martes, 2 de junio de 2020

Diario de la cuarentena. Día 74.



"Una definición simplista diría que Patoruzú es un cacique tehuelche oriundo de la Patagonia profunda, vestido con un poncho sin estridencias pero dueño de una fortuna ancestral y de una fuerza descomunal. Nada que un lápiz bien afilado no pudiese dibujar. pero ese disfraz abrigaba el talento de Dante Quinterno, quien encarnó en ese personaje a un héroe con las características que todos querían y necesitaban ver: generoso, honrado, valiente, sensible e ingenuo hasta la exageración". 

Ezequiel Martínez, Director de Cultura de la Biblioteca Nacional, presentaba de ese modo el libro-homenaje A todo Patoruzú, publicado a los noventa años de la aparición de uno de los personajes estelares de la galería del comic argentino, a quien centenares de miles (sino millones de pibes y no tanto) seguimos a lo largo de unas cuantas décadas.

Y, claro queda, que no sólo por la identidad tehuelche del personaje de la historieta, como de la descripción que Martínez hizo de la personalidad de Patoruzú, la comparación con el cacique Órkeke, a quien le dediqué la entrada pasada, querido diario, está cantada.

Digamos, tal vez con algún arrojo temerario (no tanto como para parangonar al cacique tehuelche con el general Uriburu como he leído por ahí, senda que no voy a recorrer, por aquello de la imposibilidad de regresar del ridículo) los ecos de la visita a Buenos Aires del cacique muerto de una pulmonía a fines de invierno de 1883 resonaban todavía.

Porque la personalidad de Patoruzú al igual que la de Órkeke era, en esencia, de pura bondad. Hacia los suyos y también hacia quienes habían sido sus crueles anfitriones. Carecía, en cambio, de la sutileza (o del cinismo que aquéllos exudaban por cada uno de sus poros) para entrever que detrás de tanta pompa se (mal) disimulaba el ejercicio, bajo y perverso de la burla a quien no comparte los mismos códigos culturales, quien confiado en la buena fe de quienes simulaban tratarlo con delicadeza cuando, en el mejor de los casos, lo observaban como a un bicho raro.

Órkeke era un buen hombre. Por eso rompieron lanzas en su defensa Luis Piedrabuena y Estanislao Zeballos (tan luego) al protestar airadamente contra la extendida permanencia del cacique en Buenos Aires (consciente del riesgo fatal que acaecería finalmente) y lamentó con pena contagiosa, su muerte absurda.

Un hombre bueno el cacique tehuelche, con quien los tilingos nuevos ricos se ensañaron. Sin motivo, sólo con el afán de burlarse de quien no toma nota de esa burla. Eran los ancestros de esos pobres tipos que dan vergüenza propia cuando uno tiene la tragedia de topárselos en el exterior. Miran todo con desdén y no pocas veces se despachan con esas bromas irritantes, como la de hacerle alguna pregunta a una persona que no maneja el idioma español, intercalando palabritas ingeniosas (v. gr. culo, pija, cajeta). Contienen la risa los imbéciles, fascinados de sólo pensar la cantidad de "likes" que tendrá el posteo o los cientos de imbéciles como ellos que habrán de doblarse de la risa con esas hazañas al repasar en los "estados" de WhatsApp.

Dejemos a un lado a esa escoria. 

Quiero hallar en ese personaje que me acompañó a lo largo de mi infancia una evocación tierna del cacique Órkeke. Lo intentaré.

El nacimiento del personaje ocurre a la semana exacta de la asunción de Hipólito Yrigoyen, por segunda vez, a la Presidencia: el viernes 19 de octubre de 1928, en las páginas de "Crítica" el diario de Natalio Botana, en el que tanto tallaba su esposa, nuestra conocida Salvadora Medina Onrubia (la "divina Dama", al decir de don Hipólito).

La tira en la que hace su debut, escrita y dibujada por Dante Quinterno, por supuesto se llamaba: Aventuras de don Gil Contento". En una edición anterior, el tío del Gil Contento que vivía en Chubut le había hecho saber que estaba muriendo y que le encomendaba que cuidase a su ahijado: "el último vástago de los tehuelches gigantes que habitan la Patagonia". Que pusiera especial cuidado en la guarda del muchacho porque: "no quisiera morir dejando a este indio ingenuo a merced de las maldades humanas". Su nombre: Curugua-Curiuguagüigua

"¡Guagua! ¡Piragua! ¿Vos sos meu tutor, chei? Curugua-Curiuguagüigua te saluda!", le dice desde el vagón del tren en el que era recibido por Gil Contento, quien le dice: "Por fin llegaste, '´Patoruzú'! Te bautizo con ese nombre porque el tuyo me descoyunta las mandíbulas." Luego de mostrarle un vehículo en el que había cargados "tus maletas y chucherías", le pregunta al indio su le falta algo, a lo cual empieza a gritar: "¡Carmela! ¡ande está Carmelaaaaaa! ¡Faltando meu Carmelaaaa! ¡Buuuuú! ¡uuú!", para que haga su aparición en el cuadro siguiente una avestruz gigante: "¡aquí está Carela! ¿Ande ti habías quedao, gurisa?... ¡Ni yo puedo vivir sin eya ni eya tampoco sin meu!" Gil, para nada contento exclama. "¡Qué familia me dejó el tío finado!"  

De Quinterno nos consta su anti-yrigoyenismo, su gusto por el dinero y los modos para generarlo y reproducirlo con su ingenio y el esfuerzo ajeno y también, como hipótesis, que no era supersticioso. Porque a los dos días de su aparición, la tira dejó de ser publicada en "Crítica" y el personaje no fue archivado por su creador. Muy por el contrario.

A los pocos días, comienza a publicar en la competencia, el diario "La Razón". Y en el desgraciado mes de septiembre de 1930, en la tira "Julián de Montepío", un Gilito aggiornado: nochero y jugador. Por eso vivía en el "Montepío" empeñando alguna bien para seguir en la rueda de la ludopatía. El antecesor de Isidoro Cañones.

Julián espera ansioso una carta de su tío Rudecindo un millonario sin descendientes que finalmente, llega: "Caro sobrino: a estas horas habré cantado pa'l carnero Esta tarde, a la puesta del sol, andá a buscar a la estación tuita la herencia que desde aquí te dejo". Como una exhalación, se dirigió al lugar indicado, encontrándose con un mastodonte de poncho, vincha y pluma decirle: "¡Huija, rendija! ¡Salú, padrino!... Aquí está patoruzú y unas, líneas del dijunto padrino Rudecindo".

Y así comienza la relación entre el padrino porteño y el ahijado tehuelche, objeto de un proceso "civilizatorio" de parte de tamaño tarambana. Por supuesto que Patoruzú hará todo lo contrario de lo que le indica el infeliz aquel, ganándose el favor de los lectores, que lo erigirán en julio de 1931 en el protagonista de la tira, que comenzará a llevar su nombre.

Hasta la aparición de la revista, en noviembre de 1936, previo paso de Quinterno por Estados Unidos, invitado por Walt Disney, quien solía mirar con atención (y admiración y envidia codiciosa) los trabajos de muchos dibujantes de ese tiempo.

Con el tiempo, saldrá otra publicación con el personaje niño "Las correrías de Patoruzito" e incluso, su padrino botarate tendrá la suya "Locuras de Isidoro", andanzas de un playboy al estilo del Juan Carlos Thorry del cine de los años '40, siempre muy bien acompañado por bombas sexuales como Cachorra que a los pre adolescentes que leíamos la historieta nos provocaba los primeros escozores.

Y en el medio una galería de personajes muy consustanciados con cada presente, al menos hasta 1977, cuando dejaron de editarse tiras originales y comenzó el refrito.

Además de Isidoro (y la versión infantil, Isidorito), integran la troupe los dos hermanos del protagonista: Upa, el menor, que siempre se metía en algún quilombo del que lo salvaba el hermano. Sus parlamentos eran monosilábicos y gracias al libro-homenaje nos enteramos que había sido abandonado por su padre Patoruzek en una cueva, debido a su retraso mental. Siempre íntegro, el hermano mayor lo rescata y lo adopta. Tuvo su hora de gloria Upa, cuando en 1942 se estrenó Upa en apuros, largometraje a color (parcialmente disponible acá) y Patora, fulera como ella sola y perdidamente enamorada de Isidoro. Se la creía muerta de viruelas, aparece en la historia a fines de los años '50.

Una ama de crianza la Chacha (autora de prodigiosas empanadas); Ñancul (capataz de la estancia de Patoruzú); el coronel Urbano Cañones (tío de Isidoro) y por supuesto Pampero, el pingo del cacique. Entre los enemigos destaco al indio brujo Chiquizuel y su nieto Chupamiel. 

Las publicaciones de mi infancia, que me permito evocar con la ternura del tipo grande que mira para atrás y se recuerda leyéndolas con ansiedad en colectivos y en trenes. 

Aunque las que más disfrutaba ese pibe, eran las que leía en las carpas desocupadas de los balnearios de Mar del Plata, en un inolvidable verano, el de enero de 1984, que compraba por dos mangos en el kiosco de revistas de la Bristol.

Memorias, nacidas del recuerdo del absurdo martirologio de otro cacique tehuelche, de carne y hueso, cuya osamenta sería descarnada a cal y canto apenas lo fulminara una neumonía al final del invierno porteño de 1883.

Esqueleto exhibido en el Museo de La Plata, que sería visitado por miles de pibes, muchos de los cuales,en sus mochilas y portafolios llevarían comics que relataban las correrías de otro cacique tehuelche. 



lunes, 1 de junio de 2020

Diario de la cuarentena. Día 73.

Querido diario.

