Anoche fue una noche mejor, muy plácida. Me siento descansado y contento.
O eso concluyo, tal vez por el recuerdo de mi último sueño.
En el que intervino la (ahora) señorita que me acompaña en la foto tomada en el Jardín Zoológico de Buenos Aires en 2008 (el muchacho de pelo largo que pesa 25 kilos menos que el escribe era yo cuando tenía pelo largo y pesaba 25 kilos menos).
Anoche soñé con ella. Con la Pochita.
El apretado círculo de afectos que reciben estas anotaciones (entre ellos el padre) sabe perfectamente quién es la Pocha, por lo cual nada tengo que explicar.
Era más chiquita aún en el sueño. Tanto que no se sostenía en píe. Alguien la había elevado sobre un escritorio o algo así.
Ella estaba por encima, desde ahí me miraba (nada novedoso: desde siempre mi corazón mandó que ella haya estado, está y estará por encima de casi todo).
Yo, como que quería hacerla reír. Y ella (mofletuda, como cuando era más chiquita aún que en esa foto), sonreía.
Con una sonrisa perdona-vidas. Como quien dice: "ya está, ya está, gracias por el esfuerzo".
Así y todo, me sirvió para despertarme de mejor ánimo.
Y no solo ese sueño. La ayuda de gente buena que se preocupa con las pavadas que uno escribe, reconforta. Belisario, Eva, que me ayudaron a descubrir qué me anduvo susurrando el subconsciente durante las noches de encierro.
Pero hoy estoy contento y apuesto a que en poco tiempo las personas que estamos en esta dimensión podamos volver al contacto, a los arrumacos, a las caricias.
Como cuando allá lejos y hace tiempo el tío postizo empalagaba a su Pochita, como lo evidencia la entrañable y bellísima foto que ilustra esta entrada.
jueves, 26 de marzo de 2020
miércoles, 25 de marzo de 2020
Diario de la cuarentena. Día 5.
Pasó el quinto día nomás.
Ayer, encierro completo: ni tuve que salir a sacar la basura. Digamos que no traspasé el umbral de la puerta de mi departamento.
Me quejo, pero cumplo.
No así otras personas que no voy a identificar y me hicieron saber que se reunirían a cenar saludándose con el codito. "No te persigas, gordo, no pasa nada".
Bien.
Esa persona integra el vasto ejército de Santos en comunión, se babea con el presidente Fernández, sus medidas, aplaude a las nueve de la noche. De hecho, fue una de las que discrepó con el tono de la entrada anterior y mi queja a la extensión de la cuarentena.
Bien. Quedamo' así.
Dicho lo anterior, sobre lo cual no volveré (he sido claro ayer y sigo pensando lo mismo) decir que las cosas se tranquilizaron en el departamento de les vecines (quizás él haya hecho lo que temía) y siguiendo con las observaciones pseudo-sociológicas apunto que estos días vienen minando (razonablemente) la sociabilidad.
Anoche, descubrí que en el sitio web de "Clarín" está instalado el T.E.G. A un amigo de toda la vida le escribí preguntándole cómo estaba pasando estos días, le pregunté por su esposa, por la mamá y si estaba suscripto a la membresía clarinera, por si andaba comn ganas de jugar al T.E.G. de manera virtual.
Respuesta: "No". Esa fue toda la respuesta.
Otros, ni contestan los saludos. O aludidos en grupos, como el ex-Senador Vaca, no dicen ni mu.
Hay algunos, por cierto muy comunicativos, con los cuales se pasa el rato y se consolidan vínculos, haciéndonos compañía en este tiempo hostil.
Aunque debe admitirse que cada quien la lleva y la procesa como le sale.
Yo, empezando mi primer día de "tele trabajo" o "home office". Fin del asunto.
Mientras sigo soñando. Anoche, uno interesante. Me moría nomás. No por esta mierda, pero de alguna manera me anunciaban que moría. A mí me preocupaba encontrarme con mi Viejo y que me viera con barba (no estoy afeitándome por estos días).
Sin embargo, a fuer de un rulo medio raro, sorteaba la muerte, no me acuerdo bien cómo. Y terminaba cursando algo en la Facultad. "Al fin una materia que me interesa", pensaba. Me agradaba el profesor a cargo de ese curso.
Yo, que abandoné, al menos, cinco posgrados. Los detesto, profundamente. Ese, lo terminaría.
Sabía que ese lo terminaría o al menos, que me despertaba interés el contenido de la materia, que me iba a agradar estudiar.
Y desde allá, subiendo al subte en Congreso y Cabildo. Yo iba al trabajo y llevaba un carrito de supermercado. La gente me miraba, no entendiendo porqué yo me movía con ese catafalco. Y lo dejaba en el acceso, como si nada.
Ayer, encierro completo: ni tuve que salir a sacar la basura. Digamos que no traspasé el umbral de la puerta de mi departamento.
Me quejo, pero cumplo.
No así otras personas que no voy a identificar y me hicieron saber que se reunirían a cenar saludándose con el codito. "No te persigas, gordo, no pasa nada".
Bien.
Esa persona integra el vasto ejército de Santos en comunión, se babea con el presidente Fernández, sus medidas, aplaude a las nueve de la noche. De hecho, fue una de las que discrepó con el tono de la entrada anterior y mi queja a la extensión de la cuarentena.
Bien. Quedamo' así.
Dicho lo anterior, sobre lo cual no volveré (he sido claro ayer y sigo pensando lo mismo) decir que las cosas se tranquilizaron en el departamento de les vecines (quizás él haya hecho lo que temía) y siguiendo con las observaciones pseudo-sociológicas apunto que estos días vienen minando (razonablemente) la sociabilidad.
Anoche, descubrí que en el sitio web de "Clarín" está instalado el T.E.G. A un amigo de toda la vida le escribí preguntándole cómo estaba pasando estos días, le pregunté por su esposa, por la mamá y si estaba suscripto a la membresía clarinera, por si andaba comn ganas de jugar al T.E.G. de manera virtual.
Respuesta: "No". Esa fue toda la respuesta.
Otros, ni contestan los saludos. O aludidos en grupos, como el ex-Senador Vaca, no dicen ni mu.
