miércoles, 11 de septiembre de 2013

Paraguay.

Paraguayo por mandato genético, argentino por sitio de nacimiento, sudamericano en suma, quien escribe anda muy contento con lo sucedido ayer, 10 de septiembre en Buenos Aires, oportunidad en la cual el presidente paraguayo Horacio Cartes realizó su primera salida del país como mandatario. El primer destino (por mandato histórico, queremos leer) que Cartes ha elegido fue, Buenos Aires.

Esperamos que esa visita, tan significativa desde lo que propuso el presidente paraguayo (y muy especialmente por la actitud de su anfitriona, la Presidenta argentina) remueva las diferencias políticas que nos anduvieron separando, desde el derrocamiento institucional del presidente Lugo hace dos años, en sintonía con lo decidido por todos los gobiernos democráticos de UNASUR.

Una de las razones por las cuales (entre tantas) la Presidencia de Cristina será (muy bien) recordada es en virtud de su política de redifinición del pasado histórico, cometido para nada irrelevante: nadie debiera desconocer la importancia que sigue teniendo la historia oficial instaurada por el inefable Bartolomé Mitre, legado sostenido por el diario guardaespaldas (en términos de nuestro siempre presente Homero Manzione) del quien -precisamente- fue General en Jefe de la guerra de aniquilamiento perpetrada contra el Paraguay a mediados del siglo XIX, a cargo de la alianza integrada por la Argentina de Mitre, el Brasil imperial de Pedro II  y el Uruguay del sicario mitrista Flores.

La Nación, tal el diario que ha dejado Mitre como guardaespaldas de su memoria, siempre que puede se irrita con la presidenta Fernández, entre otras razones, porque la Presidenta hace y cree en valores diamentralmente opuestos a los de Mitre y sus discípulos supérsites de ese diario y en especial, de la Academia Nacional de Historia: la instalación en la sede de la Casa de Gobierno de la Argentina de los retratos de Juan Manuel de Rosas, José Gervasio de Artigas, Francisco Solano López, Hipólito Yrigoyen, Eva y Juan Domingo Perón, Ernesto Guevara de la Serna y Salvador Allende, entre otros, traduce un poderoso significante ideológico acerca de quienes la Argentina del siglo XXI viene a rescatar como antecedentes para la reconstrucción de su identidad como pueblo, consustanciado con la suerte y esencia de la naciones de la región.

Nada más lejos de lo que quiso y supo consolidar en su tiempo Bartolomé Mitre.

Cuya memoria ha vuelto a ser (felizmente) mancillada el día de ayer, cuando la Presidenta actual volvió a renegar de su obra más funesta, entre tantas de las que ese personaje deleznable de nuestro siglo XIX perpetró: la anotada destrucción del Paraguay, con el consiguiente y ensañado aniquilamiento de su población.

No fue la primera en seguir esa senda de justa enmienda hacia quienes han sido victimarios de la Argentina, no obstante su perseverancia es bienvenida y auspicia una mejor y más completa integración con una nación central en la construcción del consolidado MERCOSUR, bloque regional que se ha resignificado en grado sumo a partir del sentido que le han sabido imprimirle Néstor Kirchner, Lula Da Silva y Hugo Chávez durante la década pasada.

Ese desagravio, nada tiene de formal. Es sustancia.

Paradójicamente (o no), más allá del sesgo de los presidentes Lula y Rousseff, pude corroborar, en una visita a Río Janeiro, cuando visité el "Museo de Bellas Artes" carioca. El cuadro más importante es el que homenajea la "Batalla de Avaí", triunfo de la alianza contra el Paraguay, del 11 de diciembre de 1868, que marcaría el final de la guerra: pocos días después (5 de enero de 1869), las fuerzas aliadas ocuparían Asunción y la guerra se limitaría a la persecución de Francisco Solano López, en fuga hasta su heroica muerte, al año siguiente, en Cerro Corá.

