viernes, 6 de agosto de 2010

Endúlzame que soy café.


Lo dijimos muchas veces y no está demás volver sobre aquello de que corren tiempos interesantes desde la política.

A despecho de otros –demasiado recientes- durante los cuales la política aparecía condenada a la administración de intereses económicos impuestos por los poderes establecidos y consolidados a partir de la última dictadura militar.

Rescatamos un síntoma de esa subordinación desde el rediseño de las secciones del diario “Clarín” durante los años del segundo mandato de Carlos Menem y a despecho de la tradicional clasificación temática del periódico, la sección: “Política Económica” precedía a la de “Política”, para sincerarse durante los meses de Fernando de la Rúa, cuando primeró –lisa y llanamente- la sección: “Economía”.

Fue una época de retroceso democrático, durante la cual se hallaban instalados paradigmas inconmovibles, hechuras de las escuelas económicas monetaristas que imponían reglas, pautas, conductas, decisiones, que la política acataba con obediencia.

Recuerdo al inolvidable De la Rúa corrido por la vaina del riesgo país, a la alianza que lo llevara a esa Presidencia, tan trágica como patética, arrojándose a los brazos de Domingo Cavallo, erigido en salvador de un país al borde del colapso, desenlace provocado y aumentado por la locura criminal de ese personaje abyecto.

Al candidato Eduardo Duhalde, derrotado (entre otras razones) a fuer de su “revolucionaria” propuesta de postergar los pagos impagables de una deuda externa inafrontable.

Decíamos de “Clarín” y la prelación de las secciones de sus ediciones durante la década neoliberal, tiempos durante los cuales se constituyó en un actor económico, hoy cuestionado y acorralado.

De allí que muestre los dientes congregando capitostes de la industria y referentes de la oposición panperonista desde uno de sus referentes más oscuros, más impresentables: el “CEO”, Héctor Magnetto.

Lo anterior viene a cuento a raíz del almuerzo del miércoles que compartió con empinados industriales nucleados en la UIA y en la AEA y con la cena de jueves, en su domicilio del que participaron (según informó “La Nación”): Eduardo Duhalde, Felipe Solá, Francisco De Narváez y el idiota peligroso que gobierna la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Se ha dicho (en especial en el tendencioso, aunque eficaz programa: “6,7,8”) se ha escrito bastante acerca de esos encuentros y, en particular acerca de las motivaciones políticas que empujaron a esos dirigentes a humillarse a la mesa de Magnetto, para subrayar la dependencia económica –anche ideológica- de ellos al poder omnímodo que viene representando “Clarín”.

Si, como parece desde la decisión asumida por aquellos, lejos de ser ostensiblemente perjudicial para las pretensiones electorales de ese tándem, llegara a fortalecerlos ante la sociedad ese indigno “ir al pie” de Héctor Magnetto.

La meses develarán la incógnita, aunque la visita aparece como una ofrenda demasiado costosa que están dispuestos a pagar para derrotar al proyecto gobernante desde mayo de 2003 que a juzgar por tales sacrificios, parece que hoy por hoy, continúa.

De allí las denuncias endebles, baratitas de Felipe Solá en la mesa de Bonelli y Sylvestre, echando un manto de duda acerca de todo aquel que quiera preservarse del bochorno político, distinguiéndose de ese tándem difícil de presentar que es el “Grupo A”. Propone que el cambio de espectro supone (siempre) alguna prebenda: sabrá lo que dice el ex cafierista, ex menemista, ex duhaldista, ex kirchnerista, ex pro y (por ahora, sólo por ahora) “felipista” diputado Solá.

Ante una pregunta algo inesperada, aclaró Solá que las migraciones suponían venalidad siempre que se verificasen en detrimento del sector “opositor” y en beneficio del “gobierno”, al que identificó con el “poder”.

La pobreza del razonamiento (identificar al “poder” con el gobierno nacional, la noche misma en la que compartiría una comida con Magnetto) da cuenta de la poca consideración que “felipista” Felipe Solá tiene por los destinatarios de su discurso.

Volvió sobre el tema, el igualmente tendencioso y eficaz programa “Duro de Domar”, en su última emisión, el amigo de la casa y dirigente bonaerense Fernando “Chino” Navarro, para descabalar lo poco que quedaba de Solá en el marco del bloque que trataba sus (penosas) declaraciones.

En el anterior se había evocado a una persona que quise y quiero mucho: Raúl Alfonsín.

Se convocó a una cantante (“Daniela”, así nomás, a secas), quien en los ’80, integraba el inolvidable grupo: “Las Primas”, gestora años más tarde del hit: “Endúlzame que soy café”.

La buena de “Daniela”, invitada por la producción a ese fin, recordó el romance que –con apenas 20 años- había mantenido con el entonces Presidente de la Nación, Raúl Alfonsín.

Cuando me enteré de la infidencia, me enojé con “Daniela”, preguntándome acerca de la validez de volver sobre una historia antigua, que implicaba a quien no podía defenderse.

Mi temperamento varió al compartir los elogios –de cuño machista, admito- que el Flaco Tognetti prodigó a la memoria del finado: “donde estés, Raúl, te felicito”, dijo, en alusión a lo bien que está (25 años después) la blonda “Daniela”. Me consta que –aún al final de su vida- a don Raúl las (jóvenes) féminas no le eran indiferentes.

Pensé en Raúl, en las debilidades del hombre, en especial en las de los hombres políticos. En aquella versión tan difundida de su arreglo con Lorenza Barreneche, convenientemente dispuesto en razón de su asunción a la Presidencia, que vendría a ratificar su “affaire” con “Daniela”.

De lo molesto que debe haber sido para él y del ultraje que toda esa situación ha de haberle supuesto a ella.

De lo saludable que es vivir en un tiempo con menos hipocresía, lavado de pacatería barata, que en buena medida ayudó el propio Alfonsín en afianzar: desde su ley de divorcio y equiparación de derechos de los hijos nacidos dentro o fuera del matrimonio.

Y que en estos tiempos se subraya desde la consagración, por caso, de la ley de matrimonio igualitario, un hito en la historia de nuestro país, que expresa un tiempo más sano, más tolerante, mejor.

Tiempos interesantes desde la política.

domingo, 1 de agosto de 2010

El espejismo y el oasis. (Acerca de Arturo Illia)


Oriundo de Pergamino, cordobés por adopción, Arturo Illia antes de asumir la Presidencia de la Nación en octubre de 1963, registraba una extensa actividad política en la Unión Cívica Radical, a despecho de lo que se propone desde algún sector de interés, que lo presenta como una figura ajena a la política, de allí esa mirada angelada (boba, en verdad) que predican quienes lo despreciaron en vida y perpetúan ese desprecio con una mirada perdonavidas.

