupulosamente estudiadas.

Aclarado el punto, recuerdo que al publicar la tercera entrega de esta saga me esmeré en atender a las motivaciones políticas de la visita (y de la relación bilateral) de un lado y el otro del Atlántico. Vuelvo ahora, sobre el tema.

Habíamos escrito acerca de la necesidad acuciante del régimen de Francisco Franco  de llegar a un acuerdo con Buenos Aires ante la asfixia que sufría desde frentes diversos. El internacional, a partir del boicot que las potencias vencedoras de la Segunda Guerra y la exclusión de España de la recién creada Organización de las Naciones Unidas; el interno, de necesidad extrema en procura de alimento para un pueblo al borde de la hambruna, escenario íntimamente relacionado con el bloqueo internacional referido. En este esquema, la relación bilateral con la Argentina no podía ser más oportuna.

La Argentina de Perón también era tratada con hostilidad por esas potencias: Stalin se había opuesto a la integración de nuestro país de las Naciones Unidas y Truman, había decidido excluir a los productos argentinos del "Plan Marshall" por el cual se inyectarían miles de millones de dólares para la reconstrucción de los países europeos devastados por la guerra, con excepción de España, como hemos anotado. En ese contexto: "el gobierno peronista buscó desde sus inicios acercarse también a otros países del viejo continente: en los marcos de la política de convenios bilaterales de comercio compensado, los créditos otorgados a Bélgica, Italia y Francia y, en particular, las relaciones comerciales con la España de Franco, procuraron garantizar  la colocación de excedentes agrarios en esos países y obtener, a la vez, insumos y materias primas industriales, aunque esto se dificultaría por la aguda debilidad económica de las naciones europeas, todas ellas con monedas inconvertibles. De todas formas, implicaba un desarrollo de relaciones con el continente europeo que se acrecentaría en los años '50. Un caso particular y punto culminante de esta política lo constituyó el protocolo Franco-Perón de abril de 1948: la Argentina abría un crédito a España por 1800 millones de pesos garantizando la provisión de trigo hasta 1951 a cambio de hierro y otros insumos" (en: Mario Rapoport y Claudio Spiguel, Relaciones tumultuosas. Estados Unidos y el primer peronismo, Emecé Editores, Buenos Aires, 2009, p. 232).

Las tratativas del protocolo “Franco-Perón” de abril de 1948 y la organización de la gira española de Evita tuvieron un actor central del cual hasta ahora nada dijimos: José María de Areilza.

"Miembro distinguido del círculo católico que rodeaba al ministro español de Asuntos Exteriores, la designación de este personaje -que algunos años más tarde sería destinado a Washington con el fin de concertar los vitales acuerdos hispano norteamericanos- indica la relevancia que atribuía Madrid a las relaciones con la Argentina en aquellos difíciles años de la posguerra. El flamante embajador tenía por misión obtener un nuevo crédito por 1.250 millones de pesos, con amortización a largo plazo, a ser posible, 50 años" (Mónica Quijada, "El comercio hispano-argentino y el protocolo Franco-Perón: una complementariedad frustrada", en A. Filippi, dir., cit. p. 466).

A poco de llegar a su destino sudamericano, de Areilza había publicado un trabajo mediante el cual procuraba terciar en la discusión acerca del entonces denominado "caso español", sobre el cual nos vamos a extender. 

Describía la situación española de ese tiempo en los siguientes términos, la de: "una nación independiente y soberana que padece, por los fraudes y azares del sistema electoral, una insufrible tiranía demagógica que -tras cinco meses de crímenes incendios, atropellos y saqueos- culmina en el asesinato, por orden del gobierno, del jefe de la oposición parlamentaria. La violencia llama a la violencia, y un sector del Ejército, con una gran masa del pueblo, se alzan en armas contra el despotismo marxista. el golpe de Estado fracasa y se enciende la guerra civil " (en: Embajadores sobre España, Instituto de Estudios Políticos", Madrid, 1947).

Con enorme poder de síntesis, resumió los antecedentes de la Guerra Civil que había dejado cientos de miles de muertos a lo largo de toda España, heridas que no cierran y sangran todavía. Se impondría, quizás, un análisis detallado de las circunstancias políticas antecedentes a esa Guerra Civil, la cual diferimos porque nos alejaría de nuestro objeto, que es la visita de Evita a España.

Anotaremos que cuando de Areilza alude a los "fraudes y azares del sistema electoral", a la vez de proclama su profesión de fe autoritaria, refiere a las últimas elecciones celebradas en tiempos de la Segunda República, en febrero de 1936, las que le habían dado el triunfo al "Frente Popular" gobernante sobre la coalición de las derechas (“C.E.D.A."), bando al que pertenecía el embajador.

Ese triunfo fue el canto del cisne del régimen republicano; por lo inesperado y porque arrojó a los derrotados a la sedición (en particular a los sectores del Ejército que se levantarían en armas en Marruecos, en julio de ese año, con Franco a la cabeza). Golpe militar cuyo aborto, dio inicio a la guerra civil, que se extendería hasta el 1º de abril de 1939.


Aquellas elecciones de febrero de 1936, que de Areilza denunciaría fraudulentas, fueron objeto de una extensa crónica firmada por un periodista argentino, corresponsal del diario El Mundo de Buenos Aires de nombre Roberto Arlt. 


Arlt, entre abril de 1935 y julio de 1936 estuvo en España, lapso durante el cual realizó una extensa recorrida que alcanzó prácticamente, todas las regiones españolas. Como dijimos, trabajaba para el periódico El Mundo donde publicaba crónicas, sus célebres “aguafuertes”.

Su pluma exquisita dejó testimonio de la cultura gallega, asturiana y española de aquel tiempo, incursionando también (obligado por los hechos) en la efervescente realidad que entonces se respiraba en cada rincón de la península: "El triunfo de las izquierdas", publicado en El Mundo, 26 de febrero de 1936, es una de estas contribuciones (para quien quiera solazarse con la pluma arltiana remito a: Aguafuertes de viaje. España y África, Hernández editores, Buenos Aires, 2017, pp. 405/8).

Sigamos con Embajadores sobre España: “una insufrible tiranía demagógica que -tras cinco meses de crímenes, incendios, atropellos y saqueos- culmina con el asesinato, por orden del Gobierno, del jefe de la oposición parlamentaria. La violencia llama a la violencia, y un sector del Ejército, con una gran masa del pueblo, se alzan en armas contra el despotismo marxista. El golpe de Estado fracasa y se enciende la guerra civil. La lucha entre los dos bandos se dilata en el tiempo porque Europa se halla -independientemente de la discordia española- en vísperas de otra gran guerra, y los futuros beligerantes quieren tomar posiciones sobre el tablero de la Península. Francia y Rusia apuestan decididamente al bando rojo, con descaradas intervenciones y apoyos. Italia y Alemania, en cambio, al bando nacional, para contrapesar aquella injerencia. Inglaterra y Estados Unidos optan por una prudente política de abstención”. 


