sábado, 30 de octubre de 2010

Despedidas


Todo reconoce un nacimiento, un desarrollo y un final.

Tenía pensado escribir estas líneas hace tiempo, pero no pude hacerme un hueco, que ahora lleno con estos (nuevos) delirios.  La clausura de esta experiencia, aunque solitaria y tozuda, vivificante –tal el caso mío, al menos- y dolorosa también que ha significado este espacio llega a su fin. Noticia que no es tal, dado que sólo me involucra, no obstante los pocos –aunque muy buenos, buenísimos seguidores de este espacio- merecían una explicación acerca de la decisión que tomé de dejar de compartir reflexiones, sensaciones, alborozos, temores en este lugar.

Dirime este final otro, de trascendencia bien que distinta: el de la vida de un presidente argentino que a los hijos bien nacidos de este país nos apenó, con una intensidad acorde a la adhesión a su figura, a la de su esposa presidenta, al proyecto encarnado por ambos.

Si Mario Wainfeld en su sentida despedida de la edición de Página/12 del jueves 28 de octubre comparte un abrazo con todos aquellos que a su vez compartían con él la pena por la muerte de Néstor Kirchner, desde este lugar austero tributo mi más profundo desprecio a todos aquellos que sintieron alegría con esa muerte.

Mucho se escribió y se dijo sobre Kirchner y dado que nada nuevo o mejor se vertebrará desde aquí, me quedo con el dato insidioso, socialmente e íntimamente patológico de aquellos que se  alborozaron con su muerte, que como bien predica Verbitsky en la citada edición de Página, viene a actualizar la tradición de los militantes del “Viva el cáncer”, cuando la muerte de Eva Perón.

Expresiones que evocan y renuevan la cultura política del gorilismo depredador y destructivo, cuya vigencia advertimos en este espacio.

Muchos, con mejor o peor leche, me pidieron explicaciones por mis juicios, por mi adhesión crítica al gobierno de la presidenta Cristina Fernández, no obstante algunos de ellos no puedan explicar la suya de toda una vida, allá ellos.

Me cuestionaban que siendo radical –aunque supieron combatir a Raúl Alfonsín con pasión- apoyara a este gobierno –en principio- de signo diverso. Como me conocen, algunos insinuaban –no se atrevían a expresarlo, saben quienes consultaron el lamentable intercambio sobre Firmenich que tengo poca tolerancia al agravio injusto- un móvil acomodaticio en esa decisión. No necesito explicarme ni rendir cuentas a nadie, sólo que la muerte de Néstor Kirchner, la viudez de su esposa presidenta motivan algunas reflexiones íntimas que comparto con los amigos.

Los funerales invitan al balance y en el caso de una personalidad política, ese repaso trasciende la intimidad de cada uno, compromete otras variables, supone consideraciones que nos involucran al colectivo social. Conmueven y resignifican a la persona y al tiempo que les tocó vivir. Traslucen grandezas, mezquindades o hipocresías de sus adversarios, reafirman amores y odios.

No puedo evitar la evocación de los funerales de Alfonsín –evento reflejado en este espacio-, en especial desde la “universalidad” del dolor que se dijo se sentía, a las manifestaciones compungidas de ilustres y desconocidos que se manifestaron compungidos con su deceso.

En aquella despedida de otro gran presidente argentino, subrayo las presencias de Julio Cobos y de Hugo Biolcatti, los editoriales lacrimosos de los diarios “La Nación” y “Clarín”, los tres últimos reviendo posturas de enconado desprecio a Alfonsín durante su mandato. Para escándalo de la memoria de mi querido Gallego, “Clarín”, medio que muchísimo hizo por su fracaso, decidió incluirlo entre las figuras nacionales dignas de ser rescatadas en el marco de una ramplona retrospectiva de biografías de personalidades célebres del Bicentenario argentino.

Nadie expresó odio hacia Alfonsín. A lo sumo, Hebe de Bonafini destacó –con un rigor que me consta- que en su despedida no se vieron pobres. Que sobraron –me consta igualmente- en los recientes funerales de Kirchner.

Decía de Alfonsín, que sus enemigos lo despidieron con palabras de doloroso respeto. Visto en retrospectiva, azorado por la alegría de algunos en estos días de duelo, infiero que este odio y aquel respeto, determina la imposibilidad en el radical difunto de conmover privilegios de aquellos que expresaron su pesar hipócrita; condición bien que opuesta en el peronista.