Desde muy joven, Arturo Illia dedicó su vida a la militancia política en el radicalismo de Hipólito Yrigoyen, ese líder excepcional de discurso absoluto y praxis democrática.

Esa adopción de su parte fue determinante en Illia: de allí el culto a la pobreza que imprimió a su vida; su temperamento político intransigente a la conveniencia de un acuerdo político interpartidario, como su respeto a las libertades públicas. En el terreno económico y social, vale remarcarlo, la concepción de Amadeo Sabattini es igualmente significativa.

La revolución democrática y sus censuradores.

En el sentido que propongo a mi opinión, ayuda una referencia al discurso que pronunciara al asumir la Presidencia de la Nación, que da cuenta de su ideario, un categórico diagnóstico de los males que atravesaba el país en esa época y prescripción de “perfeccionamiento democrático” como remedio para su cura, que se manifestaría sólo si las condiciones de desigualdad social vigentes eran revertidas.

Propuso en ese contexto: “esta es la hora de la gran revolución democrática, la única que el pueblo quiere y espera; pacífica sí, pero profunda, ética y vivificante, que al restaurar las fuerzas morales de la nacionalidad nos permita afrontar un destino promisorio de fe y esperanza.”

Más allá de su firme convicción en la necesidad de llevar adelante esa revolución democrática, a poco de analizar las opiniones de los actores políticos de la época, se aprecia como un grueso error de cálculo la atribución de tal anhelo al grueso de sus contemporáneos. Sin embargo, al reclamar la necesidad profundización democrática, advertía Illia los riesgos de una sustitución totalitaria, por lo que su discurso, bien leído, parecería dar cuenta de una prevención atenta a los riesgos que encerraban las quimeras de sus contradictores.

En el texto “Representación formal y representación real”, de octubre de 1965, el secretario general de la Confederación General del Trabajo, el peronista José Alonso no cuestiona sólo al gobierno de Illia, impugna asimismo al sistema de representación política, proponiendo como alternativa otra de cuño corporativo:

“En nuestro país, por lo menos desde el punto de vista de la ciencia política, partido político no significa representación. Por el contrario, lo que rige en nuestra vida política es el principio de las alternativas funcionales (…) La representación que los grupos sociales asumen de hecho en la vida política de la comunidad, está legitimada por dos aspectos fundamentales. Primeramente el que surge de una cuestión de principios y en orden al derecho natural. Siendo el partido político, en la realidad, una superestructura de conducción casi siempre ad hoc, es evidente que no puede representar aquello que no es posible ser delegado, como por ejemplo los intereses profesionales”.

Por su parte, días antes del derrocamiento del presidente Illia, el editorialista del semanario “Primera Plana”, Mariano Grondona –agudo observador político, eficaz traductor de la propuesta antidemocrática-, reclamará como remedio a las urgencias que el país atravesaba en esos tiempos excepcionales, la instauración de una Dictadura –así, con mayúsucla-.

Sobre la base de la tradición romana, opone el concepto al de la tiranía, de entidad “monstruosa”, con la porpuesta superadora de un dictador como un funcionario para tiempos difíciles. Esa anormalidad política, hecha de “ausencia de inversiones –es decir, ausencia de futuro-, en el colapso de los servicios públicos, en episodios reiterados de rebeldía sindical, en la falta de concordia política e institucional”, no había sido asumida con la energía y el talento necesarios por el gobierno radical, incapaz de dar respuesta a: “la impaciencia colectiva por la inoperancia de un estado antiguo ante un país moderno. Y, también [concluía], el doloroso recuerdo de un gran designio que los argentinos no han perdido de vista, pese a sus dificultades: el designio de construir una gran nación”.

Producido el golpe militar, Grondona lo recibe con entusiasmo juvenil. Publica el artículo “Por la Nación”, en el cual describe la emergencia de Onganía como un acto providencial de “pura esperanza, arco inconcluso y abierto a la gloria o a la derrota”, gesta que se emprendía en nombre de las generaciones futuras, para lo cual no habrían de escatimarse esfuerzos: “la etapa que se cierra era segura y sin riesgos: la vida tranquila y declinante de una Nación en retiro. La etapa que comienza está abierta al peligro y a la esperanza: es la vida de una gran nación cuya vacación termina.” El contraste con la propuesta formulada por Illia al asumir la Presidencia no podía ser mayor.

El poeta Francisco Urondo, aunque en la antípoda ideológica, al igual que Grondona clama por una revolución que juzga urgente y necesaria, mereciéndole la experiencia radical y en especial la figura de Illia un desprecio, a juzgar por el tono de un sarcasmo, demasiado cruel.

En “Hotel Guaraní”, describe la caída del Presidente radical, echado de la Casa de Gobierno como “un borracho fastidioso, anclado en su despacho de bebidas. Y era y estaba en su despacho presidencial; y de nada le valió el boato”.

Recordemos, y mucho se ha escrito sobre ello, que Illia resistió con altivez el desalojo de los golpistas del despacho presidencial en junio de 1966, defendiendo una investidura que consideraba trascendente, alternativa que merece para un impiadoso Urondo la siguiente reflexión: “Buscaba un taxi para irse a su casa, con la solemne, digna, triste investidura, con la música a otra parte. Ni siquiera lo ungieron con la prisión: había llegado demasiado tarde a todo.”

Esa escenificación paródica, hecha de una intransigencia aunque altiva, estéril, da cuenta, parodias al margen, de un estado de cosas demasiado corrompido: “cuánta larva, cuánta lombriz está devorando nuestro cadáver. Sólo la desdicha y esa propiedad de apropiarse –el pobre es odioso aun al amigo, pero muchos son los que aman al rico- que siempre acecha a todo corazón traidor que rendirse no quisiera”, que determina su: “impaciencia por andar degollando a esos palafreneros que sacan a los presidentes de un brazo, de madrugada.”

Sin embargo, la propuesta favorable al quiebre institucional más llamativa y demostrativa del alto grado de desprecio imperante entonces por la legalidad democrática, ha sido la del antecesor constitucional de Illia, Arturo Frondizi.

Tal como lo consigna su biógrafa oficial, a pocas horas de producirse el golpe publicó un mensaje en el que consideraba que: “en la Argentina de 1966 el gobierno de Arturo Illia constituye un anacronismo; es la expresión postrera de una estructura socio-económica que ha perdido vigencia. Empieza un nuevo proceso: el del desenvolvimiento pleno de todas las energías nacionales, el de su integración; es la etapa de la liberación nacional, pero sería un error suponer que este cambio se produce en una transición brusca, se han dado las condiciones para la liberación nacional [insistía] a menos que nos condenemos a la autodestrucción. La inacción, esto que se llama estilo de gobierno a la espera de la solución de los conflictos por el mero transcurso del tiempo, conduce inexorablemente a la desintegración nacional, cuyos signos aparecen en todas partes.” Instalado el gobierno militar, en un panfleto con un título que despejaba toda duda (“Mi apoyo al golpe militar argentino”), volvía sobre su idea de revolución nacional, encarnada en nombre del pueblo, por parte de los militares argentinos.