Recapitulemos. 

De Areilza, en su reseña de los hechos refiere a las denuncias formuladas en el Parlamento español en 1936 por los diputados que encarnizadamente se oponían al gobierno de Manuel Azaña, formado a partir de las elecciones de febrero de ese año, cuando el diputado monárquico José María Gil Robles en las Cortes sostuvo [sin haber aportado las fuentes de esa información] que: “desde el 16 de febrero habían sido quemadas 170 iglesias, se habían cometido 269 homicidios y 1.287 personas habían resultado heridas, se habían declarado 133 huelgas generales y 216 parciales” (en; Antony Beevor, La Guerra Civil Española, Crítica, Buenos Aires, 2015, pp. 72-74). Refiere al líder de la oposición parlamentaria José Calvo Sotelo (el más agresivo de los parlamentarios de la derecha reaccionaria) quien sería muerto el 13 de julio de 1936, a manos, se presume, de un guardaespaldas de Indalecio Prieto, líder socialista, luego de haber sido arrestado en su casa. La muerte de Calvo Sotelo, había sido precedida de la del teniente de la Guardia de Asalto y militante socialista José Castillo, sucedida el día anterior. 

Ambos crímenes fueron la piedra de toque de la Guerra Civil. La sangría que teñiría España toda parecía no sólo inevitable, sino deseada por unos y otros. 

Me siento tentado a avanzar sobre estos dramáticos y decisivos acontecimientos, pero me desviaría muchísimo de mi objeto de investigación cual es (debo recordármelo) el viaje de Evita a España. 

Sin embargo, para un análisis más completo de la cuestión aconsejo la lectura de las crónicas que Roberto Arlt publicó durante esos dramáticos días para el diario El Mundo: "La destitución de Alcalá Zamora. Un momento dramático de la política española" (15/4/36); "Política española: la etapa de los atentados" (20/4/36); "Política española: más sucesos graves" (27/4/36). En esta última, luego de reseñar gravísimos hechos concluyó: "Dificulto que el odio político pueda alcanzar rigidez más violenta que la actual. Odio con sed golosa de sangre fresca" (en Aguafuertes..., cit., p. 462). Gracias a la generosidad de Carlos Ameijeiras, tuve la oportunidad de publicar en Alborada dos columnas relativas a la trayectoria y martirologio de José Pepe Miñones Bernárdez, político y empresario corcubionés, diputado republicano galleguista cuando fue asesinado en diciembre de 1936. Véase: "Pepe Miñones y don Gregorio, republicanos de honor", en el número 196 de septiembre de 2018 y "Las razones de una evocación necesaria", el número 197 de septiembre de 2019. 

Continuamos con el texto del embajador de Areilza: "al cabo de tres años de feroz contienda, el Movimiento Nacional alcanza rotunda victoria. El grupo comunista, vencido, se expatría llevando consigo el oro, las divisas y cuantos objetos de valor encuentra al alcance de la mano, y dejando tras de sí una estela de nefando recuerdo. Todas las naciones civilizadas, incluso Francia, reconocen diplomáticamente al Gobierno legítimo del General Franco. Únicamente los gobiernos de Rusia y de Méjico, que son los beneficiarios del inmenso latrocinio perpetrado por los fugitivos, prefieren quedarse con el botín en depósito, sin entablar relaciones de ninguna clase con el nuevo Régimen".

Definió con claridad a los enemigos de la España de Franco: la Unión Soviética y México, país al cual habían emigrado los republicanos derrotados e incluso constituido el gobierno de la Segunda República en el exilio.

Más adelante protesta por la que considera una injusta imputación, al achacarse a Franco una postura durante la guerra (aunque neutral) funcional a los intereses del Eje Berlín-Roma. Sin embargo, la actitud  de España durante la guerra, según de Areilza, significaba exactamente lo contrario: "si el 'slogan' comunista que, durante nuestra contienda, motejaba constantemente al Estado nacional de ser una simple hechura ítalo-germana, hubiera tenido siquiera un ápice de verdad, la ocasión era más propicia para manifestarse. Después de la campaña relámpago en Polonia, el Ejército alemán conquistaba fulminantemente Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica y casi toda Francia, sin encontrar ya oposición militar en el Occidente de Europa. La III República vecina [Francia] yacía desvencijada a los pies de Hitler, y también de Mussolini, que quiso ser accionista de la que él creía segura victoria. Y entonces ¿qué hizo España? El Gobierno Nacional no se movió. Mantuvo la neutralidad a ultranza, en momentos de enorme dificultad moral y material".

Una verdad a medias. dado que si bien cierto que Franco mantuvo la neutralidad española durante la Segunda Guerra (desairando al propio Hitler cuando la entrevista de Hendaya de octubre de 1940, mientras se desarrollaba la visita de Himmler a España); obviaba un dato medular: la participación de la "División Azul" por la cual Franco proveyó al ejército alemán 50 mil voluntarios españoles que participaron del sitio de Leningrado, detalle que tendría muy presente Stalin al final de la Guerra.




Así: "el mundo errante de los expatriados y el comunismo soviético no podían, en efecto, resignarse a no sacar partido de la que ellos creyeron ventajosa oportunidad. El Frente Popular trashumante, rumiando despechos y mabaratando el tesoro robado, lanzó a voleo la consigna de que nuestro Régimen estaba visceralmente ligado a los fascismos en derrota, y que era preciso acabar con él, al término de la guerra, como medida de profilaxis urgente. El Gobierno soviético -gran vencido de 1936-1939, en España- recogió la idea con entusiasmo, no solamente por espíritu de revancha, sino por motivos estratégicos elementales. En la tortuosa política exterior de la Unión Soviética, que se iba perfilando desde Teherán y Yalta, hasta Postdam y San Francisco, la pieza de una España sovietizada era la clave necesaria para el dominio total de Europa. Perto esto, que era bien claro, no lo entendieron, o no lo quisieron ver, todavía los anglosajones".

A ellos se dirigía de Areilza, cuando se preparaba el escenario de la Guerra Fría, a partir del cual se mezclaría la baraja internacional y, los parias de esa hora, serían los indispensables aliados de los Estados Unidos en una nueva lidia, la que encabezaría contra el primer enemigo del régimen de Franco: la Unión Soviética. 

