domingo, 25 de agosto de 2013

Manzione (Segunda Parte)

El primer organito salvaba el horizonte
con su achacoso porte, su habanera y su gringo.
El corralón seguro ya opinaba YRIGOYEN
algún piano mandaba tangos de Saborido.

Jorge Luis Borges: 
Fundación mítica de Buenos Aires en "Cuaderno San Martín" (1929).
Cerramos la entrada anterior, con la definición que Manzione había hecho de sí a su gran amigo, Arturo Jauretche, cuando dijo que ante la disyuntiva de ser "hombre de letras o escribir letras para los hombres", eligió lo segundo.

"Manzi nació poeta. Fue poeta y de los buenos, desde la infancia, mucho antes de que García Lorca fuera conocido: el mismo género de lirismo y la misma calidad campeaba en los versos de aquel muchacho de barrio. Estaba Manzi en la conscripción cuando me dijo un día: 'Tengo por delante dos caminos: hacerme hombre de letras o hacer letras para los hombres'. Y así fue como sacrificó la gloria, para dar su talento a una labor humilde, convertido en letrista de canciones. Cumplió esa tarea lo mismo que Discépolo, asumiendo el deber de jerarquizar el arte de su pueblo. Y esto lo hizo conscientemente, sacrificadamente, arrojando por la ventana la gloria que deslumbra a los que buscan la consagración literaria" (Arturo Jauretche en "Los Profetas del Odio y la Yapa").
   
Valía la pena transcribir el texto jauretcheano, contundente como toda su escritura, redactada a los hachazos, en especial porque queremos subrayar la trascendencia de la elección vital de Manzione en tiempos de su colimba: su renuncia a la comodidad (aunque superflua) de un devenir holgado, consagrando su obra hacia los menos favorecidos, sacrificada al "crédulo amor de los arrabales", según la definición de un escritor que, antes de haber escrito un cuento cruel en el que dejaría caer esa definición obscena, hasta mediados de la década del '30 había cultivado una relación íntima con Manzione hecha de coincidencias ideológicas.

Siempre que pienso o (como ahora) escribo sobre Manzione no puedo dejar de pensar en Jorge Borges obsesión mía que comparto con tantos que no dejamos de sorprendernos por el derrotero de aquel joven que al igual que Homero, cultivaba la adhesión por Yrigoyen en sus años jóvenes y acabaría como referente de los sectores más antipopulares, reaccionarios y retardatarios de la Argentina de mediados del siglo XX.

En un libro de reciente edición: "Borges. Un intelectual en el laberinto semicolonial", Norberto Galasso analiza la transición de Jorge Luis Borges en Georgie, aquel que sería (y sigue siendo) el ícono cultural por excelencia de aquello que Jauretche (una vez más volvemos sobre él) definió como la intelligentsia nacional, ámbito de reclutamiento de lo que denominaba el medio pelo argentino. Cierto es que Borges (aún aquel que supo decir y escribir las obscenidades que repasamos en entregas anteriores) es muchísimo más que el epítome reaccionario que en efecto es, y que ha sabido, merced a su talento (que sería estúpido negar) construirse como un escritor universal, tan universal, como desdeñoso de su tiempo y de su Patria, refugiado en abstracciones que lo extraviaron de aquel joven de veintitantos años que sentía (y traducía) de un modo tan intenso las realidades cotidianas de sus semejantes.

En su trabajo, Galasso, da cuenta de ese derrotero doloroso, que tuvo un recorrido mejor, el que más nos gusta a quienes pensamos tan distinto del Borges final. El de sus primeros libros: de "Fervor de Buenos Aires" (1923) a "Discusión" (1932), trabajos que el Borges viejo abominó: a "Discusión" le censuró el notable ensayo Nuestras imposibilidades, por considerarlo débil (según la nota al pie de la edición de 1957 que atestigua el tijeretazo); a "El tamaño de mi esperanza" (1926) directamente lo negó. En rigor, el Borges radical de sus años mozos muere luego de prologar el poema de Jauretche: "El Paso de los Libres" de 1934, cuando supo apoyar el insurreccional de 1933 contra el gobierno fraudulento de Agustín Justo, participación coherente con su militancia radical que lo había hecho, pocos años antes, presidente del "Comité de Intelectuales Yrigoyenistas" con sede su domicilio, el de la calle Quintana 222.