Por su parte, un Américo Ghioldi divertido expresaba días antes del golpe que: “estamos en un momento de entretenimiento, de ganar tiempo”, quien ya en junio de 1964 confidente de un funcionario de la embajada norteamericana, entendía al golpe militar como: “la casi inevitable y ciertamente la menos desafortunada alternativa.”

Juan Domingo Perón, también recibió la novedad del derrocamiento de Illia con beneplácito.

Entrevistado en el exilio madrileño por Tomás Eloy Martínez confió que el golpe: “para mí es un movimiento simpático porque acortó una situación que ya no podía continuar. Cada argentino sentía eso. Onganía puso término a una etapa de verdadera corrupción. Illia había detenido el país queriendo imponerle estructuras del año mil ochocientos, cuando nace el demoliberalismo burgués, atomizando a los partidos políticos. Si el nuevo gobierno procede bien, triunfará. Es la última oportunidad de la Argentina para evitar que la guerra civil se transforme en única salida”, para proponer la frase difundida a sus seguidores de que había que “desensillar hasta que aclare.”

Una apresurada lectura de las declaraciones del caudillo exiliado, pone en evidencia su cariz táctico: la emergencia del gobierno militar, aparecía ante sí como una posibilidad seductora respecto de su vigencia política, aunque encerrara demasiados riesgos, la que era puesta en discusión por parte del líder de la poderosa Unión Obrera Metalúrgica, Augusto T. Vandor.

Ese desafío había registrado como punto culminante la lucha en la liza electoral con candidato propio ante otro respaldado por el Líder, cuya tercera esposa había sido enviada por aquél a la Argentina para fortalecer las chances de su candidato, quien en abril de 1966 en elecciones en la provincia de Mendoza, superó en votos al sostenido por Vandor.

Esa derrota electoral sumó a aquel temible enemigo del gobierno radical al proyecto golpista: si algún sentido tenía para Vandor ese juego –en la medida que le permitía medir fuerzas con el propio Perón y eventualmente dar el gran zarpazo en la convocatoria de 1967-, había perdido razón de ser.

Las voces disonantes a ese coro golpista fueron escasas como significativas. A la previsible del Comité Nacional del Partido cuyo gobierno había sido derrocado, se sumó la del Comité Central del Partido Comunista, que supo advertir con lucidez los riesgos de la aventura: “Se está, pues, frente a una dictadura militar de tipo fascista [...] destinada a servir no los intereses de la clase obrera, del pueblo y de la nación [...] sino los intereses del imperialismo yanqui, de la oligarquía terrateniente y de los grandes capitalistas. [E]l golpe de Estado en nuestro país forma parte de un vasto plan para imponer gobiernos títeres del imperialismo yanqui en todos los países de América Latina”.

La otra excepción proviene del reformista rector de la Universidad de Buenos Aires –temprana víctima de la represión del onganiato- Ing. Fernández Long, pronunciada no bien se materializó el golpe militar.

El gobierno radical de Arturo Illia había conseguido el prodigio de reunir en apoyo de su caída a José Alonso, Mariano Grondona, Francisco Urondo, Américo Ghioldi, Arturo Frondizi, Juan Perón y Augusto Vandor; un pluralismo negativo –según el certero análisis de Natalio Botana- que alcanzaba en algunas opiniones al mismo sistema democrático, cuyo disvalor se proclamaba paralelamente con la exaltación de un modelo opuesto y superador, se lo denominase: dictadura, revolución nacional o revolución a secas.

El espejismo y el oasis.


El recuerdo colectivo de los años ominosos que siguieron a la caída de Illia, militaron en el rescate de su personalidad y estilo político.

Esa tendencia coincidió con los últimos meses de su vida quien fallecería en enero de 1983, concomitantemente con el final de una dictadura más patética y criminal aún que la iniciada con su derrocamiento.

Su oposición franca a ese régimen militar, en especial su disonante crítica a la aventura bélica de las islas Malvinas, cuya derrota comenzaba a producir efectos, sumado al drástico contraste de su perfil democrático y tolerante con el de los criminales del terrorismo de estado, explican, tal vez, la novedosa mirada favorable a su persona.

Ayudó asimismo, la ponderación sincera que le tributaba el líder del sector de la UCR que emergía de esas ruinas: el radical renovador Raúl Alfonsín, quien llegó a proponer a Illia como presidente civil de transición, no bien se conoció la rendición de Puerto Argentino.

Aunque a destiempo, en esa hora crepuscular, conoció Illia una suerte de reconciliación con una sociedad que lo había maltratado demasiado.

En esa época –y en apoyo de la candidatura presidencial de Raúl Alfonsín- se exhibía en los cines argentinos el documental: “La República Perdida” de considerable recepción.

El guión del filme (a cargo del periodista Luis Gregorich, luego funcionario de Alfonsín) presentaba una versión de la historia argentina a partir del golpe militar de 1930.

Con tono algo maniqueísta aunque eficaz, Gregorich proponía un relato en el cual explicaba la pérdida de la República por obra de la acción destructiva de las dictaduras que habían usurpado el poder a partir de septiembre de 1930 y por la presión ejercida por los factores de poder aliados del partido militar durante los intervalos constitucionales.

El discurso presentaba como modelos antitéticos de aquella constante a Hipólito Yrigoyen y a Arturo Illia, de cuyo gobierno consignaba con fidelidad el registro alfonsinista, definiéndolo como un “oasis democrático”; mirada antagónica al “espejismo democrático” denunciado por sus detractores durante su ejercicio.

Tales caracterizaciones remiten a un paisaje desértico y en mi mirada pueden traducir la verificación de parte de Illia de la soledad en la que se encontraba durante los años de su presidencia en abono de su proyecto democrático.

Ese denominador común tal vez explique su actitud de resignado fatalismo ante los preparativos de un golpe militar orquestado sin disimulo.

Pudo advertir, persevero en la metáfora, la aridez de ese terreno político hostil a la constitución de las bases de una república cuya meta final era aquella “revolución democrática, pacífica y creadora”.

Ello supone una reflexión aun más inquietante e igualmente arriesgada: se habría convencido de que los valores del sistema democrático serían apreciados en su genuina extensión una vez que el modelo opuesto evidenciase en los hechos su inviabilidad política.

En ese caso habría que reconocerle una vis profética.