El conde de Motrico lo sabía y atizaba la hoguera: "de un extremo a otro del mundo -iniciado por la confabulación de nuestros exilados con el Kremlin y secundado por los partidos socialistas, la gran prensa internacional, las radios irresponsables, las maquinaciones sectarias y el papanatismo democrático universal- el gran proceso de acusación contra nuestro Régimen se puso en amrcha. El 'caso español' se fue forjando de este modo, con esa facilidad que tioene nuestra patria para ser el blanco de las conjuras de opinión exterior que ya encolerizaban hace tres siglos al autor de La España defendida [Francisco Quevedo], e igualmente hacían exclamar a Gracián: 'Somos la primera nación de Europa, odiada por tan envidiada. Un día se nos acusó de ser fascistas y totalitarios. Al siguiente, de haber ayudado al Eje durante la guerra. Después, de servir de refugio a los pro-hombres nazis. Más tardes de entregaron con frenesí a la obtención de la bomba atómica. otra vez, se descubre que amenazamos gravemente la paz del mundo... Las denuncias no han acabado, ni se extinguirán en mucho tiempo. Al menos, mientras quede algo de oro español en las cajas fuertes rusas y mejicanas, apra comprar votos y plumas. Y en tanto que la U.R.S.S., con sus satélites, siga creyendo necesaria, para su juego, la baza de España".

Como esta entrada se ha vuelto demasiado extensa, difiero para la próxima el detalle de las actividades llevadas a cabo por José María de Areilza en Buenos Aires, cuando tuvo una intervención decisiva en la organización de la visita de Evita a España y en las tratativas de la firma del Protocolo "Franco-Perón", de abril de 1948.

miércoles, 22 de enero de 2020

Como aquella princesa del librito de cuentos. Eva Perón en España, año 1947 (séptima parte: el indulto a Juana Doña)

Terminamos la entrada anterior evocando la multitud que se había reunido en la Plaza de Oriente, para asistir al solemne homenaje a Eva Perón, en ocasión de la imposición de la Gran Cruz de Isabel la Católica, de manos de Francisco Franco. 

Repasamos, con generosidad, algunas de las crónicas periodísticas (la española, a cargo del oficialista diario ABC y las argentinas, la del tradicional diario La Nación y la publicada en el periódico La Hora medio de prensa del Partido Comunista Argentino).

En la misma edición del 13 de junio de 1947 del diario comunista La Hora, dirigido por Rodolfo Ghioldi (miembro del Comité Central del Partido Comunista), al lado de la crónica titulada: "Argentina no estuvo en la Plaza de Oriente", glosa columna sin firma titulada: Dando la espalda a las víctimas para brindar con el verdugo”, de la cual leemos:

El otro día, en la Plaza Oriente, aquel Francisco Franco, sobre cuya cabeza aún chorrea la sangre de los niños españoles bombardeados en Madrid –el mismo a quien Pablo Neruda maldijera proféticamente en un poema eterno-, dijo a sus huestes en presencia de la señora Eva Duarte: ‘¡Y ahora, cantemos los cantos de guerra para que los oiga nuestra huésped!’ Los falangistas repitieron entonces los aullidos de odio y de muerte que coreaban los ‘condottieri’ de Mussolini y los ‘robots’ de Hitler cuando su paso devastador por España. El cable no dice si volvieron a gritar: ‘¡Muera la inteligencia!’ y ‘¡viva la muerte!’, como entonces. Pero es lo mismo. Lo cierto es que obedeciendo al caudillo, cantaron a plena voz, estentóreamente. Y se explica. Es que necesitan hacer mucho ruido para tapar los gritos, los lamentos, las protestas vigorosas que se alzan desde cada garganta española. Vociferando ‘Cara al Sol’. De haberlo querido, la señora Eva Duarte de Perón habría escuchado el auténtico grito que asciende de la martirizada España. Pero prefirió ir a confraternizar con los enemigos del pueblo español, [preguntándose con indignación el columnista] ¿No le ha abierto los ojos a la visitante esa movilización general de la Gestapo española en la Plaza Mayor de Madrid? Los cables informan que fueron revisadas previamente casa por casa, tapiadas las puertas, vigiladas las personas. El dictadorzuelo teme a todo el mundo y hace perseguir a su misma sombra. Sabe que en cada español tiene un enemigo, y contiene al pueblo con ametralladoras mientras sus falangistas siguen machacando el ‘Cara al Sol’. Negándose a aceptar la evidencia, la señora Eva Duarte dijo entonces aquellos de ‘Franco ahincado… en el fervor de su pueblo’. ¡Ahincado sí, pero como se ahíncan las espinas! ¡Como las cadenas y los cuchillos está ahincado el Inquisidor enano en la carne torturada de España!”.

El cierre de la columna es elocuente, cayendo sobre el atuendo de Evita describiéndola: “Demasiado ocupada en variar sus lujosísimos tocados –despliegue poco generoso de su prosperidad ante los famélicos españoles- la señora Eva Duarte ha rechazado la realidad hispana, aceptando en cambio, ese escenario de papel pintado, ese reino de opereta que Franco preparó con fruición. No ha ido a visitar –pese a las reiteradas declaraciones humanitarias- a los españoles detenidos por millares ni a familias de los numerosos fusilados. En cambio, se presenta en los locales falangistas y bautiza con el nombre de nuestro país una brigada del ‘fascio’ peninsular. Nunca ha sido provechoso dar la espalda a las víctimas y brindar con los verdugos. En esta ocasión era más imprudente y menos aconsejable que nunca. La repugnancia que inspira en todo el mundo civilizado esa hechura del Eje que es Franco está expresando con más vehemencia cada vez.” Finaliza la nota, previa evocación de una silbatina pública a la que fuera sometido el embajador franquista en Buenos Aires, con antelación al viaje que se comenta, sentenciándose: “es la más noble evidencia de nuestro cariño por la España a la que la señora Eva Duarte no conocerá mientras confraternice con su verdugo.


El diario del Partido Comunista, claro está, ejecutaba los dictados de Stalin, entonces empecinado, en condenar a España al aislamiento internacional, lo cual he tratado en la tercera entrega de esta saga y sobre lo que volveré en la próxima. Por lo cual, no sorprende la prédica colmada de descalificaciones al régimen franquista; máxime cuando las heridas de la Guerra Civil aún supuraban, evento en el cual se habían involucrado personalmente cientos de militantes comunistas de las regiones más variadas.



Aunque, el calor del odio, nublaba la honestidad intelectual de quien describía de tal modo el paso de Eva por España, quizás desconocido entonces, puesto que lejos estuvo de embanderarse con el franquismo ni, mucho menos, de despreocuparse de la suerte que corrían los millones de hambreados que esa guerra atroz había dejado a lo largo de toda la península, razón esencial de su visita, como hemos anotado reiteradamente.