Campaña que atestigua en las notas que dejó al escribir su relato sobre el cementerio de la Chacarita en "Cuaderno San Martín" de 1929: "La víspera de las elecciones presidenciales (de 1928) salimos a sentir Buenos Aires el poeta Osvaldo Horacio Dondo. Íbamos por el costado de la Chacarita, por Jorge Newbery bordeando la erizada pares. La pulsación de una guitarra que no veíamos nos fué (sic) llamando. La seguimos, nos llevó a un subcomité con luz densa de espaldas a los mirones la puerta. Un ¿Gustan pasar, caballeros? de cortesía suburbana o electoral nos convidó. Adentro, bajo la evidente efigie de El Hombre, buena parte del orilleraje de San Bernardo estaba en posesión de la noche. De mano en mano iban la resabida guitarra y la caña dulce, en repartición de amistad. Le llegó la guitarra a un mozo enlutado, oscuro el achinado rostro sobre el pañuelo dominguero de seda, requintado con precisión de chambergo. Conversó o cantó la seria milonga de la que he asumido unos versos (...). Oímos además alguna milonga de seguridad partidaria y de vuelo aunque humildísimo servicial: 'Radicales los que me oyen/ del auditorio presente/ el futuro presidente será el dotor Irigoyen'".

El estilo de ese Borges, su temática, explicaba su yrigoyenismo que no era más que la expresión de su ideología, entendida como noción integral del mundo y de sí: adhería a Yrigoyen porque era popular, incluso populista. Muy lejos de quien según Adolfo Bioy Casares abominaba a los radicales por considerarlos "nuestros negros honoris causa" (ver: "Deben ser los gorilas, deben ser" -cuarta parte- http://encuentrotresdejulio.blogspot.com.ar/2010/02/debes-ser-los-gorilas-deben-ser-cuarta.html"), autor de textos abominables (y de otros notables, por supuesto) como: "La fiesta del monstruo" (en coautoría con Bioy) y "El simulacro", hechos de un odio torpe.


Y de una elegía a Domingo Sarmiento de 1961, cuando lo presentó como: "La luz de Mayo y el horror de Rosas. Y el otro horror y los secretos días del minucioso porvenir. Es alguien que sigue odiando, amando y combatiendo. Sé que en aquellas albas de setiembre (de 1955, por supuesto) que nadie olvidará y que nadie puede contar los hemos sentido. Su obstinado amor quiere salvarnos. Noche y día. Camina entre los hombres que le pagan (porque no ha muerto) su jornal de injurias. O de veneraciones", rectificación de las convicciones de su juventud. Las que sostuvo al redactar el prólogo al comentado "El tamaño de mi esperanza" del '26, dirigiéndose: "a los criollos (...) a los hombres que en esta tierra se sienten vivir y morir no a los que creen que el sol y la luna están en Europa", a caballo de barbarismos coloridos ("ciudá", "necesidá", "incredulidá"). Leemos otra semblanza del sanjuanino que Borges habría de sentir en aquellas albas de setiembre, como la de un "norteamerizanizado indio bravo, gran odiador y desentendedor de lo criollo (que) nos europeizó con su fe de hombre recién venido a la cultura y que espera milagros de ella", contraponiéndolo a Rosas: "nuestro mayor varón", cuyo sucesor sería quien: "entre los hombres que andan por mi Buenos Aires hay uno solo que está privilegiado por la leyenda y que va en ella como en un coche cerrado; ese hombre es Irigoyen".

En síntesis, dejamos claro (cuestión sobre la que se ha escrito y mucho, pero que consideramos oportuno recrear en este espacio y en esta ocasión) que Jorge Luis Borges cambió severamente su modo pensar, a punto de ser él mismo un contradictor de lo que opinaba cuando joven. No merecería censura de nuestra parte si no viviésemos esa mutación como una pérdida, la de quien supo cultivar (y traducir con sencillez e inteligencia) valores compartidos con sus contemporáneos, regresión que atacamos sustancialmente, porque a partir de ese cambio supo constituirse en un baluarte, en  un referente de aquellos que combatían la política del líder que con tanta devoción juvenil había acompañado hasta 1935.

Año en el cual Jauretche y Manzione se reunieron en un café de Corrientes y Talcahuano a garabatear nombres para la conformación de lo que luego sería F.O.R.J.A., sobre la que se volverá (y mucho) en las entregas por venir.  Y el nombre que encabezó la nómina fue el de Jorge Luis Borges.

Y el postulado, en tren de convertirse en hombre de letras, rechazó la invitación.

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