domingo, 8 de septiembre de 2013

El poeta de la Patria autoritaria

En la entrada anterior repasábamos la proclama de José Félix Uriburu al comenzar la usurpación del poder político luego de derrocar al Presidente elegido dos años antes, de acuerdo con las exigencias constitucionales. Repasábamos el sentido y los significantes de ese discurso, de suprema hipocresía, nacido de la pluma de Leopoldo Lugones, como también hemos escrito.
 
Lugones era, desde hacía muchos años, el escritor mimado por el estado oligárquico: honorarios, estipendios, viáticos por miles sufragaba el Estado argentino (cuyos habitantes mayoritariamente estaban hundidos en la pobreza más absoluta) para alquiler de su pluma, la del Poeta de la Patria, denominación que habría de tributar a la temática de ciertos trabajos suyos (La guerra gaucha, por todos), no obstante -quizás por enrolarse en cierta corriente literaria de su tiempo, a muchos Lugones escritor (Lugones ciudadano, como intentaremos dejar en claro) nos merece un profundo rechazo, nota escrita con la impunidad que me permite animar este espacio de reflexiones domésticas.

Digámoslo: Lugones era insufrible, indigerible, fatuo, deleznable.

Opinión compartida por un joven escritor de los años '20 del siglo pasado, que apreciamos mucho: "Muy casi nadie, muy frangollón, muy ripioso, se nos evidencia don Leopoldo Lugones", leemos en el imperdible "Leopoldo Lugones, romancero", publicado en "El tamaño de mi esperanza", uno de los primeros libros de Jorge Luis Borges, trabajo impecable que -como hemos dado cuenta en este espacio, abominaría de viejo, ese Borges que nos gusta tan poco.
 
El artículo, desopilante por momentos, demuele la poética del Poeta de la Patria, aunque admite que la rescataría sólo si sus composiciones hubiesen sido escritas en broma: "donde esas rimas irrisorias caen bien. Lugones lo hace en serio. A ver amigos, y glosa: ¿qué les parece esta preciosura?: 'Ilusión que las alas tiende / en un frágil moño de tul / y al corazón sensible prende / su insidioso alfiler azul'. Esta cuarteta es la última carta de la baraja y es pésima, no solamente por los ripios que sobrelleva, sino por su miseria espiritual, por lo insignificativo de su alma. Esta cuarteta indecidora, pavota y frívola es resumen del Romancero. El pecado de este libro está en el no ser: en el ser casi libro en blanco, molestamente espolvoreado de lirios, monos, sedas, rosas y fuentes y otras consecuencias vistosas de la jardinería y la sastrería. De los talleres de corte y confección, mejor dicho".
 
Tenemos ganas de transcribir toda esa sentencia aguda y eficaz, no es necesario, dado que el objetivo que nos propusimos se ha logrado: lejos de haber existido unanimidad alrededor de Lugones, un escritor joven y populista entonces, desafiaba su autoridad, la de quien decidía quién escribía y quién no, vale decir, quién podía escribir y quién no. Por supuesto, el joven Borges, extraordinario intelectual de su tiempo no contaba con la venia estatal, con el visto bueno del burócrata Lugones. 
 
Que no permitiría (quizás debiéramos agradecérselo) que Borges se convirtiera -aquel Borges, en un paniaguado del Estado argentino, dirigido a veces por banales distraídos, despreocupados o ignorantes como Marcelo de Alvear, quien quizás era las tres cosas a la vez.
 
Dispuso Alvear, Presidente de la Nación en 1924, que Lugones integrase la comitiva argentina para los festejos que el gobierno del Perú organizaría en homenaje al centenario de la batalla de Ayacucho. Fue entonces cuando el Poeta de la Patria, pronunció su discurso más recordado, que trascendió como el de La Hora de la Espada, pieza siniestra, si las ha habido. Peor aún, anticipatoria, que la proclama del 6 de septiembre de 1930.
 
 
El burócrata Lugones, dejadas en el pasado sus veleidades socialistas que había sabido cultivar (en yunta con José Ingenieros, otra celebridad inconcebible), dio rienda suelta a su fascismo militante peor, a un belicismo patológico, traducido en un discurso que pronunció en nombre del gobierno del radical Marcelo T. de Alvear.
 
Luego de semblantear la batalla que se evocaba, mediante giros que hubieran merecido la abominación de Borges ("noble trompa de plata", "ronca retreta", "sincero golpe de corazón", "inmensa desventaja", "perla matinal del cielo limeño", "alas revibrantes", "sonreída ondulación del gallardete verde del mar", "esclavina impar", entre otras delicias) dice lo que quería realmente decir: el recuerdo de esas guerras de principios del siglo XIX era un legado que debía ser retomado.
 