La periodista y ensayista Vera Pichel, quien tuvo en esos años la posibilidad de acceder a la intimidad de nuestra protagonista y dejó testimonio de ello en el libro que vamos a citar (trabajo consular, citado reiteradamente en las biografías de Evita que vengo reseñando) conversó sobre su viaje a España a su vuelta.

Entonces, Evita le recordó sus primeros días en Madrid: "cuando viajaba en coche llamaban mi atención mujeres mayores sentadas en banquitos portátiles, instaladas por lo general en las esquinas, teniendo en la falda un cajoncito con cigarrillos para vender. Pero lo raro es que no vendían por atado, como estamos acostumbrados aquí, sino de a un cigarrillo o dos. Pasaba la gente y alguien se detenía y pedía un cigarrillo, pagaba con céntimos y seguía su marcha. Pregunté quiénes eran esas mujeres y porqué estaban en la calle vendiendo de ese modo, y me contestaron que eran viudas de la guerra, que habiendo perdido a sus maridos e hijos, así se ganaban algunos centavos por día".

Luego de confiarle a Pichel que cuando ella se interesaba en esas mujeres, el chofer del automóvil en el que se dirigía aceleraba para impedir el deseo de la ilustre visitante de tomar contacto con ellas, confesó que en una ocasión, fuera de protocolo había, visitado el Rastro de Madrid.

"¿Te imaginás una escapada sin avisar a nadie? [confió Evita a su amiga Vera]. Llegamos a media mañana y como yo jamás había estado en un Mercado de Pulgas, como se le llama esa actividad, el Rastro me impresionó. Allí se vendía, o se malvendía todo y de todo. Desde un gran cuadro hasta una bacinilla. Desde un jarrón de tipo palacio hasta el desteñido camisón que alguna vez alguien había usado. Un espectáculo completo y difícil de olvidar. Cuadras enteras con roda clase de cosas: muebles, ropas, enseres; en fin, de todo. Fijáte que por ahí me enfrentó una mujer toda vestida de negro, de mirada triste, cara consumida que llevaba colgadas de una de sus muñecas cadenitas doradas con una cruz. Le pregunté algo, no recuerdo bien qué, pero sí me acuerdo cuál fue su respuesta: 'soy una viuda de guerra -dijo-. A mi marido y a mis hijos los mataron y yo tengo que mantener a tres nietitos. Cómpreme algo, linda señora, que es para mis nietitos".

Refirió que entabló un diálogo con esa mujer a quien le preguntó acerca de la ayuda que recibían del Estado español (con la condigna respuesta negativa de la viuda y madre de hijos muertos en la guerra), para extenderse acerca de su condición de vida en su modesta vivienda del barrio Lavapiés y ante la pregunta de Pichel, respecto de si le había comprado la cadenita contestó: "Sí. Las pagué todas y me llevé sólo dos. Esa mujer me partía el corazón. La hubiera traído conmigo y sus tres nietitos a Buenos Aires para darle mejor vida, más digna, más humana. Hubieras visto cómo lloraba" (Vera Pichel, Evita íntima, Planeta, Buenos Aires, 1993, p. 123).

Otras evocaciones de Evita en el libro citado, acentúan el despropósito de la semblanza publicada en la columna del diario La Hora con la que inicié esta entrada, híperactividad y empatía con los más desfavorecidos de Evita que tenía desconcertados (y muy preocupados) a los integrantes del matrimonio anfitrión, en especial a la de género femenino: Carmen Polo.

Algo hemos escrito sobre esta mujer, quien era la personificación de todo lo que Evita no era ni quería ser. Católica ultramontana, por tal, reaccionaria; mojigata, altiva e hipócrita, llevaba puesta siempre en los labios una sonrisa tirante, por lo forzada, por lo falsa. Aunque de bello aspecto, su alma de hielo, su crueldad inclaudicable, hacían de La Collares (así se la conocía y se la recuerda aún hoy en España) el arquetipo de la villana perfecta.

Podría extenderme acerca de la Polo, pero recordarla me hunde en el fastidio.

Podría escribir acerca de su avidez por los collares de perlas (de allí su apodo) y el modo mediante las que les conseguía; del saqueo (literal) de obras de arte que perpetró en ese tiempo en el que todo le era permitido. Incluso del siniestro "Patronato de la Mujer", entidad dirigida durante esos años por ella misma la cual, según el recuerdo de Consuelo García Cid, otrora interna de las ergástulas medievales administradas por ese Patronato, era "una especie de Gestapo a la española", concebida para "ayudar a las mujeres que estaban en riesgo de caer en la mala vida: mujeres que fumaran por la calle, se acostaran con su novio, se dieran besos en público, frecuentaran bailes, se sentaran en la última fila del cine", cuya actividad principal, en la capilla de esas tétricas instalaciones en las que se privaba de libertad a las jóvenes descarriadas, se hacía desfilar a las más agraciadas, para que los hombres solteros de la "alta sociedad" española eligieran esposa. Creo que está claro porqué no quiero escribir sobre esta persona (ver: "Carmen Polo dirigía el Patronato de la Mujer en el que se calificaba a las jóvenes como 'completas' o 'incompletas' según su virginidad", en el Punto de mira, del 24/10/2019. Disponible en: https://www.cuatro.com/enelpuntodemira/carmen-polo-patronato-mujer-virginidad-organizacion_18_2839470390.html)
Sólo evocarla, para dar cuenta de las razones de su relación imposible con Evita. Tanto fue el disgusto de la española que sería la esposa del presidente Perón la última huésped oficial que residiera El Pardo.
Idéntica a sí misma, en ocasión de recibir cierta sugerencia de la Polo ante sus salidas fuera de protocolo, inmiscuyéndose en asuntos que a su criterio no le atañían recordó Evita que: "una vez casi nos peleamos con la mujer de Franco. No le gustaba ir a los barrios obreros y cada vez que podía los tildaba de 'rojos' porque habían participado en la guerra civil. Yo me aguanté un par de veces hasta que no pude callarme más y le respondí que su marido no era un gobernante por los votos del pueblo, sino por imposición de una victoria [...]. Le conté cómo ganaba Perón las elecciones y como gobernaban porque la mayoría del pueblo así lo había determinado. A la gorda no le gustó nada, y yo seguí alegremente contando todo lo bueno que habíamos logrado. Por ahí quiso largarme una estocada: 'Los obispos vuestros -dijo- pueden dar razón de las tropelías de lso rojos...'. 'Señora -coontesté-, cuando se fomentan guerras hay que aguantar sus resultados. El general Franco gobierna tras la guerra, y es fácil tildar con colores a sus participantes. Nuestros obispos se ocupan de cosas argentinas'. Y así corté la conversación" (Pichel, cit., p. 122).