Sólo la resultante trágica de las experiencias que sucedieron a su gobierno convencieron a una sociedad demasiado desaprensiva al respecto, de la importancia que merecía el resguardo de los valores y creencias encarnadas por ese político democrático y honrado, que por él y por todos nosotros mereció haber sido tratado de mejor manera.


NOTA: El contenido de esta publicación puede reproducirse total o parcialmente, siempre que se haga expresa mención de la fuente.

Referencias:

César Tcach y Celso Rodríguez: “Arturo Illia, un sueño breve”, Edhasa, Buenos Aires, 2006.

César Tcach: “Amadeo Sabattini. La nación y la isla”, FCE, Buenos Aires, 1999 y “Sabattinismo y peronismo. Partidos políticos en Córdoba (1943-1955)”, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1991.

Luciano de Privitellio y Luis A. Romero: “Grandes discursos de la historia argentina”, Aguilar, Buenos Aires, 2000.

Carlos Altamirano: “Bajo el signo de las masas (1943-1973)”, Biblioteca del Pensamiento Argentino. Tomo VI, Ariel Historia, Buenos Aires, 1999.

Francisco Urondo: "Obra Poética”, Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2006.

Tulio Halperín Donghi: “La República Imposible (1930-1945)”, Biblioteca del Pensamiento Argentino. Tomo V, Ariel Historia, Buenos Aires, 2004.

Emilia Menotti: “Arturo Frondizi. Biografía”, Planeta, Buenos Aires, 1998.

Partido Comunista. “Otra vez el golpe de Estado Militar”. Buenos Aires, 29 de Junio de 1966. Citado en: http://www.argenpress.info/notaold.asp?num=026418.

Marcos Novaro y Daniel Palermo: “La Dictadura Militar. 1976-1983”, Paidós, Buenos Aires, 2003.

viernes, 30 de julio de 2010

Infames traidores a la Patria.



Sé bien que la cuestión ha de interesarle a muy pocas personas además de quien escribe, pero en este caso a guisa del encuentro celebrado entre ciertos referentes de la oposición parlamentaria en la Sociedad Rural Argentina, tal como refleja la nota: “Pelea por el reparto de la torta que aún no llega” (http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-150276-2010-07-28.html) volví a preguntarme acerca de cómo puedo sentirme radical, dado que por esas razones insondables del alma humana, sigue siendo la UCR mi Partido.

Cómo se hace para ser radical sin abjurar de creencias, convicciones, posturas políticas e ideológicas, pudor, incluso, cuando los presidentes de los bloques de Senadores y Diputados de mi Partido, participan de un acto tan indigno como ése o que los presenta de una manera tan indigna desde sus roles, cuanto desde la historia de ese Partido que lejos de representar, mancillan.

Parece que son (somos, debería escribir) taquilleros los radicales a los ojos de quienes quieren barrer con el –tenue, aunque incómodo- proceso político nacido en mayo de 2003, a cualquier costo.

Y esos radicales taquilleros, se humillan ante quienes los anfitriones de ese acto que los desprecian, dispuestos a someterse a todo tipo de humillación a fuer de suscitar el interés de esos emergentes corporativos que los desprecian y han despreciado desde siempre.

Me preguntaba el atractivo de coincidir con el peronista Rodríguez Saá para oponerse a la peronista Cristina Fernández; compartir una tribuna con un sujeto de la calaña del peronista Olmedo (el fascista, depredador de montes salteños, que la juega de provinciano inocentón para proponer las bajezas más obscenas) para combatir al peronista Kirchner.

Auparse con la Carrió, quien cada vez está más parecida a sí misma, con Pinedo, con Felipe Solá.

En fin, tal vez estén en lo cierto Morales y Aguad, tales los referentes de la UCR presentes en ese acto infame y yo sea un infiltrado kirchnerista o un agente del zurdaje mal orientado al seguir empadronado en el Partido de Yrigoyen, Illia y Alfonsín, los tres, denostados y combatidos por la entidad anfitriona de ese evento que, creo que ya lo asenté, considero deleznable.

Charla, amenizada por Joaquín Morales Solá, consagrado “Mejor Periodista Argentino” de 2009, elegido por un Tribunal integrado entre otras eminencias, por la bailarina hot de suerte esquiva en la troupe de Marcelo Tinelli, Nina Peloso de Castels.

Hablaba de Carrió, que en esa ocasión convocó al “constitucionalista” Daniel Sabsay, quien ilustró a una audiencia ávida de conceptos como el que se transcribe en la nota que firma F. Krakowiak en la edición de Página/12: “Sabsay fue el encargado de explicar por qué el próximo 24 de agosto, cuando caduquen las facultades delegadas que habilitan al Ejecutivo a fijar las retenciones, estas alícuotas desaparecerían automáticamente, aunque la oposición no logre consensuar un proyecto alternativo. Esa interpretación es polémica, pero Sabsay la presentó como un dato incuestionable e incluso dijo que si el Gobierno desconoce la situación, le podría caber ‘la pena de los infames traidores a la patria’, prevista en el artículo 29 de la Carta Magna.”

Los incursos en tal afrenta a la Nación han de estar con las barbas en remojo, no sólo ante la evidencia de esa traición, demostrada por quien no sólo es un jurista de nota, sino que ante todo es un hombre honorable, de una integridad sin tachas, no por nada, acompaña a la Dra. Carrió.

Alguien que desde su honradez, impropia de estos tiempos, sería incapaz de cobrar un jugoso emolumento mensual sin trabajar. De ser un “ñoqui”, digamos y arriesgo al azar, en el Consejo de la Magistratura de la Ciudad de Buenos Aires.

Porque en ese caso, no podría considerarlo como el prohombre que es, digno de dar ejemplo y cátedra a los políticos que lo convocan y escuchan, en el marco de la gesta indispensable de acabar con la dictadura infamante que asuela estas pampas, hecha de corruptos que viven del Estado.

En caso de que ese constitucionalista de nota, ese prócer vivo, el Dr. Sabsay, cobrase un sueldo sin trabajar, tal como –mediante un ejercicio de imaginación- deslicé líneas arriba, lo consideraría un canalla, un depredador del Estado y a su vez un hipócrita que censura prácticas corruptas, cuando vive de ella.

Lo consideraría, parafraseándolo, un infame traidor a la Patria.

viernes, 23 de julio de 2010

Feinmann y el peronismo (el peronismo, siempre el peronismo)



Pese a haber leído con puntualidad las entregas dominicales de José Pablo Feinmann acerca del peronismo durante tres largos años me rendí a la tentación de comprar el primer tomo de: “Peronismo. Filosofía política de una persistencia argentina”.