Había dicho que nada diría sobre Kirchner, porque mucho se había escrito, aunque comparto un recuerdo con los amigos, que en alguna medida ha contribuido–aunque no de manera exclusiva- a dirimir mi postura de identificación y adhesión política con su proyecto.

Creo que algo escribí. En todo caso, me siento compelido a hacerlo una vez más. El padre de mi padre, un paraguayo autodidacta que correteaba locales comerciales, salió a cumplir con su trabajo de todos los días un jueves desapacible de junio de 1955. No se supo qué gestión lo había llevado al centro de la ciudad el mediodía de ese jueves, sólo que en ese trance una ráfaga de ametralladora lo partió en varios pedazos. Calculo que habría ido a protegerse de las bombas que la marina de guerra antiperonista descargaba sobre la Plaza de Mayo y alrededores. Lo cierto es que su partida de defunción da cuenta de “múltiples impactos de bala” en su cuerpo.

Desde chico supe de la muerte del abuelo que no conocí en tales circunstancias. Con el tiempo comenzó a llamarme la atención –a partir de una reflexión de la hija menor del paraguayo, mi Tía Mary, a quien quiero mucho- por qué mi padre era antiperonista. Cómo era razonable que quien viera signada su vida por esa muerte cruel compartiera –de alguna manera- el ideario de los asesinos de su padre. Que odiase tanto a Perón, cuando de ese odio se explicaba esa muerte lacerante. Al final de su vida –moriría en tiempos de De la Rúa, tal vez eso explique mucho- me propuso una mirada más comprensiva para el peronismo, como crítica del radicalismo, partido en el que creyó tanto.

Con el tiempo mi sorpresa transitaba por otro andarivel más complejo, menos explicable: el sentimiento de vergüenza que sentían los hijos del paraguayo –que seguramente habría sentido su viuda- a causa de esa muerte. Inconcebible, aunque razonable desde los años que siguieron la caída de Perón, a poco del bombardeo sería derrocado por un movimiento autodenominado “Revolución Libertadora” que distinguiría a los asesinos del paraguayo como héroes de la libertad y barrería bajo la alfombra de la historia a tantos muertos y mutilados. Constante mantenida (va de suyo) por las dictaduras militares subsiguientes y por diez gobiernos constitucionales (seis de ellos, peronistas) que se sucederían hasta junio de 2005.

Mes durante el cual se cumpliría medio siglo de esa masacre, anticipatoria de otras tantas. Ocasión que el presidente Kirchner consideró apropiada para evocarla, para quitar la vergüenza a los deudos de los muertos ignorados durante ese lapso y asumirla en tanto Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. Estuve ahí, a pasitos del Salón Blanco. Con mi madre y mi hermana decidimos que quienes debían asistir en ese ámbito eran las hijas vivas del paraguayo muerto. No obstante, escuchamos el discurso. Oí al presidente pedir perdón. En su calidad de jefe máximo de las Fuerzas Armadas, pero en especial por la ignominia de tantos años de olvido.

Al finalizar el acto entramos al Salón Blanco, única ocasión en la que pude ver de cerca del presidente que se acaba de morir. Sería la emoción, pero no lo vi tan feo como pensaba, estaba feliz, entusiasmado, compartiendo fervores con un grupo de jóvenes presentes al efecto. Los abrazaba con ganas, se sentía a sus anchas. Quise decirle algo, me miró de soslayo, sin darme mucha bola. A quien sí escuchó fue a mi tía Rosa.

No acostumbro a releerme, pero al escribir esto último, recuerdo haber consignado la experiencia en otra entrada, a la que me remito. Sólo destaco lo que entonces me impresionó: el interés de Kirchner en mi tía Rosa y en lo que le decía. No creo que nadie sea capaz de fingir en una situación como la que generó Rosa y de hecho, Kirchner se conmovió con sus palabras. Le interesaba lo que Rosa le confiaba.