Escribí que iría cerrando el asunto del trato deparado a los indios a partir de las primeras expediciones a la Patagonia, cuando Roca, ministro de Guerra y Marina de Nicolás Avellaneda, decidió cambiar la estrategia defensiva de su antecesor Alsina y pasar al ataque, pero todavía, me quedan cosas por escribir.

Tenemos una idea respecto  del consenso existente entonces sobre la necesidad de esa campaña y el alborozo general ante sus resultados. Las pocas voces disidentes que existieron, las anotamos: alguna crónica periodística y en especial, los reportes de muchos representantes de la Iglesia Católica, que protestaron por las suerte de los indígenas todos, incluidos los araucanos.

Detalle para nada menor, el de "araucano" querido diario. Nuestro conocido Zeballos subraya esa procedencia en el título del libro que tanto repasamos.

La cuestión es central (lo era al menos para casi todos los involucrados en el asunto) dado que el origen étnico de Calfucurá era, en efecto, araucano por tal chileno: "era originario de la Araucanía. Se estableció a partir de 1835 en las pampas argentinas y creó la confederación de pueblos indígenas con base en las Salinas Grandes. Su dominio abarcó un extenso territorio que comprendía parte de las actuales provincias de Buenos Aires, Neuquén, La Pampa, San Luis y el sur de Mendoza. Sus hombres, jinetes y guerreros, habitaron una región templada para llevar abrigados quillangos".  

Distinto era el caso de otras etnias, en especial, la enemiga (y vencida) de los araucanos-mapuches: los tehuelches, tal como los identificaban, precisamente, sus enconados enemigos del norte de la Patagonia. Los aonikenk (en su propia lengua); los patagones (según la denominación de las autoridades coloniales) no tuvieron con el cristiano la relación conflictiva de otras etnias.

Tan distinta era que Bartolomé Mitre en 1865, por consejo del marino Luis Piedrabuena, en tributo a la asistencia que le había prestado, nombró al cacique Casimiro Biguá teniente coronel del Ejército Argentino. En contraprestación, Biguá y otros cinco caciques izaron la bandera argentina en una toldería ubicada en la actual localidad de José de San Martín, provincia del Chubut, en noviembre de 1869.

Estragado por el alcohol, Casimiro fallecería en 1874 en San Gregorio, sobre el Estrecho de Magallanes.

Otro cacique Órkeke, igualmente amigable hacia los blancos (y no sólo criollos, ya que los colonos galeses instalados en el valle del río Chubut, lo recordarán siempre con afecto y gratitud) entre junio y agosto de 1883 será protagonista de un evento que quiero compartir en tus páginas, querido diario.

Osvaldo Mondelo en el bellamente ilustrado y patéticamente titulado libro Tehuelches. Danza con fotos, publicado en El Calafate en 2012, con el auspicio de la Presidencia de la Nación relata que: "el 19 de junio de 1883 el pacífico cacique Órkeke con niños, mujeres y hombres de su comunidad son tomados prisioneros en las cercanías de las Salinas, próximo a Puerto Deseado por tropas del Ejército argentino [...]. Diez días después, son embarcados a la fuerza en el vapor Villarino de la Armada Nacional y alojados en los cuarteles militares de Retiro, en la ciudad de Buenos Aires. En el muelle de La Boca, la gente mira a los tehuelches 'como su fueran salvajes', ansiosa espera para repartirse los niños 'y las chinas'".

El ejercicio de reparto de indios, sobre el cual algo se ha escrito en tus páginas, querido diario, venía siendo observado, cada vez con más agudeza por los canales menos esperados. Por ejemplo, el diario "La Nación" que el 12 de junio de ese año había publicado esta contundente nota editorial:

"El martes por la mañana, minutos después de fondear en el Riachuelo el vapor Villarino, el muelle de la Boca convirtióse en algo así como uno de los mercados de esclavos que existen en África. El Villarino traía desde Patagones más de 150 indios grandes y chicos, que para ser entregados a la vida civilizada debían ser distribuidos entre las personas que los solicitaran. Desde temprano, las personas que contaban con cartas de recomendación para el defensor de menores se encontraban estacionadas en el muelle. Llegó el vapor y los indios fueron bajados a tierra, empezado el acto continuó el reparto. Éste se hizo a elegir; tal sucede en las estancias cuando se compra hacienda al corte. En cambio de esas infelices criaturas, no se daban como en el centro de África pólvora de caza, collares de vidrio o pañuelos de colores abigarrados, sino con simples cartas de recomendación" (Valko, cit., p. 118).

Se daba intervención, por lo visto, el defensor Granel, a quien se presentaban cartas de recomendación para su mejor y más completa decisión. No descarto, querido diario, como materia pendiente a realizar una vez terminada esta eterna y oprobiosa cuarentena, realizar una compulsa de los expedientes judiciales en los que intervino Granel, si es que el defensor consideró indispensable formalizar tales trámites.

La categórica nota editorial de "La Nación" estaba siendo acompañada de otras voces disconformes, indignadas o meramente preocupadas por la temática. La captura de la tribu de Órkeke por decisión del gobernador Lorenzo Winter en junio de 1883 en las inmediaciones de Puerto Deseado levantaría más polvareda aún.

De hecho, se escuchó la voz menos esperada en defensa de los indios: la de Estanislao Zeballos: "¿Cómo justificar a ese acto cruel e ilegítimo de persecución a hombres que nunca nos hicieron daño?", se preguntaba por intermedio de la edición del diario "La Prensa" del 31/7/1883.

No estaba solo Zeballos. La misma tesitura tuvieron Luis Piedrabuena y el comandante del "Villariño" que había transportado durante 10 días en la bodega al cacique y su "chusma" al puerto de Buenos Aires, Federico Spurr.

A poco de arribar el "Villarino" a Buenos Aires, se advirtió el error del gobernador militar Winter. El ministro de Guerra Victorica le había encomendado la captura de Incayal, cacique tehuelche aliado a Sayhueque, a cargo del gobierno indio del "país de las manzanas" en el valle del río Negro, suponiendo que aquel se encontraba instalado en las inmediaciones de Puerto Deseado.

Lo explica mejor, desde "La Prensa" nuestro tan convocado Estanislao Zeballos: "Como era de esperarse, ha causado en el público la más desagradable impresión el conocimiento de los pormenores de la injustificable prisión de los tehuelches y el despojo de sus bienes. En la mente del Gobierno no fue asaltar tolderías amigas, ni menos traer a sus moradores aquí. Se habían recibido avisos de la posibilidad que grupos dispersos de las indiadas de Inakayal y Sayhueque amagaran a subdelegaciones del Sud, y para evitar un golpe probable, se destacó una fuerza que las persiguiese y tomase concentrándolas en Patagones. Se anunció también que los caciques Inakayal y Sayhueque  deseaban someterse, y el envío de dicha fuerza tuvo por misión tratar con ellos y ajustar su sometimiento. En consecuencia se ha entendido mal las cosas de haber aprisionado una tribu mansa que no pertenece a la gente de aquellos caciques guerreros despojándolas de sus haciendas sin motivo alguno que lo justifique. Se debe borrar la iniquidad cometida con gentes infelices que jamás han molestado a nadie, y si más bien, beneficiado a los cristianos que han vivido entre ellos. El decoro del Gobierno no puede montar sus tropas en caballos usurpados a pacíficos moradores de la tierra argentina"

Sabían los hombres del "Gobierno" que Zeballos no era un blando en cuanto al tratamiento de los salvajes, incluso, después de muertos. Por ello, puesta a la luz la chambonada de Winter, por la prédica airada del desenterrador de cadáveres araucanos, a quien se suma el presidente de la Sociedad Geográfica Argentina, Ramón Lista, se decide un cambio de estatus a quienes habían llegado a Buenos Aires, todavía alojados en la bodega del "Villarino".

De hecho, Lista se presentó en la nave: "reconocido en el acto por Órkeke, entablándose entre ambos una larga conversación en español. La navegación de 860 millas que median entre el Chubut y Buenos Aires fuéles a los indios, a causa del mal tiempo, bastante molesta. Notini [tripulante de la nave] nos contaba con pesar que ninguno había podido retener lo que comían. Hoy todos se encuentran bastante bien, chocándoles solamente que se agrupen tantas personas en los muelles como su fueran salvajes. Felizmente, los que ayer fueron al Villarino, el comandante Spurr obsequióles con un excelente almuerzo que disipó al triste impresión causada por la visita de aquellos infelices indios, arrancados a sus lares no saben todavía con que´motivo o con qué justicia", reseña "La Nación" en su crónica del 1°/8/1883.



Seguían en la bodega Órkeke y los suyos, así descriptos por el cronista: "encima de la ropa mugrienta o la carne viva, llevan inmensos quillangos, inmundos, vuelto el pelo hacia adentro y la cabeza atada con vinchas groseras. Despiden sus cuerpos, en cuya piel apenas deja libre la mugre que los cubre, diminutos espacios, olores tan acres que tapándose las narices y la boca con el pañuelo empapado en agua de colonia, era todavía difícil permanecer más de cinco minutos en la bodega del Villarino en que vienen respectivamente acondicionados hombres y mujeres" (Valko, cit., p. 132).

Presto a enmendar el error del precipitado gobernador Winter, el presidente Roca declara a Órkeke y a su comitiva (chusma, así denominada por la prensa de ese tiempo) "huéspedes".

Fueron, además, oficialmente agasajados: "vistan el zoológico, la curia, el teatro 'La Alegría', el café 'París' y la Casa de Gobierno" (Mondelo, cit.).

Marcelo Valko, le consagra unas cuantas páginas a la estadía de Órkeke y los suyos a la capital de la República Argentina.

Anota que, una vez alojados en el cuartel 1° de Artillería y contra las advertencias y malos agüeros de la machi Valeska, Órkeke y su cohorte aceptaron las invitaciones que el gobierno les dispensó, con Ramón Lista como cicerone.

