sábado, 12 de septiembre de 2020

Diario de la cuarentena. Día 176.

En pleno debate en la Cámara de Diputados por el proyecto de ley sobre el petróleo, que comentábamos ayer, querido diario, a través del editorial "El capital extranjero y el petróleo nacional", del 27 de julio de 1927, el diario "La Prensa" dejó sentada su posición al respecto.

"Nosotros admitimos, por nuestra parte, lo provechosa que es la cooperación del capital privado, nacional o extranjero, para la explotación de todas nuestras fuentes naturales de riqueza sin excluir la de los combustibles. Y aun para el fomento de nuestra economía y por la confianza en las garantías que brindan nuestras instituciones. Pero aunque estamos a la vanguardia de los que propician los principios más liberales de la economía política, no llegamos al extremo de incurrir en un liberalismo exagerado que pueda comprometer el más preciado de nuestros patrimonios, que es nuestra absoluta soberanía. Dicho esto, recordaremos una vez más que los intereses de las compañías petrolíferas de otras repúblicas americanas fueron causa de perturbaciones anárquicas, las cuales llevaron a un tiempo, imposiciones extranjeras. Recordaremos también que un poderoso país sostiene, por el órgano de sus gobernantes actuales y por el no menos autorizado de una parte de su prensa nacional, que la defensa de los intereses de sus ciudadanos le da derecho a intervenir en cualquier nación donde ellos estén amenazados, como si esos intereses privados no estuviesen sometidos a la jurisdicción territorial de los tribunales del lugar donde están radicados. Recordaremos también que los asuntos internos de esas repúblicas así perturbadas en su vida íntima, fueron tratados y discutidos en la cancillería de aquel poderoso país con los directores de algunas de las empresas petrolíferas en cuyo nombre se ha suscripto el petitorio que comentamos. Los organismos mercantiles que pretenden dominar la producción mundial del petróleo, resultaron así como un Estado dentro de otros estados soberano".

Luego de urgir a los legisladores la pronta sanción del proyecto en cuestión, en la medida que sería muy peligroso: "esperar a que nuestra producción llene las necesidades internas y nos habilite a exportar los saldos", dado que para entonces: "las concesiones mineras más importantes estarían bajo el control de las empresas privadas y su expropiación o su rescate costaría esfuerzos enormes al Tesoro Nacional, su acoso no nos ocasionase los trastornos que deseamos prevenir y evitar", en especial "ante las perturbaciones como las que ya han sufrido otras repúblicas americanas por las mismas causas, la opción no puede ser dudosa".  

¿Un editorial del diario "La Prensa", coincidente con la bancada yrigoyenista de la Cámara de Diputados?

Parece que así fue, querido diario. 

Cuestión puntualmente tratada por Tulio Halperín Donghi, en uno de sus más lúcidos trabajos [Vida y muerte de la República Verdadera (1910-1930), Ariel, Buenos Aires, 2000] que incluye un apéndice de documentos (entre los que se cuenta el editorial que acabo de reseñar parcialmente), precedidos de un estudio preliminar en el cual don Tulio escribe sobre esa particular coyuntura.

Lo que entonces estaba en discusión era, por un lado, la potestad de las provincias para el otorgamiento de concesiones a las empresas petroleras en sus territorios, que venían dejando expuesto al país: "a la penetración de esas empresas gigantes (designadas y a la vez estigmatizadas bajo el nombre de trusts), que eran la Anglo-Dutch y la decididamente más siniestra Standard Oil norteamericana, a la que se creía responsable de practicar en los países que incautamente le abrían las puertas una corrupción sistemática de políticos y gobiernos, para mejor ponerlos al servicio de sus intereses, y resuelta por añadidura a acudir a expedientes más sangrientamente criminales cuando la mera corrupción se revelaba ineficaz (así, para no pocos era un artículo de fe que el asesinato del presidente mexicano Venustiano Carranza se había debido a una iniciativa personal de John D. Rockefeller)" [cit. pp. 253/4].

Elocuente, lo del maestro Tulio. Tal el panorama, tales los riesgos, bien conocidos por Yrigoyen y enmarcados en una política de estado desplegada por el país en el cual se encontraba afincada la casa matriz de esa empresa, tal como hemos repasado y seguiremos haciéndolo: los Estados Unidos de América.

Triunfantes en la guerra recientemente finalizada, triunfo que arrostraban a propios (americanos) y a extraños (europeos, en especial británicos y alemanes), mediante un despliegue de todo su potencial industrial, sostenido sobre el poderosísimo aparato bélico, de lo que podían dar cuenta líderes emancipadores de la talla de Augusto Sandino, en su asolada y ocupada Nicaragua, querido diario, entre tantos.

Ese escenario de consenso a don Tulio Halperín le sorprende, en ese tiempo de alternativas excluyentes (conformado por el funcionario designado por Alvear al frente de Y.P.F., Enrique Mosconi, de diputados de un yrigoyenismo recalcitrante, como Giuffra y nuestro conocido Diego Luis Molinari; la línea editorial del diario pro-británico "La Prensa" y el Partido Comunista, cuya dirigencia estaba consagrada a la campaña en defensa de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti).

Ma non troppo, maestro Tulio. En mi modesta mirada, no existía tal consenso, a lo sumo un escenario en el que coincidían tácticas de sectores muy diversos cuya incompatibilidad quedaba evidenciada en otros terrenos, como habría de verificarse con elocuente claridad a partir del 12 de octubre de 1928.

Ocupémonos, entonces de Enrique Mosconi y su paso al frente de Yacimientos Petrolíferos Fiscales en...

Esto no termina más, nene. De la seca, a la Meca. Semanas sin una línea y desde el domingo pasado que no dejás de escochar con Tatita, como le decís al Peludo. Finíshela, no te da bola nadie, te destrozás la columna (que en este momento te pasa la factura de tantas horas transcribiendo al cuete). A nadie le interesa tu opinión sobre un tema abordado por gente que sabía como hacerlo. Volvé a presi-salvavidas y Gengis Kahn, que para eso te da el piné.

Gracias, querido diario. Siempre tan conceptuoso con mis intentos (que no son vanos) de divulgador. Soy un divulgador, que divulgo. Tejo, interrelaciono textos para quienes me leen ahora (gente muy valiosa para mí) y para quienes lo harán en el futuro. Y si no lo hacen, para mí queda lo escrito. Ya te lo había comentado...

Pero si nunca vas a ser un ensayista, no es lo tuyo. No te dan las tabas. Yrigoyen y el yrigoyenismo no es para cualquiera, bebé. Volvé a la cotidianeidad, al fresco mal escrito, pero ocurrente, no te expongas más...

Gracias, una vez más, por los consejos que no te pido. Tenés razón, no soy ensayista. Ni lo quiero ser. Le huyo a la Academia como al Dengue y al Covid-19. Mucho daño hizo (y sigue haciendo) la Academia. Sin mengua al respeto que siento por el Racing Club de Avellaneda.

Dejame, seguir, hacé el favor.   


Aquel militar ejemplar de apellido Mosconi, en ocasión de una visita oficial a Colombia en marzo de 1928 pronunció un discurso de despedida que resumía su ideario y su acción, consignado en el trabajo de Tulio Halperín Donghi que venimos repasando: "Nos congrega, señores, el moderno dios de la paz y de la guerra: el petróleo. Ningún problema se presenta en estos momentos en forma más grave, compleja y se solución más urgente a la consideración de los gobernantes, que la defensa y administración de esta riqueza, de características especialísimas. Grave cuestión constituyen los trusts de petróleo. En cierta oportunidad, mientras se debatía en el Congreso argentino el proyecto de Ley de Petróleo, se me preguntó cuál de los dos trusts, el anglo-holnadés, Royal Dutch, o el norteamericano, Standard Oil, era preferible por su capacidad técnica, método de trabajo y modalidades. Al fin de cuentas, los dos grupos son equivalentes y compararía con una cuerda de cáñamo al grupo norteamericano, y con un de seda al europeo; de modo que en respuesta a la pregunta que se me hiciera manifesté que si las dos cuerdas, ruda la una y sueva la otra, han de servir para ahorcarnos, me parecía más inteligente renunciar a ambas, y concentrando nuestra voluntad y nuestra capacidad en este problema especial, de características únicas, resolverlo por nuestras propias fuerzas, haciendo con ello un gran bien que las generaciones futuras agradecerán".  

Clarito, mi General. Y sería más claro aún.

"Nuestros pueblos inician el tercer período de su evolución: a la emancipación sucede la constitución política y a ésta debe suceder la organización económica. A los fundadores de la nacionalidad suceden los organizadores constitucionales y a éstos las generaciones, la nuestra entre ellas, que resolverán el bienestar de los habitantes del país por medio de la más adecuada y conveniente organización económica, es decir, por la mejor explotación de nuestras riquezas naturales, el mejor aprovechamiento de sus potencialidad y por el desarrollo económico y especulativo de sus fuentes productivas. Esta es la tarea que no hemos cumplido y que nos espera, en cuya base se encuentra el petróleo; y los pueblos que con mayor inteligencia y precisión resuelvan su aprovechamiento, tanto mejor y más elevado será el standard de vida que alcancen. Señores: que la providencia ilumine la mente de los gobernantes colombianos y argentinos para abordar y dar término al magno problema con toda la decisión y la energía requeridas, sin preocuparse por las voces de amago o presiones tendientes a inmovilizar o torcer nuestros propósitos, que deben ser inflexibles como nuestra soberanía, para que, así como la emancipación política del continente se selló con las dos corrientes emancipadoras de Bolívar y San Martín, realicemos nuestra independencia económica por la conjunción de nuestros ideales y de nuestros estandartes, y hagamos posible a Latinoamérica el cumplimiento de la misión que tiene asignada en la historia de la humanidad. Sólo entonces habremos dado término integral al mandato de nuestros libertadores, asegurando la felicidad y bienestar de nuestros pueblos".

Cumplido el mandato de resguardo a los intereses nacionales en los términos expresados con tanta elocuencia por Enrique Mosconi por la Cámara de Diputados, el proyecto ley, fue girado a conocimiento del Senado argentino, que para septiembre de 1929 no había siquiera tratado el proyecto, lo cual mereció una sonada intervención del senador Délfor del Valle solicitando, precisamente, que se le diera tratamiento.

A ello, el senador del Partido Autonomista de Corrientes, Juan Ramón Vidal opuso que: "el tiempo transcurrido hasta ahora no ha sido tiempo perdido, sino un tiempo de prueba más del fracaso de la explotación fiscal [estatal]. Entre nosotros todas las administraciones del Estado, aún las más sencillas, son si no malas, pésimas. Si el año pasado hubiéramos cedido a las presiones del comité que se hacían, en nombre del patriotismo y hubiéramos sancionado el proyecto con la nacionalización de las minas y el monopolio [estatal], se hubiera incurrido en el más grande error, se hubiera causado perjuicios irreparables de orden institucional, de orden económico, matando el porvenir de algunas provincias despojándolas de su principal riqueza, de lo único que tal vez con lo que podrán conquistar su independencia económica y por otra parte hubiéramos perjudicado el desenvolvimiento y prosperidad de todas las industrias del país, que dependen, en primer término, del combustible".