Caída la fortaleza de Humaitá y relevado Mitre de la jefatura de las fuerzas de la Alianza (única carta de triunfo de Solano López) el ejército de ocupación al mando del imperial brasileño marqués de Caxias, dispone una batalla cuyos números son estremecedores: 5.593 hombres paraguayos, enfrentarían a 19.000 aliados, con consecuentes 3500 muertes de los defensores y 297 de los aliados.

Esa batalla se homenajea aún hoy en el Brasil que gobierna el progresista PT. La que sigue es una foto que parcialmente refleja al cuadro monumental que tomé en oportunidad de mi visita: 


Arriba, el escudo imperial, abajo, una leyenda que deja en claro que la batalla fue un triunfo brasileño sobre el Paraguay:

Enhorabuena que así lo sea. Junto a la batalla de la "Lomas Valentinas", en la cual las tropas de ocupación masacraría a una tropa de mujeres, ancianos, inválidos y niños de entre 7 y 14 años ataviados con los uniformes de los mayores que pelaban a falta de aquéllos que ya habían sido puntualmente aniquilados, Avaí es una de las páginas más horrendas de la historia sudamericana.

En "Recuerdos de la Guerra del Paraguay", el honrado militar argentino José Ignacio Garmendia, recuerda con espanto lo ocurrido en esa batalla despiadada: "Aterrados y anonadados, ya sin escape, se agrupan entre sí los paraguayos; los más bravos venden cara su vida, otros mueren sin sentirlo, los niños lanzan las armas y se arrojan a los pies de los soldados brasileros, se arrastran, oprimen sus rodillas pidiendo compasión. La piedad no da oídos en aquella expansión de odios sin resistencia, los que no mueren por el brazo airado de nuestros aliados, son pisoteados por sus caballos y presentan una masa repugnante, parecían ultimados por las garras de un tigre... Casi todos perecieron, 3500 cadáveres, enlodados en pantanos color a sangre yacían amontonados en distintos grupos. Mezcladas allí estaban todas sus edades como si atestiguase aquel acto inhumano la destrucción de un pueblo".    

El cuadro es magnificente, impactante, como repugnante su memoria. Como se destaca en el guión del notable documental que el año pasado emitió la señal "Encuentro", "Guerra Guazú", la pintura a cargo del artista a sueldo del emperador, Pedro Américo, no ha sido bosquejada en el terreno de batalla, tal el caso de las obras de Cándido López, testimonio argentino de la masacre. Apela a la épica de la guerra y su autor no descuida detalle alguno.

Uno de los más impactantes, en mi mirada, ha sido la del artillero paraguayo que aparece en el margen derecho inferior del trabajo. Se lo ve caricturesco, con un rostro definido con notas ostensiblemente opuestas a los de la oficialidad aliada, su mirada parece extraviada y, como para que no queden dudas de su falta total de linaje o corrección marcial, aparece con el torso desnudo, distinguido apenas con un quepis mal acomodado, correa y un taparrabos indecoroso, como uniforme.


 Mensaje esencial de una obra que plasmaba (como esa guerra insensata) la superioridad de la civilización europea, cuyos valores encarnaban Pedro II y Bartolomé Mitre, articulados para aplastar (literalmente, como ha escrito Garmendia) la barbarie paraguaya.

Al gusto de Domingo Sarmiento quien, hace exactamente 125 años, moriría en la devastada Asunción de 1888, cuya destrucción había contribuido a consolidar desde la Presidencia argentina en los estertores de esa guerra vergonzante que su país había librado en alianza funesta.