El 3 de agosto, harían un recorrida en carruaje por el barrio de Palermo, visita al Jardín Zoológico incluida, a fin de advertir las reacciones del visitante y de su esposa ante la presencia de animales que veían por primera vez. El cacique, quedó vivamente impresionado con la avestruz africana (que comparó con su pariente, el pequeño ñandú) y con los monos, especialmente con el gorila, cuyas contorsiones y morisquetas imitó para alborozo de Lista.

Al final del día llegó el plato fuerte; el desagravio a cargo del mismísimo general Roca. Destaca Valko que: "es la primera vez que se digna a recibir como presidente a un cacique de cierto renombre, y [diferencia de Mondelo anota que], si bien acepta hacerlo, considera un honor innecesario encontrarse en la Casa de Gobierno con un sujeto de escasa relevancia militar, por eso al atardecer, cuando ya está de regreso en su hogar ubicado en San Martín 555, Ramón Lista conduce hasta allí al tehuelche".

El diario "La Patria Argentina" en su edición del 4 de agosto, realizó una breve crónica de ese encuentro, dando cuenta que Roca: "lo agasajó regalándole cigarros habanos y $ 500, reiterándole todo lo que se les ha prometido, esto es, la devolución de sus pertenencias, caballos, etc." y anticipa que el martes siguiente: "a pedido de la Sociedad Geográfica Argentina, la empresa del teatro De la Alegría dará una notable función cuyo producto se partirá entre los mismo indios que asistirán todos en cooperación. Se dará Mefistófeles que despertará gran novedad en los indios".

Hay que reconocer la sofisticación de estos muchachos para la maldad. Someter a un cacique tehuelche y su tribu, que por primera vez asistía a un evento artístico la ópera Mefistófeles de Arrigo Boito: cuatro actos, con prólogo y epílogo, es un acto de sofisticada crueldad.

La crónica de "La Patria Argentina" detalla las aristas de la velada: "Anoche ha sido un verdadero acontecimiento la presencia del cacique Orkeke y los tehuelches que lo acompañaron en el teatro de la Alegría. La función era a beneficio de la Sociedad Geográfica Argentina. A los indios se les había reservado las tertulias altas ocupadas únicamente por ellos, pues en cada una de las puertas se había colocado un vigilante para que nadie entrara a molestarlos".

Cuánto cinismo, demasiado.

Sigamos: "El cacique Orkeke y su cara mitad se distinguieron de los demás indios por una vincha punzó que tenían en la frente. Los concurrentes miraban más a los indios que a la escena mientras que ellos con sus caras serias observaban todo sorprendidos a lo que asaba a su alrededor. En el intermedio del 2° al 3° acto, Orkeke y su compañera aparecieron en escena en la que habían dispuesto una mesa llena de objetos que les fueron entregados en presencia del público. Los regalos constituían en ponchos, medias, confituras, cigarrillos, etc. Mientras se les hacía la distribución, una india entonaba un canto monótono e inarmónico que habla muy poco en pro de las facultades musicales de los tehuelches".

Cierra la crónica del 8 de agosto: "con esto quedó satisfecha la curiosidad del público, pues los indios fueron sacados del teatro y conducidos a sus alojamientos continuando la función".

El diario "La Tribuna Nacional" de la misma fecha, subraya las 1.400 entradas vendidas, calificando al evento de "suceso extraordinario". Uno de los concurrentes, el fotógrafo Carlos Spegazzini reflexiona sobre el canto de los indios, comparándolo con: "el ruido de las ranas en los bañados de Europa cuando está por llover". Atenti, querido diario, europeas las ranas.   

Luego de una visita al circo "Humberto I", cuando fue la principal atracción, llegó el banquete de "12 cubiertos" en el "Café París". La crónica de "La Nación" del 11 de agosto, no deja pasar el menor detalle: "Vestía Orkeke pantalón de casimir oscuro, saco del mismo color y sobre él un poncho de paño. Cuando, a las 6 y 10 p.m., se dió la señal de sentarse a la mesa se despojó con toda sans facon del poncho y del saco, quedando cubierto su cuerpo únicamente con una camisa a cuadros. La camisa desprendida dejaba ver el pecho tostado del indio. Alrededor de su cuello, se veía una cinta colorada, y una vincha negra sujetaba sus largos cabellos grises, si cabellos pueden llamarse los pelos gruesos y duros que pueblan su enorme cabeza [durante la cena] demostró ser un gastrónomo de primera fuerza. El contenido de cada plato desaparecía en su estómago con una velocidad pasmosa, sin que en su rostro se advirtiera la menor impresión". 

A los postres, el visitante brindó: "si bien haciendo caso omiso de todas las reglas de la etiqueta. Sus palabras se redujeron a asegurar, a su manera, que era amigo, añadiendo que no peleaba por no exponerse a morir, y muriendo todo concluye" (Valko, cit., p. 158).

Se lo invitó a una pista de Skating, proponiéndose el empresario, forzarlo al cacique a que patinase, aún contra su voluntad: "Orkeke. Esta noche asistirá a Skating Rink con motivo de la fiesta que se celebra a beneficio del Panteón para las familias de los tipógrafos. La función pues, será completa, pues hoy no hay fiesta sin Orkeke", publicita "El Nacional" del 13 de agosto.

Hasta la revista "El Mosquito" se haría eco de la ilustre visita, publicando la ilustración que muerta al "indio del sur", visitando al "indio del norte", el canciller y futuro presidente, Victorino de la Plaza, nacido en Cachi, provincia de Salta, de marcados rasgos kollas.



Todo terminaría pronto. Por esos días fallecía en el sur su amigo Luis Piedrabuena quien, coincidimos con Valko, le habría ahorrado una cuantas humillaciones infligidas al cacique puro y bueno, para solaz de tanto manfloro holgazán.

Poco tiempo después, fallecía Órkeke.

Días antes, Valeska, la micha de la tribu había muerto de una bronquitis complicada, la seguirían tres niños de la tribu y unos días más tarde, el Órkeke.

"El gallardo cacique cuya estatura colosal llamaba la atención cuando acompañando a sus súbditos se exhibía en nuestros teatros ya no existe. Próximo a regresar a su querida Patagonia se sintió atacado de una bronquitis que fue agravándose, se convirtió en neumonía, afección que los llevó a la tumba. Con cuánta razón pensaba el pobre Orkeke que la muerte de su adivina Waleska era de mal agüero. La superstición tan común en los individuos de su raza tuvo esta vez en él el alcance de la mirada profética. Según se nos dice, el Gobierno Nacional expedirá hoy una resolución para que el cadáver del cacique sea sepultado en un nicho a fin de que su esqueleto pueda conservarse en alguno de nuestros museos como ejemplar de una raza que se extingue", informaba "La Patria Argentina" en su edición del 13 de septiembre de 1883.

Al día siguiente (14/9/83), el diario "La Nación" publicó una columna titulada: "Orkeke disecado".

"Ante ayer a la tarde, después de las 3, la viuda de Orkeke con su hija, dos indias y un indio lenguaraz, fueron al Hospital Militar a ver el cadáver. La viuda, calzada con botas de potro y envuelta en una sábana blanca, bastante sucia, permaneció impávida ante el cadáver, sin hablar, sin derramar una lágrima, en la más absoluta inmovilidad fisonómica. La hija del difunto lloró al ver a su padre muerto, y una de las dos indias que acompañaban a la viuda, que también lloraron, colocó repetidas veces su mano sobre la cabeza del difunto y enseguida sobre la hija de éste, golpéándose luego el pecho. Orkeke estaba ya encajonado en su ataúd de caoba, cuando la viuda fue a ver el cadáver, que debió ser inhumado ayer; pero una orden superior, dado no sabemos por quien, hizo suspender la inhumación, y el cadáver fue disecado ayer a las 12 por los practicantes del Hospital Militar para conservar íntegro el esqueleto. cuyo final destino aun no se conoce. Los estudiantes dicen en su pintoresco lenguaje de anfiteatro que será un lindo esqueleto y han tenido al satisfacción de que la autopsia confirme el diagnóstico es decir, que la inspección del pulmón  ha corroborado la clasificación de neumonía dada a la enfermedad que ha originado la muerte del cacique".

Como a tantos indios, el no estar inmunizados de los virus propios del hombre blanco, lo hizo sucumbir.

La humedad y el frío de agosto en Buenos Aires, hicieron el resto.

Su esqueleto disecado iría al Museo de La Plata, a una vitrina cercana a la que exhibía el de Calfucurá.

Demasiada ingratitud, la de la élite de Buenos Aires, con quien los había entretenido tanto durante su fulgurante estrellato de un par de semanas, aún sin haber sido del todo consciente del rol que jugaba en medio de tanto imbécil sin  remedio.

Cuyas últimas palabras fueron "si me muero ¿qué dirá el Gobierno?"


domingo, 31 de mayo de 2020

Diario de la cuarentena. Día 72.

"Aquí hay finados, dijo, el buscador de muertos, porque la tierra es floja. Y empezamos la tarea de la exhumación. Los huesos de los caballos fueron apartados y dados los primeros golpes de pala, descubrimos algunos fragmentos de cuero, casi destruidos, que parecían formar una bolsa y entre ella el cadáver de un perro; un compañero inseparable del indio en los campos y que le era depositado para las cacerías en mundos mejores".

Habíamos repasado, querido diario, días atrás las andanzas de Estanislao Zeballos, por las planicies patagónicas recientemente incorporadas al dominio del Estado nacional, cuando, en un alto, decidió ir a por la búsqueda de más tesoros que los que ya había cosechado, tal vez, los más valiosos: las osamentas de los indios que habían ocupado hasta hacía poco tiempo esas vastas porciones de territorio.