Hay algunos, por cierto muy comunicativos, con los cuales se pasa el rato y se consolidan vínculos, haciéndonos compañía en este tiempo hostil.
Aunque debe admitirse que cada quien la lleva y la procesa como le sale.
Yo, empezando mi primer día de "tele trabajo" o "home office". Fin del asunto.
Mientras sigo soñando. Anoche, uno interesante. Me moría nomás. No por esta mierda, pero de alguna manera me anunciaban que moría. A mí me preocupaba encontrarme con mi Viejo y que me viera con barba (no estoy afeitándome por estos días).
Sin embargo, a fuer de un rulo medio raro, sorteaba la muerte, no me acuerdo bien cómo. Y terminaba cursando algo en la Facultad. "Al fin una materia que me interesa", pensaba. Me agradaba el profesor a cargo de ese curso.
Yo, que abandoné, al menos, cinco posgrados. Los detesto, profundamente. Ese, lo terminaría.
Sabía que ese lo terminaría o al menos, que me despertaba interés el contenido de la materia, que me iba a agradar estudiar.
Y desde allá, subiendo al subte en Congreso y Cabildo. Yo iba al trabajo y llevaba un carrito de supermercado. La gente me miraba, no entendiendo porqué yo me movía con ese catafalco. Y lo dejaba en el acceso, como si nada.
martes, 24 de marzo de 2020
Diario de la cuarentena. Día 4.
Ya llegamos a este día que, de acuerdo a lo que anticipa el diario "La Nación" es uno de los primeros, primerísimos.
Dizque, esta cuarentena habrá de extenderse más allá de las Santas Pascuas. Dizque, al 13 de abril.
Porqué no al 13 de septiembre, me pregunto yo. O ya que estamos al 13 de octubre, cuando haya pasado el invierno. Mejor, quizás, al 13 de diciembre, porque la primavera es traicionera. No, no. Sería mejor que fuese al 13 de enero (a finales de diciembre la gente tiene la mala costumbre de reunirse y encima, de abrazarse, besarse, comer turrón y esas cosas).
El 13 de enero de 2021 quizás sea pronto. Es invierno en Europa y no va a faltar el comedido que querrá (¡y podrá!) volver.
Que la cuarentena se extienda hasta el 13 de marzo de 2021 (hay que evitar aglomeraciones en Carnaval).
Pero justo estará comenzando el otoño de 2021, por eso, mejor extender la caurentena hasta el 21 de septiembre.
Y así.
Hasta 2082, cuando pocas personas vivas sigamos recibiendo y expulsando viruses en esta dimensión.
Escribo sin gracia y con (algo) de bronca.
Nadie (salvo el presidente Fernández que goza del acuerdo de los Santos en comunión) explica bien para qué estamos encerrados. Sí, lo explican, pero nadie da una certeza de la eficacia de la medida.
Entretanto, sin razones que los avalen, los voceros de la médicocracia avanzan y avanzan y avanzan.
Quizás está bien que así sea: "Hazte la fama y échate a dormir".
Durante siglos los médicos se hicieron una buena fama de la que carecemos por completo (con muchas razones), nos, los abogados.
Que aceptamos sin chistar (con la excepción de un abombado que anda denunciando fascismos por la web, que si asumiese y consumase su homosexualidad se tranquilizaría y nos dejaría mejor parados a quienes compartimos con él la profesión) este retroceso en materia de derechos inédito desde los inolvidables meses del presidente Bignone.
Sea. Deben preservarse vidas y salvarse y enhorabuena.
Ahora, querido Alberto, apreciado presidente de la Nación, inesperado y providencial piloto de tormentas cuyo denuedo, entrega, labor aprecio en grado sumo (cero nivel de ironía en este comentario) siga escuchando a los médicos, a esos seres que Dios puso en la tierra para salvar vidas, a quienes les debemos gratitud eterna. Siga haciéndolo, son ellos quienes llevan la batuta.
Pero me atrevo a implorarle: no olvide que es abogado. Actúe como tal, un ratito. Sopese la afectación a la vida nuestra de cada día esta receta de los rampantes voceros de la medicocracia.
Y ya que estamos, convoque a algún filósofo. No al chanta ese de apellido interminable ni al entrañable JPF que está más allá que acá. No sé, hable con Merlí, con alguno, con algune. Para que piense con él, con ella o con elle si vale la pena sobrevivir a determinado coste. Si este remedio hay que tomárselo de un saque, a costa de tanto esfuerzo.
Y eso que hasta 31 me quedo entre cuatro paredes: soñando las pelotudeces más horrorasas, haciendo gimnasia con una hija de puta que se ríe desde la pantalla cuando (sabe) que los gordos que seguimos sus rutinas preferimos sucumbir antes de una sentadilla más; con la espalda hecha un moño; con la vida alterada: sin teatros, bares, restaurantes ni todo lo que me gustaba de esta ciudad.
Hasta el 31, Alberto. Sin decir ni mu.
Pero, por favor, piénselo dos veces antes de arruinarnos la vida más allá de esa fecha.
A mí, a nosotres. A mis vecinites. A los de la foto de la entrada anterior. Me despiertan los alaridos de la mujer. Salen afónicos. Su contenido, cada vez más oscuro: les anticipa, les desea, cosas horrendas a sus hijos de 7 y 3. Que la imitan, gritándole los insultos más inverosímiles. Él calla. No va a contestar, va a hacer, Alberto querido.
Y él vive en un lugar pequeño (un departamento de dos ambientes) pero con higiene, en un barrio residencial, tienen televisor, agua corriente, luz, etc.
Piense (sé, confío que lo hace) en las villas, querido presidente.
Y dé rienda suelta a su cuenta de Twitter ya que estamos, que la comunión de los Santos de seso sorbido se lo celebran y se lo agradecen. Auspíciando las bromas de les soldadites pasados de pastys, flores y tantas otras sustancias tan o más esperituosas.
Y seguirán haciéndolo. Por los siglos de los siglos.
Amén.
Dizque, esta cuarentena habrá de extenderse más allá de las Santas Pascuas. Dizque, al 13 de abril.