País, cuya Presidenta actual propone reconstruirlo desde la integración con aquellos que durante el siglo XIX pretendieron ser exterminados. Que por eso, y por tantas otras cosas más, tanto la queremos en este espacio y la acompañaremos hasta el último minuto de la última hora de su segundo mandato.

domingo, 8 de septiembre de 2013

El poeta de la Patria autoritaria

En la entrada anterior repasábamos la proclama de José Félix Uriburu al comenzar la usurpación del poder político luego de derrocar al Presidente elegido dos años antes, de acuerdo con las exigencias constitucionales. Repasábamos el sentido y los significantes de ese discurso, de suprema hipocresía, nacido de la pluma de Leopoldo Lugones, como también hemos escrito.
 
Lugones era, desde hacía muchos años, el escritor mimado por el estado oligárquico: honorarios, estipendios, viáticos por miles sufragaba el Estado argentino (cuyos habitantes mayoritariamente estaban hundidos en la pobreza más absoluta) para alquiler de su pluma, la del Poeta de la Patria, denominación que habría de tributar a la temática de ciertos trabajos suyos (La guerra gaucha, por todos), no obstante -quizás por enrolarse en cierta corriente literaria de su tiempo, a muchos Lugones escritor (Lugones ciudadano, como intentaremos dejar en claro) nos merece un profundo rechazo, nota escrita con la impunidad que me permite animar este espacio de reflexiones domésticas.

Digámoslo: Lugones era insufrible, indigerible, fatuo, deleznable.

Opinión compartida por un joven escritor de los años '20 del siglo pasado, que apreciamos mucho: "Muy casi nadie, muy frangollón, muy ripioso, se nos evidencia don Leopoldo Lugones", leemos en el imperdible "Leopoldo Lugones, romancero", publicado en "El tamaño de mi esperanza", uno de los primeros libros de Jorge Luis Borges, trabajo impecable que -como hemos dado cuenta en este espacio, abominaría de viejo, ese Borges que nos gusta tan poco.
 
El artículo, desopilante por momentos, demuele la poética del Poeta de la Patria, aunque admite que la rescataría sólo si sus composiciones hubiesen sido escritas en broma: "donde esas rimas irrisorias caen bien. Lugones lo hace en serio. A ver amigos, y glosa: ¿qué les parece esta preciosura?: 'Ilusión que las alas tiende / en un frágil moño de tul / y al corazón sensible prende / su insidioso alfiler azul'. Esta cuarteta es la última carta de la baraja y es pésima, no solamente por los ripios que sobrelleva, sino por su miseria espiritual, por lo insignificativo de su alma. Esta cuarteta indecidora, pavota y frívola es resumen del Romancero. El pecado de este libro está en el no ser: en el ser casi libro en blanco, molestamente espolvoreado de lirios, monos, sedas, rosas y fuentes y otras consecuencias vistosas de la jardinería y la sastrería. De los talleres de corte y confección, mejor dicho".
 
Tenemos ganas de transcribir toda esa sentencia aguda y eficaz, no es necesario, dado que el objetivo que nos propusimos se ha logrado: lejos de haber existido unanimidad alrededor de Lugones, un escritor joven y populista entonces, desafiaba su autoridad, la de quien decidía quién escribía y quién no, vale decir, quién podía escribir y quién no. Por supuesto, el joven Borges, extraordinario intelectual de su tiempo no contaba con la venia estatal, con el visto bueno del burócrata Lugones. 
 
Que no permitiría (quizás debiéramos agradecérselo) que Borges se convirtiera -aquel Borges, en un paniaguado del Estado argentino, dirigido a veces por banales distraídos, despreocupados o ignorantes como Marcelo de Alvear, quien quizás era las tres cosas a la vez.
 
Dispuso Alvear, Presidente de la Nación en 1924, que Lugones integrase la comitiva argentina para los festejos que el gobierno del Perú organizaría en homenaje al centenario de la batalla de Ayacucho. Fue entonces cuando el Poeta de la Patria, pronunció su discurso más recordado, que trascendió como el de La Hora de la Espada, pieza siniestra, si las ha habido. Peor aún, anticipatoria, que la proclama del 6 de septiembre de 1930.
 
