sábado, 30 de diciembre de 2017

Primeras peripecias de un napolitano en el Plata.

Sostuve, en mi entrada/reentrada anterior, que este espacio chiquito de cosas chicas, centraría su atención por un entrañable rato, en la figura de Pedro de Angelis, nacido el 20 de junio de 1784 en Nápoles, bautizado bajo los nombres de Pedro Antonio Diego Enrique Estanislao, al uso de la época que ante la llegada de un crío a la familia no escatimaba homenajes a padres, abuelos, tíos y, por supuesto, a las divinidades del Santoral católico.

Nápoles, finales del siglo XVIII. Tiempo y lugar de una centralidad total.

Esa región del sur de la península italiana era el centro administrativo del Reino de Nápoles, gobernada con mano de hierro por el monarca Fernando IV, en las vísperas de un terremoto que en 1789, con epicentro en París, trastocaría todo, con puntual repercusión en la Nápoles del adolescente Pietro (aunque su biógrafa principal, Josefa Sabor, lo designe con su nombre castellanizado, aquí lo trataremos al modo italiano).

Ya tendremos tiempo de ocuparnos de esos coletazos y del Reino de Nápoles y las Dos Sicilias, cuyo crepúsculo empezaba a despuntar al nacimiento de Pietro.

Escribí, en la entrada anterior, que llegaría al Río de la Plata en 1826, instado por el representante de Bernardino González Rivadavia (aquel alcalde de Buenos Aires que se creía presidente) en Francia, cuando se encontraba (diría Cadícamo) anclado en París, adonde había recalado en su peregrinaje centroeuropeo, del que nos ocuparemos en su oportunidad.

Lo cierto es que, al igual que otros intelectuales, científicos y sabios de la época, De Angelis fue convencido de radicarse en estas Provincias Unidas por 1826 por gestión de Philibert Varaigne, tal, el representante parisino de González.

Y hasta aquí se vino, con su esposa, Melanie Dayet y con el matrimonio de José Joaquín de Mora, un gaditano a quien la Restauración borbónica había arrojado al exilio. 



Llegaron, Pietro, su esposa y los Mora, en el peor momento posible. 

Corrían en los últimos días de diciembre de 1826 sin poder desembarcar en Buenos Aires, sitiada por la armada imperial brasileña, en guerra con las Provincias Unidas.

Aterrado, Pietro le escribió a Rivadavia: “Heme aquí, casi prisionero en Montevideo, sin que pueda prever cuál será el desenlace de este acontecimiento. Nada me atrevo a pediros, pero ruego a V.E. se digne comunicar sus órdenes e interesarse por mi situación. Separado de mi familia y de mis amigos, me veo con terror retenido en una ciudad enemiga, donde no tengo más protección que la bondad con que V.E. se digne interesarse por mi suerte”, quien ordenó a su ministro Julián Segundo de Agüero que arbitrase los medios: “más convenientes para la salida de Montevideo y traslado a la Capital de Mr. De Angelis con su esposa y el Sr. d. José Mora con su familia”

La travesía accidentada fue relatada por Josefa Sabor: fueron dirigidos por tierra desde Montevideo hasta el Puerto de las Vacas (actual Carmelo), para ser conducidos a Buenos Aires por agua en un lanchón, habiendo atravesado el delta del Paraná hasta Buenos Aires.


Finalmente instalados, el presidente en retirada (renunciaría en junio de 1827, cuando el frágil sistema institucional por él concebido se desmoronase) les es encargada la publicación de los periódicos: “Crónica Política y Literaria de Buenos Aires” y “El Conciliador”. Escribiré sobre ambos. 

Digamos, entonces, elegantemente, que para junio de 1827 De Angelis y la Melanie se quedaron en Buenos Aires, en bolas. 

Con el mentor fuera del poder, quien comenzaría a probar el plato frío y amargo de la venganza (pocos años más tarde iniciaría un exilio que finalizaría a su fallecimiento, en Cádiz, en septiembre de 1845, sumido en una pobreza extrema), en un medio ajeno y desconocido, sujeto a los más variados y ásperos vaivenes político-institucionales (a la política laicista de Rivadavia, se le oponía Quiroga con el eufemístico lema: "Religión o Muerte", para no abundar, como solía decir el maestro Viñas).

Luego de fugaces emprendimientos en común, uno a cargo de las mujeres del matrimonio Mora, el "Colegio Argentino", de la "Escuela Lancasteriana", en manos de Pietro y del liceo denominado "Ateneo" de De Angelis, Mora y el francés Curel, fracasados todos por la espantosa de relación entre los socios, y de algún trabajo que se le había encargado desde la Universidad de Buenos Aires (igualmente breve y fallido), De Angelis comienza a dedicarse a la tarea que sustentaría al matrimonio, abordada con utilitarismo, siendo sus pasiones muy otras: el periodismo, de la cual mucho se escribirá en este pago.  