Porqué no al 13 de septiembre, me pregunto yo. O ya que estamos al 13 de octubre, cuando haya pasado el invierno. Mejor, quizás, al 13 de diciembre, porque la primavera es traicionera. No, no. Sería mejor que fuese al 13 de enero (a finales de diciembre la gente tiene la mala costumbre de reunirse y encima, de abrazarse, besarse, comer turrón y esas cosas).
El 13 de enero de 2021 quizás sea pronto. Es invierno en Europa y no va a faltar el comedido que querrá (¡y podrá!) volver.
Que la cuarentena se extienda hasta el 13 de marzo de 2021 (hay que evitar aglomeraciones en Carnaval).
Pero justo estará comenzando el otoño de 2021, por eso, mejor extender la caurentena hasta el 21 de septiembre.
Y así.
Hasta 2082, cuando pocas personas vivas sigamos recibiendo y expulsando viruses en esta dimensión.
Escribo sin gracia y con (algo) de bronca.
Nadie (salvo el presidente Fernández que goza del acuerdo de los Santos en comunión) explica bien para qué estamos encerrados. Sí, lo explican, pero nadie da una certeza de la eficacia de la medida.
Entretanto, sin razones que los avalen, los voceros de la médicocracia avanzan y avanzan y avanzan.
Quizás está bien que así sea: "Hazte la fama y échate a dormir".
Durante siglos los médicos se hicieron una buena fama de la que carecemos por completo (con muchas razones), nos, los abogados.
Que aceptamos sin chistar (con la excepción de un abombado que anda denunciando fascismos por la web, que si asumiese y consumase su homosexualidad se tranquilizaría y nos dejaría mejor parados a quienes compartimos con él la profesión) este retroceso en materia de derechos inédito desde los inolvidables meses del presidente Bignone.
Sea. Deben preservarse vidas y salvarse y enhorabuena.
Ahora, querido Alberto, apreciado presidente de la Nación, inesperado y providencial piloto de tormentas cuyo denuedo, entrega, labor aprecio en grado sumo (cero nivel de ironía en este comentario) siga escuchando a los médicos, a esos seres que Dios puso en la tierra para salvar vidas, a quienes les debemos gratitud eterna. Siga haciéndolo, son ellos quienes llevan la batuta.
Pero me atrevo a implorarle: no olvide que es abogado. Actúe como tal, un ratito. Sopese la afectación a la vida nuestra de cada día esta receta de los rampantes voceros de la medicocracia.
Y ya que estamos, convoque a algún filósofo. No al chanta ese de apellido interminable ni al entrañable JPF que está más allá que acá. No sé, hable con Merlí, con alguno, con algune. Para que piense con él, con ella o con elle si vale la pena sobrevivir a determinado coste. Si este remedio hay que tomárselo de un saque, a costa de tanto esfuerzo.
Y eso que hasta 31 me quedo entre cuatro paredes: soñando las pelotudeces más horrorasas, haciendo gimnasia con una hija de puta que se ríe desde la pantalla cuando (sabe) que los gordos que seguimos sus rutinas preferimos sucumbir antes de una sentadilla más; con la espalda hecha un moño; con la vida alterada: sin teatros, bares, restaurantes ni todo lo que me gustaba de esta ciudad.
Hasta el 31, Alberto. Sin decir ni mu.
Pero, por favor, piénselo dos veces antes de arruinarnos la vida más allá de esa fecha.
A mí, a nosotres. A mis vecinites. A los de la foto de la entrada anterior. Me despiertan los alaridos de la mujer. Salen afónicos. Su contenido, cada vez más oscuro: les anticipa, les desea, cosas horrendas a sus hijos de 7 y 3. Que la imitan, gritándole los insultos más inverosímiles. Él calla. No va a contestar, va a hacer, Alberto querido.
Y él vive en un lugar pequeño (un departamento de dos ambientes) pero con higiene, en un barrio residencial, tienen televisor, agua corriente, luz, etc.
Piense (sé, confío que lo hace) en las villas, querido presidente.
Y dé rienda suelta a su cuenta de Twitter ya que estamos, que la comunión de los Santos de seso sorbido se lo celebran y se lo agradecen. Auspíciando las bromas de les soldadites pasados de pastys, flores y tantas otras sustancias tan o más esperituosas.
Y seguirán haciéndolo. Por los siglos de los siglos.
Amén.
lunes, 23 de marzo de 2020
Diario de la cuaretena. Día 3.
Ha pasado ya el tercer día y si algo alivia pensar en eso, también pesa tener presente cuánto queda por delante.
Algo haremos para tolerarlo.
Por primera vez me despierto con feos síntomas: nada distinto a lo que le sucede a una persona de mi edad que viene llevando un estilo de vida no muy saludable que digamos, pero en este estado de cosas, esta molestia para respirar (aunque derivada, seguramente, de un reflujo gástrico) no ayuda demasiado.
De todos modos, no es tiempo para hipocondrias. Tampoco para volver sobre reproches al colchón que compré, al consejero y a mí por haberlo hecho o haberme dejado estar cuiando era inminnente el parate, ante mi espalda en ruinas. Si ayer hice gimnasia (hoy retomaré), vamos a dedicarnos, también, al yoga.
Tampoco son días para disentir. Todos, todas y todes estamos felices (hermosa palabra que evita echar mano a neologismos horrendos) con el presidente y sus medidas. A mí me agrada mucho Fernández. No tan conforme y de acuerdo estoy con la medida que decidió: cerrar al país durante tanto tiempo y advertir que esto podría seguir unos días más.
Pero lo dije al inicio, no es hora de joder a la Comunión de los Santos.
Encerrarse y callar.
Como sea, sueño muchísimo cada noche, cada momento en el que concilio el sueño.
Recuerdo uno de los tantos de anoche: un jefe nuevo me ponía a prueba. Me tomaba examen.
A diferencia de lo que me sucedería en otro sueño o en la vida real no me angustiaba la alternativa.
Yo, ante el caso que planteaba en una charla previa al examen, lo tapaba a preguntas. Él se molestaba pero al otro día me daba una carpeta con antecedentes que me servirían para sortear eficazmente el examen: "con esto, te sacás un diez", me auguraba. No hacía trampa, o eso interpretaba yo. Parecía premiar mi entusiasmo.