En alusión al pedido de Del Valle, destaca la urgencia manifestada por el presidente Yrigoyen para el tratamiento de la cuestión que, por ser extremadamente delicada para los intereses de la Patria: "debían ser verdaderamente sagradas y estar colocadas por arriba de todos los partidos", siendo por el contrario la prédica del oficialismo propiciatoria de la abrogación de "la libertad de pensar y de discutir, porque ya se lanza la sospecha y el monopolio significa: 'soberanía, unidad nacional, prosperidad y paz'. Las ideas opuestas, naturalmente, significaban todo lo contrario. Y para mayor gravedad se agregaba que en los Estados Unidos se sabía ya que el Senado argentino iba a matar la ley."

El alto vuelo del senador correntino al malversar e invertir los términos de la discusión necesitaba del concurso de algún incauto de insospechada vinculación con los intereses que Vidal representaba a cabalidad y poder conseguir la parálisis del proyecto en discusión. Nadie más apropiado para cumplir esa función que el Senador socialista por la Capital Federal, Mario Bravo.

Escuchemos, querido diario, al prócer del Socialismo argentino, al pisar el palito que le tiró Vidal: "Pienso que podríamos aceptar la indicación que formula el señor senador por Corrientes que consiste en constituir una Comisión en que estén representadas todas las distintas fases de estudio de este asunto, a objeto de que todo lo relativo al petróleo sea destinado, a una Comisión central -y que es esta Comisión central sea autorizada a trabajar durante el receso y que los señores senadores de la Unión Cívica Radical sepan poner al servicio de esta Comisión, no solamente su colaboración personal, sino también su influencia ante las oficinas del Poder Ejecutivo y el mismo Poder Ejecutivo, a  fin de que esa Comisión pueda tener abiertas las puertas de los Yacimientos Petrolíferos y del Ministerio de Agricultura-, como también obtenga la colaboración del ministro de Agricultura. En un palabra: toda la colaboración del Poder Ejecutivo, que será indispensable para poder traer a la consideración del Congreso un despacho estudiado y documentado y digno del problema que va a encarar esa Comisión".

Así hablaba uno de los próceres del Socialismo argentino, querido diario, Sí, propuso la creación de una "Comisión Central". Moción que fue aprobada, querido diario.


Tres meses después, el 12 de diciembre, el senador Diego Luis Molinari, volvió sobre el tema del retraso en el tratamiento del tema al subrayar que mientras se demoraba la aprobación del proyecto: "las compañías de petróleo particulares avanzan más febrilmente que nunca sobre los yacimientos petrolíferos del país. De manera que la suspicacia pública que siempre es apresurada, nota que mientras el Congreso no vota la ley del petróleo, las compañías petrolíferas van abriendo pozos y más pozos, y explotando lo que nosotros consideramos que no deben explotar. La tardanza, entonces, representa sobre la riqueza del país, pues ya sea que se mantenga el régimen existente o ya sea que se sancione la expropiación, lo cierto es que en el primer caso las compañías gozarían de mayor cantidad de minas de petróleo; y en el segundo, habría que pagar en concepto de indemnización por la expropiación una cantidad muchísimo mayor. Es evidente que las compañías de petróleo no se duermen. Ha bastado que se presente un proyecto de ley de esta naturaleza para que, a tambor batiente, se apresuraran a abrir nuevos pozos. Si la Comisión tarda mucho en producir su despacho, las sumas que tendría que abonar el Estado por las expropiaciones se verían aumentadas en una proporción directa al retardo".

Corresponde ponderar, como lo precisa Guillermo Gasió en su trabajo que en tres oportunidades, el Poder Ejecutivo requirió, sin éxito el tratamiento del proyecto al Senado.

El 22 de octubre de 1929 cuando Yrigoyen destacó que: "apenas necesito recordar a V.H, que los proyectos sancionados por la Cámara de Diputados y enviados a ese Cuerpo, no sólo tienden a reparar las consecuencias económicamente nocivas del régimen, verdaderamente anárquico, que impera en el país en materia de petróleo, sino que aspiran en primer término, con previsión patriótica, a impedir que esa riqueza se pierda imprudentemente, por negligencia indisculpable y que, lejos de constituir un beneficio público se convierta en una causa de intranquilidad para la marcha regular de nuestra vida interna [concluyendo que para ello era necesario] poner en manos del Estado el dominio efectivo de los Yacimientos Petrolíferos, confiriéndoles el monopolio de la explotación y comercialización"; el 7 de diciembre siguiente: "Hace dos años que la sanción de la Cámara de Diputados se encuentra a consideración de V.H. y no puede admitirse la hipótesis de que el Senado no haya adquirido todavía los elementos de juicio necesarios para pronunciarse sobre un tema de semejante importancia para la Nación" y el 17 de enero de 1930, al destacar que la aprobación del proyecto en tan dilatado trámite: "está llamado a producir incalculables beneficios de todo orden, como tampoco puede ignorar que el retardo definitivo de su sanción motiva pérdidas enormes, traducidas en considerables sumas substraídas consecutivamente a la prosperidad nacional" [Gasió, cit., p´. 133].

Desoyendo esas justas imprecaciones, el prócer del Socialismo argentino, Mario Bravo, en compañía del senador conservador por Salta, Carlos Serrey, dirigían la Comisión Central concebida por el genio destellante de Bravo, recabando informes, realizando encuestas e, inclusive, realizando una recorrida por los yacimientos de la Standard Oil e Y.P.F. en Salta, en abril de 1930.

A su regreso a la Capital Federal de la magna y trascendente misión, los senadores opositores manifestaron a preguntas de un periodista del diario "La Nación", el salteño que: "si no surgen inconvenientes insalvables, es probable que la alta Cámara apruebe en el curso del año actual la anhelada ley del petróleo completa con lo que se satisfaría una sentida y reclamada necesidad". Pese a su profesión de fe en pro de la sanción de la ley, el senador conservador sostuvo la necesidad de reafirmar la propiedad provincial sobre los yacimientos lo cual, en los hechos, expresaba su idea contraria al proyecto.

Vaya si sucedería un insalvable inconveniente en 1930 y Serrey, seguramente, lo sabría.

El otro padre de la Patria, el senador Bravo confió entonces: "la nacionalización de los yacimientos, como principio jurídico para el régimen de la propiedad minera, es a mi juicio inobjetable y de sanción urgente. La fiscalización central de estas riquezas debe estar en manos de la Nación como única propietaria. Pero creo que por razones de índole circunstancial y motivos de solidaridad nacional debe reconocerse a las provincias que serán privadas de un derecho que hoy tienen por la ley del Congreso, una situación especial, ya sea en la exploración o explotación o en los beneficios de ésta".

Así que era urgente la sanción, senador Bravo. Por eso propuso la creación de una Comisión que le costeó los gastos de su tour a Salta y a Jujuy, cuando tuvo a su consideración el proyecto aprobado por la Cámara de Diputados, en 1927.

Dan ganas de balearse en un rincón.

Será por eso, querido diario, que entre un conservador y un socialista, me quedo con el conservador. 

Son enemigos menos embozados. Nunca hicieron de la idiotez útil, una profesión.

La seguimos mañana, mal que te pese a vos y a mi espalda.

viernes, 11 de septiembre de 2020

Diario de la cuarentena. Día 175.

"Salgo de mi rancho a la edad en que los hombres se jubilan, en que solo se tiene serenidad para esperar la llegada de la muerte y ello lo hago por la ley del petróleo, para salvar de garras ajenas y propias los tesoros que Dios desparramó bajo el suelo de esta tierra. Alguien deseoso de sorprender su pensamiento preguntó: '¿y la tierra, doctor?' Sonrió Yrigoyen con una paternal sonrisa y le dijo: 'Amigo mío, del subsuelo al suelo hay un poquito así'. Ese día palpé el fondo revolucionario de su estirpe".

Aníbal Ford, en la biografía de nuestro amado Homero Manzione publicada en 1971 (Centro Editor de América Latina), recordó la anécdota que el biografiado le confiara meses antes de fallecer, al evocar las visitas que él y otros jóvenes radicales hacían a la casa del Líder en la calle Brasil durante los meses de la campaña presidencial de 1928.

Introduzco, pues, un tema sobre el cual muchísimo se ha escrito: la cuestión petrolera como razón del derrocamiento de Hipólito Yrigoyen en septiembre de 1930.

"Se ha dicho y repetido, desde que Waldo Frank se metió con el tema, que la revolución contra Yrigoyen tenía olor a petróleo, versión que comenzó en un rumor propagado días después de la caída del caudillo radical. Hemos estudiado prolijamente el tema e investigado hasta donde es posible; y nuestra conclusión coincide, en este punto, con el historiador yanqui Robert A. Potash: poco y nada tuvo que ver la Standard Oil con el estallido militar de setiembre y con el derrumbe irreparable de aquél. Las afirmaciones de José Benjamín Ábalos, Francisco Ratto y otros autores (de tendencia radical unos, marxistas otros), no explicitan pruebas ni aportan datos ciertos" [en: Fermín Chávez, Perón y el peronismo", cit., Tomo I, p. 90).

A despecho de lo que acostumbro, disiento con el maestro Chávez a quien, la adhesión que tributa a determinados sujetos históricos con cierto protagonismo en los acontecimientos repasados, le habría nublado la vista.


No le habrá sido sencillo admitir sin más que el papel jugado por Uriburu en ese entuerto deleznable que, en ruidosa boutade llama revolución (¡!), no fue otro que el deparado por los amantes cuidadosos a los condones. Traje a la medida de ese sujeto y de su corte de nacionalistas empachados de literatura imperial-francesa o imperial-alemana, enemiga, por tal, de todo nacionalismo posible en estas pampas feraces.

Nazionalistas, sí. Por piantavotos, por come-velas, por antisemitas. A todos ellos, al deleznable sujeto de apellido Uriburu a la cabeza flanqueado por el espantajo ése de Lugones Leopoldo, Bautista Molina, Alberto Viñas (y a la progenie que engendraron: los Lonardis, Onganías, Videlas y otras alhajas), les esperaría, a poco de haber realizado el trabajo sucio, el destino de los condones usados.