Además de recorrer barrios obreros, hablar con la gente, interesarse en sus pesares tomándole el pulso a la Madrid de la posguerra, algo más trascendental aún haría Evita.

Leamos al periodista argentino, Hugo Gambini, recientemente fallecido, antiperonista acérrimo, referir estas alternativas: "Sus sonrisas, que repartía a raudales junto con los billetes, cautivaban a los españoles. Se sentía a gusto entre ellos y así se lo confesaba a sus acompañantes: ‘Estos gallegos son macanudos. Tutean a todo el mundo. Además aquí no hay políticos, no hay oposición, nadie critica y se respeta al gobierno’. Lo decía con sinceridad, al extremo que llegó a pedir la libertad de Juana Doña, la más importante dirigente femenina del Partido Comunista Español, conocida como ‘la segunda Pasionaria’, quien acababa de ser condenada a muerte en un juicio sumarísimo. Franco se vio obligado a acceder al pedido y la indultó, aunque posponiendo su liberación. Doña recuperó su libertad en 1954, pero jamás aceptó públicamente que le debía la vida a Evita. Sin embargo, en conversaciones con el periodista argentino Armando R. Puente reconoció: ‘la intervención personal de La Perona –así dijo- en la conmutación de la pena capital (del autor citado, Historia del peronismo. El poder total (1943-1951), Planeta, Buenos Aires, 1999, p. 168).

La referencia dignifica al trabajo y al propio Gambini quien, a pesar del antiperonismo de acero inoxidable que cultivó a lo largo de toda su vida (botón de muestra: su último libro, publicado por Editorial Sudamericana, sobre el balance que le merecía al autor el legado del peronismo en la historia contemporánea reciente lleva el título eufemístico: Crímenes y mentiras), no manipuló los hechos, dando cuenta de una gestión humanista y trascendente, con la condigna consideración de Gambini, quien no la disimula.

Juana Doña era en efecto una de las figuras destacadas del exánime comunismo español de entonces: educadora y precoz feminista. Joven viuda de Eugenio Mesón, militante como ella, fusilado en 1941, era madre de un niño de 7 años, Alexis Mesón Doña, que jugará un rol decisivo en la conmutación de la pena de su madre. Estaba presa, acusada de haber colocado un explosivo en la Embajada argentina en Madrid (que no había reportado heridos ni víctimas fatales), semanas antes de la visita de Evita.

Valia Doña hermana de Juana, actriz de burlesque, al enterarse de la condena a muerte firmada por Franco (que alcanzaba a otras 102 personas) lo comentó a un muchacho argentino que integraba la compañía, quien le sugirió que diese intervención en el asunto a la esposa de Perón, cuando llegase a Madrid.

Con la astucia de los desesperados ideó un artilugio que sería infalible. Siguió el consejo de pedirle a Evita por su hermana por escrito, con el siguiente detalle: la dictó a su sobrino Alexis. Escribió con la letra despareja de un niño de 7 años, una carta que decía: "Señora Eva Perón, por favor, a mí me han fusilado a mi padre y ahora van a fusilar a mi madre. Le pido que haga algo, por favor".


La carta llegaría a manos de Evita, quien haría la gestión ante el mismísimo Franco y conseguiría el favor solicitado. Una prueba más, entre tantas, de la lejanía política, ideológica, humanitaria, cristiana, incluso, de la huésped y sus anfitriones. Nadie que tuviese convicciones e imaginarios falangistas, hubiera realizado semejante solicitud.

Anécdota que dio pie a la realización de una miniserie emitida por la "Televisión Española" en 2013. Nuestra compatriota Julieta Cardinali, jugó el papel de Evita con solvencia y la belleza y la luminosidad que evidencia la foto. Jesús Castejón juega un Francisco Franco al borde la caricatura y Ana Torrent, tiene que cargar con el peso de interpretar a la Carmen Polo. Otra compatriota, Malena Alterio, a nuestra amiga Lillian Lagomarsino de Guardo (los realizadores sostienen buena parte de la trama en los recuerdos de ella, que venimos glosando) y Carmen Maura, a la madre de Juana, quien, al igual que a lo largo de toda su carrera, hizo todo bien. El papel de Juana Doña fue para Nora Navas, una actriz que ya nos resulta una cara familiar; la hemos visto en "El Ciudadano Ilustre" de Cohn y Duprat y en "Dolor y Gloria", la última joya de Pedro Almodóvar, de notable labor. La miniserie podría haber estado mejor, aunque nos conformaron las actuaciones y el clima de época.

No me quedo con las ganas de citar a Alicia Dujovne Ortiz en esta entrega. El pasaje que sigue es una especia de resumen de lo escrito: Evita demostró ser una actriz desconcertante en esa puesta organizada por Franco. El mismo día, después de almorzar, se empeñó en visitar los barrios pobres. Con semejante calor, doña Carmen hubiese preferido dormir la siesta, sobre todo porque a la noche los esperaba una recepción en El Pardo. Pero su huésped tenía energía de sobre: no contenta con recorrer esos barrios en automóvil, entraba en cada casa destartalada, le preguntaba a cada hombre de mejillas chupadas si tenía trabajo, se preocupaba por la enfermedad de un niño, dejaba tras de sí un torrente de pesetas y no paraba de repetir que no era caridad, sino ayuda social. Justicia. Los pobres tenían el deber de pedir. Y vuelta a hablar de Perón, del Plan Quinquenal de Perón, de la Revolución Peronista. Doña Carmen conservaba la misma sonrisa que parecía pintada, pero las comisuras de su boca descendieron un poco cuando Evita le pidió a Franco que indultara a una Doña del otro bando: Juana Doña, la comunista condenada a muerte. ¿Quién hubiera podido negarle algo a tan encantadora invitada? Franco le perdonó la vida a Juana Doña, y doña Carmen volvió a pintar sus labios hacia arriba." (cit., 282/3).


Juana salvó su vida, gracias a Evita, quedó claro. Salió en libertad en 1962, con la imposición de dejar en España, radicándose con Alexis en Francia hasta la caída del régimen de Franco. Pudo volver a su país, mudando su domicilio a Barcelona, donde continuó su militancia en el comunismo. Participó de cientos de actos, publicó libros (uno de ellos, testimonial) y fallecería en octubre de 2003 a dos meses de cumplir 85 años.