 
El burócrata Lugones, dejadas en el pasado sus veleidades socialistas que había sabido cultivar (en yunta con José Ingenieros, otra celebridad inconcebible), dio rienda suelta a su fascismo militante peor, a un belicismo patológico, traducido en un discurso que pronunció en nombre del gobierno del radical Marcelo T. de Alvear.
 
Luego de semblantear la batalla que se evocaba, mediante giros que hubieran merecido la abominación de Borges ("noble trompa de plata", "ronca retreta", "sincero golpe de corazón", "inmensa desventaja", "perla matinal del cielo limeño", "alas revibrantes", "sonreída ondulación del gallardete verde del mar", "esclavina impar", entre otras delicias) dice lo que quería realmente decir: el recuerdo de esas guerras de principios del siglo XIX era un legado que debía ser retomado.
 
"Dejadme procurar que esta hora de emoción no sea inútil. Yo quiero arriesgar también algo que cuesta mucho decir en estos tiempos de paradoja libertaria y de fracasada bien que audaz ideología. Ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada. Así como ésta hizo lo único enteramente logrado que tenemos hasta ahora, y es la independencia, hará el orden necesario, implantará la jerarquía indispensable que la democracia ha malogrado hasta hoy, fatalmente derivada, porque ésa es su consecuencia natural, hacia la demagogia o el socialismo (...) Pacifismo, colectivismo, democracia, son sinónimos de la misma vacante que el destino ofrece al jefe redestinado, es decir al hombre que manda por su derecho de mejor, con o sin la ley, porque ésta, como expresión de potencia, confúndese con su voluntad. El pacifismo no es más que el culto del miedo, o una añagaza de la conquista roja, que a su vez lo define como un prejuicio burgués. La gloria y la dignidad son hijas gemelas del riesgo; y en el propio descanso del verdadero varón yergue su oreja el león dormido".
 
Lugones, en nombre de un demócrata (de pacotilla, pero demócrata al fin), en representación de un Estado que había consagrado en su Constitución los valores del liberalismo, proclamaba su muerte, su inutilidad, motejándola de construcción del bolcheviquismo. "Orden", "jerarquía", "aristocracia", valores que contrapone al "pacifismo", "colectivismo" y "democracia". Entras las muchas reflexiones que invita ese texto deleznable, nos quedamos con la más evidente: cuán fértil fue la semilla de esa cizaña, cómo expandió su veneno a lo largo del siglo que seguiría a esas alquimias.
 
Años más tarde, el autor de tan inmunda pieza se suicidaría, de un modo poco viril. Porque aunque todo suicidio delate una profunda cobardía, una egolatría deleznable, ambas notas aparecen subrayadas en ese final condigno de Leopoldo Lugones: no tuvo el valor de ahorcarse o de pegarse un tiro, apeló al whisky y al cianuro. Y dejó una carta que ni Napoleón hubiese urdido. Entre las incoherencias de quien había decidido dar ese paso definitivo escribió: "prohíbo que se de mi nombre a ningún sitio público", última voluntad que desgraciadamente, no la ha sido concedida, aunque no deja de sorprender la advertencia: prohibir que se de a un sitio público su nombre. Se suponía, entonces, merecedor de ello. Un pobre tipo.
 
Cuya memoria fue -y sigue siendo- reverenciada. Una de las tantas tragedias de un país que recién ahora está atinando a reconstruir su pasado a establecer los espejos en los que desea ser reflejado.
 
Memoria que evocó inconcebiblemente Borges, ciego ya, burócrata del Estado argentino como lo era Lugones cuando el joven Borges, en el artículo magistral que evocábamos, lo había tratado como se merecía. En 1960 en cambio publica "El Hacedor" cuyo primer artículo se titula "A Leopoldo Lugones", que comienza con una descripción del ámbito de la Biblioteca Nacional que dirigía Borges entonces y arriesga la ficción de un encuentro suyo con Lugones.
 