Describe con delectación, Zeballos, el modo empleado por él para descubrir donde podrían encontrarse esos tesoros fúnebres: "el indicio es espontáneo. Como el ciprés con que adornamos nuestros cementerios, como las rosas y las violetas que el amor filial cultiva piadosamente al borde de la fosa de los seres queridos, así la Naturaleza desenvuelve sobre las sepulturas indígenas, plantas extrañas al suelo arenoso, fecundadas por el abono orgánico que reciben los elementos silíceos, y cuyo verdor atrae porque contrasta con el dorado color de la comarca".

Escribía lindo, Zeballos. Detallista, minucioso es su relato.

Fijate sino, querido diario: "llegamos, en fin, al indio mismo y sacamos su ataúd, o sea un saco de cuero, casi aniquilado y además algunos retazos de ponchos o gergas de tejido indígena. Salió después todo el brazo derecho del cadáver. Estaba perfectamente momificado y tanto que notábamos con repugnancia las manchas moradas de la viruela que habían causado esa víctima. El cráneo no tardó en aparecer. Era de un guerrero de edad madura (45 años) con la extraordinaria particularidad de no poseer la dentadura común del hombre, sino un número menor de piezas (28 por todo) con claros indicios de hacer dos años que fuera enterrado. La buena conservación de una parte del esqueleto débese a la constitución principalmente minerológica del suelo, desprovista por tanto de agentes estimulantes de la combustión. Bajo el cráneo y a guisa de almohada estaban las joyas, la prenda del caballo y demás objetos de plata labrada, de madera y hueso, que pertenecían al finado. Hice excelentes colecciones" (en: Viaje al país de los araucanos, cit. p. 239).

En nota al pie, dejó asentado que la calavera del guerrero desenterrado se la había regalado al Dr. Mantegazza, eminente hombre de la ciencia antropológica ese tiempo, llegado a la Confederación Argentina, en plena lucha contra el Estado de Buenos Aires.

                                                                                    Una vez más, querido diario, el profesor Vicente Cutolo, discípulo de Ricardo Levene nos ilustra acerca de una personalidad, quizás, olvidada.

Paolo Mantegazza, nacido en Monza, llegó a este confín de la Civilización, como ya anoté en 1854, radicándose en Entre Ríos. No era sonso Mantegazza: radicarse en Entre Ríos en ese tiempo, equivalía a estar al calor del poder de ese tiempo que llevaba por apellido el de Justo José de Urquiza.

Luego de un breve paso por Salta, volvió a Italia en 1858: "con el propósito de traer contingentes inmigratorios que poblarían el Bermejo. La inmigración no se realizó".

Al enviudar, regresó al Plata, en 1863 cuando, según Cutolo: "efectuó un acopio de materiales considerable". Y era así nomás. Sabemos por Zeballos que al hombre le gustaba acopiar.

Fue entonces, cuando "conoció el territorio argentino, viajó por Santa Fe, Santiago del Estero, Córdoba, Tucumán, Salta, la región del Bermejo, habiendo llegado hasta Bolivia. Como hombre de ciencia, tiene publicadas varias obras, entre otras, las que se refieren a la educación sexual (la fisiología del amor, al del matrimonio, la del placer) traducidos a todos los idiomas y es inventor de los 'nuevos índices del cráneo'".

Ahora voy entendiendo un poco más, querido diario.

"Las anotaciones que hizo sobre la República Argentina (sigue Cutolo), lo vincularon para siempre a nuestra patria, y le dieron popularidad en el medio científico. Fue amigo de Juan María Gutiérrez y Lucio V. Mansilla, por su intermedio conoció a Mariano Rosas, Coliqueo y Calfucurá". Sabía relacionarse don Paolo. 

Luego de la publicación de un Estudio sobre una serie de cráneos fueguinos, retornó a la península, donde se lo considera "el fundador de la ciencia antropológica italiana, de la que salieron luego, Sergi y Lombroso".

Gracias, profesor Cutolo.

Volvamos a Zeballos. Impresiona leer al hombre, tan convencido en la legitimidad, o mejor, en la necesidad de su tarea de recolección de osamentas recientemente inhumadas: "los muertos fueron activamente perseguidos en sus tumbas de arena. Hay en todos los contornos cementerios araucanos, en los cuales hice una colección de la mayor importancia de utensilios y objetos de fabricación indígena, así como de cráneos elegidos entre aquellos de tipo más puros" (cit., p. 284).

El plato fuerte se le había escapado a Zeballos conseguido por el general Levalle un año antes de su incursión. Enterado por unos baqueanos que en la zona del "Médano Negro", se encontraba el cementerio de la familia reinante de las tribus de las Salinas Grandes. Y "supo más: y es que allí estaba enterrado el famoso cacique Callvucurá", el terror de lo huincas durante largas décadas cuyos poblados había asolado en inolvidables y cruentos malones, era el jefe político y militar de una confederación de naciones indígenas.

Astuto en sus relaciones con sus vecinos al norte del río Salado, tuvo encuentros y desencuentros con Rosas, visitaría al presidente Urquiza en San José (quien apadrinó a su hijo Namuncurá), siendo además, objeto de homenajes y pleitesías. Peleó en Cepeda (contra Buenos Aires) cuyas poblaciones de frontera asoló en el marco de su alianza con el Jefe de la Confederación con sede en Paraná.

Su muerte en 1873 señaló a criterio de Zeballos el final de la: "virilidad de su heroica raza".

Volvamos a la faena de Levalle, de acuerdo con el relato de Zeballos. Sabida la noticia: "llamó a su inteligente hijo, el teniente D. Nicolás Levalle del 5 infantería de línea y le ordenó que fuera a remover el cementerio a ver si daban con la sepultura de Callvucurá ¡El teniente Levalle aceptó con entusiasmo la comisión que le daba! [se entusiasma Zeballos. Y no era para menos]: "es propio de los conquistadores visitar la tumba de los prohombres de los países avasallados! Y el teniente Levalle debió hacerse in pectore este raciocinio: 'Si Bonaparte bajó a la tumba de Federico el Grande ¿por qué un teniente del 5° de línea no ha de bajar al sepulcro de Callvucurá?' Y llamó cuatro soldados de zapadores y salió al médano sombrío".

Nótese el detalle implacable del parangón: a la tumba de Federico el Grande, el jefe de los Ejércitos y emperador de Francia. A la de Calfucurá, un teniente primero.

Se deleita Zeballos con el detalle de la tumba del cacique: "a la derecha  y cerca de los huesos de la mano se veían dos espadas rotas. Con el cráneo del caballo relumbraban las cabezadas de plata que fueron recogidas en fragmentos. Entre las espadas había un dragón de oro, ya destruida; pero que hubo de ser muy rica. El finado vestía uniforme de general según las presillas de la blusa reducida a polvo. Los pantalones tuvieron una lujosa franja de oro, que también se conservaba mal. Completaban la mortaja unas botas de cuero de lobo, no menos deterioradas. A los pies se veía otro par de botas de idéntico al que calzaba el finado; y formando un semicírculo unas veinte botellas de anís, caña, ginebra, aguardiente, licor de manzana, coñac y agua. Caballo, armas y bebida; todo para el viaje de la otra vida, lo que revela que estos indios, como casi todos los indígenas, conservan una noción oscura de la inmortalidad del alma".

Era un mediodía de diciembre, anota Zeballos. La soldadesca de zapadores "había trabajado medio día al rayo del sol abrasador de esa época", y en medio de ese trabajo extenuante, dieron con el hallazgo del botellerío.

Y esos hombres, que habían sudado la gota gorda para gloria de la Civilización, "encontró en las botellas un refrescante que debió parecerle delicioso como los helados de la confitería del Águila" (en Zeballos: Episodios en los territorios del sur, Elefante Blanco, Buenos Aires, 2004, pp. 286/7).

Marcelo Valko detalla que Levalle, además del detalle del acontecimiento: "también le obsequia todo el producto de la profanación incluyendo los restos de Calfucurá. Los souvenires tomados de la tumba al igual que el cráneo del cacique estarán largos años en poder de Estanislao hasta que decide donarlos al Museo de La Plata dirigido por Francisco Moreno, quien el 3 de noviembre de 1891 agradece la donación: 'acabo de recibir la primera parte de su colección -comprende 74 cráneos y 98 piezas geológicas y paleontológicas-. He examinado ligeramente los unos y los otros. Lástima grande que se le hayan caído las etiquetas a los cráneos. Va a ser difícil la clasificación si Ud. no me ayuda. A primera vista se distinguen varios tipos perfectamente definidos, pero también hay  entre ellos muchos que me confunden. Al de Calfucurá no le corresponde el maxilar inferior que trae, puede que entre los varios que hay en el fondo del cajón, se encuentre en suyo. Lo creía más viejo al gran cacique" (en Cazadores de Poder, ed. Continente, Buenos Aires, 2015, p. 123).

¡Qué tupé, perito Moreno! 

Pedirle más ayuda todavía a quien tanto había hecho por la Civilización. Recorriendo parajes de estreno, desenterrando muertos, recibiendo osamentas, para luego donarlas a su Museo en ofrenda a la ciencia de la Civilización.

Siempre coherente Zeballos, con la premisa que en marzo de 1878 había hecho conocer en "La Prensa", al auspiciar una: "contienda de razas en la que la indígena lleva sobre sí el tremendo anatema de su desaparición, escrito en nombre de la civilización. Destruyamos pues moralmente esa raza, aniquilemos sus resortes y organización política, desparezca su orden de tribus y si es necesario divídase la familia. Esa raza así quebrada o dispersa, acabará por abrazar la causa de la civilización" (ídem, p. 95).

sábado, 30 de mayo de 2020

Diario de la cuarentena. Día 71.