"Dejadme procurar que esta hora de emoción no sea inútil. Yo quiero arriesgar también algo que cuesta mucho decir en estos tiempos de paradoja libertaria y de fracasada bien que audaz ideología. Ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada. Así como ésta hizo lo único enteramente logrado que tenemos hasta ahora, y es la independencia, hará el orden necesario, implantará la jerarquía indispensable que la democracia ha malogrado hasta hoy, fatalmente derivada, porque ésa es su consecuencia natural, hacia la demagogia o el socialismo (...) Pacifismo, colectivismo, democracia, son sinónimos de la misma vacante que el destino ofrece al jefe redestinado, es decir al hombre que manda por su derecho de mejor, con o sin la ley, porque ésta, como expresión de potencia, confúndese con su voluntad. El pacifismo no es más que el culto del miedo, o una añagaza de la conquista roja, que a su vez lo define como un prejuicio burgués. La gloria y la dignidad son hijas gemelas del riesgo; y en el propio descanso del verdadero varón yergue su oreja el león dormido".
 
Lugones, en nombre de un demócrata (de pacotilla, pero demócrata al fin), en representación de un Estado que había consagrado en su Constitución los valores del liberalismo, proclamaba su muerte, su inutilidad, motejándola de construcción del bolcheviquismo. "Orden", "jerarquía", "aristocracia", valores que contrapone al "pacifismo", "colectivismo" y "democracia". Entras las muchas reflexiones que invita ese texto deleznable, nos quedamos con la más evidente: cuán fértil fue la semilla de esa cizaña, cómo expandió su veneno a lo largo del siglo que seguiría a esas alquimias.
 
Años más tarde, el autor de tan inmunda pieza se suicidaría, de un modo poco viril. Porque aunque todo suicidio delate una profunda cobardía, una egolatría deleznable, ambas notas aparecen subrayadas en ese final condigno de Leopoldo Lugones: no tuvo el valor de ahorcarse o de pegarse un tiro, apeló al whisky y al cianuro. Y dejó una carta que ni Napoleón hubiese urdido. Entre las incoherencias de quien había decidido dar ese paso definitivo escribió: "prohíbo que se de mi nombre a ningún sitio público", última voluntad que desgraciadamente, no la ha sido concedida, aunque no deja de sorprender la advertencia: prohibir que se de a un sitio público su nombre. Se suponía, entonces, merecedor de ello. Un pobre tipo.
 
Cuya memoria fue -y sigue siendo- reverenciada. Una de las tantas tragedias de un país que recién ahora está atinando a reconstruir su pasado a establecer los espejos en los que desea ser reflejado.
 
Memoria que evocó inconcebiblemente Borges, ciego ya, burócrata del Estado argentino como lo era Lugones cuando el joven Borges, en el artículo magistral que evocábamos, lo había tratado como se merecía. En 1960 en cambio publica "El Hacedor" cuyo primer artículo se titula "A Leopoldo Lugones", que comienza con una descripción del ámbito de la Biblioteca Nacional que dirigía Borges entonces y arriesga la ficción de un encuentro suyo con Lugones.
 
"Entro; cambiamos unas cuantas convencionales y cordiales palabras y le doy este libro. Si no me engaño, usted no me malquería, Lugones, y le hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca, pero esta vez usted vuelve las páginas y lee con aprobación algún verso, acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría (...) Mi vanidad y mi nostalgia han armado una escena imosible. así será (me digo) pero mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos y de algún modo será justo afirmar que yo le he traído este libro y que usted lo ha aceptado".
 
Han pasado 75 años desde la muerte de Lugones; casi 30 de la de Borges.
 
Y no, Borges. No se nos confunden usted y el Poeta de la Patria. Usted lo padeció a Lugones y al escritor de esos años, a quien usted mismo, anciano, abominaría, somos muchos los que venimos a rescatarlo del extravío de su propia censura, cuando usted se empeñaba en seducir a Lugones, cantándole odas inmerecidas a su memoria y a su obra, deleznables ambas.
 
Quizás, querido Borges (nos empeñamos en quererlo pese a todo) cuando usted se disculpaba con Lugones era porque de no haberse tomado el whisky y el cianuro del verano de 1938 en El Tropezón, y de haber vivido Lugones en 1960, entonces hubiesen creído en los mismos autoritarismos y hubiesen sostenido a los mismos autoritarios.  
 

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