Giraba todo (parece que concilio poco el sueño, que descanso nada) sobre la prohibición de contacto. En este caso relacionada con la violencia de género.
Y entre los antecedentes, uno en el que había intervenido yo. Un abogado con el que trabajé hace muchos años, me instaba a firmar un escrito que debía firmar él y yo lo hacía. Si bien no discrepaba con la decisión tomada el nuevo jefe decía algo así como: "ves, esto es lo último que se tiene que hacer".
Había firmado un pedido de suspensión de un juicio oral. Era por violencia de género. En el escrito, el defendido por mí (acusado de violencia de género) se comprometía a no ejercerla más sobre la mujer con la que convivía. A los años, el tipo la mataba. Y se hacía el juicio nomás, esta vez por homicidio calificado por el vínculo.
Yo advertía mi firma al pie del convenio y se la mostraba al nuevo jefe, que se sorprendía mucho y simulaba estar de acuerdo con lo que había hecho, o suavizar la crítica anterior.
Mi firma era la que usaba cuando era chico, larga, con mi apellido escrito al medio. Diez centímetros (o más) tenía esa firma. Con los años fui achicándola un poco más cada año: primero la inicial, una hache bien vertical. Últimamente, firmo con una mosquita ínfima, parte de esa inicial.
Entre tanto, iba a la casa de Cacho, de mi gran amigo. Que vivía en efecto en una casa: Lebretón 90. Veía el cartel de catastro en la entrada y un anuncio del estadio de fútbol del Pato Fillol, uno que hace muchos años existía en Olazábal y Conesa y ya no existe más.
En su casa, escuchábamos a Fernández hablar sobre la pandemia. Como estaba el papá de Cacho, Miguel, me tragaba los comentarios (aunque al final me despechaba con un elogio, que él aprobaba), sólo decía una y otra vez que tenía una carpeta con documentación para estudiar para un examen.
Fin del sueño.
En fin, este diario viene siendo algo parecido a una bitácora onírica. No sé qué sentido tiene seguir escribiendo (cuando el solo acto tortura aún más mi espalda torturada); pero vamos a seguir.
En otra entrada, una reseña de todo el cine que ando viendo.
Algo haremos para tolerarlo.
Por primera vez me despierto con feos síntomas: nada distinto a lo que le sucede a una persona de mi edad que viene llevando un estilo de vida no muy saludable que digamos, pero en este estado de cosas, esta molestia para respirar (aunque derivada, seguramente, de un reflujo gástrico) no ayuda demasiado.
De todos modos, no es tiempo para hipocondrias. Tampoco para volver sobre reproches al colchón que compré, al consejero y a mí por haberlo hecho o haberme dejado estar cuiando era inminnente el parate, ante mi espalda en ruinas. Si ayer hice gimnasia (hoy retomaré), vamos a dedicarnos, también, al yoga.
Tampoco son días para disentir. Todos, todas y todes estamos felices (hermosa palabra que evita echar mano a neologismos horrendos) con el presidente y sus medidas. A mí me agrada mucho Fernández. No tan conforme y de acuerdo estoy con la medida que decidió: cerrar al país durante tanto tiempo y advertir que esto podría seguir unos días más.
Pero lo dije al inicio, no es hora de joder a la Comunión de los Santos.
Encerrarse y callar.
Como sea, sueño muchísimo cada noche, cada momento en el que concilio el sueño.
Recuerdo uno de los tantos de anoche: un jefe nuevo me ponía a prueba. Me tomaba examen.
A diferencia de lo que me sucedería en otro sueño o en la vida real no me angustiaba la alternativa.
Yo, ante el caso que planteaba en una charla previa al examen, lo tapaba a preguntas. Él se molestaba pero al otro día me daba una carpeta con antecedentes que me servirían para sortear eficazmente el examen: "con esto, te sacás un diez", me auguraba. No hacía trampa, o eso interpretaba yo. Parecía premiar mi entusiasmo.
Giraba todo (parece que concilio poco el sueño, que descanso nada) sobre la prohibición de contacto. En este caso relacionada con la violencia de género.
Y entre los antecedentes, uno en el que había intervenido yo. Un abogado con el que trabajé hace muchos años, me instaba a firmar un escrito que debía firmar él y yo lo hacía. Si bien no discrepaba con la decisión tomada el nuevo jefe decía algo así como: "ves, esto es lo último que se tiene que hacer".
Había firmado un pedido de suspensión de un juicio oral. Era por violencia de género. En el escrito, el defendido por mí (acusado de violencia de género) se comprometía a no ejercerla más sobre la mujer con la que convivía. A los años, el tipo la mataba. Y se hacía el juicio nomás, esta vez por homicidio calificado por el vínculo.
Yo advertía mi firma al pie del convenio y se la mostraba al nuevo jefe, que se sorprendía mucho y simulaba estar de acuerdo con lo que había hecho, o suavizar la crítica anterior.
Mi firma era la que usaba cuando era chico, larga, con mi apellido escrito al medio. Diez centímetros (o más) tenía esa firma. Con los años fui achicándola un poco más cada año: primero la inicial, una hache bien vertical. Últimamente, firmo con una mosquita ínfima, parte de esa inicial.
Entre tanto, iba a la casa de Cacho, de mi gran amigo. Que vivía en efecto en una casa: Lebretón 90. Veía el cartel de catastro en la entrada y un anuncio del estadio de fútbol del Pato Fillol, uno que hace muchos años existía en Olazábal y Conesa y ya no existe más.
En su casa, escuchábamos a Fernández hablar sobre la pandemia. Como estaba el papá de Cacho, Miguel, me tragaba los comentarios (aunque al final me despechaba con un elogio, que él aprobaba), sólo decía una y otra vez que tenía una carpeta con documentación para estudiar para un examen.
Fin del sueño.
En fin, este diario viene siendo algo parecido a una bitácora onírica. No sé qué sentido tiene seguir escribiendo (cuando el solo acto tortura aún más mi espalda torturada); pero vamos a seguir.
En otra entrada, una reseña de todo el cine que ando viendo.
domingo, 22 de marzo de 2020
Diario de la cuarentena. Día 2.