Tres años después, su sucesora, Cristina Fernández inauguraría un monumento en los jardines de la Casa de Gobierno. Está en la zona donde pronto se inaugurará el museo de la Aduana Taylor, detrás de la sede presidencial, hacia el Paseo Colón. En la base del monumento se consignan los nombres de las víctimas de la barbarie, entre ellos el de José Horacio Garcete, el paraguayo muerto por la metralla asesina de los enemigos de Perón. A fines de ese año, se promulgará una ley compensatoria para los descendientes de las víctimas de ese evento.

La emisión del programa 6-7-8 del día de la muerte de Kirchner convocó a un grupo nutrido de mujeres y hombres de la política y el arte que querían decir algo en homenaje del muerto o tan sólo, sintieron la necesidad de compartir un espacio común en esa noche de tristeza colectiva.

Entre quienes hablaron, la Tana Rinaldi dijo algo que me llegó: “vengo a despedir a un tipo que me dio vuelta la cabeza”. De alguna manera, eso me pasó a mí. No soy el mismo desde la llegada de Kirchner a la presidencia: por sus aciertos, por su apuesta, por sus convicciones y su obra, no me reconozco en aquel joven radical que cultivaba la cachaza antiperonista.
Me considero ahora parte de este modelo, en especial de este gobierno, y quizás movido por la conmoción que el funeral de su mentor auspició lo declaro, para dejar constancia, para que los íntimos me lo recuerden ante algún desvarío futuro. Paso a las filas del sector político que encarna este modelo, con observaciones, críticas y objeciones bien que de estilo, de forma. La coincidencia con el fondo de lo que se propone, el desafío que la muerte de Kirchner invita, no deja espacio para la exquisitez política o ideológica, para el disenso de irresponsabilidad achampañada.

Toda apuesta supone un riesgo. Quién sino yo puedo dar fe de ello: voté a De la Rúa con entusiasmo, creí en él. Vaya si me equivoqué.

Tal vez este sea un nuevo error, el tiempo lo dirá, sólo que –remitiéndome a lo anterior- me sentiría repugnante apelando a las medias tintas, se vienen horas difíciles y hay que estar donde se debe estar. Adentro. Con lo mucho bueno y lo mucho malo, pero dentro del espacio.

Decía de apuestas y del tiempo como juez inapelable del acierto o del error en la decisión. Sólo que en este caso me equivoco cantando. Porque me equivocaría con Estela Carlotto, con Tito Cossa, con Alejandro Dolina, con Federico Luppi, con Norberto Galasso, con Horacio González, con José Pablo Feinmann. Con tantos y tantas. Lo elijo y asumo el riesgo, a un eventual acierto con Cobos, con Bergoglio, con Biolcatti o con Carrió. Con tantos y tantas.

Y desde luego que me equivoco feliz con la Cuqui, mi hermana. Con mi Vieja que a los 64 años es un ejemplo de coraje cívico. Que repasó conductas y convicciones. Y está. Y apoya. La quiere a Cristina demasiado –no sé si hay gente que la quiera tanto-, pero estoy con ella. Que me alienta y me persuade en el imperativo de equivocarme con el proyecto.

Me despido entonces.

Tengo mucho para escribir esta vez bajo mi nombre y apellido reales Horacio Garcete, Andrés Galván es un homenaje a mi amado Gordo Soriano.

Hasta cualquier esquina. 

martes, 28 de septiembre de 2010

Firmenichismo

Entretenido con otras cuestiones, hace mucho que no dejo ninguna opinión en el espacio, por lo que arremeto, movido por la sorpresa que he verificado en el blog: la reacción de adeptos, simpatizantes, defensores o lo que fuere de Mario Eduardo Firmenich, que opusieron argumentos –generalmente con desprecio, parejo al que tributo a Firmenich, debo admitirlo- a una entrada en la cual analizaba una biografía publicada recientemente en torno de ese personaje.

Se ha tratado en este espacio la cuestión relativa a los años ’70, a la violencia política legitimada por ciertas organizaciones políticas en ese tiempo y la reacción –criminalmente descalificable- llevada a cabo por los terroristas de Estado.

Pasamos revista a las diversas recepciones que ese período había suscitado en la sociedad, para lo cual tomamos como hilo conductor a las producciones cinematográficas que se sucedieron desde 1983 a la fecha, anotando positivamente que, a partir del estreno de “Un muro de silencio” en 1993, había comenzado un rescate de aquellas militancias revolucionarias, bien que negadas en la etapa anterior.