56 años de sobrevida, se los debía a Evita.


Y aunque de la cita de Gambini se desprende cierta ingratitud de Juana hacia Evita (a quien trata con un despectivo La Perona), un año antes de morir aceptó hablar del evento que evocamos con la periodista Silvia Pisani del diario argentino La Nación.


Recordó que encontrándose en la cárcel de mujeres de Madrid: "esperó 40 madrugadas que llegara la de su hora. Los diarios madrileños contaban en tapa el viaje de Eva por Madrid, Toledo, Sevilla Granada y la adoración de quienes le agradecían la ayuda -y la comida- enviada por la Argentina. Un día de agosto un funcionario me avisa: le traigo una alegría. La han conmutado. Yo pregunté por mis compañeros y supe que los habían fusilado esa misma mañana. A todos, menos al chaval [un menor de edad llamado Eu Moya que había sido detenida con ella]. Recuerdo que dije: ¿de qué alegría me habla, entonces?"

Preguntada por la periodista acerca de las razones por las cuales nunca había dicho nada a Evita dijo: "no me interesé yo ni se interesó ella. No tuvimos relación. Ni le di las gracias. Quedamos en paz. Para mí fue la vida. Para ella, la posibilidad de exhibir el haber conmutado la pena a la mujer a la que se acusaba de poner la bomba en la embajada, como si eso fuera cierto"  (Silvia Pisani, "Adiós a un enigma de medio siglo", La Nación, 9 de noviembre de 2003).

Dijo haberse enterado tarde de la muerte de Eva, ocurrida en Buenos Aires, en julio de 1952. Entonces se encontraba en la cárcel de Guadalajara donde había sido recientemente trasladada. Admitió: "me hubiera gustado enviar un telegrama, al menos. Al fin y al cabo, vivía por ella".  

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lunes, 20 de enero de 2020

Como aquella princesa del librito de cuentos. Eva Perón en España, año 1947 (sexta parte: en Plaza de Oriente)

Cerramos la entrega pasada con evocaciones de la portentosa recepción a Evita al llegar el 8 de junio a Madrid.

Fastos que empalidecieron ante las efusiones que habrían de manifestarse a partir del día siguiente,  con motivo de la imposición, por parte del dictador español, de la Gran Cruz de Isabel la Católica, ocasión que congregó, según detallan las crónicas que se reseñarán seguidamente, una muchedumbre calculada en centenares de miles de españoles, apiñados bajo el sol de plomo del mediodía del 9 de junio de 1947 en la Plaza de Oriente.


Raanan Rein evoca que para ese acto, celebratorio de la imposición a Evita de la máxima distinción concedida por el Estado español: “el mecanismo de propaganda y la organización franquista volvían a funcionar a todo vapor. Comercios, oficinas y fábricas cerraron durante cuatro horas, el ministro de Educación proclamó un día asueto en las escuelas, y en los sindicatos obreros incitaron a sus afiliados a concurrir al acto principal, todo ello para que decenas de miles de personas pudieran participar en una demostración de masas en apoyo de la Argentina y del Caudillo, frente al Palacio Real, donde tendría lugar la ceremonia”.

No deja escapar el profesor israelí un detalle que sería puntualmente destacado, en especial por los sectores enconados a ese encuentro bilateral: “Después de la ceremonia, que fue transmitida por altavoces a la multitud que esperaba afuera, Evita salió al balcón del Palacio al lado del generalísimo. La muchedumbre aplaudía clamorosamente y en ese momento un puñado de falangistas, en el centro de la plaza, comenzó a levantar la mano haciendo el bien conocido saludo fascista. Muchos otros se les unieron en ese deshonroso gesto, que ya había sido proscripto oficialmente. Evita y Franco retribuyeron el saludo. Aunque es posible que Evita solía agitar su mano, levantándolo muy alto para agradecer a la muchedumbre. La prensa mundial escribió que ella había hecho el saludo fascista, con lo que sólo causaba daño a la imagen del régimen de Perón” (El pacto Perón-Franco..., cit. pp. 55/6). 

Ese saludo tuvo particular reflejo en la prensa norteamericana. La revista “Times” del 23 de junio de 1947, se extendió en la reminiscencia entre el brazo extendido al saludar a la multitud de Evita y la simbología nazi-fascista. Analogía desdeñada por la siempre elocuente Alicia Dujovne Ortiz: “también a ella le atribuirían sentimientos quizás ajenos cuando, terminada su improvisación, saludó a la multitud, según su costumbre, alzando el brazo derecho y moviéndolo apenas, casi sin doblarlo. Un gesto fácil de confundir con el saludo fascista. Al día siguiente, la prensa española no se privó de sugerirlo.” (cit. p. 282).



La honestidad intelectual de la escritora –que cuando lo considera, no le dispensa críticas a Evita-, sumada al escepticismo de Rein, agota el punto que destaqué para poner en evidencia la intensidad de la campaña de internacional de desprestigio en marcha para demérito de la visita de Estado que estamos evocando.

La biógrafa se detiene en el vestuario de Evita con esa pluma que ya le conocemos, que a veces nos enoja y otras nos divierte: “Hacía mucho calor. Una vez más, doña Carmen Polo de Franco llevaba vestido negro y capelina de mosquetero. Sólo dos detalles habían cambiado: el escote, de triangular que había sido en la víspera, se había vuelto cuadrado, y en lugar de una pluma erguida y sola, el sombrero ostentaba una cascada de plumas blandas. En el cuello, perlas. Evita, en cambio, había cambiado mucho desde el día anterior. Pedro Alcaraz se había limitado a retocar la banana que le rodeaba la nuca. Pero ahora, esta banana sólo resultaba visible para los que se hallaban a su izquierda. Vista desde la derecha, la banana desaparecía bajo un enorme tocado de plumas solitarias que acariciaban suavemente la mejilla de Evita y parecían la causa de su sonrisa soñadora. Tampoco esta mañana sonreía con franqueza. Llevaba un vestido estampado flexible y brillante, como de terciopelo de seda. Pero apenas si se pudo entrever el modelo, ya que, pese al calor, Evita soportó la ceremonia entera sin quitarse la capa de marta cibellina […] parecía necesitar una prenda envolvente” (ibídem).

Era inadecuado atuendo de Evita para ese mediodía madrileño tórrido. Sin embargo, me permito inferir el siguiente detalle. Es claro que el vestuario que Evita luciría a lo largo de su extenso periplo europeo lo había decidido de antemano, en Buenos Aires. Y, seguramente, para el acto que evocamos habrá querido estar especialmente elegante. Por ello, con ternura, me pregunto: ¿junio no es acaso, uno de los meses más fríos del año?