"Entro; cambiamos unas cuantas convencionales y cordiales palabras y le doy este libro. Si no me engaño, usted no me malquería, Lugones, y le hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca, pero esta vez usted vuelve las páginas y lee con aprobación algún verso, acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría (...) Mi vanidad y mi nostalgia han armado una escena imosible. así será (me digo) pero mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos y de algún modo será justo afirmar que yo le he traído este libro y que usted lo ha aceptado".
 
Han pasado 75 años desde la muerte de Lugones; casi 30 de la de Borges.
 
Y no, Borges. No se nos confunden usted y el Poeta de la Patria. Usted lo padeció a Lugones y al escritor de esos años, a quien usted mismo, anciano, abominaría, somos muchos los que venimos a rescatarlo del extravío de su propia censura, cuando usted se empeñaba en seducir a Lugones, cantándole odas inmerecidas a su memoria y a su obra, deleznables ambas.
 
Quizás, querido Borges (nos empeñamos en quererlo pese a todo) cuando usted se disculpaba con Lugones era porque de no haberse tomado el whisky y el cianuro del verano de 1938 en El Tropezón, y de haber vivido Lugones en 1960, entonces hubiesen creído en los mismos autoritarismos y hubiesen sostenido a los mismos autoritarios.  
 

sábado, 7 de septiembre de 2013

Proclama uriburista.

 Gracias al poeta Francisco García Jiménez (autor de letras de tangos inolvidables) sabemos que a principios de siglo XX, los festejos de Carnaval concitaban la participación de miles y millones, desde su significante festivo, que invitaba a dar rienda suelta al pecado, antes de la inauguración de la piadosa cuaresma siguiente. 

Me gustan los tangos de García Jiménez y de Anselmo Aieta: Suerte loca, Entre sueños, Mariposita, Barrio pobre, Alma en pena y los de temática carnavalera: Siga el corso y, precisamente, Carnaval (Sos vos pebeta, sos vos ¿cómo te va? ¡Estás de baile! ¿Con quién? ¡Con un bacán! ¡Tan bien vestida! ¡Das el golpe! Te lo digo de verdad. Habré cambiado que ya ni me mirás y sin decirme ni adiós, ya vas a entrar. No te apresurés, mientras paga el auto tu bacán yo te diré...").

Sin embargo, el escriba de este espacio de pensamientos íntimos, que quiere (y mucho) a Yrigoyen nunca le tendrá aprecio a esos autores. Porque perpetraron un tango obsceno, obsecuente y condigno con el ánimo de quienes concibieron esa obra miserable, el horrible "Viva la Patria", compuesto para celebrar el golpe que dirigió el sujeto quien, a guisa de nuestra introducción, no integraba ninguna comparsa de Carnaval cuando se tomó la foto de la entrada, sino que se ataviaba de ese modo para ejercer como dictador de la Nación entre 1930 y 1932, meses de aberrante infamia (valga la redundancia).

No aprecio a García Jiménez y a Aieta, acabo de escribir. Porque no se puede apreciar a quienes firmaron ese tango (por así llamarlo) cuyo estribillo celebraba: "Viva la Patria y la gloria de ser libres! ¡Viva la Patria que quisieron mancillar! Orgulloso de ser argentino al trazar nuestros nuevos destinos. ¡Viva la Patria, de rodillas en su altar!"

Qué porquería: de rodillas estaban Aieta y García Jiménez ante el altar de Uriburu y su camarilla. O locos o compelidos a firmar esa bazofia que le cantaba a la Patria y a la libertad cuando el fantoche de la foto del inicio de esta entrada se obstinaba en destrozar ambas: la Patria y la libertad.

Porque, siempre es útil recordarles a los radicales como el que escribe, que a Yrigoyen se lo derrocó porque se lo consideraba un dictador. Y como dijimos en la última entrada, a la dictadura que sucedió a su segundo gobierno se lo denominó "Revolución Libertadora". 