Nacionalista, sí, por honesto intelectualmente, era Fermín Chávez cuya cita continúa de la siguiente manera: "Comencemos por conceder que el doctor Horacio Beccar Varela, ministro de Agricultura del nuevo gobierno, estuvo ligado en un tiempo a la Compañía Ferrocarrilera de Petróleo, con explotaciones en Comodoro Rivadavia en la década de 1920, y que la firma Emilio Kinkelín, representante de la familia petrolera alemana Stinnes, operaba por esa misma época en la Patagonia y en Plaza Huincul. Cabe observar que, en todo caso, Beccar Varela habría representado los intereses de la Royal Dutch, y la familia Kinkelin a intereses europeos. La principal penetración de la Standard Oil se había producido en Salta, pero allí YPF no llegó a ser despojada de las áreas que conquistó Mosconi. Si bien es cierto que un interventor, el doctor Erasmo Martínez, intentó en noviembre de 1931 devolver a la Standard Oil las posiciones que le había quitad el gobernador Julio Cornejo el año anterior, es verdad también que un decreto del gobierno provisional de la Nación, de fecha 4 de diciembre, dejó sin efecto los actos del interventor Martínez" [ibíd.].

La opinión, paradójicamente o no, coincide con la del trabajo colectivo dirigido por Andrés Cisneros y Carlos Escudé que evocábamos ayer. 

No obstante, se destaca que durante la dictadura de Uriburu: "las firmas petroleras extranjeras expandieron sus operaciones rápidamente, casi duplicando el volumen de la producción anterior al golpe", se descarta la intervención de la compañía norteamericana "Standard Oil" en el derrocamiento de Yrigoyen, en tanto el ministro del área, Beccar Varela estaba ligado a empresas petroleras de capital británico, rival de la Standard Oil, el canciller Ernesto Bosch, a una subsidiaria de la "Anglo-Persian Oil" y Emilio Kimkelín (secretario de la presidencia) representante de capitales petroleros de origen alemán. Se anota, empero que quien había sido, junto con Rómulo Naón (designado por el presidente constitucional Agustín Justo al frente de la Intendencia de la Capital Federal en 1932) abogado de la compañía en el litigio entablado contra la provincia de Salta referido en la cita anterior era el designado ministro del Interior, Matías Sánchez Sorondo.

¿Entonces, querido diario? Tanto Chávez como Cisneros y Escudé, cuando procuran fundamentar en contra de la hipótesis que vincula a la Standard Oil con el golpe, al reseñar los nombres y los intereses de los integrantes de la dictadura nacionalista de Uriburu, no hacen más que darle pábulo.

En esto, coincidimos con el mejor Arturo Frondizi, quien en su clásico trabajo Petróleo y política que vamos a reseñar con cierta generosidad, aborda la temática con la precisión de quien conocía el tema. 

"Desde que se produjo el 6 de septiembre, fue caracterizado como un golpe petrolero, y aunque los acontecimientos históricos responden a causas complejas, es de toda evidencia que la política del petróleo, decidida por el radicalismo, fue uno de los factores predominantes. Esa caracterización se explica, porque el movimiento militar venía a impedir la realización de los grandes planes sobre el petróleo y, además, porque habían tenido participación en dicho movimiento y ocuparon altos cargos de gobierno, personajes vinculados a los intereses petroleros extranjeros" [Petróleo y política, Raigal, Buenos Aires, 1956, p. 268].

Claro que sí, doctor Frondizi. Continúe, echando luz sobre un tema tan bien conocido y mejor abordado por usted en ese imprescindible legado político-intelectual que, por un momento, me hace olvidar su lamentable, patético y solitario final.

"Para que la relación entre el 6 de septiembre y el problema del petróleo sea apreciada en toda su amplitud, debe tenerse en cuenta que la política adoptada por el radicalismo, implicaba una serie de consecuencias que en su momento no fueron advertidas en todo su significado. El principio de la nacionalización de los yacimientos y su explotación exclusiva por el Estado, que conducía a la desaparición de las empresas privadas y a cerrarle a los intereses extranjeros el acceso a las reservas argentinas de petróleo no podía ser abandonado nunca más, porque era la resultante de un largo proceso de maduración, no sólo del pensamiento radical, sino también de la conciencia del pueblo argentino. La emancipación argentina, que ya era un hecho extraordinariamente grave para los intereses ingleses, lo era en mayor grado para los norteamericanos que venían pugnando por asegurarse reservas de campos petrolíferos en todas las regiones del mundo y por controlar definitivamente a toda América. Esto era aún más amenazador por la actitud radical, anunciada en el Senado -12 de diciembre de 1929-,d e considerar como una solución la posibilidad de liberarse de la dependencia de los monopolios ingleses y norteamericanos, adquiriendo nafta rusa, a cambio de productos agropecuarios, por intermedio de la Iuyamtorg, con lo que se venía a introducir un factor de graves consecuencias para lo intereses extranjeros extranjeros dominantes en nuestra economía y en las economías latinoamericanas" (ibídem).

Nadie resumió mejor que Frondizi la compleja y decisiva cuestión tratada, que entiendo, querido diario, merece tratamiento.

Comencé esta entrada parafraseando a Yrigoyen quien a sus jóvenes acólitos que lo visitaban en su casa, les confió las razones de su intento por volver a la Presidencia: el dominio por parte del Estado de las fuentes de energía, el petróleo a la cabeza, por cierto.

La cita del notable trabajo Arturo Frondizi dibuja las líneas directrices por medio de las cuales procuraremos explicar el asunto no sin antes destacar que el tema formaba parte de la agenda política desde 1927 cuando la bancada de diputados que respondía a Yrigoyen presentó un proyecto de ley destinado a declarar el monopolio estatal en la materia.

El objetivo, según explica con elocuencia Guillermo Gasió: "consistía, por un lado, en quitar a los gobiernos provinciales y sus aliados potenciales, las compañías petroleras privadas, la exploración y explotación de yacimientos para lo cual había que controlar la mayor cantidad posible de territorio petrolífero; por otra parte, se trataba de controlar el mercado interno de combustibles" [G. Gasió, El mandato extraordinario, cit., p. 109].

El problema se presentaba a partir de la concesión ordenada por ciertos gobiernos provinciales de extensiones a empresas petroleras extranjeras (de capital británico y, en especial, norteamericano) para la extracción del hidrocarburo, en algunos casos en abierta competencia con la empresa estatal Y.P.F., creada por Yrigoyen durante su primera presidencia.

Una de ellas, la "Standard Oil Company S.A.": "subsidiaria de la establecida en Nueva Jersey, Estados Unidos, prevalecía entre las empresas petrolíferas extranjeras que operaban en la Argentina [que para ese entonces se había retirado] de Jujuy por haber fracasado en la búsqueda de petróleo, consolida su situación política y económica en Salta, transformada en base de su acción on Y.P.F. La actitud asumida por el radicalismo en la Cámara de Diputados de la Nación (1927) sosteniendo la nacionalización de los yacimientos y el monopolio por el Estado en su explotación habían alarmado extraordinariamente a la Standard Oil, decidéndola a apoyar en los comicios presidenciales a la fórmula oficialista Melo-Gallo. En el Norte se produce un importante fenómeno político-económico, pues la oligarquía azucarera -Leach en Jujuy, Patrón Costas en Salta- llega a una alianza con el capital extranjero a través de los intereses de la Standard Oil que ayude financiera y políticamente a los candidatos contrarios al radicalismo" [Frondizi, cit., p. 236].

Ante los abusos de la empresa, el gobernador electo por el yrigoyenismo en 1928, Julio Cornejo decidió la nulidad de las decisiones administrativas de su antecesor a pedido del representante de Y.P.F.: "que permitían al grupo Standard Oil realizar trabajos en las zonas adyacentes a la mina República Argentina, a las cuales se consideraba con derecho la repartición oficial [...]. Además, durante el gobierno de Cornejo se dictan resoluciones contrarias a los intereses de la Standard Oil; se revocan permisos de cateos se archivan solicitudes; se mandan a anular registros y se les deniega el registro de supuestas manifestaciones de descubrimiento. Todas estas resoluciones fueron dejadas sin efecto definitivamente después del 6 de septiembre de 1930 por el gobernador Aráoz" [ibídem].

La llegada a la Presidencia de Yrigoyen, según Frondizi, decidió a la empresa norteamericana a presentar una demanda ante la Corte Suprema de Justicia de la Nación, solicitando: "la nulidad del decreto del gobernador Cornejo que afectaba seriamente sus intereses. La Standard Oil sostuvo ante la justicia que si el gobierno de Salta, bajo la administración de Corvalán le había concedido varias minas, sus derechos eran irrevocables y por lo tanto el decreto dictado por Cornejo en el año 1928 que dejaba sin efecto las concesiones era nulo por atentar contra el derecho de propiedad. Ante la simple pretensión de la demanda y sin otorgar vista a la provincia de Salta, la Corte Suprema ordenó a éste, que se abstuviera de innovar en la situación existente, es decir, suspendió la aplicación del decreto, asegurando así la continuidad de los trabajos que realiza la empresa mientras durara el juicio".

La sentencia llegaría en marzo de 1932 que: "resultó ampliamente favorable a la Standard Oil no solamente porque declara la nulidad del decreto provincial, sino porque sirvió de fundamento a las decisiones administrativas del nuevo gobierno que insertaba a ese consorcio petrolero. La Corte Suprema de Justicia que en la misma época no encontraba en la Constitución Nacional base jurídica para proteger las libertades esenciales de las personas, resolvió que el decreto que había sido dictado en defensa de los intereses públicos era atentatorio del derecho de propiedad de la Standard Oil y agregó que no ha "sido necesario entrar al análisis detallado de la prueba producida con tanta abundancia y, en ocasiones, con notoria impertinencia, como la encaminada a demostrar los antecedentes irregulares de la compañía actora [la Standard Oil], sus actuales propósitos inconfesables  y el espíritu corruptor que han sembrado en la provincia de Salta, así como la vinculación espiritual y comercial de aquéllas con grandes empresas extranjeras que pretenderían beneficiarse del petróleo nacional atentado contra la independencia y soberanía de la República" [ídem, pp. 237/8].

Algo de vergüenza les quedaba a los sujetos que integraban que integraban la Corte Suprema que había dictado esa sentencia horrenda, dado que decidieron dejar por escrito los abusos alegados por la provincia no obstante no le acordasen a las autoridades la potestad de limitar el accionar irrefrenable entonces de la Standard Oil.

Frondizi, pondera otra cuestión de capital importancia que no puedo obviar, en tanto consolida la hipótesis apresuradamente descartada por Chávez, Cisneros y Escudé respecto de la participación de esa empresa y del gobierno en el que se hallaba la casa matriz, en el golpe contra el gobierno de Hipólito Yrigoyen: la cruenta y atroz guerra por el Chaco boreal entre bolivianos y paraguayos.