El segundo día de encierro anduvo favoreciendo los primeros síntomas que uno teme: ha aparecido una barriga muy desagradable, la papada anda ganando terreno y sufro la tortura de mis lumbares.
De lo último (en especial) soy total culpable: haciendo caso a un charlatán que sé que habla de todo y no sabe de nada pero a quien quiero mucho (por eso, quizás seguí su consejo malo, erróneo como todos los que da siempre, sin excepción, aunque los diga con una autoridad de la que carece para casi todo) adquirí hace unos años un colchón que él dictaminó entonces que era el "mejor de todos", opinión dada con tanto énfasis como ignorancia total, que yo conocía entonces de memoria, conocimiento que decidí inadmisiblemente ignorar.
Pago las consecuencias y soy el único responsable: el pozo que se forma al medio del colchón tortura mi espalda e interrumpe mi (de por sí difícil) descanso.
Ahora me pregunto porqué no lo cambié hace unas semanas cuando se hizo ese pozo en el centro que me tiene tan a mal traer. Sin excusas diré que pensaba hacer un "combo" con la cama que debía comrpar para la casa que quería alquilar en Brandsen y no hice. A la espera de esa firma, esperé más de la cuenta y ahora pago los costos: seguir los consejos de un adorable pelotudo y no hacer las compras a tiempo.
Eso motiva quizá, que tenga los sueños más insólitos.
Anoche soñé con Roberto Gómez Bolaños. Que iba a verlo al Ópera o al Gran Rex. No entendía bien porqué lo hacía, pero ahí estaba. Quizás era la primera posibilidad que tenía de ir al teatro post-cuarentena (era un dato que manejaba en el sueño).
Gómez Bolaños (no tenía en cuenta que hace un par de años falleció) contaba anécdotas de su vida. mucho más joven que cuando murió, sin disfraces de ninguno de sus personajes. Contaba cuanto le había costado dejar de beber "a diferencia de mi cumpa Villagrán", haciendo el gesto de empinar el codo.
Ahí estaba Villagrán/Quico, molesto por la infidencia de su odiado Chespirito.
Fin del sueño.
Es claro que ando mal.
Sueño que me dejó intrigado y me impidió seguir durmiendo. Y todo empeoró cuando escuché gritos lejanos y ladridos de unos veinte perros, en la calle, claro. Luego de eso, una atronadora sirena de bomberos y autos que tocaban la bocina.
No lo soñé, como dijera Solari. Estaba pasando. Así pintan las noches que vienen.
Con la panza algo debo hacer, con mi malestar general, con colchón comprado a instancias del adorable charlatán o sin él mi espalda suele ser "un concierto de pianolas". Por eso ando porfiando con la aplicación del gimnasio que pago hace seis meses (al que fui solo dos veces) para seguir los consejos de alguna rutina casera.
Anticipo que no voy a poder. Quiero recuperar mi clave y recibo mails con indicativos para hacerla pero el link no responde. algo encontraré en la web.
Aunque siempre se puede estar peor.
Por ejemplo, el muchacho de la foto. No se ve bien, no quise zoomear (horrendo neologismo) para que la violación a su intimidad no fuera más grave.
Vive en un departamento de dos ambientes con su esposa y sus dos hijos (6 años la nena y tres el pibe, aproximadamente). Sé de ellos porque de un tiempo a esta parte fumo en el lavadero. Cada vez menos, por eso del racionamiento y porque la enfermedad que acosa ataca las vías respiratorias. Paro en tres o cuatro al día. Y no me cuesta tanto.
Decía que cuando fumaba bastante más, los fines de semana en casa iba al lavadero y reparaba en ese departamento al escuchar los gritos histéricos y destemplados de la mujer hacia sus hijos. Quien grita así, odia. Les grita con odio a los hijos. Gritos que la nena, claro está, imita.
El hombre grita poco, casi no grita. Ni siquiera ahora que los gritos son más. Ahí se lo ve, en cueros frente al televisor. Compartiendo las 24 horas con esos seres que hacen que su vida sea un infierno cotidiano. Temo mucho por su reacción, que en algún momento, llegará.
Yo, en cambio, lidio solo con mi solitaria cuarentena. Que tiene algo de malo, aunque mucho menos que la de quienes atraviesan experiencias deliciosas como el muchacho de la foto. Y que se cuentan por decenas de miles.
Iremos viendo.
Ojalá hoy haga mi rutina de ejercicio y la repita mañana. Quizás suba y baje diez veces las escaleras de mi piso 15 al 14. Sólo que vive gente muy paranoica, de mucha edad en el piso y temo que escuchar demasiado movimiento los inquiete.
Estuve aprovechando alguna salida a comprar algo para caminar unas 15 cuadras. Iba y venía a paso vivo, de una esquina a la otra, como un demente. Antes de ayer vi gente despreocupada en las calles. Ayer, sábado, las calles de mi barrio estaban desoladas.
Prometí que escribiría sobre el "cine de la cuarentena". Estoy viendo mucho y bueno.
Los dejo con un temazo de Piazzolla de una de esas películas: "El infierno tan temido"
https://www.youtube.com/watch?v=ZcOfRjWMQyI
De lo último (en especial) soy total culpable: haciendo caso a un charlatán que sé que habla de todo y no sabe de nada pero a quien quiero mucho (por eso, quizás seguí su consejo malo, erróneo como todos los que da siempre, sin excepción, aunque los diga con una autoridad de la que carece para casi todo) adquirí hace unos años un colchón que él dictaminó entonces que era el "mejor de todos", opinión dada con tanto énfasis como ignorancia total, que yo conocía entonces de memoria, conocimiento que decidí inadmisiblemente ignorar.
Pago las consecuencias y soy el único responsable: el pozo que se forma al medio del colchón tortura mi espalda e interrumpe mi (de por sí difícil) descanso.
Ahora me pregunto porqué no lo cambié hace unas semanas cuando se hizo ese pozo en el centro que me tiene tan a mal traer. Sin excusas diré que pensaba hacer un "combo" con la cama que debía comrpar para la casa que quería alquilar en Brandsen y no hice. A la espera de esa firma, esperé más de la cuenta y ahora pago los costos: seguir los consejos de un adorable pelotudo y no hacer las compras a tiempo.