Dictadura avalada por la "Acordada del 10 de septiembre de 1930" de la Corte Suprema de Justicia presidida por José Figueroa Alcorta, con la firma del Procurador General Horacio Rodríguez Larreta (dato que anotamos para joder, nomás) que estableció (entre otras ilegalidades) que: "el gobierno provisional que acaba de constituirse en el país es pues, un gobierno de facto, cuyo título no puede ser judicialmente discutido con éxito por las personas en cuanto ejercita la función administrativa y política derivada de su posesión de la fuerza como resorte de orden y de seguridad social". Ergo, las exigencias constitucionales para la elección y destitución de sus autoridades, la vigencia del sistema de división de poderes, etc., podían ser obviadas: quien tuviera la fuerza para hacerlo, tenía aptitud constitucional para ejercer el gobierno del país, al margen de lo dispuesto por la Constitución Nacional, con la salvedad de que debería ser considerada esa experiencia como gobierno de facto. 

Ese cinismo, que quizás respondió a la complacencia de los miembros de esa Corte Suprema para conservar sus cargos, justificó muchísimas otras atrocidades que se sucederían en el futuro mediato. 

Esa acordada, el tango de Aieta y García Jiménez (qué más da) evocaban la proclama del dictador pronunciada el día del derrocamiento de Yrigoyen, ante una Plaza de Mayo colmada de energúmenos, muchos de los cuales habían destrozado la casa del Presidente depuesto en la calle Brasil 1039, en el aristocrático barrio de Constitución, domicilio ornado con lujo asiático, en especial su dormitorio como se aprecia de la fotografía que sigue.



Al pronunciar su proclama (que dirige al pueblo de la Capital) el dictador diagnosticó el "desquiciamiento que ha sufrido el país en los últimos años", presentándose como salvadores de la Patria: "hemos aguardado serenamente con la esperanza de una reacción salvadora, pero ante la angustiosa realidad que presenta al país al borde del caos y de la ruina, asumimos ante él la responsabilidad de evitar su derrumbe definitivo". Describe al gobierno democrático que derrocaba, caracterizándolo a partir de: "la inercia y la corrupción administrativa, la ausencia de justicia, la anarquía universitaria, la improvisación y el despilfarro en materia económica y financiera, el favoritismo deprimente como sistema burocrático, la politiquería como tarea primordial del gobierno (...) el descrédito internacional logrado por las actitudes y las expresiones reveladoras de una incultura agresiva (...) el fraude, el atropello, el latrocinio y el crimen, sin apenas un pálido reflejo de lo que ha tenido que soportar el país. Al apelar a la fuerza para libertar a la nación de este régimen ominoso, lo hacemos inspirados en un alto y generoso ideal. Los hechos, por otra parte, demostrarán que no nos guía otro propósito que el bien de la Nación".

Nos quedamos por un momento con una frase deslizada por el dictador: "el descrédito internacional logrado por las actitudes y las expresiones reveladoras de una incultura agresiva", que alude a una frase que le estampó Yrigoyen al presidente norteamericano Hoover al establecerse la primera comunicación telefónica entre la Argentina los Estados Unidos. Sin decirle agua va, Yrigoyen le hizo saber a su colega que: "los hombres deben ser sagrados para los hombres, como los pueblos deben ser sagrados para los pueblos", alusión crítica a la intervención norteamericana en Nicaragua. Buen entendedor, Hoover asimiló la estocada, haciendo saber con posterioridad su descontento con la frase, para escándalo de La Nación.