En ese sentido fue que analizamos la pareja reivindicación a tales compromisos encarnado desde el espacio político gobernante desde 2003, lo cual hemos considerado un acto de estricta justicia.

Ahora bien, la lectura del trabajo de Celesia y Wainberg sobre Firmenich me dejó la amarga sospecha de que detrás de esa biografía complaciente podría encaramarse algún sector del espectro, que supondría en mi mirada una herramienta más eficaz en la negación de la reivindicación anotada, que los trabajos de Yofre o de Reato.

Rescatar a Firmenich, echando un inconcebible manto de piedad sobre muchísimas canalladas verificadas o sospechadas, en el común de los casos, por quienes lo siguieron constituye una afrenta, por caso, a la memoria de Walsh, una diatriba a las enseñanzas de Cooke, un perjurio a la militancia de Troxler.

Cuestionarlo desde la poderosa e inapelable fuerza de los hechos no supone admitir, adherir o jugar de idiota útil de quienes pregonaron el terrorismo de Estado, sino que es ayudar desde la empatía con el proyecto que hoy dirime luchas decisivas a poner las cosas en su sitio; a instar a ciertos militantes a que no carguen con el lastre de un personaje imposible.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Cruzada


Fueron, vienen siendo, muchos los meses de “jugar al columnista” en este espacio módico, casero. Parejas mis quejas ante tanto monólogo: reprochaba que nadie me contestara. Que tirase temas y me quedara pedaleando en el aire.

Y luego de tanto pataleo, me contestaron. O me contestó el mismo, pasando por algún alias, dos anonimatos, poco importa.

Algún juicio apresurado sobre Firmenich –que por apresurado no dejo de ratificar, por más que lo pienso, Firmenich es irrescatable, hiede Firmenich- generó las comentadas irrupciones. Poco que decir ante el disenso, siempre bienvenido, aún cuando se exprese a caballo de la discriminación ideológica (el macarteo, para usar un eufemismo), aunque a la luz de lo que vengo percibiendo me insta a compartir estas reflexiones con los pocos (aunque buenos) lectores de estos delirios.

Tiempos raros estos: cuesta tanto disentir, como apoyar.

Si uno tiene una mirada de adhesión al proyecto iniciado en mayo de 2003 –aunque con reparos importantes- quienes compartieron con uno la vereda del alfonsinismo o aquellos que se enconaron con parejo rechazo a esa presidencia radical, como a esta presidencia peronista, sugieren requiebros ideológicos, inconsistencias, cuando no venalidad.

Cuando se presentan reparos, cuando se critica lo que en substancia se apoya, uno sigue siendo venal, inconsistente o ideológicamente quebrado, en este caso, a manos de Magnetto y su ejército, sino se le espeta a uno ser un defensor solapado del terrorismo de Estado.

Sin ir más lejos, la productora PPT, a cargo del tendencioso, aunque eficaz "6-7-8" y "TVR", vivencia los coletazos de estos tiempos de negros y blancos: parece que uno de los conductores del segundo, preocupado por su futuro contractual en el medio se retira, dejando entrever un fastidio con el tenor de los informes de tal programa que, en mi memoria al menos, hasta ahora había sabido disimular.

En el que emite el Canal 7, de discurso que por tan sintonizado con el gobierno cansa, algunos de sus periodistas (Barone, por todos) exacerba su discurso, las más veces vehemente, nunca reflexivo, siempre al borde de un ataque de nervios, con el cuchillo entre los dientes.

Se los trató de “religiosos del kirchnerismo”, desde TVR, en el marco de la comentada interna que se libra en el seno la producción PPT, lo cual generó una condigna respuesta.

Ahora, interna al margen, cierto es que en determinadas actitudes, por constantes y reiteradas, parecen propias de una batalla decisiva.

De una Cruzada.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Firmenich. La Biografía.



Finalizada la ardua lectura de: “Firmenich. La historia jamás contada del jefe montonero”, en la que me embarqué por sugerencia del querido “Chino” Navarro, y en el trámite de comenzar el comentario de mis impresiones requerido por el amigo, comienzo por destacar que advierto un denuedo por parte de los autores, Felipe Celesia y Pablo Waisberg, a quienes conocí a partir de la notable biografía de Rodolfo Ortega Peña (“La ley y las armas”), en procura de un equilibrio, una ecuanimidad (cierto, que imposible) en el análisis de una trayectoria ostensiblemente desafortunada, demasiado funesta.