Llegado a este punto, pretendo ir dejando atrás el repaso de un tiempo desconcertante, tan absurdo como despiadado que, sólo en apariencia, me ha alejado del tema sobre el cual escribía. Y sigo escribiendo, con un empecinamiento inexplicable, esta nueva crónica tan o más despareja que las anteriores, querido diario.

Decíamos ayer que la intervención conferida por el presidente Avellaneda al Defensor Nacional de Pobres e Incapaces, Dr. Gervasio Granel, mediante decreto del 2 de agosto de 1879, debía ser considerada como una iniciativa (de las poquísimas) llevada a cabo por un relevante actor político de ese tiempo cruel, que evaluó la pertinencia de echar mano al derecho para la resolución de una de las tantas consecuencias de la expedición que estamos repasando. Oportunidad que tengo para evocar a un profesor universitario que tuve el gusto de conocer cuando fui alumno de la carrera de Abogacía en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires.

Estaba por escribir "uno de los tres profesores...", pero exageraría con el número, faltaría a la verdad. Sólo a un profesor recuerdo con cariño y respeto. 

Y si tuvieron para mí algún interés las clases de Fernando García Pullés, de José Luis Mandalunis o las de Iidoro Ruiz Moreno, la soberbia tan poco fundada de los tres empaña todo buen recuerdo posible. Para qué recordar a Vanidossi. O a otro radical, Rabossi, con quien cursé Derechos Humanos. De él apenas recuerdo el olor al tabaco de su pipa (en ese tiempo en las aulas se fumaba, y cómo) y su voz quebrada por un llanto incontenible, cuando se excusó por no estar en condiciones de dictar clases por la muerte en La Paz de Carlos S. Nino que acaba de acaecer. De Paixao, otro radical, y de sus clases, no me ha quedado recuerdo alguno. Quizás, soy injusto con Mario Negri.

Y más allá, la inundación. Un desfile de una mediocridad dura y pura. Acorde con mi desempeño, debo decirlo: fui un alumno fatal y espantoso; que odió la Facultad desde el primer día que la pisó. Por oscura, por maloliente, por sucia. 

Me reconcilié al final de mi dilatadísima cursada de casi ocho años, cuando comencé a frecuentar la mesa de la "Juventud Universitaria Peronista"; hábito que mereció la censura de una antigua amistad que sabía de mi pertenencia radical y no comprendía mi perseverancia por compartir momentos con los perucas. Me lo observó, preguntándome qué hacía "con esta gente, entre estos retratos", alusión a las fotos de la Señora y del General que allí lucían.

Me justifiqué ante ese añeja amistad respondiéndole: "Pasa que los peronistas son muy cariñosos". La añeja amistad, por toda respuesta, dijo: "andá a la reputísima madre que te parió".

Abelardo Levaggi fue el único profesor que, a lo largo de mi dilatada carrera universitaria, me ha dejado un bello recuerdo.

En el artículo "La protección de los naturales por el Estado argentino (1810-1950). El problema de la capacidad", publicado en la Revista Chilena de Historia del Derecho, años 1990-1991 (disponible acá), aborda la cuestión que esbocé en la entrada anterior: la intervención de un defensor de pobres e incapaces para la representación de los indios capturados en ocasión de la campaña desarrollada por el Ejército argentino. 

Ni el Código Civil, vigente desde 1869 ni ningún otro dispositivo legal (al margen de la nacida ad hoc, ante la necesidad que los efectos de la campaña requería) establecía la razón jurídica por las cuales esas personas debían ser consideradas como sujetos de derecho con una capacidad menguada. Dado que, excepción hecha de los hijos de los vencidos a quienes se les sometía al trato previsto por el artículo 59 de ese Código (en tanto la exigencia de la representación pupilar); los adultos no contaban (a priori) con las características de las personas consideradas incapaces por la ley civil ni habían sido declarados tales por decisión judicial alguna.

Y, a su vez, como el profesor Levaggi destaca en su artículo, la Constitución Nacional consagraba en su artículo 16, el principio de igualdad, por el cual se declaraba que el Estado argentino no reconocía prerrogativas de sangre.

Por ende, la condición de indígenas de esas personas no explicaba por sí sola la intervención de un representante legal que decidiera por ellos ante las autoridades.

Ahora, no todo era tan sencillo como se presenta dado que, la cuestión de la igualdad proclamada por textos como la Constitución Nacional derivada del principio consagrado por los revolucionarios franceses de 1789 suponía cierta complejidad, como lo pondera el profesor Levaggi al considerar que puede ser abordada desde dos premisas: una teórica y una práctica: "la premisa teórica [...] fue el principio de igualdad ante la ley; la práctica, que me reduzco a citar, la calificación del indio por el derecho indiano como persona 'miserable' y la actuación consiguiente  de los protectores naturales a fin de asistirlos y suplir la incapacidad relativa de hecho que esa categoría suponía".

La primera de las premisas, la de la igualdad total en materia de derechos, era la sostenida en el Río de la Plata por los referentes del ala "jacobina" de los revolucionarios de mayo de 1810: "que operó una homogeneización de los individuos frente al derecho. El ignorar, o pretender que se ignorasen, dichos rasgos que evidentemente los distinguían, pero que se había propuesto cancelar, los hizo más iguales en teoría. Sólo en teoría, y sin tener en consideración la incidencia negativa que una igualdad meramente formal podría tener -como la tuvo- en la superación o atenuación de las diferencias reales. De los dos aspectos involucrados: el jurídico y el social, le dio preferencia al primero sobre el segundo".

Coincidimos con el profesor Levaggi en que, independientemente de esa bella finalidad el Derecho Público Patrio, iría consagrando a la consideración jurídica de los indígenas un sentido no muy diferente al del derecho español indiano, constante que no sería afectada a partir de 1853, no obstante del texto constitutcional aprobado ese año no se desprendiera: "ninguna clase de discriminación respecto de los aborígenes en orden a su capacidad [situándose] en ese punto en la misma línea de los antecedentes patrios. No obstante, también como ocurriera en la etapa preconstitucional, siguieron siendo asimilados a los menores. Los defensores de éstos  representaron los intereses de aquéllos siempre que esa gestión no le fuera encomendada a otro funcionario".

Tal, el sentido del decreto de Avellaneda que comentaba al inicio y en la entrada anterior del 22 de agosto de 1879, por el cual se daba intervención en la materia al Defensor Nacional de Pobres e Incapaces, Dr. Granel, fundamentándose la incapacidad de los indios en: "la ignorancia o la rusticidad con la que se conformaba el aserto de que la cultura seguía siendo un factor de discriminación legal".

Digamos que la decisión de Avellaneda no sólo armonizaba con el derecho que regía desde siempre, sino que, bien mirada, garantizaba lo que actualmente denominamos "acceso a la justicia" de las personas que atravesaban tan penoso trance y, de manera plausible, intervenía en la inadmisible práctica del reparto de niños que venía llevándose a cabo desde hacía más de un año.

En contraste con Valko, que trata con desprecio al Defensor Granel, Levaggi destaca una noticia publicada en el periódico "El Nacional" de mayo de 1879, que precede a la decisión presidencial (y es de suponer que la justificaría) al informarse que había cursado al Ministerio de Instrucción Pública: "que ordenase a la Sociedad de Beneficencia y a las oficinas que habían distribuido indios, y dispusiese -asimismo-que ninguno podría pasar a otra familia sin el conocimiento de dicha defensoría que en adelante sería la encargada de tal distribución".

El diario "El Siglo" favorable al ascendente ministro de Guerra y Marina, Julio Roca, celebra el ímpetu del defensor Granel, pensando más, tal vez, en una intervención que pusiese coto a la acción del arzobispo Aneiros en ese terreno, a quien le deparaban una detestación explicita.

Escribe algo más el cronista de "El Siglo" que congratularse por la actuación del Dr. Granel quien había tomado "la actitud que le corresponde en amparo de las familias indígenas que han sido distribuidas. Teníamos razón cuando reclamamos la ingerencia de su Ministerio. Su misión es tutelar y humanitaria. Por eso es tan simpática a la sociedad y por eso es tan requerida siempre. Es la providencia social de la orfandad. Se han denunciado hechos (felizmente muy pocos) que acusan mal tratamiento empleado con las familias indias que se han distribuido. La mayor parte han hallado la más noble y culta protección en su asilo. Sin embargo, no han faltado excepciones censurables. Se trata de poner remedio tomando conocimiento de los hechos vituperables y ganrantiendo la condición de los asilados. El Gobierno Nacional no tiene los medios de atender a sus necesidades. No podía hallar otro expediente más humano que entregarlos a las familias en cuyo seno se civilicen al blando amparo de ellas. Ha asegurado la suerte de algunas centenas de familias indígenas enviándolas a Tucumán con la garantía y protección de aquel Gobierno. Está asegurada por disposiciones oficiales la condición regular y el fruto del trabajo de los indios. Allí como aquí, se vigila su situación hasta que lleguen a valerse por sí mismos."    

Al margen de los embustes y del cinismo que recorre toda la crónica, ese desparpajo pone en evidencia aquello que destacaba el profesor Levaggi al inicio del artículo que me ha complacido reseñar, porque auspició el bello recurso de una bella persona: cuando el derecho contradice los intereses de determinados factores de poder al regular determinadas relaciones jurídicas, queda reducido (casi siempre) en una premisa (aunque necesaria), meramente teórica.

viernes, 29 de mayo de 2020

Diario de la cuarentena. Día 70.

Llegamos al día 70, querido diario.

No sé cómo ni porqué sigo. Escribo antes que lo habitual, porque ando con poco tiempo, activóse (dirían las crónicas que vengo consultando) el tele-trabajo y las mañanas, otrora tranquilas, dejaron de serlo, por eso no sé si seguiré escribiendo diariamente. O, lo más probable, para tu solaz, serán (mucho más) breves las entradas.