Reseña Frondizi que mientras tramitaba el expediente sentenciado en 1932, la empresa: "procuró obtener autorización del gobierno nacional para construir un oleoducto que, iniciándose en la frontera argentino-boliviana llegara hasta un puerto de nuestro litoral, con lo que vendría a valorizar sus enormes dominios petroleros de Bolivia. Desde el año 1920, la Standard Oil había adquirido, valiéndose de empresas de distinta denominación y de personeros particulares los mejores yacimientos de Bolivia, en una extensión total de 2.114.000 hectáreas en concesiones ubicadas totalmente en Santa Cruz, Chuquisaca y Tarija, departamentos que lindan con las provincias de Jujuy y Salta; además de un millón de hectáreas en sociedad con el Estado boliviano y cerca de 800.000 hectáreas en el Chaco Boreal. Este enorme territorio petrolífero no tenía  más que dos salidas naturales [...]. La primera, que era a la vez la más barata, la más asequible y la que podía financiarse  por sí misma en razón  de constituir un mercado en condiciones de absorber  petróleo era un oeloducto que, partiendo de los yacimientos de Comiri y Sanandita en Bolivia, atravesara la frontera con nuestro país, ligándose a las concesiones de la Standard Oil en Salta, y fuera a terminar en Buenos Aires o en algún otro puerto  de nuestro litoral. La segunda, que ya no tenía las mismas ventajas económicas, era el paso a través del Chaco hasta encontrar el río Paraguay y salir por él y por el río Paraná al océano Atlántico" [ibíd.].

Nótese que lo que pretendía la empresa era extraer el petróleo y sacarlo de Bolivia, previendo hacer lo propio con el que yacía bajo el suelo salteño. A la negativa del gobierno argentino a la requisitoria boliviana por el presidente del Y.P.F., general Enrique Mosconi, el presidente de ese país, Salamanca: "expresó, sin ambages, que Bolivia necesitaba romper las vallas que la rodeaban para conseguir salida al mar a su petróleo. Las reivindicaciones de los territorios chaqueños, que le siguieron, encendieron la guerra" [ídem]. 

Por supuesto, la dictadura nacionalista de Uriburu, autorizó la construcción del oleoducto, por decisión del ministro de Agricultura Arias, según lo consigna Frondizi en el trabajo que tanto hemos consultado.

Que presenta, asimismo, una tabla comparativa del porcentual de la producción petrolera a cargo de la Standard Oil y de Y.P.F. en la provincia de Salta entre 1926 y 1934: la correspondiente a la empresa estatal argentina experimentó un progreso sostenido a partir de 1928 cuando produjo el 7,8% del total hasta el 35,1 de 1930; cuando por obra de la claque nacionalista usurpadora del gobierno desde septiembre de ese año comenzó un descenso sostenido, hasta alcanzar un piso del 6,4% en 1934.

Se ha hecho larga la entrada, querido diario. me queda mucho por escribir, pero la espalda no da para más, por lo que la seguiremos mañana. 

jueves, 10 de septiembre de 2020

Diario de la cuarentena. Día 174

Querido diario:

En el trabajo colectivo titulado: Historia de las Relaciones Exteriores Argentinas (1806-1989), bajo la dirección de Andrés Cisneros y de Carlos Escudé disponible acá, se aborda la cuestión relativa a las relaciones entre nuestro país y los Estados Unidos de América en el período que venimos analizando, comprensivo de la etapa que se extendió entre 1880 y la caída de Yrigoyen en 1930.

En lo que nos atañe, vamos a ocuparnos de las relaciones entre nuestro país y los Estados Unidos en lo relacionado con los dos períodos correspondientes a las Presidencias de don Hipólito desarrollo que entiendo, explica en buena medida el devenir de los acontecimientos que culminarán con su derrocamiento.

Cuestión íntimamente relacionada con la de la propiedad del petróleo, asunto que trataremos con extensión mañana, querido diario.

El trabajo consultado divide el período de las relaciones exteriores entre ambos Estados, dividido a su vez, en cuatro fases la primera (1880-1900), caracterizada por "los esfuerzos panamericanistas norteamericanos, tendencia que se reflejó en el ataque de la delegación argentina al proyecto del secretario de Estado norteamericana James Blaine de construir una zona de libre comercio hemisférica durante la Primera Conferencia Panamericana de Washington de 1889"; una segunda (1900-1914): "caracterizada por la adopción de parte del gobierno norteamericano de una 'diplomacia de control' en los países sudamericanos (entre ellos la Argentina), acorde con su creciente presencia económica en los mercados de estos países", la tercera (1914-1918), concordante con el desarrollo de la "Gran Guerra" cuando: "el gobierno y los actores económicos de Estados Unidos experimentaron un ascenso de su influencia sobre las autoridades argentinas tanto en términos de la 'diplomacia de control' como de la primacía como abastecedor de productos manufacturados en detrimento de los competidores británicos y alemanes" y la cuarta, extendida entre 1918 y 1930: "de apogeo de la primacía regional económica y política norteamericana".

Anticipo, entonces, querido diario, que uno de los desafíos que debía enfrentar Yrigoyen al asumir su segunda Presidencia era, precisamente, la compleja relación bilateral con los Estados Unidos.

Subrayada por dos particularidades ineludibles: ni don Hipólito era, precisamente, una personalidad política apreciada en Washington, ni el reelecto presidente radical era dócil a la hora de negociar cuestiones que relacionaba con la dignidad nacional (y latinoamericana) y tampoco proclive a olvidar viejas cuitas.

Ya hemos repasado en tus páginas, la decisión altiva de Yrigoyen de ordenar el retiro de la delegación argentina de las reuniones preliminares tendientes a establecer la Liga de las Naciones ante la decisión norteamericana de impedir el acceso de la Alemania derrotada en 1918; evento que había tenido un antecedente crucial acaecido cuando todavía se peleaba en Europa.

"A mediados de abril de 1917. el presidente Yrigoyen volvió a sacar a la luz su proyecto de realizar una conferencia de países latinoamericanos con el objeto de constituir una acción diplomática de naciones neutrales, pero, como varios de los países de la región habían roto sus relaciones con Alemania, el nombre de la reunión proyectada varió de 'Congreso de la Paz' a 'Congreso de las Nacionales de América'. en mayo del mismo año, el gobierno argentino cursó las primeras invitaciones a la proyectada reunión en Buenos Aires [...]. Pero el proyecto yrigoyenista de una asamblea de países latinoamericanos estaba condenado al fracaso desde el ingreso de Estados Unidos en la guerra. Sólo México envió sus delegados. Las intensas presiones diplomáticas del gobierno norteamericano, interesado en una activa política beligerante que reafirmara su liderazgo en el continente produjeron el fracaso de la convocatoria de Yrigoyen".  

En consecuencia. "el secretario de Estado Robert Lansing realizó todo tipo de maniobras y presiones tendientes a evitar que los países latinoamericanos participasen del proyecto de Yrigoyen, esfuerzos que se vieron coronados por el éxito, ya que las naciones que inicialmente apoyaron al gobierno argentino, posteriormente anunciaron que no asistirían al Congreso -salvo México-, con lo que el proyecto del líder radical se pospuso".

Escenario que presentaba otros escollos, a los que aludía al inicio, querido diario: el desplazamiento de Gran Bretaña como principal proveedor de manufacturas al país a manos del Tío Sam, con el consecuente desbalance de la cuenta comercial entre ambos países (agigantada por las normas arancelarias y excluyentes de productos nacionales) y, en especial, la política imperialista aplicada sin ambages en las naciones del Caribe.

Esto último era vivido por el nuevo Presidente argentino como una afrenta propia: "intervención armada estadounidense en Nicaragua y, consiguientemente, la afirmación de las tesis sustentadas por la Argentina en la Conferencia Panamericana de La Habana [celebrada el año anterior, bajo la presidencia de Alvear]. La política intervencionista, además de violadora de principios de convivencia americana, era apreciada como una clara tentativa de hegemonía continental orientada desde la Casa Blanca" [en Gasió, Yrigoyen, el mandato extraordinario, cit., p. 93]. 

No dejaría pasar la oportunidad que se le presentaba en diciembre de 1928 cuando el presidente electo de los Estados Unidos, Herbert Hoover, visitase el país en el marco de una gira continental previa a la asunción presidencial (acá pueden consultarse imágenes documentales del paso de Hoover por Buenos Aires).

Mantendría dos reuniones privadas con Yrigoyen, quien no dejaría pasar la oportunidad de consultarle si continuaría con las políticas intervencionistas de su antecesor Coolidge, conversaciones que, deliberadamente, hizo públicas al pronunciar el discurso de bienvenida al presidente electo en ocasión del banquete ofrecido en la Casa Rosada.

Dijo entonces el líder argentino: "Habéis tenido a bien comprender a la República Argentina, entre los países de Sud América que os propusisteis visitar; y ésta, valorando debidamente vuestra cortesía, os ha tributado su más caluroso homenaje, al par que el gobierno, seguro intérprete de los sentimientos y aspiraciones nacionales, os brinda en este momento su efusivo saludo. Vinculados a los Estados Unidos de Norte América por lazos amistosos, que se remontan a los albores de nuestra vida independiente -pues en el ejemplo de los ilustres fundadores de vuestra República recogimos las primeras lecciones de democracia, y la sabiduría de vuestra ley constitucional fijó la arquitectura de nuestras instituciones federativas-, no dudamos de que vuestra espontánea visita ha de intensificar las relaciones establecidas de pueblo a pueblo y mantenidas armoniosamente por un espacio de tiempo ya secular".

Podemos imaginar, querido diario, al agasajado asintiendo con una leve y satisfecha sonrisa dibujada en sus labios finos ante la traducción de cada una de las palabras de su anfitrión que lo despedía, tributándole un homenaje sincero a los fundadores de la Unión que presidiría a partir de enero siguiente.

Endulzado el gringo, habría de escuchar lo que seguía, que la habrá complicado la digestión.

"La Argentina -¿por qué no decir la América y el mundo?- espera de vuestra Nación, ya en el cenit de su engrandecimiento, en la cumbre misma de su pujanza y de su expansión, irradie altos valores espirituales y pacifistas, como el que llevara a vuestro insigne Presidente, desaparecido, a convocar en Ginebra -después de la trágica hecatombe de la civilización contemporánea- a todos los pueblos, para que, como bajo el santuario de una solemne basílica, reafirmaran para las naciones el precepto eterno y luminoso que el Divino Maestro promulgó: 'Amaos los unos a los otros'. Tales son los anhelos de los pueblos sudamericanos, los cuales aspiran a avanzar siempre por el sendero de su perfeccionamiento hacia la misión que en la Historia le han deparado los designios de la Providencia; realizándose como entidades regidas por normas éticas tan elevadas, que su poderío no pueda ser un riesgo para la justicia, ni siquiera una sombra proyectada sobre la soberanía de los demás Estados" (en: Yrigoyen, Hipólito, Pueblo y Gobierno, Raigal, Buenos Aires, 1956, Tomo VII, pp. 111/2).