El trabajo –enjundioso, sólido, muy personal- está hecho de análisis discutibles aunque inapelables desde la honestidad intelectual del autor, a quien se lo quiere y respeta mucho en este blog. Queda claro que la vida del autor ha sido atravesada, sino decidida, por ese movimiento fascinante que ha sido, y sigue siendo, el peronismo.

Pretende Feinmann explicar al peronismo desde la traducción de la propuesta de los sectores reformistas o revolucionarios de los ’70 en su marco, cuyos militantes fueron sujetos a una implacable demonización a partir de la salida de Cámpora de su fugaz Presidencia en julio de 1973, hasta la llegada de Néstor Kirchner en mayo de 2003, por esos avatares de la Historia, a 30 años exactos del inicio de aquel breve mandato.

Hemos tratado en este espacio sobre la revalorización –progresiva, gradual- de aquella militancia de los años ’70 a partir de las propuestas cinematográficas que repasaron la brutal tragedia argentina del terrorismo de Estado. Ha sido una entrada larga, a la que me remito (24), aunque la convoco, en la medida que el trabajo de Feinmann expresa esa corriente reivindicativa.

Pocos años antes, en 2008 para ser puntual, Horacio González en su complejísimo: “Perón, retazos de una vida”, se ocupa del tema, aunque con un estilo, sino más elegante o distante que Feinmann, que elude la confrontación directa, estilo del segundo.

Por caso, ambos se ocupan de dar respuesta a las “verdades” instaladas sobre el peronismo desde el “alfonsinismo cultural”: pergeñado por ciertos intelectuales que en esos años, nucleados en el “Club de Cultura Socialista”, en el “Grupo Esmeralda” y afines, denostaron al peronismo y en particular al sector que a partir de la caída de Perón en 1955, encontraron en ese espacio el campo fértil para la edificación de una alternativa superadora del movimiento nacido en octubre de 1945.

En efecto, tengo para mí que la integración al peronismo de esos sectores tradujo no sólo una alternativa traumática resistida incluso por el líder y fundador de ese movimiento, sino que ha complejizado esa expresión política, a punto tal, que supo servir de herramienta para proponer, justificar y ejecutar desde su matriz las propuestas más inverosímilmente antagónicas.

Es tan cierto que bajo sus banderas pudo gestarse el movimiento revolucionario de masas más populoso del que se tenga registro en la región, como que desde su seno e incluso con el aval de su conductor (cuestión que trata, con ánimo atormentado Feinmann en el trabajo que se comenta) se pergeñó una represión definitiva a los militantes de tal alternativa.

El trabajo de Feinmann, cuyo eje en mi mirada, está constituido por la paradoja expresada en el párrafo anterior, propone una refutación a los paradigmas instalados por los ideólogos del radicalismo de los ’80.

Recuérdese al respecto, que el presidente Alfonsín –y en especial el sector más conservador de su Partido, que mucho hizo por el fracaso de su Presidencia- tenían hacia la militancia de los ’70 (en particular a su brazo armado) un rechazo parejo del tributado a los terroristas de Estado.

De hecho, Alfonsín impulsó simultáneamente el proceso a los integrantes de las tres juntas militares de esa dictadura militar y el juzgamiento de los cabecillas de las organizaciones armadas “Montoneros” y “ERP”, decisión que determinó, entre otras consecuencias, la detención de Mario E. Firmenich, líder de la primera.

Más allá de la aversión política y personal que tengo por ese sujeto, mirada retrospectivamente, quizás con injusticia, critico la medida de Alfonsín, decidida al calor de la denominada: “Teoría de los dos demonios”, acuñada por esa administración y recogida por el grueso de la intelectualidad política y la sociedad civil de esos años, por cuanto, más allá de la prisión del sujeto abyecto mencionado, otros militantes de esas organizaciones fueron sometidos a la persecución judicial del Estado democrático de derecho, perpetuando un exilio nacido como consecuencia de otra persecución –aunque ilegal- igualmente estatal.

La problemática que presenta el tema, desde el esfuerzo que me ha significado elaborar la rudimentaria reflexión anterior, viene a ratificar mi consideración acerca de la factura del trabajo de Feinmann, quien –se ha dicho y no eludo más el asunto- confronta en ese trance con los ideólogos afines a la propuesta de Raúl Alfonsín, a quienes el autor del libro que tengo entre manos categoriza con un término utilizado en este espacio, en el marco de una saga incompleta.

Los define como “Gorilas 84”: “es el gorila radical, o, más precisamente, el gorila alfonsinista. Algo que desmerece al propio Alfonsín, que nunca fue un político fervoroso en su antiperonismo. Tal vez por ser un político. Tal vez eso haya posibilitado que –en sus hazañas posteriores a sus méritos de los dos primeros años de gestión- haya protagonizado el turbio ‘Pacto de Olivos’ con Menem, la ‘mancha venenosa’” (de la obra citada, p. 45).

Esos “gorilas” venían a celebrar la derrota del peronismo como definitiva, instalando un relato histórico de ese movimiento sino antagónico, refractario a la construcción superadora que la democracia alfonsinista proponía: de allí –seguimos a Feinmann- la proliferación de ensayos, trabajos de investigación, artículos y biografías cimentadas sobre el resalto del cariz autoritario y populista del peronismo, a contramano de los aires que se respiraban.

A ello se sumaba la experiencia de los años ’70 traducida, según Feinmann, como “el malentendido” de quienes ante la evidencia de la experiencia vivida durante los años ’50, se constituyeron en una “generación que marchaba alegremente al desastre”, en palabras de Tulio Halperín Donghi, en el marco de una anécdota de 1984, evocada por el autor. Como, según Feinmann eran años de derrota política y cultural, decidió no contradecir al veterano historiador.

En pocas palabras, el desafío encarado por Feinmann estaba dado por el imperativo de confrontar argumentos críticos al relato de aquellos que desde esa hegemonía cultural volvían a proponer al peronismo como el sumun de las taras y miserias de la república el cual, para colmo, había admitido la gestación y desarrollo en su seno de la organización insurgente de mayor predicamento en los años ’70; experiencia que la propuesta democrática alfonsinista, y precisamente por ello, antagónica, venía a superar.

La necesidad primordial del trabajo es expresamente destacada por el autor, particularidad en la que encuentro otro motivo para encomiarla. Aquellos intelectuales del alfonsinismo que 25 años atrás denostaban al peronismo, y en especial a la “generación del malentendido”, adecuan discursos e hipótesis para censurar al proyecto iniciado en mayo de 2003.