Parece que hay cuarentena para rato y tengo entradas para tirar al techo.

Leemos en "El Nacional" del 25 de noviembre de 1876, una columna en la cual el autor de Facundo, civilización y barbarie a propósito de la campaña en cierne contra el indio, recuerda una de las reflexiones anotadas en aquel trabajo publicado en Chile en 1845.

"¿Lograremos exterminar a los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar.  Esa canalla no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar  ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán, son unos indios piojosos, porque así son todos. Incapaces de progreso, su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar si perdonar siquiera al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado". 

Dos años más tarde, cuando Buenos Aires atestigüe la llegada de indios capturados por el Ejército por millares, será más elocuente aún: "La escuela, los oficios, son imposibles en esa aglomeración de salvajes hostiles a la sociedad basada en el trabajo: la ración ha de continuar, como carga sobre el gobierno; ración improductiva de todo resultado. Los indios son unos pensionistas holgazanes [...]. Que no hayan raciones, ni aduares de indios. Que cada uno dependa de sí mismo, trabajando" (diario "El Nacional", 30/11/1878, citado en Valko, p. 259).  

El sanjuanino escribía claro. 

Si Mitre, lo había reconvenido cuando, en su condición de gobernador de San Juan le dirigía el parte de guerra que celebraba la muerte cruel del Chacho Peñaloza; si Julio Roca, anotaba la cruenta realidad en su diario de viaje, encomendaba seres humanos mediante telegrama y repartía el botín de millones de hectáreas (sí, fueron millones las hectáreas repartidas) a no más de diez familias de un modo igualmente confidencial; Sarmiento se ufanaba de sus costados menos rescatables, por así decirlo.

"Va a hablar el asesino Sarmiento", se despachó una vez en el Senado, ante la mirada atónita de todo el mundo.

Había que matar y él, que había escrito que había que matar, no se avergonzaba de su credo, sostenido del modo más crudo en Conflicto y armonías de las razas en América, el más abominable de todos sus libros.

Aunque, debe decirse, que ideas extremas como las que sostuvo a lo largo de toda su vida en cuanto al desprecio sin atenuantes de unos cuantos tipos de sujeto histórico, pueden ser proclamados en el vacío de la abstracción de las puras ideas. Muy distinto, habría de ser, presenciar los efectos de una prédica como la de Sarmiento, verla con sus propios ojos, oírla con sus oídos, y todavía, perseverar en esas convicciones.

Pero, dijimos, Sarmiento era Sarmiento.

Ante el estupor generado en cierta opinión pública a partir de sucesos como el narrado en el diario "El Tribuno", que repasábamos ayer,  desde su columna de "El Nacional", replicaba el ex presidente: "Pocas han de ser las madres que traigan consigo pequeñezuelos, que deben acompañarlas siempre; pero dejarles los niños de diez años para arriba, por temor  de que sufran con la separación, es perpetuar la barbarie, ignorancia e ineptitud del niño, condenándolo a recibir las lecciones morales y religiosas de la mujer salvaje. Hay caridad en alejarlos cuanto antes de esa infección. Los niños distribuidos en las familias [afirmaba sin individualizar ningún caso concreto] viven felices porque el tratamiento que reciben, la educación en las prácticas civilizadas que les dan las cosas y las personas que los hacen confundirse bien pronto con los demás niños. Las madres salvajes no tienen autoridad alguna sobre sus hijos, que desde [los] ocho años pertenecen más bien a la tribu que a la madre, ni al padre, que poco caso hace de ellos" (en Valko, cit.).

Durante su Presidencia, por iniciativa de su ministro y sucesor, Nicolás Avellaneda, se creó el "Consejo para la Conversión de Indios al Catolicismo, teniendo en cuenta, tal como se lee de los fundamentos del proyecto, que: "las razas inferiores están destinadas irrevocablemente a ser absorbidas y devoradas por las razas superiores. La Constitución encomienda al Congreso conservar el trato pacífico con los indios y promover su conversión al catolicismo, y ha llegado efectivamente el momento en que debemos procurar el cumplimiento de este encargo".

Lo del "trato pacífico", sería interpretado con demasiada laxitud, sin perjuicio de lo cual y de las observaciones críticas de Marcelo Valko al rol de la Iglesia Católica en ese proceso, del texto mismo de su trabajo que estamos consultando, se evidencia el rol de ese Consejo y de su presidente, el arzobispo de Buenos Aires León Fernando Aneiros, en (un elemental) resguardo de los derechos de los niños capturados en las planicies patagónicas, previamente catequizados y bautizados.

Ya desde fines de 1878 el diario "La América del Sur" que respondía al sector político cercano al Clero observaba críticamente la política de reparto: "hemos visto que se trata de repartir los indios que se vayan capturando y desearíamos conocer la forma en que se hace ese reparto. Si se trata de que el indio sea cristiano y ciudadano, es necesario antes de buscarle colocación, arbitrar los medios de hacerlo ingresar en la familia redimida por el bautismo y salvada por Jesucristo. Si sólo se da al indio como siervo, al prensa toda debe protestar contra semejante acto que en nada diferenciaría de lo que tanto motejamos, al tratar de la conquista de América. Los indios deben ser evangelizados y puestos después en condiciones de ser útiles a la sociedad y a sí mismos."

Asimismo, los sacerdotes salesianos destinados a realizar in situ la tarea evangelizadora en las estepas patagónicas, también hicieron llegar a la jerarquía eclesiástica sus impresiones acerca de lo que empezaban a presenciar.

El padre Francisco Bordatto en correspondencia a Don Juan Bosco el 4 de enero de 1879 relata el destino que se les había dado a los indios que moraban en la zona de Carhué, avanzada de la conquista del Ejército argentino sobre la Patagonia, quienes: "han sido hecho prisioneros (y los que no han muerto) los han traído a Buenos Aires y los han distribuido a las familias como esclavos. Muchos murieron en el camino, muchos mueren por el cambio de clima y de alimento, de modo que quedan reducidos a niños y niñas y en gran parte mujeres".

Giuseppe Fagnano, por su parte relata la llegada a Carmen de Patagones, de 300 prisioneros remitidos  (a pie) desde Nahuel Huapi. Refiere Marcelo Valko que: "en plena estacicón invernal, fueron alojados entre las paredes de una iglesia en constricción,. Cuando llegó la orden de separar a las familias, se registraron escenas tremendas [...] donde los padres estrellaban las cabezas de sus niños contra las paredes para luego caer baleados. Fagnano escribe un renglón patético: 'las paredes del templo quedaron salpicadas de sangre'".

En consecuencia y tal como lo refieren las innumerables crónicas consignadas por Valko, los niños indios eran entregados a la "Sociedad de Beneficencia" que los distribuía en diversas casas, poniéndolos al servicio de esas familias.

Decisión que no habría de observar por completo el diario "La América del Sur", en su edición del 29/11/1878: "no nos oponemos a que las criaturas que carecen de padres, sean colocadas en manos de personas benéficas, que los suplan ventajosamente, pero entendemos que los niños que se encuentren en ese caso, deben ser entregados bajo als condiciones acostumbradas por la Defensoría de Menores. Deseamos dos cosas: primero que los indios sean evangelizados; segundo, que no sean condenados a la servidumbre".   

Al año siguiente, con fecha 22 de agosto, el presidente Avellaneda suscribió un decreto por el cual consideraba que debía: "procederse a la colocación de las familias y menores indígenas últimamente tomados por las fuerzas nacionales en su última expedición al desierto, designándose al funcionario a cuyo cargo haya de someterse este servicio" y habida cuenta: "el estado y condición de aquellos, el Estado debe velar por su educación y bienestar hasta que se hallen en actitud de procurarse a sí el espíritu de nuestra Constitución y de leyes anteriores", confiándose las tarea al Defensor de Pobres e Incapaces que tendría a cargo "la colocación de las familias y menores indígenas prisioneros por las fuerzas nacionales, a cuyo efecto, una vez trasladados a esta capital, serán puestos a su disposición por el Ministerio de la Guerra" (art. 1°); "establecerá, según la condición y edad del individuo, las cláusulas bajo las cuales haya de colocarse, formalizando al efecto un contrato en el que se estipulen las disposiciones de alimentarle, vestirle, educarle, respetar los vínculos de familia y fijarse desde su oportunidad un salario proporcional a los servicios que preste", previéndose que la inobservancia de esas disposiciones: "autorizará el retiro del individuo colocado, sin perjuicio de toda otra responsabilidad" (art. 2°) y por último, además de la obligación de ponerse en relación los ministerios de menores de las provincias (art. 3°), debería "llamar por la prensa a todos los que tuvieren actualmente en su poder familias o menores indígenas a fin de que les sea extendido documento en la forma prescrita" (art. 5°); estableciéndose en el artículo siguiente que pasados 60 díoas de la publicación del decreto, quienes hubieren incumplido la obligación "serán considerados como deteniendo indebidamente a tales menores".

Demasiado trabajo para el Dr. Gervasio S. o P. Granel, Defensor Nacional de Pobres e Incapaces de quien nos ocuparemos en la entrada siguiente, porque esta se ha hecho larga, querido diario.   
  


jueves, 28 de mayo de 2020

Diario de la cuarentena. Día 69.