Yrigoyen en estado puro.

El diario oficialista "La Época" del 16 de diciembre de 1928 reveló el contenido de la entrevista reservada de ambos dirigentes oportunidad en la cual: "el doctor Yrigoyen expuso a su interlocutor que el gobierno argentino como todos los gobiernos del Sud América, se mantenía en observación de una política internacional cuyas consecuencias prácticas consistían en el desconocimiento de la soberanía de aquellos países dentro de los cuales los intereses de la Unión no fuesen, a juicio de los mismos interesados, suficientemente respetados o protegidos por las leyes o las autoridades locales. Expuso el doctor Yrigoyen a su interlocutor la gravedad evidente de una tesis internacional que tornaba tan peligrosa la incorporación del capital privado americano a la economía interna de otras naciones, recalcando, especialmente, la expectativa despertada en la opinión del continente respecto a su las teorías y procedimientos enunciados y aplicados por el gobierno de la Unión a ciertos países de América constituían o no principios y prácticas definitivamente incorporadas a su pensamiento diplomático como normas de sus relaciones internacionales" (ibíd.).

Aludía Yrigoyen a las intervenciones militares de ocupación que el presidente Coolidge había dispuesto sobre dos Estados centroamericanos: el de Haití y, muy especialmente, el de Nicaragua; resistido con heroico denuedo por las huestes de Augusto César Sandino, quien al ser intimado a la rendición por las tropas yanquis de ocupación: "al puñado de valientes comandados por Sandino, éste les ha contestado: 'No me rendiré y aquí los espero. Yo quiero patria libre o morir. Los 'civilizadores' aplican a los patriotas el 'cumbo' (degüello) y 'el corte de chaleco' (corte de los brazos hasta la raíz)", crímenes bien conocidos por la opinión pública internacional, merced a la prédica encendida de dirigentes de la talla de José Mariátegui, Haya de la Torre y Manuel Ugarte [ver: Norberto Galasso, Manuel Ugarte y la unidad latinoamericana, Colihue, Buenos Aires, 2012, p. 174].

El visitante le respondió a Yrigoyen, previo a explicar las razones de las intervenciones militares norteamericanas en el Caribe, justificadas en la necesidad de dar protección a "ciudadanos norteamericanos", desamparados por las leyes locales (cantilena conocida por su interlocutor, buen conocedor de la historia del Río de la Plata) no obstante: "después de un corto recogimiento interior, retomó la palabra con verdadero calor y expuso que podía afirmar que en el pueblo americano era impopular la política intervencionista, y que podía declarar, además enfáticamente, que esa política había cesado, y que jamás -lo repitió- jamás en lo futuro, el gobierno americano intervendría en la existencia interna de otros países por respeto hacia su soberanía y reconociendo su pleno derecho a manejar sus propios destinos. Con esa declaración, que el futuro mandatario de los Estados Unidos reiteró poco más tarde, a propósito de una referencia sola, un caso particular hecho por el doctor Yrigoyen, terminó este capítulo de su conversación, encaminado desde ese momento hacía otros tópicos, como también de capital interés para los dos países".

"Estamos seguros [concluye el editorial de "La Época"] de que la opinión pública argentina, como el juicio de todo el continente, recogerá con patriótica satisfacción las declaraciones de Mr. Hoover, que garantizan ante el mundo la extinción de una política intervencionista tan antipática como fértil en conflictos, recibiendo como primer fruto de sus cambios de ideas con el doctor Hipólito Yrigoyen" [Pueblo y Gobierno, cit., Ver en el mismo sentido, texto de Hoover publicado en la edición del 17/12/28 de "La Nación", en Gasió, cit. p. 96].

El 19 de enero de 1929, fecha de la asunción de Hoover, Yrigoyen lo saluda recordándole el diálogo mantenido el día de su despedida de Buenos Aires. Comenta el editorial de "La Época": "El Presidente Yrigoyen acaba de hacer lo que no se hizo en la Sexta Conferencia Panamericana que recientemente se celebró en La Habana. Hoover contestó a Yrigoyen -después de justificar débilmente al presidente a quien va a suceder en breve- que será desechada para siempre la política intervencionista porque el pueblo americano la repudia. No se puede pedir una declaración más explícita. esa era la declaración que se esperaba, y que no se obtuvo, como resultado de la Sexta Conferencia. ¡Con qué sorpresa leerán algunos países el gesto de Yrigoyen y la respuesta noble y magnífica de Hoover! ¡Honor al presidente Yrigoyen! Ya Sandino no está solo. ¡Y qué aliado!" [en Gasió, cit., p. 97].

Sandino lo sabía. Por ello, el 20 de marzo siguiente le dirigió una carta al Presidente argentino a quien le propuso: "la convocatoria a una conferencia en Buenos Aires con representantes de las 21 repúblicas latinoamericanas y los Estados Unidos. 'Esta conferencia tendrá por objeto la exposición del proyecto original de nuestro ejército que si se ve realizado afianzará la soberanía y la independencia de nuestras 21 repúblicas indohispanas y la amistad de nuestra América racial con Estados Unidos sobre bases de equidad. Ese proyecto presentará nuestro ejército y probará el derecho que tienen de extremar su opinión los pueblos indohispanos sobre la libertad y la independencia de las repúblicas latinoamericanas hoy intervenidas por los Estados Unidos así como sobre los bellos principios naturales que Dios ha dado a estos países y que son la causa por la cual se les pretende oprimir [...]. Me permito asegurarle asimismo que desde mi llegada a Tegucigalpa tendré el honor de ponerme bajo la bandera argentina y bajo su garantía continuaré hasta que se verifique la conferencia. Me es honroso suscribirme de Usted y el pueblo argentino, su afectísimo y seguro servidor" [Gasió, cit., p. 102].


Con una nueva profesión de fe del ejercicio al lacayismo vocacional y atávico del que siempre hizo culto la línea editorial del diario "La Nación", a esta propuesta se opuso en la edición del 6 de abril siguiente que: "El caso de Nicaragua expresa una circunstancia lamentable pero existente cual es la política de sistemático aislamiento que parece querer seguir el actual gobierno. Nicaragua es un asunto que está más o menos fuera de nuestra órbita por lo que creemos que la proposición de Sandino no puede hallar eco en la Casa Rosada" [en ibíd.]

En marzo de 1930 tendrían oportunidad de volver a dialogar Yrigoyen y Hoover. Fue en oportunidad de la inauguración del servicio radiotelefónico entre los dos países.

Comenzó Hoover recordando su visita de 1928: "los largos días de travesía que hice hacia el sur y el admirable viaje en ferrocarril sobre los Andes y por las famosas y fértiles llanuras de la Argentina, antes de que me fuera posible hablar con Ud. en otra ocasión". Si hubiese sido asesorado por Alfredo Le Pera, president Hoover, le habría regalado a Yrigoyen una estampa de su memoria del paisaje evocado del estilo: "si estos pastos conversaran, esta pampa le diría" y demás cabriolas del bajo vuelo del poeta brasileño.

Yrigoyen, en cambio, siempre a caballo de su verba inconfundible, no dejaría pasar la oportunidad. Máxime cuando su interlocutor no había honrado la palabra dicha en su despacho cuando aquella visita que, desde luego, el argentino recordaba. Y recordó en esa ocasión.

Le dijo que: "en ocasión de su inolvidable visita, durante la cual coincidimos en juicios acerca de la forma en que deben ser encarados y resueltos los problemas internacionales de acuerdo con los inmutables principios que son fundamentos éticos de la creación universal; y lleno de satisfacción por sus generosos recuerdos, asó como por las informaciones de míster Bliss, condigo con Ud. en que este nuevo medio de comunicación será un factor más de la expansibilidad comunicativa de nuestras naciones. Pero tengo que decirle, cada vez más acentuado mi convencimiento, que la uniformidad del pensar y sentir humanos, no ha de afirmarse tanto en los adelantos de las ciencias exactas y positivas, sino en los conceptos que como inspiraciones celestiales, deben constituir la realidad de la vida, puesto que, asegurada bajo sus propias garantías morales, fuimos sorprendidos por una hecatombe tal que nada no podría referirla en toda su magnitud. Ante semejante catástrofe era justamente imperativo creer que sobre ella recaería la más profunda condenación, señalando el renacimiento de una nueva vida espiritual y más sensitiva. Por lo que sintetizo, señor presidente, esta grata conversación reafirmando mis evangélicos credos de que los hombres deben ser sagrados para los hombres, y los pueblos para los pueblos, y en común concierto reconstruir la labor de los siglos sobre la base de una cultura y de una civilización más ideal, de la más sólida confraternidad y más en armonía con los mandatos de la Divina Providencia. Muy calurosos saludos, señor presidente".

No obtuvo respuesta, Yrigoyen. Del otro lado de la línea su interlocutor interrumpió abruptamente la comunicación.

Los diarios se hicieron eco del eventos, con opiniones conminatorias. "La Nación", por supuesto consignó que Yrigoyen había estado "fuera de tono, porque el motivo de la conferencia no autorizaba disertaciones filosóficas por sencillas que fueran éstas"; "La Prensa", censuró el desprecio de Yrigoyen al "perfeccionamiento de la ciencia y de la técnica , desde que son factores de la civilización y contribuyen por tanto al perfeccionamiento de la vida, no sólo en el orden material, sino en el aspecto ético, fundamento y fin de la civilización"

El estiercolero de papel dirigido por nuestro ya conocido Francisco Uriburu "La Fronda", reaccionó con virulencia contra el atrevimiento de Yrigoyen quien: "quiso abrumar a Mister Hoover con la profundidad de su pensamiento y se despachó a gusto [mediante] el desvarío final, la locura definitiva. El loco no excluye al compadre de Balvanera, que aparece de cuerpo entero en esta vergonzosa misiva internacional", comentario que se tituló: "Mensaje mulato sin idea".


La seguiremos, querido diario.


miércoles, 9 de septiembre de 2020

Diario de la cuarentena. Día 173.

"El actual Presidente inició su gestión en condiciones más favorables y cómodas que ningún otro para realizar sus planes de gobierno. ¡Qué campo de actividad para un verdadero estadista en una nación de legislación tan rudimentaria y de tan vastos recursos como la nuestra! Catorce meses después de iniciado el período presidencial comprobamos  que el poder Ejecutivo ha derrochado con insensatez ese capital magnífico. Mas a poco se comprobó que, no teniendo contra quién defenderse, su actitud exclusiva de oposición se hallaba sin empleo y necesitaba crear fantasmas para librar contra ellos batallas verbales que disimularan su esterilidad. El Poder Ejecutivo renunciaba a las tareas de gobierno, se desatendía de los problemas nacionales, abandonaba la administración, para consagrarse a lanzar reproches contra sus predecesores y a planear represalias contra los que no lo habían acompañado en los comicios. La situación ha venido agravándose día por día. Las condiciones de la economía nacional son cada vez menos favorables, frente al desamparo del gobierno." 