Dice Feinmann: “El Gorila 84 anda por todas partes. El gorilismo ha renacido en tiempos de Kirchner. Hay, incluso, un nuevo odio que había decrecido en épocas anteriores. Se odia el ‘setentismo’ de Kirchner. Su política de derechos humanos. Aquí está lleno de socialistas o de troskystas o de ex alfonsinistas que se desgarran las vestiduras por los treinta mil desaparecidos pero odian a la generación del setenta. Este país se empeña en ser difícil. Si tanto odian a la generación del setenta, acaso no debieran sufrir tanto por los desaparecidos. De acuerdo, son ustedes, buenas personas, son humanitarios y están en contra del horroroso terrorismo de Estado. Pero, ¡qué equivocada estaba esa generación! Y no se engañen, eh. Fueron ellos los masacrados. Los pibes de la Juventud Peronista. Los del Nacional Buenos Aires. Los que trabajaban en las villas. Los que alfabetizaban. Y si no, vayan al Parque de la Memoria. Miren los nombres, uno por uno. Miren las edades. Producen escalofríos: dieciséis, veintidós, veinticinco, diecinueve, catorce. Pero, ¡tan equivocados! Y sobre todo: tan ingenuos. Tan víctimas del ‘malentendido’” (o. cit. pp. 45/6).

He ahí una síntesis de las razones de Feinmann, mediante el estilo tan suyo de polemista punzante, ácido, agudo y –disensos valiosos al margen- cuesta refutar su vigencia, como dejar de resaltar la importancia de su lectura.

martes, 20 de julio de 2010

La última macrista.



Osvaldo Soriano ha venido siendo para mí, desde la lectura y relectura de su obra, un referente indispensable para comprender lo que ha sucedido en la Argentina de mediados de siglo XX hasta su muerte prematura en 1997, además de un deleite incomparable.

No por nada me hago conocer en este medio y otros, bajo el pseudónimo de Andrés Galván, sentido y austero homenaje al héroe que mejor trabajó, de la parejamente dulce y cruel novela “Cuarteles de Invierno”.

“Cuarteles…” propone una saga que, precedida por “No habrá más penas ni olvido” y sucedida por “Una sombra ya pronto serás” da cuenta de los vaivenes que nuestro sufrido país atravesó a partir de 1974: año durante el cual se desarrollan las secuencias de la primera de las obras que destaqué (llevada al cine por Héctor Olivera) reflejo –en clave sórdida y rocambolesca- de la interna que a sangre y fuego se libró en el seno del peronismo de los ’70.

La que tuvo por protagonistas a “La Voz de Oro del Tango”, tal el apelativo de Andrés Galván, cantor perseguido por la dictadura militar y a Rochita, boxeador en las últimas e imposible compinche, propuso un fresco de los años de plomo que sucedieron a aquel tercer peronismo también llevada al cine, en este caso por Lautaro Murúa.

La última, “Una sombra…”, refiere las andanzas de un ingeniero sin nombre y otros personajes de antología, que giraban en redondo en la pampa argentina durante los primeros años ’90, cuando el país se derrumbaba.

Al momento de estrenarse la versión de “Una sombra…”, una vez más a cargo de Héctor Olivera, me llamó la atención que el crítico de la revista “Humor” aludiese a “Barrantes” (personaje interpretado por Luis Brandoni) como “el último peronista”, uno de los tantos trashumantes que vagaban por esa pampa hostil en los tiempos de la muerte del “Estado de Bienestar”.

El pobre “Barrantes” le hacía saber al “ingeniero” que recorría los campos de la zona en busca de peones que quisieran bañarse: llevaba consigo para ello un ominoso artefacto de difícil transporte que consistía en una pequeña cisterna, coronada por una gran regadera, unidas por una manguera interminable que recubría todo el cuerpo del buscavidas.

Su andar errante lo sometía a solitarias y eternas caminatas que matizaba con monólogos, por todos, un relato ininterrumpido de lejanos partidos de fútbol, que interpretaba a la usanza de los relatores de esas épocas: “lleva la pelota Onega, cruza lesférico en dirección a Oscar Más, Pinino encara el área de gol, remaaaaataaaa al arco y sentencia al guardameta. Gooooolll de River Plate, Oscar Pinino Más. River Plate, uno, Racing Club de Avellaneda, cero…”.

“Barrantes” era, para el crítico de “Humor”, como dijimos, “el último peronista”, pretensión que infiero era la del autor de la novela: llevaba prendido a la solapa de su sobretodo un escudo peronista, trataba a sus interlocutores de “compañero” y vivía ese momento suyo de pena y de desgracia con una esperanza muchas veces incomprensible tan propia de, precisamente, los peronistas.

Esta mañana, a través del programa de Víctor Hugo Morales (ese profesional que mediante un decoroso y honrado ejercicio de su profesión viene a ratificar el preconcepto que tengo de los orientales en general) me enteré de la publicación de una columna de Beatriz Sarlo (“Un melodrama familiar” http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1286494) en la edición del 20/7/10 del diario “La Nación” generosa e indulgente hacia la figura y el momento que atraviesa Mauricio Macri, de quien con aspereza nos hemos ocupado en este espacio.

La columna es categórica desde el vamos: “Kirchner ha logrado el procesamiento de Mauricio Macri. Dentro de algunos años, cuando se recuerde este episodio de pormenores deleznables, se dirá que el ex presidente no despreció ningún arma personal, política, económica o judicial”. Sarlo, así, viene a refritar la cacareada propuesta de la omnipotencia del ex presidente, dueño de una voracidad política sin límites, ejercida sin piedad contra sus adversarios.

El juicio, por difundido, no merecería censura, en la medida que propone el sentimiento de un espectro importante de la sociedad, según parece o quiere hacerse parecer, en especial de ciertos referentes de la comunicación: ya confesó Mariano Grondona su “miedo” ante una eventual reelección de Kirchner en 2011; ya confió a los comensales que van a humillarse a su mesa de todos los mediodías una anciana arpía, mala actriz, entrevistadora imposible, que criticaba al gobierno de Cristina Fernández en lugares públicos entre bisbiseos, por temor a ser delatada.

Sin embargo, de una referente que se precia –y es apreciada- como una “intelectual”, uno espera algo más, que una columna que presenta al Jefe de Gobierno en problemas como una víctima doble de Kirchner y de su padre, Franco, ambos antipáticos ante la emergencia de quien los suceda en sus respectivos ámbitos, juicio con el cual cuesta disentir.

Al margen de ello, lo que me llamó la atención fue, por un lado, la desaprensión de Sarlo al pronunciamiento judicial que decidió confirmar el procesamiento por los graves delitos endilgados a Macri, y por el otro, presentarlo como un “hombre común”, ajeno al juego del poder, en mi mirada, con la aviesa intención de empatizar a los lectores de esa tribuna conservadora con la suerte del líder de pro.

Apenas me enteré de la boutade de Sarlo recordé a Soriano, a quien en vida, la flamante defensora del Jefe de Gobierno supo maltratar desde la cátedra de la Universidad de Buenos Aires, sometiendo a Soriano a un acto humillante en la Facultad de Filosofía y Letras.