"En las expediciones llevadas últimamente hasta las tolderías de los salvajes, se ha obtenido entre otros resultados, un número bastante crecido de indios de pelea y de chusma, pudiendo esperarse lógicamente, que este número tome grandes proporciones en el desenvolvimiento de las operaciones que se verifiquen hasta el establecimiento definitivo de la nueva línea de frontera a la margen norte del río Negro. Se hace, pues, necesario que este Ministerio, a cuyo cargo corre el deber de vigilar por el cuidado y conservación de estos indios, ponga en práctica el sistema más adecuado a este objetivo y menos gravoso al erario público. En tal caso, a juicio del infrascripto, lo más conveniente es distribuir estos indios prisioneros, respetando la integridad de sus familias, dentro de las poblaciones rurales, donde sometidos al trabajo que regenera y a la vida y ejemplos cotidianos de otras costumbres que modificarán insensiblemente las propias, despojándoles hasta del lenguaje natiuvo como instrumento inútil, se obtendrá su conformación rápida y perpetua en elementos civilizados y fuerza productiva. La provincia de Tucumán es una de las que ofrecen mayor seguridad y ventajas a ese objetivo, por su posición lejana a nuestra líneas de frontera. Antes de terminar, es esta oportunidad de hacer notar a V.E. que esa provincia ha buscado más de una vez en los matacos del Chaco, el desarrollo siempre creciente de su industria agrícola, y que obtendría ventajas positivas sustituyendo estos indios holgazanes y estúpidos con los pampas y ranqueles, que si bien están debajo del nivel moral y civilización relativa del gaucho, no le ceden en inteligencia y fortaleza" (Marcelo Valko, Pedagogía de la desmemoria, Buenos Aires, 2008, p. 260).

La carta, fechada el 25 de noviembre de 1878, fue enviada por el ministro de Guerra y Marina del presidente Nicolás Avellaneda, general Julio Roca, al gobernador de la provincia de Tucumán, Dr. Martínez Muñecas, evidencia que el futuro conquistador del Desierto, que aún no operaba en el terreno, conocía por sus lugartenientes allí destacados que el rally que habría de comenzar al año siguiente sería una faena sencilla.

Que traduciría muchas detenciones y que algo habría que hacer con esos prisioneros. El emprendimiento de nuestro conocido Clordomiro Hileret y otros emprendedores necesitaba brazos más aptos que el de los holgazanes y estúpidos matacos y allí fueron buena parte de los 10.539 prisioneros (hombres y mujeres) y los 2.320 guerreros, tomados por las fuerzas expedicionarias, cifras oficiales informadas por Roca (ya Presidente) en 1881 al Congreso.

Sarmiento compartía esos propósitos: "la escuela, los oficios, son imposibles en esa aglomeración de salvajes hostiles a la sociedad basada en el trabajo: la ración ha de continuar como carga sobre el gobierno; ración improductiva de todo resultado. Los indios son unos pensionistas holgazanes. Que no hayan raciones, ni aduares de indios. Que cada uno dependa de sí mismo trabajando [...]. La triste y costosa experiencia de tantos años ha debido aleccionar al gobierno. No más raciones a los indios y disolución de las diezmadas tribus, como se está haciendo, interminándolos y distribuyendo a mujeres y niños en las familias. Este sistema ha sido desde tiempo inmemorial seguido por los conquistadores y sus efectos son la población de nuestras ciudades y campos, cuyos habitantes conservan aún el color trigueño de la raza de su origen", escribía en El Nacional, del 30/11/1878. 

Volvamos a Tucumán. Sabía de lo que trataba el general ministro: la satisfacción que le expresa el gobernador Muñecas mediante una comunicación oficial publicada en el diario "El Siglo" del 3 de enero de 1879 lo prueba: "Los indios fueron inmediatamente colocados y me es grato poder decir a V.E. que todos los patrones están contentos, por haber encontrado en el indio la mayor disposición para el trabajo, pues se entregan a él sin violencia y sin esfuerzo. Por los documentos adjuntos verá V.E. que los indios han sido colocados bajo las mejores condiciones posibles, tanto por el salario, tratamiento, etc., como por la falta de recursos en que se les deja, para evitarles el enviciamiento. El pedido de familias indígenas aumenta y pronto lo haré en forma a V.E. puede decirse, que no hay industrial en Tucumán que no cea en el indio, el elemento necesario para el desarrollo de su industria, antes de hoy, por falta de brazos, estacionada" 


Más allá del cuidado del gobernador Muñecas en la redacción de una comunicación oficial que podría tomar estado público, deja entender que existiría alguna contraprestación por los industriales de la azúcar en los trabajos encomendados a los cautivos del sur del país, remitidos a ese territorio tan distinto del que les era propio, no obstante coincido con Valko, en punto a que la inexistencia de tales peculios o su insignificancia, se evidencian mediante la mención realizada por el gobernador relativa con el paradójico beneficio de "la falta de recursos en que se les deja", evitándoles "el enviciamiento".

Debe señalarse que la distribución de indios en los ingenios azucareros contaba con un andamiaje institucional, aun precario, que había dispuesto el gobernador en el mes de diciembre de 1878.

El primero de esos decretos, de fecha 2 de ese mes nombraba una comisión para "reglamentar definitivamente las bases que deben servir de contrato entre el industrial y el obrero, con relación al salario, época del pago  alimentos, en atención a que el inicio no conoce el idioma, ni el valor real de la mercadería ni de la moneda", cuya integración fue decidida bajo la presidencia de Ataliva Posse, presidente del Ingenio "La Esperanza", integrada asimismo por José Padilla y Luis Pérez, empresarios del ramo.

Y prevé también la intervención de "los Defensores de Pobres y Menores como representantes de los indios, formarán parte de esa comisión".

Nuestro relato, entonces, se encuentra por primera vez ante una decisión gubernativa que procura abordar la problemática no sólo mediante el uso de los instrumentos de la guerra o desde el cientificismo criminologico alla Zeballos o Sarmiento, sino desde el derecho o mejor, desde una institución jurídica nacida del derecho: el defensor de pobres.

El 22 de agosto del año siguiente, el presidente Nicolás Avellaneda dicta un decreto que respondía a una problemática formalmente trabada por la principal autoridad eclesiástica de Buenos Aires, el arzobispo Aneiros: el destino de los niños aborígenes.

Alfred Ébelot, ingeniero francés contratado por el Estado argentino en tiempos de la Presidencia de Domingo Sarmiento y luego encargado de los estudios conducentes para la construcción de la "zanja" que el ministro Adolfo Alsina (antecesor de Roca en el ministerio de Guerra y Marina del presidente Avellaneda), integraría la primera comitiva expedicionaria que con mucha facilidad arrollaría a las fuerzas indígenas.

Sus Relatos de la frontera, constituyen un testimonio indispensable para conocer al detalle lo sucedido durante esas jornadas decisivas, además de detenerse en las consecuencias de ese paso arrollador de las fuerzas al mano de Roca por esas planicies.

Si es particularmente tocante su testimonio en lo relacionado con la recuperación de las mujeres cristianas que se encontraban desde hacía años bajo el yugo de los infieles, no es menor, el relato que realiza respecto del destino de "los niños de  poca edad cuyos padres desaparecen", con motivo de "una razzia como la nuestra", que "son donados a diestra y siniestra. Las familias distinguidas de Buenos Aires buscan diligentemente estos esclavos jóvenes llamemos a las cosas por su nombre. Los tienen como 'animales domésticos'" (cit., pp. 182/3).

Incluso el propio francés fue destinatario de la generosidad del ministro de Guerra y Marina quien le había concedido "dos indiecitos". Creyendo indispensable abundar, el ingeniero Ébelot, abunda acerca de ambas criaturas, pertenecientes a : "esta raza descaecida hasta la ineptitud para cualquier tarea útil. La niñita. De 8 años y nada tonta, entiende a la maravilla y chapurrea un poco de español y francés". respecto del niño, sentencia: "su fealdad es simpática, comprende a media palabra, tiene la vivacidad de un mono y los mimos de un perrito" (ídem, p. 267).

Por esos días, el 1° de julio de 1879, el diario porteño "El Tribuno", publica la crónica de un evento relacionado con lo que se viene relatando en el puerto de Buenos Aires, bajo el título: "Llegan los indios prisioneros con sus familias. La desesperación, el llanto, no cesan. Se les quitan a las madres sus hijos para en su presencia regalarlos a pesar de los gritos, los alaridos y las súplicas que hincadas y con los brazos al cielo, dirigen las mujeres indias. En aquel marco humano, unos se tapan la cara, otros miran resignadamente al suelo, la madre aprieta contra el seno al hijo de sus entrañas".

Tengo buenas noticias, querido diario. No cuento con servicio de internet. Por lo que, mañana (si retorna el servicio de internet) concluiré con la temática.

Dos noticias buenas de un solo saque, Garcete, ¿no será mucho?

Cada vez menos tolerable ese sarcasmo, de vuelo bajo, querido diario.

Y antes de que preguntes por la caricatura del inicio, te cuento que fue publicada en la revista El Quijote, en 1891.

Es Julio Roca, claro. Iba a describirla, es una pequeña obra de arte. Repara en los detalles de la composición. Vale la pena.

  

miércoles, 27 de mayo de 2020

Diario de la cuarentena. Día 68.

"Para nuestro imaginario popular, el desierto es una vasta extensión de arenas rubias, calcinadas por un sol de fuego, solamente atravesado por las caravanas de sufrientes camellos [...]. El doctor Estanislao Zeballos partió a tal 'desierto' el 17 de noviembre de 1879, ya concretada la recuperación de veinte mil leguas, antes bajo el dominio del aborigen. ¿Qué se proponía? Inspirado en su admirado Humboldt, la pequeña comitiva -patrióticamente movilizada a su costo- tenía por fin situar geográficamente las tierras liberadas; estudiar la composición del suelo recuperado; establecer la calidad de las aguas (salobres o no); observar la dirección e intensidad de los vientos, determinar las temperaturas ambientales; estudiar la flora y fauna de la región y, en fin, ofrecer al posible agricultor del futuro o del ganadero del caso, el conocimiento de una tierra libre del peligro del malón, adecuadamente laborable, o apropiada para una explotación ganadera y, en todo caso, ofrecer a la juventud amistosa una oportunidad de sumarse al progreso de las tierras liberadas, ya libres del indio. Con su infaltable teodolito -cuyo manejo conocía bien por sus estudios ingenieriles de juventud- Zeballos parte, no sin cerrar los ojos a cierta angustia familiar, los atendibles temores de su esposa y su único hijo".