Más adelante presenta a su gabinete integrado por "eminentes ciudadanos" (entre ellos, Adolfo Bioy, padre del otrora amigo del entonces joven partidario de Yrigoyen, Jorge Borges), anticipar que "no nos mueve ningún interés político, no hemos contraído compromisos con partidos o tendencias", por lo cual se declaraba colocado: "en un plano superior y por encima de toda finalidad subalterna y dispuestos a trabajar con todos los hombres de buena voluntad que aspiren al engrandecimiento de la Patria", a la vez de amenazar a quienes habían posibilitado la experiencia superada, aquellos que: "se han dejado tentar con promesas de dádivas personales (que ha sido la forma de corromper las conciencias para obtener sanciones plebiscitarias) es definitivo. Aludía el ególatra a la reelección de Yrigoyen en abril de 1928, calificada por sus partidarios, por su magnitud y contundencia como un plebiscito. 



Culminó su mensaje expresando la aspiración de que la dictadura que se iniciaba pudiera: "devolver la tranquilidad a la sociedad argentina, hondamente perturbada por la política de odios, favoritismos y exclusiones, fomentada tenazmente por el régimen depuesto, de modo que en las próximas contiendas electorales predomine el elevado espíritu de concordia y de respeto por las ideas del adversario que son tradicionales a la cultura y a la hidalguía argentina", anticipando (luego de agradecimientos a la prensa seria que había apoyado el golpe de Estado) "la indispensable disolución del actual Parlamento obedece a razones demasiado notorias para que sea necesario explicarlas. La acción de una mayoría sumisa y servil ha esterilizado la labor del Congreso y ha rebajado la dignidad de esa elevada representación pública. Las voces de la oposición que se han alzado en defensa de los principios del orden y de altivez de una y otra Cámara han sido impotentes para levantar la mayoría de su postración moral y para devolver al cuerpo de que formaban parte el decoro y el respeto definitivamente perdidos ante la opinión".

Nos quedan muchos interrogantes luego de repasar los conceptos del dictador flamante, por lo pronto: ¿era sincero Uriburu? ¿expresa intenciones en la que creía? Y aunque lo detestamos a Uriburu en este espacio diremos que sí, que creía que estaba haciendo bien las cosas, que era un servicio a la Patria el desalojo del demagogo Yrigoyen, el cierre del Congreso cuyos diputados (aunque fueran de su Partido) no se oponían a su gestión, incluso el disciplinamiento de quienes lo habían votado: esa mayoría que había vendido su voto a cambio de alguna ventaja, de cierta prebenda.

Creía en lo que decía: por eso los políticos radicales acabarían en las cárceles, los anarquistas y sindicalistas fusilados en virtud de la aplicación de la Ley Marcial impuesta por esa dictadura y otros disidentes sometidos a los rigores de la picana eléctrica, invento del entrañable Polo Lugones, hijo del no menos entrañable don Leopoldo, poeta de la Patria, cerebro de ese golpe de Estado (al punto que muchos sostienen que la proclama que reseñamos le corresponde parcialmente).

El problema, por así establecerlo, no son las convicciones de un lunático (que le haría el trabajo sucio a quienes adolecían de los valores sanmartinianos cacareados por Uriburu en esa proclama de pluma lugoniana) sino la contribución de hombres honrados y hasta democráticos, que acompañaron esa aventura. Porque más allá de nuestro yrigoyenismo debemos reconocer que en septiembre de 1930, el Caudillo no las tenía todas consigo, que quizás pudiera considerarse desde cierto sector la necesidad de reemplazar (a su turno electoral) al Presidente que no acertaba con sus medidas para contrarrestar a la mishiadura que azotaba a estas pampas y al mundo entero a partir del crack de Wall Street del año anterior.

Se equivocaron aquellos demócratas que creyeron que ese golpe traería algo distinto de la peste que inoculó, entre ellos Natalio Botana y Marcelo de Alvear, que escarmentaron su error en las mazmorras uriburistas.

No sea cosa que 83 años después algún Uriburu (solapado, por supuesto) convenza a algunos cuantos sobre la necesidad de terminar con un período democrático porque -tomando la proclama que repasamos- los que votan lo hacen a cambio de una dádiva, se ofende a los representantes de los Estados Unidos, los legisladores de ese espacio mayoritario votan los proyectos del gobierno que apoyan, se crea una grieta que termine con la concordia nacional o se chapotee en el fango de la corrupción.