El texto compartido, querido diario, corresponde a la editorial del diario "La Nación" del 19 de diciembre de 1929 titulado: "Consecuencias del desorden voluntario".


El contraste con el editorial de "La Época" de finales de 1928 no podía ser mayor; distingo que no respondía solo a la cercanía de un medio al proyecto gobernante, como a la lejanía del otro.

El balance del primer año de gobierno de don Hipólito publicado en la tribuna de los Mitre describía el pantano económico, social y político en el que se hallaba atrapado país al final de ese año. Una semana después, como otro síntoma de la descomposición reinante, el presidente sufriría un atentado a pocas cuadras de su domicilio, como dejé asentado en tus páginas, querido diario.

Cuentan que los marineros le tienen terror al mar tranquilo. Le dicen "calma chicha", la que precede las grandes tempestades. Digamos, querido diario, que el mar de finales de 1928 era, un espejo manso. La tormenta se cocinaba ahicito nomás.

Volvamos a la economía de esos años, querido diario.

Junio de 1929. El precio del trigo (principal commodity agraria argentina) toca su mínimo histórico en 20 años: 8 pesos el precio de 100 kilos, contra 15 del mismo mes del año anterior.

A esa novedad funesta, decidida en otras latitudes, se le sumaban aquellas que esbocé en la entrada anterior: la asfixia económica de los productores, expoliados por el pool de exportadores y los ferrocarriles ingleses.

Yrigoyen la veía venir, y fiel a su estilo arbitró entre los sectores en pugna cuyos representantes había recibido, en la Casa de Gobierno, el 12 de marzo anterior. 

Gasió, en el trabajo que venimos comentando reseña que en esa oportunidad se hicieron presentes para someter el conflicto al presidente Yrigoyen: "Edelstein, Oster y Salslavsky, del Centro de Exportadores de Cereales, y delegados del Centro de Corredores y Comisionistas de Cereales, de Rosario, Estos presentaron un memnorial en el cual señalaban que el sistema de compraventa de granos a fijar precio, perjudicaba a los agricultores. De la reunión surgió la primesa de los difigentes de las principales firmas exportadoras de no imponer esa modalidad"

La crónica periodística se encargó de destacar que: "El señor Yrigoyen se congratuló de que ambas partes hubieran llegado a un acuerdo tan plausible de la importante cuestión. Prometió fijar normas permanentes para el futuro, teniendo en cuenta las razones de orden económico invocadas y la necesidad de proteger ampliamente la producción nacional".

Las medidas llevadas adelante por el gobierno para compensar la caída en el rendimiento de la cosecha ante el desplome del precio en los mercados internacionales, mereció (siempre de acuerdo con la excelente y documentada investigación de Guillermo Gasió) el beneplácito de exportadores y de los productores reunidos en la Federación Agraria; contento que contrastó con las quejas públicas de la Sociedad Rural Argentina (cuya comisión directiva la presidía Federico Martínez de Hoz, gobernador de la provincia de Buenos Aires por el conservadurismo, a la caída de Yrigoyen) que objetaban el "intervencionismo" del gobierno en la materia. 

El precio bajísimo del trigo no fue la única mala noticia llegada de los Estados Unidos por el gobierno argentino durante ese mes de junio de 1929 cuando: "trascendió una nota de The New York Times, en la que advertía que la oficina Sanitaria Panamericana, con sede en Washington, encargada de consultar periódicamente sobre indicios de pestes en territorios o cualquier circunstancia de peste local podría tener sospechas sobre la sanidad de los cereales argentinos, ante la falta de respuestas de las autoridades de Buenos Aires"

El rumor era una grosera fake new dirigida a herir de muerte al comercio de granos argentino: no había habido denuncia formal de ningún país extranjero ni había muerto ningún marinero, como se ponderaba en la nota del periódico neoyorquino y, fiel a su tradición de siempre, propalaría en idioma castellano y en el país objeto de esa maniobra artera, el diario "La Nación".

En su edición del 18 de junio, no sólo dio crédito a esa falsa versión sino que, va de suyo, aprovechó la oportunidad para caer sobre Yrigoyen y su canciller, Horacio Oyhanarte: "El silencio observado por la Argentina se produce simultáneamente con la llegada de noticias procedentes de Gran Bretaña, Holanda, Bélgica, los países escandinavos y Rusia, dando cuenta de la presencia de ratas portadoras de la peste en cargamentos de granos argentinos, y de que se han descubierto dos casos de peste, por lo menos, entre los tripulantes de los barcos procedentes de la Argentina". El 20, seguirá ese diario con las misma cantinela: "La actitud del gobierno en este episodio implica la prolongación de una política exterior que por inconsistente y absurda parecería inspirada en el propósito de sacrificar los intereses del país sin otra mira que la de alimentar inescrutables caprichos. Si la política exterior del actual presidente -y omitimos a sabiendas al titular de la cartera [de Relaciones Exteriores]- se basara siquiera en una razón equivocada, la opinión pública podría levantarse contra ella y refutarla: Pero no se apoya en razón alguna. El mutismo presidencial hace de ella algo más grave que una política equivocada. Mezcla de apasionamiento y de cálculo, expresión de un temperamento antes que de una idea, en ella se confunden prurito de aislamiento vanidoso y una mal entendida cautela". 

O sea que de acuerdo con el diktat de la Tribuna de Doctrina, si Yrigoyen no reaccionaba (aunque lo hizo efectivamente, querido diario) ante una provocación semejante nacida de una falacia; era por indolencia o por "prurito de aislamiento", precisamente, el del presidente que auspiciaba la firma de un tratado comercial con el Reino Unido donde, de acuerdo con la vulgata desparramada por el "New York Times", se había recibido trigo apestado.

Si esa versión hubiese tenido asidero, no se comprenderían las razones por las cuales la misión comercial británica arribaría al país en agosto de ese año para concretar la firma (en Buenos Aires, detalle en lo absoluto baladí) de ese portentoso acuerdo comercial. ¿Habría de tener interés SMB en la firma de un convenio que obligaba a Londres a adquirir miles de toneladas de trigo argentino apestado?

Ese indicio por sí solo, desacreditaba por antojadiza la crítica mitrista a la vez que evidenciaba la abierta falsedad de la especia, no obstante (como para contrarrestar a los infundios periodísticos aludidos) el viejo líder demostró que los reflejos estaban intactos: "acompañado por el canciller Oyhanarte, recibió a funcionario de la Oficina Panamericana [a fin de que sea controlada la salubridad de las cargas de granos a exportar en el puerto de Buenos Aires]. Estos publicaron su informe luego de visitar el Departamento Nacional de Higiene, en compañía del ministro González"

Informe que, desde luego, descartaba esa sospecha, deliberadamente echada a rodar en Nueva York.

Habría otra noticia que llegaría desde la misma ciudad en octubre de 1929 que sería crucial para el destino del gobierno argentino: el denominado jueves negro de la Bolsa de Nueva York, el crack de Wall Street que daría inicio a la Gran Depresión norteamericana.


El derrumbe se hizo sentir en todo el mundo, en especial en la Argentina: la devaluación del peso fue automática de 240 pesos cada 100 dólares, a 249 en un solo día.  A partir de entonces comenzó un flujo incesante (y preocupante) del oro depositado en la Caja de Conversión que respaldaba el circulante.

Un esquema de convertibilidad que había sido abandonado en 1914 con motivo de la Primera Guerra Mundial y reinstaurado por Alvear en 1927: un presente griego perfecto. Dado que, si los años de bonanza económica que coincidieron con la gestión del segundo presidente radical había traducido un ingreso portentoso de ese metal al país, la caída libre del comercio internacional tradujo una contracción del saldo de intercambio que, conforme lo investigado por Roberto Etchepareborda fue en 1929 de 208 millones de pesos, contra 495 millones del año anterior [en: del autor citado, Yrigoyen-Alvear-Yrigoyen, Ciudad Argentina, Buenos Aires, 1998.]

Consecuentemente: "en la primera semana de diciembre del 29, de la Caja de Conversión fue extraído $oro 2.317.620; un millón por parte del Banco Francés y Río de la Plata y otros 375 mil por el Banco Holandés [...]. El Banco Tornquist & Cía. embarcó hacia Europa más de 2 millones de pesos oro" [en: Gasió, cit, p. 67].

Fue entonces cuando aquel presidente pintado en las páginas del diario "La Nación" como indolente y estático decidió el cierre de la Caja de Conversión, con la evidente finalidad de detener el drenaje de oro, suspendiendo la entrega de ese metal por billete suprimiendo la libre convertibilidad de la moneda, tal como lo justificaba en el decreto del 16 de diciembre: "Que el estado de inseguridad en la regularidad  y estabilidad de la moneda por que atraviesan los principales centros financieros del mundo, influye adversamente en el nuestro, motivando la salida de metálico sin causas verdaderamente justificadas", dado que "todo el oro que ingresó al país durante dos años" había salido en unas pocas semanas [en Gasió, cit., p. 67].

Opina el economista Pablo Gerchunoff: "La Gran Depresión no sólo prolongaría el cierre de la Caja de Conversión sino que llevaría también a una profunda reforma del esquema monetario del país. En los meses que siguieron a ese difícil diciembre la moneda local se depreció respecto a otras que permanecían convertibles con el oro, aunque esta depreciación (que acumulada al mes de agosto de 1930 fue de aproximadamente 15%) pudo juzgarse como moderada dada la magnitud del shock externo. Más tarde, en el marco de un deterioro generalizado de la economía y ya con Yrigoyen fuera de la Presidencia, la depreciación de la moneda continuaría y para agosto de 1931 iba a cumular un 30% adicional"  (del autor citado: El eslabón perdido. La economía política de los gobiernos radicales (1916-1930), Edhasa, Buenos Aires, 2017, p. 164].

Por supuesto, querido diario, que toda la prensa (excepción hecha del periódico oficialista "La Época") bramaron contra la medida, considerándola un atentado a la moneda nacional, evidenciando su ilicitud y otras delicias propias de la cachaza de siempre. Era comprensible, debe admitirse, la queja: la decisión de Yrigoyen abortó millonarias extracciones de oro de la Caja de Conversión a cambio de papelitos que seguramente, se proponían realizar los principales anunciantes de esos guardianes de la libertad de expresión.

Los políticos de la oposición, sin excepciones, también pusieron el grito en el cielo. Los más vehementes fueron los socialistas, tanto aquellos que se enrolaban en el partido dirigido por Nicolás Repetto (Juan B. Justo había fallecido en enero de 1928), como la escisión "Independiente", en la que abrevaban alhajas de la talla de Antonio de Tomasso y Federico Pinedo.