León Benarós, prologa para la edición de 2002 de Viaje al país de los araucanos de Zeballos, editado por originariamente en 1881. Y le hace un gran favor a mi espalda y a mi nervio ciático, el profesor Benarós, ya que en dos párrafos resume lo que a Zeballos le insume 15 páginas: las razones por las cuales se había arriesgado a incursionar en la geografía recientemente integrada al territorio de la República.

Y te aclaro, querido diario, que estas entradas persiguen bucear (con la audacia de quien omite tener en cuenta el portento de su necedad y la estridencia de su estulticia) en el pensamiento profundo del doctor Estanislao Zeballos quien relata su recorrido en 1879 por las planicies desérticas que actualmente se corresponden con el sur de la provincia de Buenos Aires y el norte de la de Río Negro. 

Estanislao Zeballos que treinta años más tarde como anoté en tus páginas, querido diario, propondría qué hacer con otros sujetos tan o más peligrosos que aquellos que ya no habitaban esas extensiones vaciadas.

Faena realizada de acuerdo con el paradigma científico que les negaba a los habitantes furtivos de esas planicies (crueles, despiadados, aliados naturales del vecino país de Chile que codiciaba esas planicies para realizar en ellas algo no muy distinto de lo que pretendían las autoridades de este lado de la cordillera) la condición de seres humanos. Por extensión, se les negaba a los seres que ocupaban esas planicies recientemente incorporadas al territorio del Estado argentino (y a las crías de esos seres) la condición de sujetos de derecho.

Por ende, las paparruchadas escritas en el texto constitucional de 1853 (dos veces reformado para esa fecha) de nada valieron: derecho de gentes o alguna que otra sensiblería paparruchesca. 

Tampoco los alcances del Convenio de Ginebra para "Aliviar la suerte de los Heridos de los Ejércitos en Campaña" de 1864, bien conocido por los miembros de la élite que propiciaron, financiaron y auparon esa expedición exitosa.

A los seres que habitaban esas planicies los exterminaron. Y sus autores y beneficiarios lo dejaron por escrito. 

Por caso, en los avisos publicados en el diario La Tribuna de Buenos Aires que anunciaban remates de "chinos y chinitas", por intermedio de las mismas firmas que remataban ganado en pie. 

Lo asentó en su diario de campaña el teniente coronel Manuel de Olascoaga, secretario de Roca en la exitosa incursión. 

Eugenio Cambaceres, terrateniente de la pampa húmeda también dejó testimonio de ello, al dejar por escrito en uno de sus trabajos que a ningún estanciero (él no era la excepción) le faltaba por esa época una chinita que les cebara mate. 

Y tantos, y tantos testimonios que dan cuenta de un exterminio anticipado, proclamado y del que varias generaciones se ufanaron. Que del otro lado de la frontera al huinca lo esperasen seres angelosos o negar la relaciones políticas y comerciales que efectivamente tenían con el Estado de Chile, es otro cantar que no es sensato sostener y no sostengo.

Prodigios y carnicerías, no lo olvides, querido diario.

Volvamos a Zeballos. 

Por supuesto que su trabajo abunda en loas a la expedición de Roca (que como repasamos era, en rigor, el de Zeballos) quien había sabido dejar de lado las políticas defensivas ideadas por Alsina y pasar a la ofensiva contra el enemigo de todos los tiempos.

"La República Argentina perdía tesoros, vidas y hacienda [sostiene Zeballos], como tributo pagado a los indios, mientras se buscaba con ideas vacilantes un pan de guerra eficaz para abatir el poder de la barbarie en vez de adoptar con firmeza la guerra ofensiva, que al fin concluyó con ella", rapiña descrita cuando repara en el camino viboreante que nacía en Olavarría: "que une los prados ganaderos de la República Argentina con los mercados consumidores de Chile, a donde los araucanos iban a celebrar ferias con los animales que nos robaban, a razón de veinte mil cabezas por año, durante los dos últimos siglos ¡4 millones de cabezas de ganado en doscientos años!".

Planicies liberadas del salvaje ma non troppo: quedaban algunos especímenes en retirada que en banda, podían hacerle algún daño al curioso filólogo. Por eso se valió de oficiales afectados a la guarnición del general Levalle que seguía destinado en ese sur, de dos baquianos lenguaraces  y de unos diez indios (salvajes huenos, digamos), a fin de evitar morir en el intento.

Escribía lindo Zeballos, es un texto que desde lo literario se disfruta. Las descripciones de su travesía, desde la salida de Buenos Aires en tren hasta la entonces terminal sur en el Azul, las precisiones topográficas, geográficas, meteorológicas, hidrográficas de la zona son de una precisión notable, informes que va intercalando con un anecdotario bien contado.

Por ejemplo, cuando se halla ante los campamentos desolados de los ranqueles, con sus carpas de cuero de potro deshilachados y los utensilios desparamados, que no habían podido ser llevados en la huída desesperada o dejados ahí, cuando los había sorprendido la muerte a manos de los infalibles remington, los mismos que llevaba Zeballos consigo en oportunidad de esa expedición.

No todo era desprecio y tirria hacia los salvajes. Hay un párrafo al menos, que conmueve de alguna manera a Zeballos, cuando alude a un evento  vivido con su escolta indígena.

"El teniente Bustamante había tomado ya el mando de mi escolta y el capitanejo Uñaínche (uñan, amancebado, che, gente) estaba ya pronto a acompañarme con diez indios. Estos estaban contentos y sobre todo Pancho Francisco que me perdía el miedo y había tomado ya un trago de caña que le brindé. La noche del 30, después de la tormenta, llamó mi atención el eco melodioso de una especie de lamentación cantada. Una melodía profundamente triste, de un sabor musical para mí desconocido y que producía sensaciones extrañas interrumpía el silencio de la soledad que nos rodeaba. No había duda de que alguien cantaba; pero sus cantares parecían más bien suspiros de un alma profundamente dolorida que las tonadas alegres con que el hombre feliz recuerda el amor y la esperanza. Pacho Francisco entretenía el fogón de los indios. Todos lo escuchaban silenciosos y pensativos; y yo mismo estaba impresionado tristemente por el sentimentalismo y la unción misteriosa del cantar araucano. El indio recordaba los hogares abandonados, la mujer cautiva, los hijos esclavos, los campos quemados, su libertad perdida y tal vez derramaba lágrimas al invocar el terrible infortunio de su raza. Acerquéme cautelosamente al fogón de los araucanos. La lamentación cesó, como si una voz profana hubiera mezclado irrespetuosamente sus ecos a los himnos que el bárbaro consagraba a la Patria, la Familia, a la Naturaleza y a su perdida Independencia. Ya no decía como antes sus patrióticas congojas por el contrario dirigiéndose hacia mí, pancho francisco cantó con aire placentero esta copla improvisada: 

Vey ñi amon, ayú hincá
mamuel Mapu, ayuvin mapú,
peglemen chi Quethré Huithrú
Cheu inché mnientun rucá.   

Tanto impactó a Zeballos ese momento, que tradujo la castellano la tonada:

"Ya me voy con el cristiano
Al país de las arboledas
Tierra amada.
Volveré a ver arruinada
cerca de Quethré Huithrú
¡Ay! ¡Mi casa!"

Y en Buenos Aires, pasó la melodía al pentagrama.  

Fue fugaz ese sentimiento. Dos días más tarde, a las 12 del mediodía el sol abrasaba esas pampas desoladas.

La comitiva había acampado en un monte de caldenes y se habían dispuesto los preparativos para compartir puchero de yegua. Mientras su almuerzo hervía en la olla: "resolví excursionar a los médanos en busca de las sepulturas araucanas. Con tres soldados salí, en efecto, abrumado de calor, para internarme en el revuelo mar de arenas, que se entiende al Norte del Sauce, limitando el valle".

Lo que cuesta vale, Zeballos.

"El teniente Bustamante [acota nuestro autor] no veía con agrado mi empresa contra los muertos, y sin atreverse a censurarla con la franqueza repetía mientras yo mudaba caballo, esta preciosa estrofa de Escobar: 'Llevadle, sí, llevadle a la llanura y sepultad allí su cuerpo yerto, que la grama del campo y su verdura deben ser la modesta sepultura del hijo valeroso del desierto. Referíase [aclara nuestro autor] a los cráneos que en una bolsa traía desde Salinas Grandes; y parecía insinuarme que los volviera a la tierra. "No se trata de eso, le decía, sino de desenterrar otros. Y Bustamante movía la cabeza y recitaba otras estrofas: "Su tierra es nuestra; el agua de sus fuentes apaga nuestra sed y nos recrea, mieses nos dan sus campos florecientes. ¡Pobres indios! Sus bosques y el collado donde el sol adoraban, son ya ajenos; su suelo entero ha sido conquistado. Y ¡nada! se  les ha dejado: ¡que les queden sus tumbas a lo menos!"

Un ingenuo, el teniente Bustamante, que había participado de la campaña del año anterior.

Como para que recordase el tenor de la hazaña en la que había intervenido, comprendiese de una vez qué hacían allí y se dejara de joder, Zeballos le respondió en prosa clarita.

"Mi querido teniente, si la Civilización ha exigido que Uds. ganen entorchados persiguiendo la raza y conquistando sus tierras, la ciencia exige que yo la sirva llevando los cráneos a los museos y laboratorios. La Barbarie está maldita y no quedarán en el desierto ni los despojos de sus muertos".