Eso motiva quizá, que tenga los sueños más insólitos.
Anoche soñé con Roberto Gómez Bolaños. Que iba a verlo al Ópera o al Gran Rex. No entendía bien porqué lo hacía, pero ahí estaba. Quizás era la primera posibilidad que tenía de ir al teatro post-cuarentena (era un dato que manejaba en el sueño).
Gómez Bolaños (no tenía en cuenta que hace un par de años falleció) contaba anécdotas de su vida. mucho más joven que cuando murió, sin disfraces de ninguno de sus personajes. Contaba cuanto le había costado dejar de beber "a diferencia de mi cumpa Villagrán", haciendo el gesto de empinar el codo.
Ahí estaba Villagrán/Quico, molesto por la infidencia de su odiado Chespirito.
Fin del sueño.
Es claro que ando mal.
Sueño que me dejó intrigado y me impidió seguir durmiendo. Y todo empeoró cuando escuché gritos lejanos y ladridos de unos veinte perros, en la calle, claro. Luego de eso, una atronadora sirena de bomberos y autos que tocaban la bocina.
No lo soñé, como dijera Solari. Estaba pasando. Así pintan las noches que vienen.
Con la panza algo debo hacer, con mi malestar general, con colchón comprado a instancias del adorable charlatán o sin él mi espalda suele ser "un concierto de pianolas". Por eso ando porfiando con la aplicación del gimnasio que pago hace seis meses (al que fui solo dos veces) para seguir los consejos de alguna rutina casera.
Anticipo que no voy a poder. Quiero recuperar mi clave y recibo mails con indicativos para hacerla pero el link no responde. algo encontraré en la web.
Aunque siempre se puede estar peor.
Por ejemplo, el muchacho de la foto. No se ve bien, no quise zoomear (horrendo neologismo) para que la violación a su intimidad no fuera más grave.
Vive en un departamento de dos ambientes con su esposa y sus dos hijos (6 años la nena y tres el pibe, aproximadamente). Sé de ellos porque de un tiempo a esta parte fumo en el lavadero. Cada vez menos, por eso del racionamiento y porque la enfermedad que acosa ataca las vías respiratorias. Paro en tres o cuatro al día. Y no me cuesta tanto.
Decía que cuando fumaba bastante más, los fines de semana en casa iba al lavadero y reparaba en ese departamento al escuchar los gritos histéricos y destemplados de la mujer hacia sus hijos. Quien grita así, odia. Les grita con odio a los hijos. Gritos que la nena, claro está, imita.
El hombre grita poco, casi no grita. Ni siquiera ahora que los gritos son más. Ahí se lo ve, en cueros frente al televisor. Compartiendo las 24 horas con esos seres que hacen que su vida sea un infierno cotidiano. Temo mucho por su reacción, que en algún momento, llegará.
Yo, en cambio, lidio solo con mi solitaria cuarentena. Que tiene algo de malo, aunque mucho menos que la de quienes atraviesan experiencias deliciosas como el muchacho de la foto. Y que se cuentan por decenas de miles.
Iremos viendo.
Ojalá hoy haga mi rutina de ejercicio y la repita mañana. Quizás suba y baje diez veces las escaleras de mi piso 15 al 14. Sólo que vive gente muy paranoica, de mucha edad en el piso y temo que escuchar demasiado movimiento los inquiete.
Estuve aprovechando alguna salida a comprar algo para caminar unas 15 cuadras. Iba y venía a paso vivo, de una esquina a la otra, como un demente. Antes de ayer vi gente despreocupada en las calles. Ayer, sábado, las calles de mi barrio estaban desoladas.
Prometí que escribiría sobre el "cine de la cuarentena". Estoy viendo mucho y bueno.
Los dejo con un temazo de Piazzolla de una de esas películas: "El infierno tan temido"
https://www.youtube.com/watch?v=ZcOfRjWMQyI
sábado, 21 de marzo de 2020
Diario de la cuarentena. Día 1.
Acabo de cortar con mi madre, aislada en su casa desde el 18 de marzo, quien me acaba de decir que decidió no contar los días de la cuarentena y demás novedades de las que me entero por teléfono. Hace casi un mes que no la veo y así habremos de seguir.
Por eso, espero que no lea estas entradas.
Una pena que no haya podido avanzar y concluir con un proyecto que estuve a punto de lograr: el alquiler de una casa en Brandsen. Qué bueno hubiera sido pasarla ahí. No se pudo. Si esto culmina, se hará, espero las dos cosas.
Tengo una característica/cualidad desde hace 25 años, casi. Vivo solo.
Alternativa favorable y desfavorable a la vez, como enseña la filosofía que se cultiva en los lares en los que se habría iniciado este candombe.
El uso del potencial será todo lo que le dedique a todas las suposiciones e hipótesis que andan dando vueltas aunque me cueste creer en aquello de la sopita de murciélago.
Por "h", por "b", parece que nada será igual desde ahora. Se nota un punto de inflexión que veremos cómo sigue.
Me molesta, me angustia, más allá del encierro, que cada uno de nosotros seamos un potencial portador de una muerte segura del otro.
Por eso tanta advertencia alrededor de no tomar contacto. ¿Cuánto tiempo seguirá todo esto? ¿Por cuántos meses más nos andaremos evitando? ¿Se puede vivir sin contacto? Decía que soy solo, pero un abrazo, un beso, una palmada, nos reconforta a los latinos.
¿Viviremos de ahora en más a lo Michael Jackson, aislados en escafandras los unos de los otros? ¿Desterraremos la cultura de reunirnos en: bares, restaurantes, cines, teatros, canchas de fútbol, estadios, pubs, para no tomar contacto, por miedo al contagio?
Pregunto, me pregunto: ¿tendrá sentido sobrevivir a ese costo?
No voy a dar una respuesta, sigo con anotaciones sueltas, y cierro lo anterior proponiendo que cuando los laboratorios encuentren algo que pare esto, habremos de poder salir a las calles pero de tocarnos, de coger ni hablar.
Es peor que el SIDA, que cohibía el coito. Con esto, ni siquiera un beso.