Ese esmero, paradójicamente, conspira contra su eficacia, debilita un trabajo que debió haber dicho más, que debió ahondar sobre una personalidad y una época tan desgraciadas. Impera, pues, un medio tono que no sabe a chicha ni a limonada y que en la mirada de quien escribe estos disparates que –anticipo- abomina a Mario Eduardo Firmenich, se traduce como una justificación algo piadosa a su pasado (y muy especialmente) a un presente condigno de su trayectoria.

Nada de censurable tiene ello, por cuanto Waisberg, Celesia o cualquiera que se lo proponga se encuentra legitimado para vindicar a Firmenich, sólo que el relato aparece demasiado amañado como para lograr aquella ecuanimidad, débil a su vez, en el contraste del coro compacto de quienes contribuyeron a construir el personaje abominable que los autores describen –en clave provocativa y bien que en este caso, eficaz- al inicio del trabajo que se comenta.

Leemos en la introducción: “El líder de Montoneros Mario Eduardo Firmenich carga la impronta de un hombre maldito. Su cara evoca el demonio bifronte. Su aliento despide azufre. Sus manos son garras ensangrentadas. Por donde camina, ya nada crece. Traidor, miserable, cobarde, entregador, cuadrado, elitista, militarista, déspota, cruel. Ningún adjetivo le es ajeno. Firmenich es la bestia negra de la política argentina del siglo XX”.

Con ponderable honestidad intelectual, los autores anticipan su hipótesis de trabajo: Firmenich, la imagen que ha venido construyéndose de él se explica a causa de su fracaso político-militar, de haberse impuesto, la mirada actual sería otra y aunque no corresponda desecharla de plano, a poco que se baraja y terminada la lectura de la obra que transita esa senda, se desbarata, cae por su propio peso.

Por caso: Mario Santucho ¿no fracasó con parejo estrépito? Se ha escrito, discutido, debatido, acerca de esa frustración y se ha concluido en su responsabilidad. En sus errores de cálculo, en su militarismo extremo y (por qué no) suicida. En su correspondiente responsabilidad.

Sin embargo, no campea en el terreno de los militantes de la organización que dirigió, incluso entre quienes lo combatieron o meramente disintieron gravemente con él, las sospechas aberrantes que pesan sobre Firmenich: su calidad de doble agente, de entregador, de cobarde, de miserable; caracterizaciones propuestas –algo se dijo- en boca de un colectivo insospechado: se reproducen en el trabajo dicterios fulminantes de Adolfo Pérez Esquivel, Hebe de Bonafini, Nora Cortiñas, Miguel Bonasso, Mario Wainfeld, Horacio Verbitsky, José Pablo Feinmann entre otros.

Volvemos al texto introductorio, donde los autores proponen un nuevo un eje a partir del cual evaluarán al personaje objeto de su estudio, denuncian que respecto de Firmenich se ha “invertido la carga de la prueba”, esto es: si toda persona es considerada inocente, hasta que se demuestre lo contrario, el líder montonero, en cambio, ha tenido que probar esa inocencia presumida, lo cual motiva un nuevo disenso de mi parte. En política, la carga de la prueba suele (debe) estar invertida.

Sí que son certeros en cambio, al proclamar que muchos de quienes le abominamos, lo hacemos a partir de su supervivencia, juicio tonante, poderoso, desde que aparece derivar la prédica insidiosa de los terroristas de Estado, en especial los del aparato comunicacional, perversidad –una entre tantas- que involucran el repaso de los años funestos durante los cuales intervino el biografiado como personaje central.

Es este el sentido de mi observación más crítica a un trabajo que tan poco me gustó. Se desechan con demasiada ligereza aspectos demasiado turbios en la trayectoria de Firmenich: sus detenciones durante el auge de la represión de la Triple A; las condiciones de detención de su esposa en la cárcel de Devoto durante la dictadura; las sospechas edificadas en torno a su relación con el Ministerio del Interior de Juan Carlos Onganía; la versión de su calidad de doble agente del 601 de Inteligencia del Ejército; el desdén ante las advertencias de los cuadros más lúcidos de la organización frente a la carnicería inminente; su acuerdo parisino con Emilio Massera, cuyo develamiento habría costado las vidas de Elena Holmberg y Marcelo Dupont; la sospechada delación y la condigna muerte de Santucho, entre tantos.