Tiempos duros ésos, para Pietro. 

Decepción que se manifestó en una carta a su hermano, destacada por Josefa Sabor, cuando escribió: “He sido tentado varias veces a escribirte desde este último punto del Globo, y siempre me he encogido de este deseo. Siento una especie de vergüenza al admitir que se han hecho 3.500 leguas sin tener un proyecto firme y que hemos pasado más de cuatro años lejos del mundo civilizado sin resultado y sin utilidad”.

Último punto del Globo que no podría (o no querría) abandonar nunca, donde fallecería y aun hoy, sus restos continúan sepultados.

Que cierre esta entrada Lucio Mansilla.

Sobrino de Rosas, hijo del héroe de la Vuelta de Obligado, veterano de la guerra del Paraguay e intrépido visitante de los ranqueles, Mansilla a fines del siglo XIX anduvo dejando testimonio de una vida extensa y accidentada, dando cuenta de los personajes de una época denostada entonces (y en el 2000, también) desde su perspectiva privilegiada.


Los textos publicados en el delicioso: "Entre Nos. Causeries del jueves", ese gran conversador que fue el dandy Mansilla, entre otros relatos relacionados con el tiempo de su tío Juan Manuel ("Los siete platos de arroz con leche", disponibles en http://www.biblioteca.org.ar/libros/300718.pdf, es imperdible), acude al rescate de De Angelis.

En el relato "El Señor don Pedro",  escrito con ternura y admiración hacia nuestro personaje, explica brevemente las circunstancias que abordé en esta entrada: la llegada de De Angelis al Plata, de la siguiente manera:

Rivadavia vino y con él llegaron, por decirlo así, algunos industriales, artistas o sabios, como se quiera, que pintaban mejor que doña Crescencia y conocían la economía política un poco mejor que don Juan Bernabé y Madero, que en todo caso, podían ser consultados y oídos, siempre que se tratara de la cultura social, de lo que era de  buen tono en Europa, porque sin ser aristócratas, eran gentes más o menos finas, que se había rozado con los señores de por allá, pasando por las grandes facultades de la enseñanza literaria o científica. 

"Se comprende y se explica que algunos años después –bajo Rivadavia, época de gran flato de palabras; que en seguida, cuando se inicia el trastorno, creyendo el fanatismo político que el hierro es una solución, y que, bajo la misma dictadura, que trajo lo que trajo, porque los hombres que mejor intencionados no vieron que otro, gobernado por la tiranía de los impulsos subjetivos, como que no había tenido la educación de ninguna disciplina, fatal, y lógicamente no podía producir sino efectos desastrosos, fuese cual fuese la intensidad de su patriotismo-, se comprende y se explica, repito, que en esos tres momentos de nuestra historia contemporánea, fueran oídos, atendidos o consultados, creyendo buenas sus ideas, sus opiniones, sus consejos, hombres que, por poseer alguna ciencias, se creía y se pensaba que debían tener mucha conciencia. 

"Hombres que tenían además ese prestigio extrínseco, no menos real por eso, del extranjero, con alguna representación, que se incorporaba más o menos bona fide al movimiento social de una agrupación política, que nace a las grandes aspiraciones  de la libertad y del progreso. Se comprende y se explica, lo repito, finalmente, que en vez del libro que primero se comenta en la tertulia de antaño por los que creen entenderlo mejor, aceptando sus doctrinas como un evangelio, sea el sabio o el pretendido sabio, capaz de hacer el libro, lo que se consulte aceptando su propio comentario como artículo de fe

"Entre esos industriales, artistas o sabios, había uno de origen italiano, napolitano por añadidura, hombre incuestionablemente ilustrado, lleno de seducciones amables y de gracia, que había sido ayo de los hijos de Murat, que estaba casado con una mujer interesantísima por su belleza y distinción, de origen ruso, que hablaba el francés como una rusa,  que es cuanto se puede decir, y que completaba el cuadro de la casa, de la situación, de la influencia y de la autoridad que en materias de trascendencia y en otros detalles de la cultura moderna, debía necesariamente tener el personaje importado a quien me refiero, que era, ni más ni menos, que el señor don Pedro de Angelis, a quien ustedes conocen de reputación”.

"Ayo de los hijos de Murat", escribió Mansilla (y no mentía) que había sido Pietro en su juventud, cuestión que abordaré en la entrada que sigue, destinada a quien entonces era conocido de reputación" hoy, un perfecto desconocido, como destacaba en mi anterior parrafada. 

Trataré, insisto, de hacerlo conocer algo más.


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