Éste último, que tantos y tantos servicios consagraría a la Patria en los años por venir.



Al hombre de Estado, al eminente economista, seguramente por faltarle la perspectiva que  los años le dieron a Etchepareborda, Gerchunoff, Gasió, Hebe Clementi, el Chueco García y a mi abuela para apreciar la magnitud de lo que se había iniciado con el jueves negro de octubre del '29 en Nueva York.

Ello, dado que, minimizó sus efectos para censurar el sinsentido de la ilegal medida decidida por el presidente senil: "lo más chocante es la oportunidad elegida por el Poder Ejecutuivio para convencert a la Nación de que se pasa por un momento de trastorno económico mundial, siendo que éste es un momento de facilidad económica visible. Toda la situación económica y monetaria del mundo tiene un carácter más fácil que el día anterior" (en Etchpareborda, cot., pp. 433/5).

La tenían fácil, Federico, es verdad. Y este tipo que se las vino a  complicar...

Se ha hecho larga la entrada, querido diario, vamos clausurándola, aunque la vamos a seguir.

Cerremos, precisamente, con el cierre de la editorial del diario "La Nación" con el que comencé esta entrada: "El Poder Ejecutivo no ve, no comprende, no oye. Víctima de una suerte de delirio de persecuciones cree que todas las críticas que se le dirigen en defensa de los intereses nacionales obedecen a una siniestra confabulación destinada a empañarle una gloria que no cuida. Su vanidad le impide asesorarse y rectificar los errores en que incurre. Pero los hechos tienen una fuerza superior a esos cálculos y el Poder Ejecutivo se encuentra hoy apremiado por los hechos. El intenso malestar que el país experimenta es, ante todo, un fenómeno de desconfianza. Desconfianza creada por el sistema de las persecuciones políticas, por los actos oficiales, por la falta de idoneidad en las altas funciones, por el desorden de los gastos, por la preponderancia excluyente de los afanes de comité sobre los anhelos del bien público".

Tal vez porque veía, oía y hacía demasiado y porque encarnaba los anhelos del bien público, a don Hipólito, se lo sacarán de encima en septiembre de 1930.   

  


martes, 8 de septiembre de 2020

Diario de la cuarentena. Día 172.

Querido diario.

Procuro empezar a concluir lo que empecé el domingo 6 de septiembre, cuando me propuse contar una historia demasiado relatada, pero que creo que vale la pena tratar en tus páginas: el derrocamiento de Hipólito Yrigoyen en 1930.

Tarea ardua, pero que emprendo con la finalidad de llegar, cuanto menos, a una conclusión preliminar en tanto...

No sé si ando con ganas de creerte, nene. Nos rompiste las bolas durante semanas interminables con Zeballos, Mansilla, Marianito Rosas y su calavera, con el cacique Órkeke y otras tantas divagaciones y no concluiste un pomo: la gente buena, sufrida y poca (cada vez más, bebé, no lo olvides) que dilapida el tiempo líquido de esta cuarentena eterna leyendo las boludeces que escribís no sabe (no les contaste) qué fue de los restos de Panghitruz Ghor, de Calfucurá, de tanta historia que amagaste a contar y no concluiste, porque...

Ya estuvo bueno, querido diario.

Tenés razón (tengo razón, no debo olvidar que vos y yo somos la misma cosa). Me disculpo con la entrañable legión (por escueta que sea) que sigue estas reflexiones, a la cual prometo llegar al final feliz de esa historia demasiado cruel. 

Que, por supuesto, tiene que ver con la que empiezo a relatar, a mi modo, claro está: una especie de historia chiquita de la caída de Yrigoyen, del golpe contra Yrigoyen.

De los significantes, de los ecos de ese evento, que siguen haciéndose sentir, noventa años después.

Digamos, para empezar, volviendo la mirada hacia un relato gastado en tus páginas querido diario, que el abordaje del tema requiere de alguna explicación, a tenor del alborozo popular que acompañó al general absurdo, criminal, que sustituyó a Yrigoyen por la fuerza en septiembre de 1930 contrastante con el júbilo de dos años atrás cuando casi el 60 por ciento de los varones argentinos había votado por su nueva llegada a la Presidencia y lo festejaba en las calles.

¿Qué habría pasado entre octubre de 1928 y septiembre de 1930?, vamos a preguntarnos querido diario.

Comencemos por lo evidente: si como escribí un 60 por ciento lo había acompañado con fervor, debo anotar que el 40 restante, lo había recibido con espanto.

Mucho se ha escrito sobre el segundo gobierno de Yrigoyen y vamos a escribir algo acá.

Primero, contestemos una pregunta esencial: ¿para qué fue reelecto Yrigoyen? O mejor, ¿por qué, a los 76 años (de 1928, edad que en este tiempo equivaldría a los 85) Yrigoyen quiso ser reelecto?

Recordemos, querido diario, que el objetivo central de su candidatura, según la propia confesión de Yrigoyen a unos jóvenes que lo habían visitado en su casa de la calle Brasil (entre los cuales estaba nuestro amado Homero Manzione) era la propiedad del petróleo; Guillermo Gasió, historiador honesto y obsesivo resume: "El segundo gobierno de Yrigoyen predicó como puntos centrales de la política económica: la defensa de la producción nacional, la promoción del comercio exterior y el mantenimiento del crédito externo".

Digamos entonces que, al margen de los proyectos de redención política y social invocadas por el líder (esencia de su militancia política) el plan de su gobierno se apoyaba en esos ejes centrales, con una finalidad de promoción de las actividades agrícola-ganaderas que suponía: "la retención mayor de provechos para los productores de cereales, la organización del crédito agrícola, la conquista de nuevos mercados para las carnes y una más amplia difusión del transporte y el perfeccionamiento de sus servicios".

Tales objetivos, no eran más que las asignaturas pendientes de su mandato anterior, cuando el Senado (de mayoría conservadora) obstaculizó los proyectos de ley que había enviado al Congreso, entre los cuales debe destacarse el de la creación del Banco Agrícola Nacional a fin de lograr una "organización adecuada del crédito que supone, lleva a los trabajadores del campo la posibilidad de movilizar  y aprovechar todos sus capitales, sin excluir sus propias energías al amparo de una legislación previsora que asegura para el esfuerzo perseverantes se legítima recompensa. Ocioso sería pretender demostrar los beneficios de todo orden que reportará  para el país la adopción de una política agraria que permita colonizar intensivamente nuestro suelo y radicar en las campañas una población laboriosa alejándola de los centros urbanos donde hoy se concentra".

Colonización de tierras ociosas e impulso a la radicación masiva de trabajadores en el ámbito rural, desalentando el hacinamiento de la mano de obra rural ociosa en las piezas de los conventillos de las grandes ciudades.

Me anticipo a tus prevenciones querido diario: en efecto, el pensamiento de Yrigoyen era agrarista, por tal receloso (nunca enemigo) del desarrollo industrial urbano. Que cada quien saque sus conclusiones.


La diversificación de la producción y comercialización de la producción primaria (la del campo, para resumir) era el gran objetivo de cuño igualitarista en el terreno de la economía: despojar el negocio de comercialización de granos y de carnes de las pocas manos que en muy poco tiempo, habían alcanzado un poderío económico con capacidad desestabilizadora.

Estado de cosas impúdico, además, el de la exhibición de la opulencia oligárquica confrontada a la situación de multitudes (sino menesterosas, merced a las políticas sociales desarrolladas durante su primer gobierno) apenas, supervivientes.

El acuerdo que su canciller, Horacio Oyhanarte, suscribiría en 1929 con el embajador inglés en Buenos Aires por el cual ambos Estados se concedían sendos créditos por una suma en libras esterlinas equivalente a 100 millones de pesos argentinos por el término de dos años (que no sería aprobado por el Congreso), acompañaba ese proyecto, sostenido a su vez en la premisa: "comprar a quien nos compra". 

Afiebrados intelectuales del nazionalismo criollo y abombados por izquierda, presentan a ese acuerdo como el antecedente del pacto que Julio Roca (h), vicepresidente del fraudulento presidente Justo, suscribiría con Walter Runciman en Londres en 1933, a partir del cual se comprometió al Estado argentino a realizar una serie de concesiones acorde con el sentido del discurso de despedida de Roca (h) al concluir esa misión cuando afirmó que: "la Argentina por su interdependencia reciproca es, desde el punto de vista económico, una parte integrante del Imperio Británico".

Nada de ello dijo ni pensaba Yrigoyen quien era (a su manera) nacionalista, pero no era estúpido.

Apenas había asumido su segunda Presidencia, recibió en Buenos Aires al presidente electo de los Estados Unidos Herbert Hoover, con quien se entrevistó.

Y como no era estúpido Yrigoyen, tuvo oportunidad de identificar de primera mano, sino al enemigo, al contrincante de su país.

El abaratamiento del costo del transporte, otro desafío del Presidente se explicaba en la situación (bien conocida por Yrigoyen) de los pequeños productores rurales quienes debían soportar el peso del flete para el acarreo de sus producciones en trenes controlados por compañías británicas. Cuya exhorbitancia, sumada a la avidez de los latifundistas que exigían el pago de arrendamientos prohibitivos, sino condenaba a la ruina a los chacareros, desalentaba toda nueva empresa, para colmo, sin la asistencia de la entidad financiera cuya creación había propuesto al Congreso.

De allí, también, su empecinamiento para la conclusión del ferrocarril a Huayquitina que terminó uniendo a Salta con Antofagasta (parte de la traza de ese ramal es el célebre "Tren a las Nubes"), concebido como un paso necesario para descomprimir al puerto de Buenos Aires, modificando la fisonomía de la infraestructura ferroviaria que en palabras de Yrigoyen traducía la imagen de "una sola puerta al frente y un largo y oscuro corredor atrás".

Todo se presentaba auspicioso a fines de 1928, a dos meses de la reasunción presidencial de don Hipólito. 

Que sería despedido en las páginas del diario oficialista "La Época": "Finaliza el año bajo el signo de auspicios augurales. El porvenir se abre ante la Patria como radiante aurora- Bajo la inspiración política del gran ciudadano se ha elaborado sin pausa y sin reposo, con extraordinaria capacidad gubernativa y profunda versación en todos los problemas planteados por la realidad de la vida colectiva a la acción del Estado" 

Los meses que seguirían a ese augurio se empecinarían en tronchar esas esperanzadas certezas.


domingo, 6 de septiembre de 2020

Diario de la cuarentena. Día 170.

Querido diario.

Vuelvo a tus páginas para tratar una cuestión aparentemente abandonada, que inicié, precisamente, cuando fuimos instados a recluirnos, allá por el mes de marzo de este horrendo 2020.