Aunque se lo propongan, la anotada ligereza en descargo del biografiado de los autores, en mi mirada al menos, acentúa certezas preconcebidas antes de la lectura del tabajo que se comenta.

A poco de repasar las escasas fotografías con las que se ilustra el trabajo, comencé a transitar la ratificación de mi fastidio. En el marco del capítulo dedicado a los años de la dictadura militar consignan los autores una fotografía con el siguiente pie: “Firmenich trabajando en la Comandancia. Así llamaban a la casa donde funcionó la Conducción de Montoneros entre 1978 y 1982. Era una construcción de dos plantas, ubicada en el barrio Miramar, La Habana, a cinco cuadras del Teatro Carlos Marx”, que refleja al biografiado con aire socarrón, como conteniendo una sonrisa. Se lo ve suscribiendo o redactando algo, ataviado con un uniforme militar, flanqueado por un retrato del Libertador San Martín.

Otra fotografía consignada en el mismo capítulo, ilustra al biografiado, una vez más en uniforme, con boina calada, acompañado de otros tres uniformados, dos de ellos cuadrados militarmente, el otro, estrechándole la mano, una vez más según se consigna al pie, en la sede de la “Comandancia”.

Recuerdo un artículo -¿de Piglia, de Saavedra, de Olguín?- demoledor de otra personalidad de nuestro pasado violento: Leopoldo Lugones, otrora escriba paniaguado del roquismo, que a partir de los años ’20 abjuró de la poética insufrible por la que se lo bien recuerda, para transitar el camino sin retorno del fascismo patético de “la hora de la espada” y otras insentaces a la vera de Félix Uriburu.

El artículo que evoco con torpeza destroza con justicia a Lugones, desde la descripción de una fotografía suya, ataviado de esgrimista. Parecía, glosaba el autor que mi desmemoria no supo contener, el integrante de una comparsa de Carnaval, a despecho del refinamiento que la fotografía proponía.

Algo parecido me pasó al ver a Firmenich disfrazado de militar, en La Habana, cuando –tal como le había anticipado Walsh y tantos otros- su aventura estaba condenada al desastre. Para empeorarlo todo, se dibuja una sonrisa en su rostro contenida, aunque divertida.

La secuencia no puede proponer sino una escena pantomímica, trágica y risible, si no cargase Firmenich en su conciencia, con tantos renuncios, tantos requiebres, tantas preguntas sin respuesta, tantos crímenes inconfesables desde que sus víctimas fueron quienes siguieron la comandancia de quien, infinitamente lejos de la altura que esas circunstancias imponían, fungió de patético monigote.

sábado, 21 de agosto de 2010

Elogio del perejil.



“Te extraño”, primera ficción de Fabián Hofman, es una película que propone ante todo, una refutación a cierta opinión –sino instalada, corriente- que postula la saturación en la filmografía local de producciones relacionadas con el terrorismo de estado de los años ’70.

“Javi” (a cargo del debutante Fermín Volcoff), personaje sobre el cual gira la trama, transita el duro tiempo del inicio de la adolescencia eclipsado y subyugado por su hermano mayor “Adrián” (Martín Slipak), de unos 20 años a quien admira –sino algo más, según parece sugerir la lente de Hofman-, secuestrado a poco de producirse el golpe de estado de marzo de 1976.

La paradójica lateralidad del personaje central en su entorno, aparece como la arista más lograda del filme, así como los límites que, en cuanto al relato, aparecen demarcados por la percepción de “Javi” de los acontecimientos que van configurando la íntima tragedia en cierne.

Nada más que lo sabido por el adolescente protagonista de la película conocerá el espectador, lenguaje que me permito asociar con el utilizado por Marcelo Piñeyro en: “Kamchatka” (producción de 2002), que abordó la misma temática.

Es, a su vez, la primera expresión que hace foco en el segmento menos apreciado (por propios y extraños) de la militancia montonera: los “perejiles”, designación de los adherentes cuya participación no suponía un involucramiento con las armas, manejo que –ante un pedido concreto de parte de “Javi”- su hermano mayor considerará inconveniente, relegándolo a tareas, aunque riesgosas en el contexto de la represión creciente, menores.