Otra cuestión que habrá que pensar es la de la dictadura de los médicos. A propósito de lo que escribía.
De hecho ayer, cuando me despedía de la televisión (no voy a volver a ver el espectáculo de personitas patéticas y sobre-excitadas infundiendo temor -insuperables las dos mariconas de anoche en TN un tal Bianco y otro que se apellida no sé cuanto, dieron mucha pena-, dando rienda suelta a su ignorancia, a su imbecilidad, sin excepciones) escuché al peor de los médicos: el Regazzoni ése.
Digno hijo de su padre, inolvidable interventor del PAMI (por las desgracias que dejó, por los negociados que cocinó), el sorete ése dio rienda suelta a la perversidad que anida en cada médico: magos de la tribu que se creen portadores de la salvación y despotizan y maltratan y etcétera. Nunca los quise, ahora menos.
El Regazzoni ése le propuso a Laje (una de las pocas excepciones en materia de comunicación. Apunto también a Castro, Nelson a quien maltraté en este pago) que lo entrevistaba la solución es parar el mundo dos semanas. Reitero: la solución para el Regazzoni ése es parar al mundo dos semanas.
Laje, Antonio se indignó y le hizo notar la infinita necedad de su propuesta, con tono firme y atinado.
Yo, conteniendo mi pulsión de destrozar el televisor grité a la pantalla: "la solución también, es implosionar el planeta y chau virus, chau vida, chau todo, la puta que te parió".
Se entenderá entonces, porqué decidí apagar el televisor, o mejor, reorientar su uso a otros menesteres; el cine en casa, cuestión sobre la que volveré.
Digamos que ayer estuve asimilando el encierro. Salí sólo a hacer una compra de frutería (admito que aproveché para caminar a paso vivo unas veinte cuadras, con esa excusa) y que saqué la basura de los vecinos con los que comparto el piso.
En la calle vi gente; vecinos que paseaban a sus perros. Y es razonable que lo hagan. Pero ¿no estarían incumpliendo la cuarentena?
Otros, parece, se largaron a las rutas. Lo de siempre, en la calle y en vos, dizque Ferrer.
Vi mucho cine, hoy veré más. Mañana empezaré a leer.
Por eso, espero que no lea estas entradas.
Una pena que no haya podido avanzar y concluir con un proyecto que estuve a punto de lograr: el alquiler de una casa en Brandsen. Qué bueno hubiera sido pasarla ahí. No se pudo. Si esto culmina, se hará, espero las dos cosas.
Tengo una característica/cualidad desde hace 25 años, casi. Vivo solo.
Alternativa favorable y desfavorable a la vez, como enseña la filosofía que se cultiva en los lares en los que se habría iniciado este candombe.
El uso del potencial será todo lo que le dedique a todas las suposiciones e hipótesis que andan dando vueltas aunque me cueste creer en aquello de la sopita de murciélago.
Por "h", por "b", parece que nada será igual desde ahora. Se nota un punto de inflexión que veremos cómo sigue.
Me molesta, me angustia, más allá del encierro, que cada uno de nosotros seamos un potencial portador de una muerte segura del otro.
Por eso tanta advertencia alrededor de no tomar contacto. ¿Cuánto tiempo seguirá todo esto? ¿Por cuántos meses más nos andaremos evitando? ¿Se puede vivir sin contacto? Decía que soy solo, pero un abrazo, un beso, una palmada, nos reconforta a los latinos.
¿Viviremos de ahora en más a lo Michael Jackson, aislados en escafandras los unos de los otros? ¿Desterraremos la cultura de reunirnos en: bares, restaurantes, cines, teatros, canchas de fútbol, estadios, pubs, para no tomar contacto, por miedo al contagio?
Pregunto, me pregunto: ¿tendrá sentido sobrevivir a ese costo?
No voy a dar una respuesta, sigo con anotaciones sueltas, y cierro lo anterior proponiendo que cuando los laboratorios encuentren algo que pare esto, habremos de poder salir a las calles pero de tocarnos, de coger ni hablar.
Es peor que el SIDA, que cohibía el coito. Con esto, ni siquiera un beso.
Otra cuestión que habrá que pensar es la de la dictadura de los médicos. A propósito de lo que escribía.
De hecho ayer, cuando me despedía de la televisión (no voy a volver a ver el espectáculo de personitas patéticas y sobre-excitadas infundiendo temor -insuperables las dos mariconas de anoche en TN un tal Bianco y otro que se apellida no sé cuanto, dieron mucha pena-, dando rienda suelta a su ignorancia, a su imbecilidad, sin excepciones) escuché al peor de los médicos: el Regazzoni ése.
Digno hijo de su padre, inolvidable interventor del PAMI (por las desgracias que dejó, por los negociados que cocinó), el sorete ése dio rienda suelta a la perversidad que anida en cada médico: magos de la tribu que se creen portadores de la salvación y despotizan y maltratan y etcétera. Nunca los quise, ahora menos.
El Regazzoni ése le propuso a Laje (una de las pocas excepciones en materia de comunicación. Apunto también a Castro, Nelson a quien maltraté en este pago) que lo entrevistaba la solución es parar el mundo dos semanas. Reitero: la solución para el Regazzoni ése es parar al mundo dos semanas.
Laje, Antonio se indignó y le hizo notar la infinita necedad de su propuesta, con tono firme y atinado.
Yo, conteniendo mi pulsión de destrozar el televisor grité a la pantalla: "la solución también, es implosionar el planeta y chau virus, chau vida, chau todo, la puta que te parió".
Se entenderá entonces, porqué decidí apagar el televisor, o mejor, reorientar su uso a otros menesteres; el cine en casa, cuestión sobre la que volveré.
Digamos que ayer estuve asimilando el encierro. Salí sólo a hacer una compra de frutería (admito que aproveché para caminar a paso vivo unas veinte cuadras, con esa excusa) y que saqué la basura de los vecinos con los que comparto el piso.
En la calle vi gente; vecinos que paseaban a sus perros. Y es razonable que lo hagan. Pero ¿no estarían incumpliendo la cuarentena?
Otros, parece, se largaron a las rutas. Lo de siempre, en la calle y en vos, dizque Ferrer.