Sigue el relato: “siempre bien abrigada, escuchó el discurso de Franco, que no escatimó elogios a Perón, y terminó por tomar la palabra sin deshacerse de su capa […]. La plaza estaba negra de un gentío que gritaba los nombres de los dos militares, el Generalísimo y el General. Evita, por fin libre de su capa, tomó el micrófono para decir: ‘Franco siente en estos momentos lo mismo que Perón cuando lo aclamaban sus descamisados’. Se ignora si Franco apreció el hecho de que Evita le atribuyera los sentimientos de Perón con el único objetivo de pronunciar una vez más el estruendoso nombre que tan hermoso le parecía. […] Más adelante se pregunta: “¿cuántos madrileños acudieron a la cita? ‘Centenares de miles’, dicen los diarios de la época. ‘Cuarenta mil’, especifica Marysa Navarro. En todo caso, la plaza estaba llena, un fenómeno que se repetiría en cuanta ciudad española la recorriese la invitada. […] Recién salidos de la Guerra Civil, los españoles tenían hambre. También tenían una sed de espectáculos todavía no saciada por la televisión. Evita no podía caer más a punto con su pan y su circo. Era bonita y gentil. Además, la Argentina era la hija querida de España y Evita proclamaba su origen español […]. Todos los elementos reunidos para que el goce visual y la euforia sentimental corrieran parejos” (ibídem).

La edición del diario ABC del 10 de junio de 1947 se consagró al acto.

La noticia reflejada en la portada luce la fotografía a toda página en la que se puede advertirse la impresionante muchedumbre reunida en la Plaza de Oriente. En uno de sus márgenes, el perfil derecho de Francisco Franco observando la multitud desde el balcón, un uniformado sosteniendo un micrófono y Evita, tomada desde el perfil izquierdo, azotada por ese sol impiadoso, leyendo su discurso. Leemos el título: “La señora de Perón habla a los madrileños”.

En el interior del número, el texto del discurso completo de la visitante bajo el título: “«Amamos al corazón de España y a la Justicia.» El hermoso y vibrante discurso de la esposa del presidente argentino en el Palacio de Oriente”; mientras que el editorial propone: “Madrid desbordó su cordial entusiasmo hacia la esposa del presidente argentino, durante las dos primeras jornadas de su estancia en España.

El copete periodístico que antecede a la minuciosa crónica de la histórica jornada considera que: “Si la señora de Perón esperaba de los sentimientos fraternales españoles una acogida calurosa y digna de la efusión que aviva las relaciones entre los dos países, no podía –y sus palabras lo traducen- presentir que la emoción de España, reflejada en los actos populares del domingo y del lunes [día del arribo de la visitante y del homenaje en la Plaza de Oriente, respectivamente], pudiese vibrar y estallar con tantos alardes de sinceridad y con tanta altivez en el pecho erguido, Madrid ha manifestado su júbilo porque se le presentaba la oportunidad de expresar pública y bulliciosamente, sentimientos que, si alimentaron siempre en nuestro pueblo, no tuvieron tantas ocasiones propicias –y ninguna tan insigne como ahora- para ser enviados a modo de ofrenda al pueblo hermano, laborioso y culto, que ha creado la espléndida nación argentina de hoy. La señora de Perón que nos trae un mensaje fraternal de su pueblo y nos honra con su visita, a su pueblo llevará muchas prendas oficiales del amor de España. El mensaje de las multitudes será inolvidable, porque consolida históricamente la unión de los dos países consanguíneos y fija indeleblemente la hermandad hispánica.” Sujeta a la redacción empalagosa consignada, concluye la nota: “Las nobles palabras de la señora de Perón están suscritas por las dos naciones, cuyas banderas flamean hoy indestructiblemente enlazadas, en las calles de Madrid y de toda España.

Más adelante se reseñan los discursos, previsibles en su contenido del anfitrión y la huésped de honor.

Francisco Franco, luego de dar la bienvenida y pasar revista a la biografía e ideario de la Reina católica a cuyo nombre se consagraba la condecoración que se le imponía, concluyó su calculada alocución de la siguiente manera: “Hoy, con vuestra visita, se gloria España de aquel feliz alumbramiento al constatar en ese recio espíritu de independencia y de amor a las tradiciones hispanas de la nación argentina, de que es paladín y abanderado el insigne general Perón, esa ‘lealtad acrisolada’ que reza la leyenda de la Gran Cruz de Isabel la Católica con la que, en nombre de España, os condecoro.” 

Evita, a través del verbo alambicado de Muñoz Azpiri replicó sin dejar de resaltar la deuda de gratitud de España y su gobierno para con el gobierno peronista: “Españoles: os entrego, junto con mi corazón, el de mi esposo, el presidente de los argentinos. Sé que mi presencia no colma vuestros anhelos. Deseabais os visitara el general Perón, quien, en horas amargas de vuestra vida nacional, se presentó ante el mundo batallando por los fueros de España con la valentía del hijo bien nacido que se juega por su madre. Anhelabais contemplar al presidente de los argentinos, y en vez de él llega a vosotros una joven mujer. Pero comprended, españoles, que la Argentina sólo ansía rendiros un tributo de amor y pregonar un mensaje de paz. Y por eso estoy aquí, porque por designios divinos, es la mujer quien posee todos los recursos de la ternura y de la conciliación.” Previo a proclamar vivas a la España inmortal, no se priva de cotejar esa concentración abrumadora con otras que sucedían en esos años allende el Atlántico, de lo que dio cuenta Dujovne Ortiz en una cita consignada con antelación: “El futuro es nuestro si hemos comprendido la trascendencia histórica del momento que nos toca vivir. Y si al Generalísimo Franco se le arrasan los ojos de emoción ante el pueblo que lo aclama, porque percibe en su aliento el aliento inmenso de España: al general Perón le tiembla la voz también cuando contempla a sus ‘descamisados’ llenando la plaza de Mayo, como el pueblo español llena en estos instantes la plaza de Oriente, escoltado este pueblo y mi pueblo por la historia más hermosa del planeta. ¡Porque los hombres de nuestra estirpe saben llorar tan sólo de emoción, precisamente porque son hombres, muy hombres!”