Impuesto el exilio mexicano, durante el cual “Javi” se reprochará íntimamente la reciente desaparición de su hermano, al recordar cada detalle de la última noche que ambos compartieran, cuando “Adrián” le confía su pálpito del desenlace trágico al que se enfrentaría la mañana siguiente. Durante su estancia en México padecerá a su vez al desprecio de dos compañeros de militancia de "Adrián", quienes le ratificarán su calidad de “perejil”, al carecer del coraje (las “bolas”) del ausente.

La convincente actuación de Fermín Volcoff presenta, desde una inexpresividad acentuada, la traducción de la confusión de su personaje, como de un cinismo asordinado: si “Adrián” se enfrenta a la muerte cantando (la lente de Hofman registra en esa secuencia un primer plano de su rostro, en procura de contener hasta el menor detalle), en el hermano menor todo es abulia, sea al realizar una pintada política en el baño de la escuela, fuera durante sus primeros escarceos sexuales en Buenos Aires y en México.

La producción de Hofman, asimismo, propone la reflexión (y el recuerdo, en este caso en clave personalísima) de aquella etapa cruel mediante un discurso claramente influenciado por los paradigmas establecidos en estos tiempos en el tratamiento de una retrospectiva de ese tipo.

El viraje discursivo político verificado en materia de revisión de lo acaecido durante los ’70 a lo largo de los años transcurridos desde 1983, resulta tan pronunciado como el contraste que puede verificarse entre el discurso de: “La noche de los lápices” de Héctor Olivera, filmada a poco de iniciado el gobierno de Raúl Alfonsín, con el que propone: “Te extraño”.

Si aquélla omitía el involucramiento de las jóvenes víctimas de la policía de Camps con las militancias armadas, en procura (tal vez) de forzar la empatía de una audiencia entonces refractaria de todo tipo de violencia política; la de Hofman, en cambio, desde el vamos da cuenta de un compromiso de ese tipo por parte de los jóvenes hermanos protagonistas.

Constituida por un discurso potente, con méritos ostensibles desde la dirección y una ambientación cuidadísima de la época reflejada, cimentada en un elenco sólido, en el que se destaca una sorprendente Edda Díaz en el rol de la bove de la familia judía sumida en la tragedia, “Te extraño” merece ser vista y repasada, posibilidades que aparecen acotadas desde que su exhibición se encuentra circunscripta exclusivamente a una sala de Buenos Aires.

Particularidad ésta, que da cuenta de la resistencia de las cadenas de exhibición en una revisión como la que auspicia “Te extraño”, que viene a ratificar a su vez la necesidad de futuras producciones destinadas a repasar un pasado demasiado presente.

domingo, 15 de agosto de 2010

Tinelli, según Sirvén.



Leemos en la edición de “La Nación” de hoy, bajo el título. “Tinelli, el espejo en el que nos reflejamos” (http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1294741) , a cargo de Pablo Sirvén:

“Su vigencia ininterrumpida (la del individuo Tinelli en la televisión) y con tan alta e incondicional repercusión, ¿acaso no habla más de nosotros mismos que de él? ¿Qué vemos en Tinelli que tanto nos fascina como para no cansarnos siquiera con el paso de las décadas? ¿Y cuán funcional ha resultado indirectamente para las políticas dominantes durante su larguísimo reinado?”

De la nota, con la cual discrepo de plano, destaco en primer término el estilo elegante, reflexivo, mediante el que analiza el engendro inmundo que propalan Canal 13 y sus repetidoras –anche aquellas que aparecen enconadas desde el discurso- alejado de aquel que imprime a las columnas dedicadas a los espacios que tratan con adherente fervor e incluso amable mirada crítica al proceso político iniciado en mayo de 2003.

En el colmo de su furor anti-K, supo desde esa tribuna equiparar al tendencioso, aunque eficaz “6-7-8” con el noticiero “60 minutos”, emitido desde el mismo canal durante la dictadura militar.

Sin embargo, decíamos, decide Sirvén recorrer el camino del análisis mesurado al evaluar el programa de Tinelli, actitud que denota, cuanto menos, alguna empatía del crítico de espectáculos con el conductor y su producto, desde una mirada de inconcebible respeto.