Vi mucho cine, hoy veré más. Mañana empezaré a leer.
Diario de la cuarentena. Las razones
Varias veces escribí por acá que este blog era algo así como un diario íntimo, desde el cual compartía recuerdos, crónicas, impresiones, como para dejar constancia acerca de lo que pensaba.
En una primera etapa, sobre mis pensamientos acerca de la coyuntura de esos años.
Expliqué porqué desde mi identidad radical era posible y necesario confluir en el kirchnerismo. Aunque módico (como todo en mi vida) pagué un alto costo por esa osadía. No me arrepiento. Escribí en caliente lo que en caliente pensaba que ahora, en frío (conociendo lo que pasaría) no volvería a escribir.
No adheriría con tanto fervor. Y no por eticismo pequebú caro a las huestes del extinto FrePaSo, sino porque advertir que esa dirigencia no estuvo a la altura del enorme desafío. Fueron ruines, mediocres, pequeños. Aunque hicieron bastante y quizás eso justifique aquel apoyo.
En esta segunda etapa, quise explicarme ante mis queridos de siempre, a aquellos que les interesa saber en qué ando, las razones de mi hipótesis actual. Que ya rondaba mi mente en los años primeros: la necesaria confluencia con el peronismo.
En términos histórico-político-culturales. No es novedosa la propuesta ni novedoso el enfoque. Sólo subrayar lo evidente. Que somos lo mismo. Que para los enemigos del pueblo, somos lo mismo.
Léase pueblo como aquiellos que tenemos sangre criolla y/o apellidos italianos, gallegos y judíos de personas que llegaron a estas playas cuando el aluvión inmigratorio de finales del siglo XIX y principios del XX.
Somos la mierda a la que se la llamó de distintas maneras: chusma, populacho, mersada, grasitas, gronchos, etc., etc.
Y el movimiento político que más hizo por ese pueblo fue la que se extendió entre 1946 y 1955. Que recogía el legado de otro anterior, redentor, el encarnado por Hipólito Yrigoyen.
Y después, la luna en sangre y el paredón: la pérdida de toda posibilidad de ser algo menos malo como Nación.
Con intentos indispensables como el de Raúl Alfonsín, esteriliziado, manoseado. Es esa obscena comunión de los Santos organizada desde el poder, la del "Padre de la Democracia".
Qué modo tan perfecto de humillarlo, de rebajarlo, de tergivesar lo que él quiso ser, lo que se propuso.
¿Cuál fue la "madre" fecundada por el "padre" para parir la democracia? ¿Quién el portador de la buena nueva? Y seguiría con las preguntas pavotas a tono con esa sandez inadmisible.
Por eso la gira de Evita, por eso me encerré en la Biblioteca del Congreso a leer debates parlamentarios sobre la ley de voto femenino, por eso los debates alrededor de Yrigoyen. Llego a la conclusión antes de desarrollar un extenso periplo.
Por eso que anticipaba; estamos en cuarentena, amenazados por un virus que parece que nos llevará puestos a unos cuantos.
Quizá, quede poco tiempo. Así que hubo que ir a los bifes y fui: escribía para eso. Por ahora, espero que sea un paréntesais, voy a escribir sobre lo que creo que tengo que escribir.
Una memoria íntima de la cuarentena.
En una primera etapa, sobre mis pensamientos acerca de la coyuntura de esos años.
Expliqué porqué desde mi identidad radical era posible y necesario confluir en el kirchnerismo. Aunque módico (como todo en mi vida) pagué un alto costo por esa osadía. No me arrepiento. Escribí en caliente lo que en caliente pensaba que ahora, en frío (conociendo lo que pasaría) no volvería a escribir.
No adheriría con tanto fervor. Y no por eticismo pequebú caro a las huestes del extinto FrePaSo, sino porque advertir que esa dirigencia no estuvo a la altura del enorme desafío. Fueron ruines, mediocres, pequeños. Aunque hicieron bastante y quizás eso justifique aquel apoyo.
En esta segunda etapa, quise explicarme ante mis queridos de siempre, a aquellos que les interesa saber en qué ando, las razones de mi hipótesis actual. Que ya rondaba mi mente en los años primeros: la necesaria confluencia con el peronismo.
En términos histórico-político-culturales. No es novedosa la propuesta ni novedoso el enfoque. Sólo subrayar lo evidente. Que somos lo mismo. Que para los enemigos del pueblo, somos lo mismo.
Léase pueblo como aquiellos que tenemos sangre criolla y/o apellidos italianos, gallegos y judíos de personas que llegaron a estas playas cuando el aluvión inmigratorio de finales del siglo XIX y principios del XX.
Somos la mierda a la que se la llamó de distintas maneras: chusma, populacho, mersada, grasitas, gronchos, etc., etc.
Y el movimiento político que más hizo por ese pueblo fue la que se extendió entre 1946 y 1955. Que recogía el legado de otro anterior, redentor, el encarnado por Hipólito Yrigoyen.
Y después, la luna en sangre y el paredón: la pérdida de toda posibilidad de ser algo menos malo como Nación.
Con intentos indispensables como el de Raúl Alfonsín, esteriliziado, manoseado. Es esa obscena comunión de los Santos organizada desde el poder, la del "Padre de la Democracia".
Qué modo tan perfecto de humillarlo, de rebajarlo, de tergivesar lo que él quiso ser, lo que se propuso.
¿Cuál fue la "madre" fecundada por el "padre" para parir la democracia? ¿Quién el portador de la buena nueva? Y seguiría con las preguntas pavotas a tono con esa sandez inadmisible.
Por eso la gira de Evita, por eso me encerré en la Biblioteca del Congreso a leer debates parlamentarios sobre la ley de voto femenino, por eso los debates alrededor de Yrigoyen. Llego a la conclusión antes de desarrollar un extenso periplo.
Por eso que anticipaba; estamos en cuarentena, amenazados por un virus que parece que nos llevará puestos a unos cuantos.
Quizá, quede poco tiempo. Así que hubo que ir a los bifes y fui: escribía para eso. Por ahora, espero que sea un paréntesais, voy a escribir sobre lo que creo que tengo que escribir.
Una memoria íntima de la cuarentena.
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