Aunque con narración atemperada el corresponsal del diario La Nación de Buenos Aires, fue expresivo en punto a la magnificencia del acto: “la esposa del primer magistrado argentino y el generalísimo Franco, acompañados de las personalidades que se encontraban en el salón central se dirigieron a uno de los balcones del Palacio al espectáculo que era impresionante. Centenares de miles de pañuelos blancos y banderitas argentinas saludaban la presencia de la distinguida visitante. Numerosos cartelones con leyendas como: ‘Juan de Garay conquistó con su espada tu tierra. Tú con tu sonrisa conquistarás la nuestra’. ‘¡Arriba los descamisados! ¡Arriba España!’; ‘¡Perón forjador de la fe nacional de la Argentina!’, ponían una nota desusada en la manifestación. Un niño consiguió encaramarse en la gran estatua ecuestre de Felipe IV [desde donde] agitaba una bandera argentina y otra española. El Generalísimo Franco y la señora de Perón daban muestras de su emoción. El Caudillo respondía a los gritos de entusiasmo señalando a su distinguida huésped, quien respondía agitando la mano derecha y sonriendo. El Generalísimo Franco se vio obligado a pronunciar algunas palabras y de inmediato se escucharon los acordes de ‘Cara al Sol’ que fuere coreado por millares de gargantas. El mismo Franco pronunció enseguida las acostumbradas palabras ‘España, España’, contestadas por una muchedumbre con: ‘Una grande y libre’ […]. En tal oportunidad la señora de Perón pronunció breves palabras expresando que la emoción que el generalísimo Franco ‘siente en estos momentos es la misma que Perón siente cuando es aclamado por sus descamisados.’


La Hora”, periódico editado en Buenos Aires, a cargo del Partido Comunista Argentino, reflejó una crónica acorde con la repulsión que el evento les producía, en sintonía con los deseos de Moscú.

Bajo el título: “Argentina no estuvo en la Plaza de Oriente”, leemos: “La Plaza Oriente de Madrid fue anteayer teatro de una innoble, tristísima farsa. So pretexto de homenaje a la señora Eva Duarte de Perón, fue abofeteada la Argentina y denigrada España. La comparsa falangista unió el nombre de nuestro país –que no puede, que no debe estar en sus bocas envilecidas- al del dictador Franco, el rezagado cómplice el Eje que aún se niega a cumplir la suerte corrida oportunamente por sus secuaces. La señora Eva Duarte no protestó por el agravio. Por el contrario según lo informa United Press- [se alude al saludo presuntamente fascista tratado, como vimos, por Rein y Dujovne Ortiz] levantó a su vez la mano en el saludo que usaban los esclavos de Roma, con el saludo de Hitler y Mussolini (precisamente los que invadieron España para imponer a su pequeño rapaz). Tras el gesto, vinieron las palabras, no por inusitadas, más injustificables: ‘Aclamáis a Franco –dijo dirigiéndose al cónclave franquista- porque sabéis que es el jefe que está haciendo historia. ¡Arriba España, arriba Argentina! Cuesta creer [prosigue el indignado comentarista] que tal profanación se haya realizado, porque es insoportable que la Argentina sea unida así –de contrabando, fraudulentamente- a esa torpe y sangrienta parodia que es el régimen falangista. El insulto nos duele por nosotros y nos duele por España. Los argentinos queremos honda, fervorosa, sinceramente, a la madre patria; a esa España que hoy desgarrada, empobrecida, fusilada todos los días en sus mejores hombres, en sus más dignas mujeres; esa España cuyas entrañas se muestran al mundo atravesadas por la artera lanza falangista; esa España de hoy, España fantasma, trágica, esquelética, que constituye un remordimiento doloroso para todos los países libres que permiten la supervivencia del vástago ruin del Eje. […] Es que en la España Republicana la Argentina reconocía no sólo a la madre, sino sobre todo, a la amiga encendida en un mismo ideal democrático y humanitario. […] Se había dicho que la visita de la señora Eva Duarte era privada. Pero el estruendo, el extraordinario boato oficial que la rodean, desmiente tal aseveración, por lo demás, ella misma lo dijo: ‘Entiendo que esta distinción personal es ofrecida a la representación de mi país.’ […] ¡Así ha caído ese barniz de visita particular e intrascendente con que se rodeara su viaje al principio tal vez, para no ahondar los recelos que despertó en la masa peronista y en el pueblo todo! […] Ya se sabe que el aislamiento de Franco no es de hoy. Aún su reconocimiento fue hecho a media luz, tímidamente, disimulando. Hasta sus sostenedores extranjeros comprendían esa vergüenza. Por eso no tuvo visitas oficiales. Nadie quería exponerse, convirtiéndose en escarnio del mundo. Nadie quiso recibir el premio falso de sus halagos. Por eso, en esta ocasión, decidió tirar la casa por la ventana, rendir homenajes principescos y gastar, en honor de la señora Eva Duarte el pan que falta en las mesas españolas. Este lujoso recibimiento se pagará con más hambre en los hogares peninsulares. Muchos niños llorarán a causa de las risas que hubo en la Plaza de Oriente.  

Algo hemos escrito y seguiremos escribiendo sobre las aristas destacadas por el periódico de Victorio Codovilla, no obstante continúo con la transcripción de la crónica de ese medio ante el abismo que evidencia con la del periódico ABC: “El país [Argentina] ha sido comprometido en esta farsa falangista. El espectáculo fue preparado cuidadosamente para darle un hondo sentido. Que nadie suponga inocentes las afirmaciones hechas allí. Si se une a los dos países en un mismo grito fascista, es que se intenta imitar aquí lo que habiendo sido aplastado en toda Europa sólo queda en España, como resabio bárbaro y funesto. Si se mencionan mentidos destinos comunes, es que se quiere embarcar a la Argentina en una empresa ruinosa y vil de reconstruir al Eje. Véase este párrafo, escrito anteayer mismo en el diario falangista ‘Informaciones’ […]: ‘Entre la Plaza de Mayo y la Plaza de Oriente se yergue como un eje un mundo que ha comenzado a girar. Las inmensidades humanas, los descamisados de Perón y los hombres de Franco han establecido contacto espiritual y moral y caminan hacia un destino parejo.’ Mentira. Los ‘descamisados y el resto del pueblo argentino repudian ese yugo parejo que quieren atribuirles. […] Dígase con voz bien alta, que el pueblo argentino no estuvo representado en la Plaza de Oriente. Rechácense por mentirosas todas las antojadizas expresiones que intenten unirlo a la innoble farsa.

Aunque sea comprensible la denuncia de la visita desde una distancia ideológica abismal, observo que en esa nota escrita con tantos calificativos se faltó a la verdad.

Por una decisiva razón que habremos de desarrollar en futuras entregas, el boato franquista a Eva no la mareó ni le impidió que se acercase a los más desfavorecidos para hacerles llegar un soplo de esperanza. En un caso, el de una enemiga política de ella y de su marido su intervención decidida sería, literalmente hablando, vital.

Escribiremos sobre el asunto.

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