Porque creo, Tinelli es irrespetable.

Puede concederse que ha sabido hacer dinero en detrimento del buen gusto, la ética más charra, la elemental consideración al público que lo sigue y en este sentido debo reconocerle alguna honestidad, sino un cinismo expresivo: la sonrisita contenida mediante la que subraya algún gag o segmento de su engendro televisivo traduce sin disimulo su desprecio a la audiencia.

Que Sirvén analice con ecuanimidad, sin adjetivos, a la bazofia, desde quien se ocupa del espectáculo es especialmente irritante dado que la mera vigencia de Tinelli y su producto ocupa un lugar que podría ser honrado por otros exponentes que hicieran de su profesión algo cercano a la dignidad, ofrendándose el “prime time” televisivo a un producto de esa estofa.

Se propone –aún desde la generalización- que ese engendro nos representa o refleja lo que somos, hipótesis que horroriza de sólo pensarla, desde que pongo en duda –por todas las canallerías que se propalaron- que el común de nosotros pueda ejecutar, siquiera pergeñar, la burla elaboradamente cruel que a instancia de Tinelli el parásito vocacional Alé perpetró hace unos meses en la isla de Apipé, mortificando –en el marco de una “jodita”- a sus habitantes con desalojarlos de las tierras que habitan.

No hay identificación alguna de la audiencia y Tinelli, aquella es apenas cautiva de las posibilidades que propone la televisión.

No puedo evitar relacionar esta última idea con lo que dijo Víctor Hugo Morales al justificar al “Fútbol para todos”, que para millones es la posibilidad de eludir el tedio de un domingo sin nada que hacer, porque generalmente el dinero escasea. Es la televisión un divertimento sino gratis, muy barato, al alcance de las mayorías.

Las cuales, a su vez instadas por un poderosísimo aparato comunicacional no opone resistencia al seguimiento de lo que se le ofrece a diario, en el caso que tratamos, un producto degradante hecho por un inescrupuloso mercachifle de miserabilidades.

sábado, 14 de agosto de 2010

Pelotazo en contra.



Hubo un tiempo (que fue hermoso y fui libre de verdad, diría Charly) durante el cual justificaba cierto temperamento de difícil digestión del Secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno.

Lo hacía evocando a un dirigente de mi partido, muy respetado por mí: Juan Carlos Pugliese.

La relación que trazaba entre Pugliese y Moreno, hacía pie en la célebre frase que aquél pronunciara a la salida de una reunión celebrada con los entonces denominados “capitanes de la industria” durante su fugaz paso por el Ministerio de Economía, cuando el gobierno de Alfonsín se caía a pedazos.

Decía, justificándolo, que Moreno tenía muy en claro que a ciertas personas no se les habla con el corazón.

Por tanto, Moreno, quien escribe y el grueso de quienes vivimos en este sufrido país sabemos bien que aquellos que dominan sus variables económicas no hacen de su vida un ejercicio filantrópico, como por caso, Juan Carr.

La reflexión viene a cuento a raíz de la intervención de Moreno durante una difundida asamblea de accionistas de la sociedad “Papel Prensa”, en cuyo contexto (según el registro fílmico emitido profusamente por el canal de noticias TN) lució unos guantes de box, mientras sostenía gritando como un energúmeno que ni él ni sus acompañantes varones (cualidad que entendió oportuno resaltar) firmarían acta alguna correspondiente a dicha asamblea, además de proferir unas cuantas insensateces como para robustecer cierta idea instalada acerca de su desequilibrio.

Considero, consideramos unos cuantos, importante la puja que el gobierno nacional viene sosteniendo ante el multimedios “Clarín” y la trascendencia que para la calidad del sistema democrático futuro supone su victoria.

Es una pelea que exige nervios acerados, mirada atenta y cuidadosa elección de medios y tácticas, siendo que hay demasiado en juego.

Por tanto, aparece inconcebible –siempre que a la pelea se la quiera ganar- que se eche mano a un personaje que la juega de adolescente pícaro y no hace más que llevar torrentes de agua al molino enemigo.

Que tendrá algunas cosas en claro, aunque ante el desafío que enfrenta la gestión que integra aparece como un patético pelotazo en contra.