Fue entonces cuando, a partir de la lectura que Ricardo Piglia había hecho de la novela canónica de Roberto Arlt, que me dediqué al repaso del tiempo político coincidente con al escritura de Los Siete Locos y su continuación, Los Lanzallamas y a partir de ese repaso, desentrañar el significante histórico de Hipólito Yrigoyen, el prócer al cual el administrador de este bazar austero venera (y cómo y cuánto).

Relato cocinado a un fuego demasiado lento cuyo desarrollo fue interrumpido a causa del tele-trabajo, la pandemia, la espalda, y otras pestes.

Pero como, me debía volver sobre un tema ya tratado aquí años ha y que, por cuestiones calendarias, retorna, voy a desarrollarlo a partir de esta entrada.

Cada vez se te entiende menos, bebé. ¿De qué carajo hablás?

Del golpe de Estado de 1930, querido diario, del cual hoy se cumplen 90 penosos años.

Y, esta fecha, como cada 6 de septiembre auspicia la publicación de la foto que sigue en las redes sociales, que retratan al entonces capitán Juan Domingo Perón, custodiando al vehículo que conducía a Uriburu hacia la toma de la Casa de Gobierno.


El más completo de todos esos repúblicos, diputado nacional y discípulo de Juan José Sebreli, Iglesias Fernando llegó a ilustrar la portada de algo que pretende ser un ensayo, exploratorio de los males que aquejan al país desde 1930 a la fecha, con esa foto, titulado con un soliloquio del autor: Es el peronismo, estúpido.

Idéntico asimismo, previsible como nadie, twiteó (o como mierda se escriba) la foto con la leyenda que sigue: "Primer golpe militar del siglo XX. 6 de septiembre 1930. Hace 90 años. En la foto, llegando a Casa Rosada, Uriburu y Perón. Miren las gorras nazis, atrás. Qué gorila es la realidad!"

Gorras nazis en 1930: la única verdad es la realidad, Iglesias Fernando.


En fin.

Como he comprobado. tanto Iglesias como sus conmilitones de repúblicos que saturan las redes sociales con esa foto lo hacen cada 6 de septiembre con el ademán (dijera el maestro Viñas) de quien descubre la pólvora, o cuanto menos, que corre el velo sobre un secreto guardado bajo 7 llaves: la intervención del entonces capitán Juan Perón en el golpe que derrocó a Yrigoyen.

Desgracia en la que se jugaron unos cuantos de la que luego abjurarían (Perón a la cabeza), entre tantos el antecesor de Yrigoyen en la Presidencia, Marcelo de Alvear a quien no se le reprocha con tanta vehemencia su apoyo explícito. Dispensa que se le dedica asimismo a otros próceres de la talla de Alfredo Palacios, Lisandro de la Torre, Federico Pinedo, entre tanto prohombre que tanto hizo por la caída de l presidente Yrigoyen y el advenimiento del dictador Uriburu.

La foto en cuestión no es la única evidencia que prueba la participación del escrachado en esa chirinada nefasta, puesto que no sólo nunca negó su intervención, sino que además dejó una memoria de ello titulada: Lo que yo vi de la preparación y realización de la revolución del 6 de septiembre de 1930.

Escrita en enero de 1931 y reeditada con posterioridad (de las muchas ediciones, la que consulté para esta entrada es la de editorial "Escorpión" de 1963 titulada Tres revoluciones militares), refiere los hechos desde la convocatoria realizada por el mayor Solari en junio de 1930, cuando fue invitado a la casa de un hijo del futuro dictador, Alberto Uriburu en La Recoleta, donde se entrevistó con algunos oficiales lanzados al golpe.

Detalla con la precisión que le permitía la cercanía de los hechos sobre los preparativos del grupo de oficiales de mayor jerarquía que rodeaba a Uriburu, a quienes el joven capitán no les ahorra denuestos:  los tenientes coronel Bautista Molina y Álvaro Alzogaray, cuyo hijo Álvaro Carlos entonces cadete del Colegio Militar integraría la tropa de cortejo que recorrería a pie los kilómetros que mediaban entre Campo de Mayo y Buenos Aires para el asalto de la Casa Rosada el 6 de septiembre siguiente.

El brillante oficial, egresado de la Escuela Superior de Guerra del arma de Infantería, observaba con espanto el nivel de improvisación (las chambonadas) del entourage uriburista, que ponían en riesgo el éxito del cuartelazo (y las carreras militares y, porqué no, el pellejo) de los complotados.

De hecho, relata que el 3 de septiembre, luego haber sido puesto en ridículo por Alzogaray (al ordenarle ponerse a las órdenes de un teniente coronel Cernadas quien le había hecho saber que nada sabía del golpe en marcha), le hizo saber que aunque pondría el cuerpo, desistía del integrar el estado mayor golpista.

"He sido un oficial que desde lo primeros día en que se pensó en un movimiento armado, me puse al servicio de esta causa, no de los hombres que la dirigen. He colaborado honradamente, sin ningún interés personal [escribe en su memoria el capitán Perón], puesto que nada puedo ganar y en cambio lo expongo todo. He asistido a las reuniones generales y a las que realizó el Estado Mayor hasta su disolución y en ellas he expuesto francamente mis ideas y he aportado algunas que fueron aprovechadas. he estado siempre decidido a jugarme todo por el todo. No puede haber nada más justo que exija en compensación de todo ello, por lo menos que se me tenga un poco de consideración y seriedad para tratarme. He aceptado, que sin decirme una palabra, se me expulsara del E.M. porque mis ideas no convenían a los intereses de algunos, porque no quería que fueran a pensar esos mismos que ne negaba a jugarme la vida, si era necesario, tomando una unidad de tropa. Pero no puedo aceptar que seamos juguetes de la ineptitud y falta de conciencia de los que nos cargan con misiones como la que he recibido yo, que sólo puede atribuirse a irresponsables o a desequilibrados. he hecho en mis gestiones con el Teniente Coronel Cernadas un tremendo papelón, porque a nadie se le ocurre mandarme que me presente a recibir órdenes de un jefe que ni siquiera ha sido hablado con anterioridad, que de no ser que se trataba de un caballero, pudo ordenar allí mismo mi detención. Yo jamás perdonaré a los culpables de tan insólita actitud. Parecería que se empeñaran en desordenar las cosas e introducir el caos más grande entre nosotros." 

Andaba cabrero el capitán Perón, porque: "veo desde hace mucho tiempo que la dirección de este asunto está en las peores manos que pudieran elegirse, es que he resuelto separarme de Ustedes y tomar personalmente la actitud que me plazca. Yo no me he entregado a nadie, sino que me había dispuesto a colaborar en una causa, que sigue siendo la misma para mí, pero estoy desconforme con los hombres que la dirigen y me separo de ellos [aunque aclara que] el día que se produzca el movimiento cooperaré en cualquier forma a su éxito y que jamás estaré contra Ustedes sea cualquiera la situación y la causa. Y si la fortuna me abandona en el momento oportuno empeño mi palabra que juntaré en la calle a los civiles que quieran seguirme y al frente de ellos marcharé a la casa de gobierno"  

La decisión de atentar contra Yrigoyen es poco explicitada en la memoria, infiero, querido diario, que entendía en enero de 1931 que las motivaciones eran lo suficientemente obvias como para abundar en ellas.

Aunque no le ahorra un trato de desprecio al presidente que había sido elegido dos años atrás. Por ejemplo, al referir su primer desencuentro con Alzogaray que había convencido a Uriburu de la viabilidad de dar el golpe secuestrando al Presidente al salir de su casa en la calle Brasil, en uno de los camiones de distribución del vespertino "Crítica", uno de los puntales del golpe, como veremos, querido diario. 

El joven capitán de 37 años había reprobado tamaña iniciativa, evento que recuerda en su memoria en los siguientes términos: "creo que este plan no necesita comentarios [...]. Me imagino la suerte que habrían corrido los pobres 10 o 20 del camión de marras, cuando al detenerse frente a la casa de Irighoyen, le hubiesen abierto un fuego terrible las ametralladoras instaladas en las azoteas de Scarlatto y la propia casa de Irigoyen los hubiera recibido a balazos. Mientras las secciones de Granaderos que pernoctaban en la casa de Scarlatto concurrían. ¿Y todo para qué? ¿Acaso Irigoyen valía tanto? ¿No se suponía que ni bien disparado el primer tiro huiría como la había hecho otras veces? Y en este caso nada mejor, se secuestraría solo, como lo hizo en realidad; por otra parte, nada más conveniente 'A enemigo que huye, puente de plata'. En cuanto a levantar las tropas se descontaba, era natural que todo lo gastara el plan en el Señor Irigoyen".    

Parece que no nació sabio, Juan Perón, que el tiempo le moldeó el genio y las ideas. 

Un cuarto de siglo más tarde sus enemigos, los que lo echarían del poder dirían lo mismo de él; tratarían de cobarde al pacifista que elegiría al tiempo sobre la sangre. 

Fiera venganza la del tiempo, querido diario.

Como fuere, entonces creía en lo que creía el capitán Perón y obró en consecuencia, poniendo el cuerpo como se lo había espetado con indignación a Alzogaray horas antes.

Con una convicción que robusteció la multitud que acompañó a ese general retirado que inauguraba así, más de medio siglo de una peste más abyecta todavía que la que nos tiene encerrados (ma non troppo) desde hace más de 170 días, querido diario.

Tanto era el alborozo de esa muchedumbre histérica, que uno de sus integrantes tuvo un gesto con el joven capitán, que dejó asentada en la memoria que repasamos en esta entrada.

"Cuando legamos a la Casa Rosada, flameaba en ésta un mantel, como bandera, como bandera de parlamento. El pueblo que en esos momentos empezaba a reunirse, en enorme cantidad, estaba agolpado en las puertas del palacio. Como era de suponer hizo irrupción e invadió toda la casa en un instante a los gritos de 'viva la Patria', 'muera el peludo', 'se acabó', etc. Cuando llegaba mi automóvil blindado a la explanada de Rivadavia y 25 de Mayo en el balcón del 1er. piso había numerosos ciudadanos que tenían un busto de mármol blanco y que lo lanzaron a la calle donde se rompió en pedazos uno de los cuales me entregó un ciudadano que me dijo 'Tome mi Capitán, guárdelo de recuerdo y que mientras la Patria tenga soldados como Ustedes no entre ningún peludo más a esta casa. Yo lo guardé y lo tengo como recuerdo en mi poder". 


Mirá qué linda yapa, querido diario: el capitán Perón con su esposa María Aurelia Potota Tizón en esos años. Lucía bigote, el capitán.

Qué Hermoso, hermoso nene!, gracias por tanto. Ahora, me da la sensación de que escribiste poco, o al menos lo que en tu caso podría considerarse poco. Quiere decir que la vas a seguir, ¿no?"

Sí, querido diario.

Cagamos.