La evocación del evento suscitó una áspera polémica en “Página/12”, en ocasión de cumplirse 10 años del fallecimiento del Gordo, cuando José Pablo Feinmann y Guillermo Saccomanno atendieron a la dama, quien concluyó la polémica alegando sentir “miedo” ante los embates de aquéllos.

Decía que a poco de confrontar sus argumentos con los hechos ventilados en el expediente penal en el que se lo investiga, como de apreciar las condignas reacciones del arco tan opositor a Macri como al abominado Néstor Kirchner, caen por su propio peso, limitándose a expresar una adhesión aunque decidida, desesperada y tardía.

Por capricho de la asociación, no puedo dejar de relacionar a Sarlo con Soriano, en especial con su logradísima: “Una sombra ya pronto serás” y hallar en estos días a la columnista del diario “La Nación” como “la última macrista”.

lunes, 19 de julio de 2010

La cuenta del otario.


Un querido amigo de imaginación prolífica y mirada política parejamente aguda, sabe decir que a la Ciudad de Buenos Aires la aqueja la “maldición de Carlos Grosso”, en alusión a aquel ambicioso y malogrado intendente de Buenos Aires antes de ser Ciudad Autónoma.

Tal gualicho viene manifestándose en la comprobación de que todos los sucesores de Grosso (de 1996 a la fecha) no han podido completar sus mandatos, fuera porque un cambio de empleo (De la Rúa en 1999) o por una destitución (Aníbal Ibarra en 2006) y según profetiza Alfonso, tal el amigo, la maldición cobrará vigencia en breve, cuando se interrumpa el mandato iniciado por Mauricio Macri a raíz de la sonada causa penal que avanza en su contra.

Quienes siguen los delirios que escribo en este espacio saben que quiero poco a Macri, por no decir nada: no comparto su ideología, me irrita su estilo, abomino –incluso- sus preferencias futbolísticas. Nada de lo que ha venido construyendo este muchacho ha concitado mi adhesión y esa tirria ha venido a subrayarse a lo largo de su (déjenme ser redundante) lamentable administración.

Cuitas y traumas al margen (esto en relación al desprecio que papá Franco le ha deparado desde siempre y ha venido a ratificar en estas horas) veo en Macri a un imbécil peligroso, combinación siniestra: carga con la impunidad del opa y –tal vez por esto mismo- es capaz de perpetrar los hechos más indecibles sin despeinarse.

Por caso, al enfrentar de modo destemplado, con un tonito burlón y otario a la vez (Macri ante todo, lo dije ya, es un otario) injuriaba a Sergio Burstein, quien inició la causa que lo tiene en vilo en razón de la ilegal intervención telefónica a su línea domiciliaria, para colmo, familiar de una víctima del atentado a la AMIA. Decía, con esa torpeza tan suya, Macri sobró al denunciante, preguntándole a su entrevistador retóricamente acerca de “cómo vive” esa persona, resaltando a su vez que la víctima por la cual se moviliza era su “ex” esposa.

Para que todo fuera peor, debió haber propuesto alguna broma antisemita, de lo que no estuvo lejos, siendo que la entrevista se desarrollaba en el set de Mauro Viale…

Anoche, en el tendencioso aunque eficaz “6-7-8”, Patán Ragendorfer, al aludir al reportaje, fue categóricamente certero al decir que tales expresiones corroboraban aquello de que la perversión es una provincia de la idiotez.

Lo concreto es que el personaje regresó al país y según vimos optó una vez más por la victimización, proponiendo que Néstor Kirchner controla a todos los jueces que intervinieron en la causa en la que se lo ha procesado.

Invitó a los dirigentes opositores a que se encolumnasen en su defensa, porque más pronto que tarde la persecución de la que se dice víctima podría alcanzarles, para proponer una vez más dislates en torno a la tramitación del expediente, lo que da cuenta una vez más de su impudor y audacia.

Felizmente, en punto a lo primero, parece que su llamado tendrá escaso eco, más allá de las fronteras de su partido (¿?) ma non troppo, puesto que dicen que dicen que unos cuantos dirigentes de pro evalúan el modo menos costoso de sacarse tamaño lastre de encima, estando (por todos) a lo que he leído recientemente de Pino Solanas y a lo escuchado anoche de boca de Elisa Carrió quien se pronunció con sensatez y equilibrio, de lo cual nos había desacostumbrado.

Por restante, un análisis de ojito del caso, ratifica el criterio de la Cámara que confirmó el procesamiento que un juez había dictado; digo: tres jueces –sin disidencia alguna- convinieron en que el sujeto resulta ser integrante de una asociación ilícita conformada, entre otros, por un comisario de la fuerza que él mismo creó y a quien designó al frente y de otros alcahuetes a sueldo para espiar la vida de ilustres y desconocidos.

En el mismísimo “sitio web” del personaje (http://www.mauriciomacri.com.ar/), se publica íntegro el pronunciamiento de la Cámara Federal, particularidad que me ha llamado la atención y que –aún confundido- me inclino a ponderar.

La lectura de ese decisorio a mi juicio desacredita toda sospecha acerca de la ligereza con la que se dijo han intervenido (de manera unánime, reitero) los jueces. Luego de repasar al detalle declaraciones testimoniales y otras probanzas incorporadas en el expediente concluyen en que:

“La fuerte vinculación (de Macri) con J. A. Palacios, la intromisión en datos privados de personas consideradas opositores políticos -a través de una empresa de seguridad a éste atribuida-, el nombramiento de C. James –un hombre de su equipo- con una alta remuneración en un área de la administración totalmente ajena a la seguridad, la total ausencia de contraprestación acreditada en esa área y, en oposición, su cercanía a la Policía Metropolitana, son elementos que consolidan la hipótesis de la querella –tal cual fue presentada- y que refutan –a esta altura de la investigación- la hipótesis de la defensa acerca de la ajenidad de su defendido respecto de los hechos pesquisados (…) No se postula que M. Macri montó una empresa de pinchaduras telefónicos para escuchar a su cuñado y a Burstein, sino que conoció y rpestó su consentimiento para instalar en el ámbito del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires una aparato de inteligencia prohibido, del que se habría servido. (…) La conclusión provisoria, en base a los antecedentes relevados, es que el funcionamiento de ese aparato, su actuación y procedimientos de acción, fue avalado y tolerado por el Jefe de Gobierno. Habría habido aquiescencia de parte de Mauricio Macri del proceder de Jorge A. Palacios, lo que lleva a ratificar que ocupó un lugar en la asociación ilícita. Asegurar, como máxima autoridad del estado de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, que la matriz del aparato clandestino de inteligencia se instale en su gobierno, se nutra de sus recursos y de tal suerte, pueda funcionar.”