Es de esperar que eso no suceda. 

viernes, 6 de septiembre de 2013

6 de septiembre de 1930


Radicales los que me oyen, del auditorio presente:
el único presidente es el doctor Yrigoyen.
Son turros los que desoyen este llamado al laburo,
y desde esta noche juro no descansar un momento
en buscar el argumento para joderlo a Uriburo.
David Viñas: "Hombres de a caballo"-
 

Quien quiera leer en esta evocación sesgo oportunista, incurrirá en una injusticia torpe. Obviaría que este espacio desde su denominación misma, se escribe en cierta forma, para honrar la memoria de don Hipólito Yrigoyen.
 
 
 
 


 

El 6 de septiembre de 1930 es corrientemente definido como el inicio de una etapa sombría, tiempo que maduraría en su esplendor unas décadas más adelante, no obstante el evento que evocamos estuvo precedido de violencias atávicas nacidas con la Patria misma. Digamos, para usar un lugar común, que el desfile de un imbécil con cadetes del Colegio Militar, que acabó con la primera experiencia democrática argentina, no fue un rayo en un cielo despejado.

Quizás (así lo creo) por estos días de mediados de la segunda década del siglo XXI, conozcamos los argentinos por primera vez un tiempo, sino de concordia, de resolución de diferencias políticas por la vía opuesta a la de la ruptura de septiembre de 1930, no obstante persista el temor (en algunos, entre los que me cuento, esperanza en muy poquitos, espero) de que pueda retomarse ese camino deleznable.

Jornada, la de septiembre de 1930 (para relacionar esta entrada con las últimas de este espacio recuperado) de profundo desconsuelo para los entonces amigos Borges y Manzione. Aquél sufriría el final abrupto de la única experiencia política en la que se enroló y con la cual se sintió políticamente identificado; para Homero, supondría un largo encierro en la penitenciaría de la calle Las Heras, contemporáneamente con el fusilamiento, en ese mismo sitio del anarquista Severino Di Giovanni.

Muchos (lo leo en las redes sociales) aprovechan cada 6 de septiembre para recordar la participación del joven capitán Juan Domingo Perón en ese golpe de Estado, desdeñando que fue el propio Perón quien dio cuenta de ese evento en un trabajo notable pocos años después, oportunidad en la que se recriminó esa participación.

Sin embargo, no creo que sea relevante establecer qué fue lo que hizo aquel Perón ante esa disyuntiva(muy distinto del líder popular que conduciría a vastos sectores populares quince años más tarde) sino en el sentido de ese pronunciamiento militar y sus secuelas: desde la interrupción del orden institucional, hasta el inicio del primer disciplinamiento  de las masas que no sabían votar bien.

A lo largo de la década que se iniciaba, otros votarían por quienes no sabían votar al verificarse, el 5 de abril de 1931 que el pobrerío seguía empecinado con el radicalismo del dictador Yrigoyen. Por eso, para que no cayeran en la tentación de votar mal en lo sucesivo, quienes sí sabían como votar  proscribió al Partido Radical de Yrigoyen, hasta que la UCR se hizo de Alvear, y resultó, por fin, admisible, aunque ante la duda se empeñaron en perpetrar escandalosos fraudes electorales para evitar un resurgir atentatorio contra la Patria sus dueños y sus intereses.

A partir de otro septiembre, veinticinco años más tarde volvería a elegirse en nombre de quienes no sabían elegir, esa vez sin la parodia de elecciones arregladas de ante mano.


Sería a partir de otro gobierno de fuerza que se autodenominará tal como los diarios enemigos de Yrigoyen llamaron a la dictadura que se inició aquel 6 de septiembre de 1930: Revolución Libertadora.