Sólo la amoralidad del imputado y su cohorte de obsecuentes, puede desmerecer la gravedad del hecho endilgado como de la situación procesal consecuente.

No sé, nadie creo que lo sepa, que pasará con el Jefe de Gobierno de la Ciudad, aunque la tiene muy complicada.

Igualmente, y vuelvo al inicio, descreo de maldiciones, brujerías y gualichos, aunque que los hay, los hay.

viernes, 9 de julio de 2010

Al que no le gusta, se jode, se jode.


Hace tiempo que tengo abandonado el espacio y, en parte, movido por cierta experiencia que voy a relatar y a su vez, a pedido de un lúcido amigo seguidor de este blog, vuelvo a la carga.

Les consta que acompaño, aunque con mirada crítica (esto último puesto en duda por, entre otros, el aludido lúcido amigo) al proyecto iniciado en mayo de 2003, en especial, la etapa inaugurada en diciembre de 2007.

He escrito mucho al respecto, aunque subrayo que las razones de ese acompañamiento se sustentan en el salto cualitativo que al sistema democrático significaron estos años, o ciertas medidas basales del proyecto resultantes de una mejor calidad institucional, no obstante sea ese argumento, el de la institucionalidad, el utilizado por los detractores del proyecto para justificar una postura antagónica a la que sostengo.

Medidas de un coraje político inesperado, como la recuperación de los fondos previsionales entonces en manos de buitres especuladores y enajenados del control nacional, entre tantas merecen ser siempre recordadas desde su trascendencia histórica.

Lejos de una enumeración de los valores del proyecto que analizo, computo en su haber, la resurrección de la noción de que la política tiene aptitud y legitimidad para enfrentar a los poderes fácticos a los cuales tributaron buena parte de las administraciones anteriores a 2003 y en esa sintonía la revivificación del sindicalismo como herramienta de reclamo ante tales factores de poder.

Lo dicho se refuerza merced a la excepción internacional que el país ha sido durante 2009, año especialmente cruel para los trabajadores de todo el mundo, cuando mientras que en las naciones centrales se decidían cesantías y despidos y en el mejor de los casos, resignaciones de conquistas laborales seculares, en la Argentina trabajadores y empleadores discutían paritarias.

Aunque no sea relevante, y a medida que cuidadosamente preparo una crítica nacida de una amarga situación vivida, comparto con los amigos que he sido delegado sindical (sigo siéndolo formalmente, nunca me fue revocado el mandato, aunque no puedo ejercer dicha designación con la que fui honrado, al desempeñarme laboralmente en ese ámbito) y siempre he ratificado la necesidad de la participación y acción gremial en todo espacio en el que me he desempeñado laboralmente.

Sin embargo, el hecho que he padecido ayer en el Aeroparque Jorge Newbery, sumado a muchos otros que me han afectado en mi cotidianeidad, motiva esta entrada, que propone censura y reflexión acerca del ejercicio sindical en dosis parejas.

Debería estar escribiendo esta entrada en San Miguel de Tucumán, donde tenía pensado viajar ayer a la tarde, pero el avión nunca salió.

Desde luego que la medida afectó a todos sin excepción: desde boludos que como el suscripto pretendían salir de paseo, empresarios y laburantes que lo hacían por negocios, y desde luego, otros tantos que se movilizaban por cuestiones más impostergables. Por todos, una joven de unos 20 años lloraba con desconsuelo entre las desesperadas gestiones que realizaba telefónicamente para que personal de la funeraria que organizaba el velorio de su madre, no cerraran el ataúd con sus restos, en la esperanza de poder llegar a Córdoba para despedirla.

Golpes bajos al margen, admito que toda medida de fuerza supone trastornos de esta índole, aunque la que comento, además de suponerlas, resalta un desprecio hacia el otro y un temperamento cercano a la perversión sádica.

Por caso, se “reprogramaban” falsa y arteramente los vuelos (que nunca salieron), se nos invitó falsa y arteramente a despechar el equipaje sobre la base de esa artera, falsa y fallida “reprogramación” y luego se nos sometió al maltrato de arrojarnos sobre montañas de equipaje de vuelos varios cancelados con destinos varios para recuperarlos.

Se informó entonces, se sabe ahora por los medios de comunicación, que la medida de fuerza “sorpresiva”, según leemos en la versión digital de Página/12 http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-149166-2010-07-09.html), se debió a una cuestión relativa al escalafón de cierto personal.

Al tratar acerca de la “solución” del conflicto, fruto de la gestión del titular de la Administración Nacional de la Aviación Civil se consigna que: “Durante el encuentro, ‘se evacuaron las dudas que tenía el personal militar y civil vinculadas con el proceso de transferencia y en relación con la estructura escalafonaria de la ANAC’, que depende del Ministerio de Planificación. Voceros gremiales dijeron que los trabajadores reclamaban una modificación en el escalafón establecido por la ANAC, al considerar que no reconoce su antigüedad laboral ni su jerarquía. La medida de fuerza, que comenzó a las 6 de la madrugada y concluyó cerca de las 20, consistió en el aumento del espaciamiento entre las partidas y llegadas de los aviones y afectó a los vuelos de todas las empresas que operan en el aeroparque, mientras que tenía menor adhesión en el aeropuerto de Ezeiza.”

Se dirá que escribo porque he sido afectado directamente y tal vez así sea, sin embargo, propongo la reflexión no ya sobre este hecho puntual, sino sobre un estado de cosas exasperante y tributario de los sectores que proponen un retroceso respecto del avance anotado desde 2003 a la fecha.

Por caso anoto, y me abocaré a un estudio sobre el punto, que en la artera y brutal medida de fuerza que comento, se hallaba involucrado personal militar, según se lee en la nota que transcribo y en otras de sendos sitios de noticias. Dejo abierto a los amigos el abanico de hipótesis conspirativas que quieran elucubrar.

Hablaba de un estado de cosas bastante insoportable en la evocación, por caso, de las crónicas protestas de los trabajadores del subterráneo de Buenos Aires, enrolados en un sindicato emparentado con esa expresión del grueso de los argentinos de ayer, de hoy y de siempre que es el “Partido Obrero” de –no sé cuanto- Altamira.

En ocasión de una medida de fuerza llevada a cabo, un representante sindical y el condigno coro que lo acompañaba, ante laburantes que se enteraban del paro en la boca de acceso misma, quienes les dedicaban alguna puteada legítima contestaban: “Unidad, de los trabajadores y al que no le gusta, se jode, se jode.”

Más allá de subrayar la misantropía de los fulanos y de tantos otros, reflexiono acerca del cariz profético del cantito: nos venimos jodiendo unos cuantos y de seguir por esta senda, nos vamos a joder todos.